Capítulo 14: Planificando.

*Este capítulo contiene gente un poco caliente y vergüenza ajena también.

*Ahora sí se procederá con la trama (lo juro).

Tanjiro se estremeció al sentir las manos de Kanao sobre su cuerpo, pero no quería parar.

Las manos de Kanao lo sostenían de la cintura y se agarraba con fuerza a la camisa.

Sus labios suaves y sus mejillas tibias. El aroma de Kanao estaba por todas partes. Su perfume se había impregnado en sus sábanas, lo rodeaba por todos lados, era imposible escapar. No existía nada salvo, Kanao. Ni siquiera la lluvia, la oscuridad, la luz, nada.

Tanjiro pensó que quizás debiese parar en cuanto Kanao quiso estrechar el abrazo.

Pero no lo hizo.

Kanao sostuvo el cuello de Tanjiro y lo masajeaba con suavidad. Subía sus dedos por la nuca y acariciaba sus cabellos rojos, haciéndolo estremecer del gusto.

Tanjiro solo se agarraba de las sábanas con fuerza y se dejaba querer por Kanao. Ella estaba debajo, sin embargo, ella tenía el control. Lo guiaba desde su boca, con sus labios tiernos y seguros.

Tanjiro rememoraba los antiguos y primerizos besos. Apenas un toque. Apenas una sensación que se transmitía a lo largo de su boca y de su cabeza. Los de ahora, la sensación y calor de su boca se esparcía por sus mejillas, daba vuelta a la cabeza y bajaba desde su espina dorsal hasta el resto de su cuerpo.

Sus propios dedos se habían entumecido e insensibilizado, incapaces de apretar una sábana con fuerza.

Tanjiro se separó un instante para mirarla, tratando de encontrar en su mirada algo de razón, algo que le permitiera detenerse, de algún modo sacar la fuerza de algún lado. Pero el rostro de Kanao estaba hermoso, sus mejillas ruborizadas y cómo su cabello caía sobre su frente y sobre la almohada.

Su mirada lo deseaba y su respiración no apaciguaba.

Quiso decir que era el momento de detenerse. Pero tampoco lo hizo.

—Kanao estoy muy feliz...—susurró.

Kanao, por su lado, estaba temblando. No sabiendo bien qué hacía o por qué, pero su cerebro no lograba procesar cuando su lengua decía algo o cuando sus brazos se amarraban al de él. Una parte de ella quería gritar, apartarlo y salir corriendo, demasiado asustada y la otra… la otra…

Kanao tensó su cuerpo. Se hallaba en el limbo. El miedo a lo desconocido, al tabú que estaba en boca de todos y lo dulces que eran las caricias de Tanjiro.

Temblaba, incapaz de decidirse por qué decisión tomar. Petrificada, debajo de su amado, temiendo a nada y a todo.

Quería tomar su moneda y lanzarla. No quería decidirse por ninguna. No podía. El horror se apropió de su corazón y sus ojos se hicieron más grandes.

No podía moverse. No podía hablar, estaba indefensa, estaba lejos de estar bien.

No podía. No podía alejarlo. No podía acercarlo.

Los nervios se la comían viva. Necesitaba su moneda. No podía elegir. No podía decidir. No quería enfrentar ninguna consecuencia, no quería arriesgarse a la mala experiencia, no quería enfrentarse al rechazo o al escrutinio. Al castigo…

No otra vez…

Si lo decidía la moneda, solo habría que aceptar, pero ninguna afectaría su corazón.

Pensó seriamente en estirar su mano para agarrar la moneda dentro de su mesita de noche, cuando el peso del cuerpo de Tanjiro se deshizo. Por un instante fue capaz de ver la luz de la luna con toda claridad en su techo, entonces, se dio cuenta de que su amado se había alejado.

Estaba sentado frente a ella, sobre sus rodillas mientras le sonreía con amabilidad. Radiante como él era, ella pudo deducir de su mirada comprensión y paciencia, cosa que la reconfortó.

