Capítulo 13: Lo que oculta la tormenta.
*Como forma de promover la actitud de escritor responsable, este Fic ha sido modificado para tener una clasificación M (Mature o +18), producto de los temas que se tratarán más adelante.
*Ahora sí, los niños se tapan los ojos y el resto las manos sobre el teclado, donde pueda verlas.
*Este capítulo contiene gente MUY caliente y una descripción de relaciones sexuales que podrían no ajustarse a todas las realidades y gustos. (Por no decir que puede que se encuentre idealizada o sea muy desastrosa).
*Puede tener escenas que den vergüenza ajena. (Lo intenté, se hizo lo que se pudo).
…..
Sanemi permaneció con la vista al techo.
No se había movido una pulgada desde que se apagaron todas las luces de la casa. Sentía sus ojos secos, pero no podía cerrarlos por más que quisiera.
Sentía el estómago pesado y la garganta seca.
No quería respirar muy fuerte por miedo de despertar a quienes estuviesen a su lado o quienes estuviesen arriba.
Y la lluvia.
La lluvia se puso a azotar el techo que se sorprendía que hubiera gente que pensara que eso era relajante. Con el ruido apenas si era capaz de escuchar sus propios pensamientos.
¿En qué carajos estaba pensando Kanae? ¿Era consciente de lo que le estaba pidiendo?
Sanemi negó con la cabeza, a modo de reproche a sí mismo.
No tenía que malpensar todo lo que Kanae decía. No había razones para pensar que ella querría arriesgarse de tal manera en su propia casa a metros de su padre. Porque esa no era una decisión ni mucho menos racional. A lo mejor, lo llamaba para otra cosa, eso era perfectamente posible.
Sanemi suspiró, con sus manos entrelazadas sobre su estómago.
Por otro lado, para qué mierda querría Kanae llamarlo a las dos y media de la madrugada. ¿Para jugar a los naipes? ¿Para leerle el tarot?
Sumado a eso. ¿Quién era racional cuando andaba caliente?
Por ejemplo, el propio Sanemi estaba deliberando seriamente en subir las escaleras para desentrañar el misterio que no lo dejaba dormir.
Estiró su mano hacia el suelo y tomó su teléfono celular. Daban las dos y quince minutos.
Sanemi alzó la vista.
Vio a Tomioka envuelto como una oruga en el sillón replegable. Era capaz de ver su cara de porcelana mirando hacia delante, con los ojos y labios cerrados.
Sanemi pensó que, si Tomioka de repente abría bien los ojos en medio de la oscuridad, se cagaría encima, despertando a toda la casa con un grito, tal cual una escena de terror.
Volvió la vista hacia la ladilla de su concuñado.
Estaba de cuclillas sobre el sillón. Apenas si alcanzaba a ver su perfil somnoliento. La manta cubría sus hombros, su espalda y sus rodillas por completo. El montículo subía y bajaba al son de su respiración tranquila.
Se recostó una vez más. Debía tomar una decisión pronto.
Había que elegir la operación más eficiente y discreta.
En la hipótesis A: Kanae vendría a buscarlo, de tal manera que primero bajaría las escaleras, se acercaría al sillón cerca de sus cuñados. Luego, tendría que subir con Sanemi hasta la habitación y cuando terminaran de jugar a las cartas, Sanemi bajaría las escaleras una vez más para recostarse en el sillón y hacer como si nada hubiese pasado.
Número de viajes por la escalera: Tres.
Nivel de dificultad: Alto, por exposición a peligros.
En la hipótesis B: Sanemi se levantaría cuidando de no levantar a sus concuñados, subiría la escalera, le leería el tarot a Kanae y volvería a bajar para recostarse otra vez.
Número de viajes por la escalera: Dos.
Nivel de dificultad: Alto. Porque el suegro estaba en la casa.
Esas eran las posibles operaciones.
Se rascó el mentón dubitativamente un instante, luego, se encogió de hombros como diciendo "qué remedio".
Se incorporó despacio, cuidando de no hacer ruido ni al momento de quitarse las sábanas. Colocó los pies en el frío suelo e intercaló el peso de su cuerpo en sus pies para determinar si la madera estaba tan desgastada como para evitarla.
Les dio una mirada a sus concuñados una última vez y se propuso a iniciar su empresa.
Con el primer paso que dio el piso rechino como la madera podrida y cuanto más agudo era el sonido, más fuerte Sanemi apretaba los dientes.
Esto iba a ser más complicado de lo que pensaba.
Se giró hacia sus dos concuñados, pero no parecieron moverse.
Si se despertaban y le preguntaban a dónde iba, diría que iba al baño, pero la idea era no retrasar ni un minuto más su viaje al cuarto de su querida amada. Sería todavía más cauteloso.
Sanemi dio varios pasos largos, tratando de no apoyar con fiereza su peso sobre sus pies. Era una maniobra en la que estaba prácticamente caminando por el aire y no ayudaba el hecho de que algunas tablas rechinaban con la mínima presión de sus dedos.
Luego de unos pasos llegó sin aire hasta el final de la escalera.
Observó la obra hacia arriba que en la penumbra adquiría un tono espeluznante.
Se imaginaba que cuando llegase al último escalón se encontraría a su suegro sentado en un taburete, roncando con la cabeza gacha abrazado a una escopeta. Y el señor Kocho no tendría que cargar ni un tiro porque Sanemi en el instante se moriría del susto.