Su cerebro volvió a funcionar debidamente y el temblor de su cuerpo había aminorado, ya era capaz de pensar con claridad y de sentir el aire recorriendo sus pulmones.

—Creo que fuimos muy lejos esta vez—susurró Tanjiro—. En este sitio… No es correcto.

Tanjiro desvió la mirada avergonzado de sí mismo, de la situación.

Kanao se encogió sobre su cuerpo, también ruborizada y también desvió la mirada de él.

—Lo siento—musitó Kanao en un hilito de voz—.

—¿Por qué?—Tanjiro sonrió tratando de confortarla—.

—Dijiste que estabas feliz… Y yo empecé todo esto… Yo… Yo creí que podía…

—No estoy molesto ni triste, Kanao—replicó Tanjiro con suavidad—. Si no estamos seguros, mejor no avanzar. ¿Cierto? Además, no creo que sea el mejor ambiente, la verdad…

Kanao alzó la mirada y ante el comentario sonrió con timidez, que se transformó en una sonrisa más confiada y relajada.

Ahora sí que fueron conscientes del sonido de la lluvia que, al parecer, no daba signos de agotamiento.

Igualmente, Kanao era capaz de oír los latidos de su corazón en sus oídos, haciendo retumbar su cuerpo en pequeños espasmos, sus mejillas ardían y contrastaban con sus frías manos, que trató de calentar colocándolas bajo los pliegues de su pijama.

Tanjiro no había regulado su respiración, de hecho, al igual que Kanao, también los espasmos de su corazón bombeando a su cabeza lo desestabilizaban un poco, pero creía que, si se levantaba, su cuerpo iba a reaccionar y de una vez por todas iba a calmarse.

—Debería irme—murmuró—. No sé qué hora es y…

—¿Puedes recostarte conmigo un rato?—Kanao tomó su muñeca.

—Kanao…—Tanjiro se puso muy nervioso.

—Solo para me abraces… No haremos nada…

Tanjiro se lo pensó en silencio unos momentos, y acabó por aceptar.

Se recostó sobre la almohada de Kanao, que era suave, mullida e impregnada con el olor de su amada. Kanao pronto se recostó a su lado, muy cerca de él, la distancia que los separaba era apenas de unos centímetros.

Ella era capaz de percibir el calor del cuerpo de Tanjiro, pero no pudo mirarlo. Su vista estaba fija en la camisa celeste que pertenecía a su padre. Le quedaba grande y el cuello le quedaba holgado, pero estaba tan cerca y se sentía tan cómoda.

Kanao se acurrucó en el pecho de Tanjiro. Él se turbó y no reaccionó de inmediato, dejó que ella se acomodara hasta que se quedara quieta.

Tanjiro se había ruborizado y su corazón comenzó a latir en sus oídos otra vez.

Él apenas pudo colocar las manos sobre la espalda, casi rozando, sin presionarla hacia él.

Ella soltó un suspiro suave y hondo por igual. Tanjiro la escuchó suspirar unas veces más y se atrevió a estrechar más el abrazo, escondiendo su cabeza en el pelo de Kanao, embriagado del perfume de su champú y la finura de sus cabellos sueltos.

Tanjiro también comenzó a respirar profundamente, ahora sentía los párpados pesados. Pero se sentía relajado, sentía que todo iba bien y la lluvia no cooperaba para despertarlo.

Kanao lo rodeó con sus brazos y sus cuerpos se pegaron desde el pecho hasta enredarse entre las piernas del otro.

Sanemi se incorporó con los párpados pesados.

Ya había pasado un rato. Su cuerpo y sudor se había enfriado, su respiración se hizo calmada, el sueño estaba venciéndolo y no quería pensar que estaba siendo paranoico, pero le pareció que la lluvia se hizo más tenue.

No tenía cómo comprobarlo, pero mejor no seguir arriesgándose más.

Se giró hacia su amada que se aferraba con ternura a un gran almohadón, mientras su pecho subía y baja con calma, sin prisas.

Le dio pena, pero tenía que despertarla.

—Oye… ¡Oye!—susurró él empujando el hombro de la chica con suavidad—. Levántate. Vuelve a tu cama…

Kanae soltó un gruñido perezoso y se revolcó en la almohada que estaba abrazando. Luego escondió su cabeza entre los almohadones para tratar de conciliar su sueño otra vez.

—¡Oye! Hazme caso. Ya tienes que ir a dormir. ¿Qué pasará si tu padre te pilla aquí?—Sanemi zamarreó el muslo de Kanae cariñosamente—. ¡Oye!

Kanae volvió a gruñir, sin abrir los ojos y apoyó su mejilla en la almohada.

—Le diré que soy sonámbula…

—¿Y cómo explicarás que estás desnuda?

Kanae frunció el ceño y soltó un berrido de incógnita y luego contestó:

—Le diré que soy una sonámbula nudista…—Kanae volvió a hacerse la ociosa y se encogió en posición fetal.

Sanemi puso los ojos en blanco, rindiéndose por ahora, aunque no sin gracia.

Se levantó y se dirigió a su ventana. La abrió y dejó que el viento fresco le diera de lleno en el pecho, en su frente y en sus ojos. Unas gotitas rebeldes le llegaron al pecho como rocío y el aire húmedo y limpio de la lluvia infló sus pulmones.

Se quedó ahí quizás un par de minutos y su cuerpo se sintió ligero y relajado, hasta que una ráfaga fría le caló los huesos y le dio un escalofrío.

Sanemi decidió vestirse y ordenar un poco.

No iba mucho a la habitación de Kanae, por lo que tuvo que deducir los espacios en donde se ubicaba cada peluche y sábana que fue utilizada para que se leyeran el tarot, así como limpiar los pañuelos usados.

Sanemi probablemente dejó el desastre y nada en el lugar correspondiente, pero le pareció que los peluches iban en las repisas altas y las sábanas que no usaron iban en los cajones de abajo. Las que utilizaron iban al evidente cesto de ropa sucia.

Ahora faltaba una parte para dejar todo ordenado: La dueña del cuarto.

Sanemi la miró, ahora vestido y el único avance que vio fue que se tapó sus piernas con la sábana que quedaba mientras se abrazaba de un almohadón.

Apoyó sus manos en su cadera, esperando a que la chica sintiera su presencia, pero la resistencia era clara, dado que ella se aferró y se acurrucó más todavía.

Sanemi suspiró levantando una de sus pequeñas cejas.

Kanae estaba aferrada al cómodo almohadón, cuando unos brazos rodearon sus piernas por debajo de sus rodillas y un brazo se coló por debajo de su torso, entonces, un viento circuló por cada centímetro de su vulnerable cuerpo y percató de lo que ocurría.

Sanemi la había alzado cual princesa de cuento y, por supuesto, la analogía la dejó encantada. Ahogó un suspiro romántico y se aferró al cuello de Sanemi con una sonrisa tan amplia y envidiablemente satisfecha.

—A veces creo que te consiento demasiado—dijo Sanemi avanzando hasta la cama—.

—Yo creo que no…—Kanae apoyó su cabeza en el cuenco del cuello de su amado y depositó un besito—.

—Ya duérmete—Sanemi soltó a Kanae centímetros antes de caer al colchón.

Kanae contuvo una risita con muchos problemas, pero logró levantarse después para que a su cara llegase su pijama de flores rosas.

Escuchó a Sanemi dar una pequeña carcajada sardónica e hizo un mohín a consecuencia, pero se pasó rápido en lo que terminó de vestirse.

Él limpió el resto y dando por terminado su trabajo, se acercó a la cama donde ella ya estaba tapada hasta el cuello, pestañeando como aleteo de mariposa y estiró sus labios buscando un beso.

Sanemi se inclinó y se lo concedió con gusto. Lo hizo durar y se hizo desear, dejó que ella le abraza por el cuello.