Dio un largo suspiro antes de continuar con su marcha.
Se saltó varios escalones y antes de pisarlas las tanteaba con su pie, para cerciorarse de que eran seguras y silenciosas.
Un largo paso. Otro largo paso. Un tercero. Un Cuarto. Y finalmente llegó al final.
El señor Kocho no estaba a la vista, por lo que el nivel de dificultad de la operación era infinitamente menor al proyectado.
Era un solo pasillo con cinco puertas. Dos a cada lado y una última al final del pasillo.
Ninguna luz se colaba por debajo de ninguna puerta. Estaba todo silencioso, salvo por el azote de la tormenta en el tejado de la casa, que esperaba de todo corazón, hubiese enmascarado sus pasos pesados y ruidosos.
Por suerte para él, la habitación de Kanae era la primera a la izquierda, por lo que no tendría que caminar tanto por el pasillo más peligroso de la casa.
Dio un par de pasos hasta la puerta. Tenía que admitir que estaba nervioso. Su corazón zumbaba en sus oídos y le pegaba en el pecho haciéndolo temblar. Sus ojos estaban acostumbrados a la oscuridad, pero el nerviosismo y la concentración simplificaron su vista, por lo que tan solo podía distinguir la puerta de Kanae.
Alargó su mano para agarrar el picaporte, deseando con todas sus fuerzas que la puerta lo ayudara a pasar desapercibido como lo había hecho la lluvia.
Quedaban unos centímetros cuando sintió un tirón en la espalda de su camisa.
El corazón cayó a su estómago y un escalofrío lo dejó con la piel erizada.
Sus ojos se abrieron con espanto. Por un instante pensó que se iba a morir.
Pensó en correr, en saltar por la escalera, en matarse a punta de golpes en la cabeza contra la pared, pero sus extremidades lo abandonaron cobardemente.
Lo único despierto fue su instinto morboso que le obligó a darse la vuelta para ver el autor de su muerte.
Y vio a Tanjiro. El mocoso estaba con el ceño fruncido y lo tenía bien firme de su camisa.
El frío temor se transformó en cólera ardiente. Las venas de su frente, cuello y brazos se hincharon; su estómago se estrujó con furia, al punto de saltar ácido gástrico hasta la garganta. Su ceño se frunció tanto que parecía un león listo para combatir y los dientes se apretaron tan fuerte que chillaron por él.
Pero Tanjiro ni se inmutó ante el terrible rostro que se cernía sobre él. Sostuvo la mirada con valentía y se atrevió a tirar con más fuerza.
—Vuelve a tu sillón—le ordenó Tanjiro en un murmullo, con el ceño fruncido—.
Sanemi lo tomó de la muñeca, tratando de zafar el agarre.
—Suéltame—masculló Shinazugawa—. Tú eres el que debería volver a dormir…
—No debemos estar aquí—continuó Tanjiro, en una voz más severa—.
—Yo sé lo que hago. Vuélvete a tu sillón, mocoso, aquí no pasó nada.— Sanemi tiró de la muñeca, pero Tanjiro se resistió.
—¡No voy a perder la poca confianza que tengo en el señor Kocho por tu atrevimiento!—murmuró con furia—. ¡Tu propia novia nos defendió más temprano! ¿¡Cómo te atreves a aprovecharte de su confianza así!?—Tanjiro le mostró los dientes.
Sanemi alargó una sardónica sonrisa.
—Ay, mocoso, si supieras… Suéltame. Ahora.
—No. Vamos a volver. Ahora—sentenció el chico—.
"Voy a tirarlo por las escaleras", pensó Sanemi apretando los dientes. "Lo voy a tirar y lo haré parecer un accidente".
Sanemi comenzó a forcejear en silencio con Tanjiro. Se llevaban de aquí para allá, tratando con todas sus fuerzas de evitar choques contra las paredes y los pasos pesados.
Era una película de acción muda. Modulaban con sus labios insultos y se tiraban del pelo y de la ropa con fuerza hasta que se la arrugaban.
De pronto escucharon el sonido de una puerta abriéndose.
Ambos detuvieron su pelea al instante, pero ninguno atinó a moverse o a bajar por las escaleras. En su lugar, giraron sus cabezas hacia la primera puerta a la derecha con los ojos bien abiertos, pálidos, despeinados y con mechones de pelo del otro entre sus puños.
La puerta se deslizó suavemente y por poco no se les salió el corazón por la garganta, de no ser porque vieron a Kanao salir de su habitación.
Salió con su cabello suelto y desordenado y se rascaba uno de sus ojos de perezosamente. Cuando estuvo en el pasillo alargó un gran bostezo y luego dirigió su mirada hacia la escalera.
Y los vio. Y se quedó tan petrificada y pálida como ellos.
Tanjiro enrojeció y su boca cayó al suelo, pero ninguna palabra acudía en su ayuda. ¿Cómo iba a interpretar Kanao acto tan pecaminoso? ¿Perdería la confianza en él? ¿Cómo iniciar esta conversación mañana? ¿O en cualquier momento? ¿Cómo explicarle y que le creyera que estaba tratando de detener al degenerado de su concuñado y no otra cosa?
El pánico se apoderó de él cuando otra puerta se abrió.
De ella se asomó la cabeza de la mayor de las hermanas. Su vista estaba fija en la puerta del final del pasillo, y a diferencia de Kanao, ella se veía bastante despierta y arreglada.
Con discreción, comenzó a sacar el resto de su cuerpo ignorando la presencia de los demás presentes en el pasillo.
Solo cuando cerró la puerta y dio la vuelta para emprender su marcha en dirección a las escaleras, se encontró cara a cara con los cuatro.
Sanemi la miró. Tanjiro la miró. Kanao la miró, pero nadie sabía qué decir.
Kanae volteó a ver el final del pasillo y luego a los fugitivos. Le echó una mirada despreocupada a cada uno y se encogió de hombros.
Kanae tomó a Sanemi por una de sus muñecas y lo atrajo hacia ella, para espanto del propio Tanjiro. Abrió la puerta despacio y a conciencia, conociendo las manías de la misma, luego empujó a su novio dentro de su habitación.
Colocó un pie dentro y se dirigió a Kanao.
Levantó su dedo índice y lo puso sobre sus labios.
—Yo no diré nada, si tu no dices nada—murmuró guiñando un ojo con picardía—. ¡Buenas noches! ¡Traten de no portarse tan mal!
Kanao enrojeció en un segundo y por poco se escapa un chillido de su garganta de no ser porque se hizo consciente del contexto a tiempo y pudo acallar su grito.
La puerta de Kanae se cerró, dejándolos solos en la oscuridad.
Se hizo silencio. Nada podía oírse dentro de las habitaciones, salvo por el sonido de la lluvia.
Tanjiro y Kanao no se miraban. Sus corazones latían con fuerza y les dejaba una sensación de incomodidad a la altura del estómago. Tanjiro sintió que le ardían las orejas y a Kanao de pronto le dio calor en las mejillas.
Tanjiro respiraba con fuerza y temiendo que respirar lo delatara, se apresuró a llamar la atención de Kanao.
—Será mejor que yo vuelva…—murmuró apuntando a la escalera—. Buenas noches…
Tanjiro no escuchó una respuesta de la chica y de inmediato pensó lo peor.
Pensó que estaba decepcionada de él. Que su relación entraría en un bache del que no se levantarían. Imaginó que en la mañana Kanao lo dejaría en la estación y le diría: "No me vuelvas a hablar jamás".
Tanjiro se castigó a sí mismo, pero la explicación más racional no venía a su mente. No podía explicarse sin sonar como si estuviera mintiendo.
Cerró los ojos con fuerza, tratando de contener la frustración cuando sintió un tirón de su camisa.
Se dio la vuelta y vio Kanao tomándolo con dos de sus dedos.
La chica desviaba la mirada tan roja como un tomate.
—Puedes quedarte un rato—musitó—. Si quieres…
Kanao lo soltó y sin esperar respuesta, volvió a su habitación dejando la puerta abierta.
Tanjiro se ruborizó y, a pesar del calor que creció en su pecho, cada pelo de su cuerpo se erizó nervioso.
….
Kanae cerró la puerta tras de sí y al voltearse Sanemi la atrapó entre sus brazos. La rodeó por su cintura y ocultó su rostro en la cuenca de su garganta, haciendo cosquillas.
Kanae trató con todas sus fuerzas de dominar una risa, pero fue inútil. Sanemi alzó la vista en estado de alerta y se acercó para callarla con un beso. Luego otro y otro, otra vez.
La carcajada se esfumó tan pronto como los besos fueron ganando profundidad. Se hicieron lentos, sintieron los labios del otro concienzudamente, sin prisa, saboreándose como en tiempo no lo habían hecho.
El calor de la boca de Kanae era irresistible, se hacía adictivo, tanto, que el aire se le hizo prescindible por un instante, pero no para ella que se separó jadeando.
Puso su mano sobre el pecho de Sanemi que subía y bajaba al son de su respiración agitada, luego alzó la vista para encontrarse con el rostro ruborizado de su amado, quien entornaba los ojos y dejaba ver sus largas pestañas, jadeaba tanto como ella con su boquita entreabierta hinchada de besos.
Sanemi tomó el rostro de Kanae con dulzura, una muy poco propia de su carácter, y la besó con suavidad. Ella se dejó llevar por su ritmo. Él dio un paso hacia atrás sin apartarla y Kanae lo siguió en sus pasos hasta que sintió con sus canillas el somier de su propia cama.
Abrió los ojos alterada y antes de que el cuerpo de su amado tocara el colchón lo tiró con fuerza, evitando que se recostara sobre la cama.
Sanemi alzó una ceja, un poco confundido.
—Mi cama suena demasiado—murmuró la chica—. Mejor ahí.
Apuntó con uno de sus dedos a un sitio en el suelo.
Ahora era Sanemi quien trataba de contener la risa.
Kanae lo guio hasta un pequeño nidito de amor hecho de sábanas, mantas, peluches y almohadas.
Los adulzorados colores y animalitos se veían sombríos y tétricos con la poca lumbre que se colaba por la ventana. Ni hablar de la sombra de las gotas de lluvia que se reflejaban en los ojos muertos y oscuros de los peluches.
Sanemi suspiró con una sonrisa.
Podían decir lo que quisieran de las velas, el incienso y los pétalos de rosa, pero estaban lejos de ser parte de un estereotípico escenario de terror.