Él se separó y le dijo con una sonrisa:

—Nos vemos…

—¿A dónde vas? —preguntó ella con confusión.

—De vuelta al sillón…—respondió desconcertado.

Kanae ahogó una exclamación indignada y arrugó el ceño.

—¿Qué pasa?—inquirió Sanemi.

—¿¡Cómo eso!? ¿¡Vienes, me haces de todo y después te vas!? ¿Qué te has crei-?

—¡Okey, okey! Me voy a quedar un rato más.

Kanae se acurrucó sobre el pecho de Sanemi y él le acarició el pelo con ternura, la que podía caber en un momento de tensión como aquel.

Prefirió disfrutarlo, en su lugar. El cuerpo tibio de Kanae le había quitado el frío y nunca se cansaba de sentir sus piernas, sus mejillas y sus pechos contra él. Se acercó a su cabeza y le dio un beso en la frente, al que ella, ya dormida, le fue indiferente, aunque quizás no en sus sueños.

La respiración de Kanae se hizo cada vez más profunda y más tranquila y Sanemi supo que era momento de partir ya, pero en lo que se decidía, se tomó la molestia en revisar el cuarto de Kanae.

Nunca lo había visto con detención, pues casi nunca estaba ahí, pero se percató de lo variada que era la habitación.

Estaban, por supuesto, los peluches y las decoraciones con motivos florales, sus dibujos, sus trabajos de tiempos de la escuela, fotografías de sus amigas, de sus hermanas, de sus padres y sobre la mesita de noche, él.

Sanemi sonrió y luego se avergonzó de la foto que había escogido Kanae para inmortalizarlo. No enfocaba su mejor lado, pero por lo menos pasaba como una foto graciosa: ella estaba en una esquina de la foto, sonriendo a la cámara con una hermosa mueca traviesa, sacando su lengua, y luego él, con una expresión ausente, ido y distraído, con la mirada fija en la nada, además, parecía tener dos mentones, porque la cámara lo captó desde abajo y bien clara se podía ver su papada, pronunciada por su boca entreabierta.

"Me veo como el culo", pensó Sanemi. "Más de lo normal".

Si en su ausencia, su terrible retrato la hacía reír, se daba por pagado. Aunque, de todas maneras, podría sugerir una mejor foto…

Sanemi recorrió su mirada por la habitación.

El lado sentimental, el lado aparentemente aniñado, el lado dramático y cursi, era diametralmente opuesto al lado serio de ella y los dos colisionaban en ese espacio. Las estanterías con volúmenes de anatomía, tan gordos solo como esos manuales podrían serlo, su escritorio blanco, impoluto y ordenado, todo con un toque elegante, buscando la estética y la armonía en cada centímetro y rincón de su habitación.

Ella era… tan diferente de él. Él era ordenado, pero minimalista. Ella era suave y dulce, y él tosco y ácido. Ella era conciliadora y amable, él más desconfiado y reactivo. Él era más tranquilo, pero terco y ella sonriente, pero con tendencia a ceder. Ella era extrovertida, él era más bien tímido… Ella era hermosa…

Sanemi sintió una punzada desagradable a la altura del pecho.

¿Por qué Kanae se fijaría en alguien como él…?

La verdad es que no le gustaba pensar en eso muy seguido.

Obanai decía que lo que no entiendes y te gusta solo lo debes agradecer, no hay que razonar ni pensar nada.

Y pues lo hizo, hasta hace un tiempo.

Todo el mundo se preguntaba cómo duraron tanto. ¿Tanto tiempo eran tres años? Para Sanemi pasaron como un suspiro…

Un suspiro que nunca quería que acabara.

Tanjiro y Kanao se besaban profundamente otra vez.

Ella se agarraba con fuerza a su camina mientras sus mejillas se pintaban de color rojo. Tanjiro no se atrevió a ponerle las manos encima a Kanao, pero las ganas se le hicieron irresistible.