Se sentaron mirándose frente a frente, tan románticamente como les permitía aquella atmósfera.
Sanemi estaba aguantándose la risa y Kanae se sintió un poco ofendida de la reacción.
—La idea es que fuera cómodo…—se defendió haciendo un mohín—.
—¡Y lo es! —Sanemi soltó una pequeña risa mientras lo decía—. Es adorable… Como tú…
Sanemi alzó su mano y acarició la mejilla de Kanae, quien ladeó la cabeza haciendo un puchero.
Al ver cómo se resistía a su cariño, Sanemi abrió los brazos hacia ella y la abrazó. Ella por inercia le devolvió el gesto.
Le gustaba sentir el calor de su amado rodeándola; sus brazos fuertes y su tacto áspero contra su piel, apoyar su cabeza en su hombro, en su pecho, para sentir su corazón.
Adoraba mover sus dedos entre los valles de sus músculos, haciéndolo estremecerse por sus manos frías o por el cosquilleo que sus tersas manos provocaban en él.
Ya casi ni recordaba cómo era la piel de su amado. Quería tener ese firme cuerpo contra ella, encima, debajo, donde fuera, con tal de percibir su calor, su cariño, con tal de tenerlo cerca…
Kanae se colocó a horcajadas sobre el regazo de Sanemi y antes de volver a besarlo, murmuró:
—No tienes que hacer ruido…
Abrazó a su amado por el cuello y los unió un beso, ahora más ansioso, rápido y profundo. Kanae acarició el cabello de Sanemi, que cosquilleó un poco en los lugares donde Tanjiro lo había jalado por el pelo.
Sanemi se dejó querer y entre los besos sonreía complacido de los mimos que recibía. La tomó por la cintura y no demoró en colarse por debajo de la blusa y del pantalón de la chica. Sintió la piel suave que le ardía al tacto y tan pronto como llegó al encaje de las bragas, sus dedos se deslizaron por debajo la tela, adentrándose donde el calor aumentaba más y más.
Kanae se separó en un jadeo ahogado y posó sus manos nerviosas sobre los hombros de Sanemi, inquietas queriendo rasgar, rasguñar y apretar, pero ella contuvo la tentación pues no quería hacerle daño.
Su amado la observada desde abajo, apoyado su mentón entre sus pechos, encantado con el rostro ruborizado y excitado que ella ponía ante su tacto.
Sanemi bajó toda la tela que cubría las piernas de Kanae hasta quitárselas.
La sujetó desde los muslos y la atrajo hacia él con un poco de brusquedad. La hizo sentarse sobre su regazo y ahora era él el que la miraba desde arriba.
La abrazó aprisionando los brazos de la chica contra sus pectorales, y cuando estuvo a merced de él, abrió la boca para besarla como quiso hacerlo hace mucho tiempo.
Kanae se deshacía en el calor de su boca, con la presión que hacía contra su abdomen, hasta de la fuerza de sus brazos que la empujaban contra él. La chica sintió cómo por debajo de su ombligo se manifestaba un cosquilleo muy suave, agradable y adictivo que iba en aumento.
La sensación le hizo soltar las caderas y comenzó a moverlas en un vaivén imperceptible y lento, casi sin darse cuenta, pero saltó un poco desencantada cuando se topó con la bragueta y el botón de metal de Sanemi ardiendo demasiado contra su sensible piel.
Kanae se separó y miró hacia abajo un poco ofuscada. Ahora estaba ansiosa por quitárselos.
Sanemi dejó que ella lo desvistiera y desabrochara la prenda que tanto la lastimaba.
La ayudó a quitárselo por completo y los signos físicos de la excitación ya estaban manifestándose en el cuerpo del muchacho.
Kanae volvió a comerle a boca con ansiedad, ahora más cómoda de rozar sus caderas contra su regazo.
Pero ahora era él que comenzaba a suspirar con un poco de dolor. Podía verlo haciendo muecas, que no podía controlar y sus suspiros se hacían cada vez más sonoros.
—Shh…—le susurró Kanae al oído muy suavemente con un aire divertido—. No tienes que hacer ruido…
Sanemi entrecerró los ojos creyéndose desafiado.
La atrajo hacia él, rodeando su cintura y sus muslos, y cuando la hubo en su presencia, se acercó a besarle el cuello y a mordisquearlo con suavidad. La chica se estremeció bajo sus brazos y Sanemi contuvo la tensión apretando más el abrazo.
Kanae soltó un suspiro sin ruido, por lo que Sanemi se dio por derrotado. Por ahora.
—Kanae… El condón…—Sanemi se acercó para besarle la oreja, provocando cosquillas en ella.
—No te preocupes por eso…—murmuró ella con una sonrisa—.
Sanemi se contagió de la alegría y del alivio y volvió a besar su cuello, sus besos se hicieron suaves y cariñosos. Kanae se sintió todavía más atraída a él por la repentina dulzura del chico y no quiso esperar más.
Comenzó a desabrocharse los primeros botones de su pijama. Apareció la hendidura de su clavícula, el principio donde se elevaba su busto y Sanemi podría haber arrancado los botones de un tirón de los ansioso.
—¿Dónde está? —preguntó él jadeando—.
—¿El qué? —replicó Kanae—.
—El condón.
—No tengo. ¿Para qué lo quieres?
Sanemi se hizo para atrás con una expresión de extrañeza.
—Pero si tú dijiste…
—No lo vamos a necesitar esta noche…—ronroneó Kanae con una sonrisa—.
Sanemi alzó una ceja alejándose un poco más.
—O sea… ¿Sin protección?
Ella asintió acercándose a besarlo.
Las alarmas se activaron en la cabeza de Sanemi. Tenía demasiados hermanos como para cuidar y mantener un crío más. No había nada le cortaba más el rollo que pensar en dinero.
Apretó los labios no dejando que Kanae lo besara más profundamente.
Sanemi la tomó por hombros y la alejó de él. La miró fijamente con una ceja alzada, extrañado de la actitud de su novia.
—¿Qué pasa?—preguntó la chica.
—¿Cómo que qué? ¿Te quieres quedar embarazada?
Kanae soltó una pequeña risa enigmática.
Sanemi pasó de la extrañeza al horror y pensó alejarse al instante, pero Kanae lo contuvo al tomarlo del hombro con tranquilidad.
—Tranquilo. No necesitamos usarlo porque…—Kanae procedió a desabrocharse los botones que le faltaban.
Sanemi trató de detenerla, pero ella fue más rápida y dejó al descubierto solo su brazo izquierdo, luego apuntó a un sitio justo debajo de su hombro. Sanemi distinguió una especie de parche cuadriculado del color de la gamuza que resaltaba sobre la blanca piel de Kanae.
Él llegó a la conclusión muy rápido.
—Eso significa…
Kanae se quitó la prenda y se abrazó a Sanemi para susurrarle al oído:
—Significa que hoy puedes correrte dentro…
…
Tanjiro entró a la habitación de Kanao sintiéndose como un alienígena.
Tenía miedo de tocar y mirar cualquier cosa. Era un cuarto muy limpio y minimalista también. Predominaba el color blanco en sus paredes y muebles y los accesorios que habían eran muy sobrios. No vio poster colgado, o luces o frases o dibujos, ni siquiera cuadros o fotos. La cama con sábanas fucsias, un cobertor de rosa pastel y los cuadernos y libros del instituto era lo único que le daba color a aquel sitio.
Tanjiro pensó en que podría regalar un cuadro con una foto. Y perdido en sus pensamientos se sintió cómodo por un momento.
Kanao se sentó en el borde de su cama y lo miró largo rato, mientras él escrutaba la habitación de la chica.
—¿Es muy aburrida? —murmuró la chica—.
Tanjiro se sobresaltó y volvió a ruborizarse.
—¡Para nada!—alzó la voz más de lo necesario—. Para nada… Quiero decir… Me parece muy linda.
Kanao sonrió con amabilidad y pestañeó unos instantes sin mirar al chico. Era el cómo ella representaba lo incrédula que estaba a sus palabras corteses que pensó eran deshonestas.
Y Tanjiro pudo oler eso en ella.
—Es cierto lo que digo…—se dirigió a ella con ímpetu—. Solo pensé en regalarte un cuadro. Para que me tengas presente.
Kanao pareció sorprendida un momento y luego sonrió con dulzura. Ahora, honesta y alagada de verdad.
Tanjiro se ruborizó todavía más con lo linda que se veía Kanao sonriendo con tanta soltura, como si no le costara en lo absoluto.
—¡Quiero aclarar que no tiene que ser un cuadro con una foto de nosotros!—Tanjiro se rascó la nuca un poco nervioso—. Puede ser de cualquier cosa que tú quieras…
Kanao no dejó de sonreír y hasta tuvo ganas de reír por un momento, pero no profirió sonido.
Luego de ese comentario, un silencio incómodo pesó en la habitación. Se miraron a los ojos, pero apartaron la mirada cuando ya no resistieron más.
Tanjiro se percató que estaba tiritando. Le estaba entrando el frío de la noche y la lluvia, o quizás solo estaba nervioso. Las pantorrillas y los hombros le dolían de lo tenso que estaba, sin mencionar lo rojas que quedaron sus manos debido al forcejeo que tuvo con Shinazugawa antes.
Kanao palpó el colchón de su cama.
—Puedes venir a sentarte, Tanjiro—sugirió la chica—. Si quieres, claro…
Tanjiro miró a Kanao con los ojos abiertos, pero Kanao no se atrevió a devolverle la mirada.
Como autómata, Tanjiro avanzó hasta la cama de la chica y se sentó en una esquina, a una distancia exagerada de ella.
Luego otro silencio incómodo.
—Tanjiro…
El nombrado se giró hacia Kanao. Su rostro estaba ruborizado y parecía tener un conflicto interno consigo misma. Abría la boca y volvía a pegar los labios de tanto en tanto, sus ojos no iban dirigidos a él, más bien estaban fijados en su fuero interno.
Quería decir algo y Tanjiro la esperó con paciencia.
Finalmente, la joven pareció llegar a una resolución.
—Tanjiro. No es necesario que compres un cuadro para eso—confesó la joven con voz tímida—. Yo… Yo siempre te tengo presente.
El corazón de Tanjiro comenzó a estremecerse de gozo.
—Y no es que no quiera un cuadro de nosotros dos… ¡Nada de eso! Pero… Me gustaría… Yo…—la mente de Kanao volvió a entrar en conflicto, por lo que se decidió por concluir—. Yo... Solo quería que lo supieras.
Tanjiro alargó su mano hasta tocar la de Kanao.
Kanao se ruborizó, pero logró mantener la calma para entrelazar su mano con la de Tanjiro y se miraron amorosamente, sin mediar palabra.
El silencio abandonó su sensación incómoda. Traía tranquilidad y paz. Era relajante y cómodo. La quietud era cálida y confortante, tanto que sus corazones, si bien un poco acelerados, estaban "felices", no provocando en ellos ninguna sensación desagradable.
Tanjiro se acercó más, sin perder de vista a Kanao.
Apoyó su cabeza sobre la de Kanao y suspiró reposado. Cerró los ojos, casi cansado de todo lo que había pasado aquel día (y parte de madrugada).
Kanao no se movió ante la cercanía del chico, en cambio, alzó sus labios hacia él y besó su mejilla.
Tanjiro sonrió ante el contacto y abrió los ojos nuevamente para verla. Ella le sonrió.
Kanao cerró los ojos y alzó su mentón, esperando a Tanjiro.
El chico se acercó despacio, rozó parte de las mejillas de Kanao, un poco su nariz, a centímetros de su rostro era capaz de percibir su calidez. Ella se veía tan delicada… Tan suave… Sus pestañas eran tan largas…
Tanjiro cerró los ojos y cerró la distancia que los separaba.
…
Kanae cayó sobre un conjunto de almohadas con un jadeo. La tersa tela agradaba espalda, en sus caderas desnudas hasta en la punta de sus pies. Sanemi se le echó encima, a quien recibió entre sus brazos con un beso fogoso.
Los cálidos labios de seda que Kanae que se hicieron irresistibles, los repasaba con fuerza una y otra vez sin aburrirse. Ella era tan dulce, tan suave y era de apariencia tan frágil que temía a veces aplastarla.
Trató de apartar su cuerpo, creyendo que así estaba haciendo la experiencia más cómoda, pero Kanae volvió a atraerlo hacia ella.
—¿Por qué estás tan lejos? —preguntó en un tono triste—. Acércate…
Sanemi sonrió y la abrazó con dulzura.
Kanae se estremeció entre los brazos del chico. El tacto áspero y tibio sobre su piel, la presión que su cuerpo ejercía contra ella, el calor de su cuerpo firme y la piel de su espalda bajo sus manos.
Él se acercó a su cuello para besarlo, dejó marquitas muy pequeñas a la altura de su clavícula y continuó su camino de besos. Se paseó un momento por sus pechos, los sujetó con un poco de fuerza desde la base y se acercó para succionar uno de ellos.
Kanae se inclinó un poco, ante el tacto y abrazó la cabeza de su amado. Metió sus dedos entre sus cabellos y lo acarició con suavidad. Pasó sus tersas manos por detrás de sus orejas y volvía a subir de la nuca hacía a arriba.
Sanemi sintió un agradable cosquilleo que le recorrió la espina dorsal. Levantó su cabeza para mirarla y Kanae lo sostuvo su rostro desde la mandíbula con delicadeza, sus pulgares acariciaron el mentón de Sanemi antes de que se dieran un beso apasionado que cortó abruptamente.
Kanae hizo un mohín al verlo alejarse, pero su mueca se deshizo al instante al ver a Shinazugawa bajando por un camino de besos hasta quedar a la altura de sus caderas. Sanemi levantó la vista para verla directo a los ojos, le dio una sonrisa galante y altanera, como en tono de desafío.
Sanemi levantó una de las piernas de Kanae y se la echó al hombro. Frotó su mejilla en el muslo y comenzó con un beso, que le siguió una mordida hasta que arribó a su entrepierna. Sanemi sacó su lengua, hizo contacto visual un instante con ella y se acercó a la calidez y humedad que emanaba de ella.
El contacto erizó la piel de la chica ante el calor de la lengua de su amado. Su respiración se hacía más pesada ante la persistente lengua de Sanemi. Se movía de arriba abajo, de lado a lado, en círculos y poco la presión se iba haciendo, conforme la chica se iba retorciendo más y más.
La sensación en el vientre de Kanae se fue haciendo mayor, más intensa, casi irritante. Movía sus piernas rozando las puntas del cabello de Sanemi con sus muslos.
Su respiración se fue agitando más y más, trataba de inspirar y exhalar profundamente, de modo que fuera silenciosa, pero todo se volvía muy confuso y complicado. Quería gritar y decir el nombre de su querido, pero solo se limitó a morderse los labios, tratando de contener sus gemidos y deslizó sus dedos por entre los cabellos de Sanemi que tiraba un poco de vez en cuando para desahogarse.
La mandíbula de Sanemi comenzaba a cansarse, pero Kanae se movía más y más, lo que le decía que no debía detenerse. Que el fin estaba ya cerca.
Sanemi no se consideraba un experto en mujeres, pero sí era un experto en Kanae.
Kanae se movía más y trató de contener sus gemidos colocando una mano sobre su boca. La sensación se acrecentaba en su vientre y Sanemi no daba tregua a la incomprensible sensación de puro gozo y frustración. Kanae sentía su cuerpo arder y su voz quería expresarse, quería gritar y gemir con fuerza, pero no debía.
¡No debía, no debía, no debía…!
En una contracción, Kanae arqueó su espalda. La sensación de gozo se expandió como una gota sobre la superficie del agua por su vientre hasta desaparecer, pero su cuerpo no se recuperó al instante: sus piernas tiritaban y su torso se volvió tenso. Su respiración trató de normalizarse, pero Sanemi se acercó y la besó con todas las ganas.
Kanae lo abrazó y acarició su espalda. Se volvió mansa y tranquila bajo las caricias de su amado, y él, más antojado que nunca de ella, la abrazó juntando sus cuerpos sudorosos y calientes.
Sanemi se deleitó con la suavidad de Kanae, de su suave aroma florar, de sus mullidos pechos contra él. Sentía las piernas de la chica rodeándole la cintura, movía sus muslos suave y sugerentemente en sus costados… Se había recuperado pronto…
La tomó de la cintura y acercó sus caderas a las suyas y la miró con una sonrisa.
Un rubor cubría las mejillas de Sanemi y sus ojos, que en lo normal eran opacos y casi negros, eran de color lila y brillantes de largas pestañas que, junto a su suave sonrisa, enamoraron todavía más a Kanae.
Eso era de ella. Sanemi era más efusivo en la intimidad, se desprendía de su timidez, de su incomodidad social y la quería sin reparos. Sin temor a parecer tierno o dulce; sin prejuicios, sin el qué dirán. Era él, completamente vulnerable ante ella.
Kanae subió las caderas y Sanemi aprovechó para colar un almohadón debajo. Se quitó el bóxer y se dejó al descubierto.
Sanemi se inclinó otra vez sobre ella sin apartar la vista de sus ojos, Kanae lo tomó de la nuca con una mano mientras le mostraba una sonrisa traviesa. Con la mano que sobraba, comenzó un recorrido desde el pecho tibio, pasando por su ombligo hasta sus caderas. Con dos de sus dedos, tomó el miembro, firme y caliente.
El solo roce de sus tersas manos hizo a Sanemi suspirar y se ocultó en el cuello de la chica.
Kanae trataba de concentrarse para dirigirlo, pero los besos no lo ponían fácil. Se retorcía e involuntariamente encogía sus hombros. Al final, logró ponerlo en su entrada y Sanemi presionó contra ella.
Kanae inhaló con fuerza ante el breve tirón y lo exhaló ante la presencia de él dentro de ella.
Una vez completamente dentro, los dos soltaron un suspiro, embriagados por el calor ajeno. Kanae sonrió, sintiéndose llena y él acogido.
Por una vez, alegres de estar juntos. Alegres de ser juntos, uno solo.
Sanemi comenzó a moverse, el vaivén de sus caderas comenzó a aumentar una nueva sensación en el vientre de Kanae. Iba lento, desesperantemente lento, le hacía sentir cada centímetro de él. Y al mirarlo a la cara se notaba que disfrutaba de verla ansiosa, de ver el efecto que tenía en ella.
Él la conocía de años. Ya sabía sus gestos, sus señas y sus manías. Sabía con su rostro ruborizado, el cabello húmedo pegado en su frente y en los costados de su cara; con sus ojitos brillantes, perlados en lágrimas traicioneras, con sus labios fruncidos que trataban de ocultar el sonido del placer. Con todo eso podía deducir qué quería.
Pero quería oírla pedirlo. Quería escucharla.
"Qué cruel era", pensó Kanae avergonzada al percatarse de lo perversa de la mirada del chico.
—Más…—musitó apenas—.
—¿"Más" qué?—ronroneó el chico burlonamente, acercándose a su oreja.
—Más… rápido…—susurró al sentir el aliento del chico tras su oreja—.
Sin levantar la cabeza, Sanemi le concedió su deseo y la sensación se fue haciendo mayor, más pronunciada, más fuerte, más presente y se le estaba complicando controlar su cuerpo. No sabía dónde poner sus manos, sus piernas y, más importante aún, había olvidado cómo cerrar su garganta.
Extrañaba a Sanemi así. Extrañaba lo que él podía hacerle sentir, pero también extrañaba gritar y gemir. Y eso era peligroso.
Trató de poner su mano en su boca, pero también quería abrazarle la espalda. La consciencia la abandonaba poco a poco, quedaba poco tiempo para que ya nada le importase.
Eso no podía pasarle. Su amado ya se había abandonado completamente al placer y al cariño. Su mirada perdida, su rostro ruborizado, su sonrisa amorosa y sus suspiros contra su oído y su aliento contra su cuello y contra la almohada
"Él tiene dónde desahogarse. Qué injusto…". Fue lo último que logró pensar cuando la sensación comenzó a ocupar todos sus pensamientos.
Arqueó su espalda ante las cada vez más poderosas embestidas.
Kanae apretó los dientes, al notar que no podía controlar su garganta.
Se abrazó de Sanemi mientras él se agarraba de las sábanas y almohadones.
Kanae iba y venía entre la razón y la entrega al placer.
—No tienes que hacer ruido, Kanae…—se burló el chico en su oído y procedió a morderle la oreja.
Kanae ahogó un pequeño gemido y enterró sus uñas en la espalda de Sanemi.
Sanemi sintió que atravesaba un techo, no contemplando que algo lo podía excitar más. Sanemi la abrazó con fuerza contra su cuerpo y la mordió en el hombro donde se ocultó.
Kanae estaba cerca de llegar al clímax, Sanemi embestía implacable entre sus piernas y cada nervio de su cuerpo listo para dejarse llevar por la ola de placer que se avecinaba.
Kanae abrió la boca ante la sensación incontrolable que la asfixió un instante y para acallarla, enterró sus dientes en el hombro de Sanemi, quien ante el dolor se estremeció con gusto, enterró su cabeza en el cuello de Kanae para guardar silencio y luego la se deshizo dentro de ella.
Una tensión seguida de la relajación muscular absoluta, de cada célula del cuerpo.
Sanemi cayó sobre ella despacio.
Kanae jadeaba silenciosamente, tanto como podía y sentía sus piernas temblar. Abrazó la espalda de su amado y besó su nuca con dulzura.
Sanemi se desprendió de ella y se recostó a su lado. Le dirigió una mirada de ternura y comenzó a acariciarle sus cabellos, a dejarlos tras su oreja.
Ruborizados, sobre una sábana en el suelo, esperando a que el sudor se les enfriase. Sus respiraciones parecieron sincronizarse y el estruendo de la lluvia le pareció relajante.
La cerúlea figura de su amada a la luz de la luna lo dejó encantado y se sintió afortunado por un instante. Kanae era una criatura etérea, fuera de este universo, tan hermosa, tan amable, enceguecía todos sus problemas o los ponía en perspectiva.
Verla era relajante.
—Te amo…—susurró Sanemi inclinándose para darle un beso en la cabeza.
Kanae sonrió, encantada.
—Te amo, también—respondió con sus mejillas ruborizadas.
Sanemi se sentía en el cielo.
El estruendo le pareció una canción de cuna y sus ojos apesadumbrados se abrieron un momento, cuando la chica se acurrucó entre sus brazos. Ella se aferró a su cintura y él la estrechó contra su pecho.
Podía morirse ahí mismo. Arrebatado de amor, entre la oscuridad y silencio.
Y el amor de su vida.
…
Tanjiro era más alto que Kanao.
Estaba acostumbrado a verla desde arriba. Aunque no desde una perspectiva tan vertical.
Kanao estaba ruborizada, con los ojos abiertos, tan abiertos como los de Tanjiro.
El chico tenía las manos sobre el colchón a cada lado de la cabeza de Kanao, mientras ella estaba recostada, incapaz de mover un músculo.
Kanao todavía tenía los brazos alrededor de su cuello y no se había soltado incluso cuando se tendió sobre ella.
"Esto va muy rápido…", pensó. Luego, con un poco más de perspectiva y raciocinio, volvió a pensar: "Más bien, ¡ESTO ES MUY PELIGROSO!".
Tanjiro pensó que si tenía en mente a su suegro sería más fácil desprenderse de ella. Por lo que divisó el pelo oscuro, los ojos púrpuras, la escasa estatura, la mirada feroz…
—Tanjiro…—murmuró Kanao, lo suficiente alto como para oírse con el estruendo de la lluvia.
El nombrado fijó su vista sobre ella, quien desviaba la mirada dubitativa. Estaba en conflicto otra vez consigo misma.
Tanjiro tomó con delicadeza un brazo de Kanao que seguía enganchada de su cuello.
—Me levantaré, Kanao—dijo Tanjiro con suavidad—. Creo que es mejor que me vaya.
Él sonrió, tratando de tranquilizarla y Kanao lo observó ahora con ligero asombro.
Tanjiro esperó una liberación que nunca llegó. Apresado por los brazos de Kanao sintió una presión que lo empujaba hacia abajo.
Observó a Kanao. Tenía una expresión difícil de leer, más bien, una que nunca había visto en su vida.
La chica desviaba la mirada ansiosa. Sus ojos iban de acá para allá, sin detenerse en ningún punto mucho tiempo, pero nunca en Tanjiro. Pestañeaba varias veces, tratando de sanar el malestar de sus vidriosos ojos.
Él se fijó en sus labios. Se los mordía y los dejaba colorados de la fuerza.
—Kanao-
—Quédate un rato más—lo interrumpió Kanao—. Yo… yo quiero… que te quedes.
Tanjiro abrió los ojos, asombrado.
—¿Puedes? —preguntó ella con hilito de voz.
Tanjiro tragó saliva gruesamente y asintió muy nervioso.
Su corazón latía tan fuerte que todo su cuerpo temblaba ante sus latidos. Empezó a sentir escalofríos y la sensación de fuerza abandonaba sus brazos.
Se sentía tan alerta que su cuerpo era una pluma, pero no podía un músculo.
El rostro de Kanao se entristeció, volvió a la realidad al instante.
Tanjiro asintió despacio.
Tanjiro cedió a la fuerza que lo impulsaba hacia abajo y su rostro estaba cada vez más cerca.
Se relamió los labios antes juntar sus labios contra los de ella.
Era un beso diferente, más profundo. Se sentía en cierto modo carnal. Ello no desagradó a Tanjiro y la tensión volvió a su cuerpo cuando Kanao lo abrazó de la cintura.
….
Subestimé este capítulo, MUCHO. Por eso demoré tanto. Costó que me gustara, pero aquí está.
Volvamos al drama, mejor. Es más fácil que las escenas fuertes.
Espero haberles hecho reír de la vergüenza ajena, por lo menos. Con eso me basta.