Procedió con timidez y tomó sus hombros. Bajo sus palmas, el cuerpo de Kanao dio un espasmo tembloroso, pero no detuvo el beso. Se acurrucó más en su pecho y siguió saboreando sus labios un rato más hasta que las manos de Kanao se deslizaron por el pecho de Tanjiro y se detuvieron abruptamente sobre su vientre, poco más allá del ombligo.

Tanjiro se retorció de gusto y cortó el beso ante el tacto, mirándola con ojos desorbitados y los labios fruncidos, pensando que debía disculparse y esperaba una reacción de huida de parte de Kanao, que se mantuvo en su sitio, un poco más nerviosa de lo normal, pero solo hubiese retirado las manos si Tanjiro se hubiese caído de la cama.

Kanao lo miró a los ojos. Sus bellos ojos fucsias, tan tranquilos y tan lejanos, lo hipnotizaron. Petrificado, como en un encanto, le fue imposible mover un músculo a voluntad, pero consciente de que el corazón pegaba tan fuerte como si se le fuera a salir del pecho y de su repentino ataque temblores en todo su cuerpo. La cara le ardía, y con la luz azulada de los focos, Tanjiro observó que Kanao respiraba agitadamente, con su boca entreabierta.

En su cabeza los pensamientos aparecían uno tras otros, no dando tiempo a llegar a ninguna conclusión o una reacción o cualquier palabra o sonido que pudiese salir de su boca.

Ya ni siquiera oía la lluvia. Y su sentido de la auto-conservación había parado de funcionar, pues ni siquiera le importó en ese momento.

Era complicado pensar con claridad cuando tres cuartos de tu sangre estaban por debajo de su cintura.

Kanao lo miraba a los ojos, se veía nerviosa.

—¿Puedo…? —preguntó ella—.

—¿Qu-qué cosa?—fueron las palabras que su cerebro logró articular.

Kanao bajó la cabeza y dirigió su vista hacia los pies.

Las manos de Kanao se movieron más y Tanjiro las agarró en el acto.

—No tienes que hacer esto, Kanao—susurró sonando alarmado, aunque solo estaba demasiado nervioso.

Kanao no respondió, pero volvió a mirarlo a los ojos.

—Quiero intentar algo. Algo más… ¡Pero solo por arriba! —respondió Kanao cuando su mano estaba ya demasiado cerca de las caderas de Tanjiro.

Se había acobardado un poco, pero no lo suficiente para quitar su mano.

—¿De verdad, tú quieres…?—Tanjiro comenzó a temblar y una sensación molesta se manifestó a la altura de su nariz.

En ese momento había muchas emociones implicadas. Miedo, dolor, placer, nerviosismo… Todos se mezclaban unos con otros.

Kanao lo miró a los ojos y asintió con la cabeza.

—Solo por arriba…—precisó ella desviando la mirada.

Tanjiro tragó saliva sonoramente.

Y por poco no le da un ataque cardiaco cuando los dedos de Kanao se acercaron a la parte superior del pantalón.

Y no supo cómo no se murió cuando se colaron debajo de botón de la cintura.

—¡Kanao!—graznó Tanjiro con la voz ahogada.

—¿¡Qué pasa!?—susurró ella escandalizada, apartando un poco su mano.

Tanjiro la miró a los ojos y dudó si preguntar, pues pudo tratarse de un error, pero la lengua fue más veloz que su cortesía y preguntó:

—¿No dijiste que iba a ser por encima?

—Eso dije—contestó ella un poco confundida—. Por encima del bóxer.

Tanjiro se congeló; su vista se nubló y por unos segundos dejó de respirar.

—¿Quieres que pare?—preguntó ella—.

—¡No, no!—se apresuró a decir Tanjiro, aunque después se percató de que lo dijo en un modo en que solo Zenitsu lo diría y no se sintió orgulloso en absoluto—. Quiero decir, si quieres continuar, puedes hacerlo—Tanjiro guardó silencio, miró a Kanao con timidez, luego cautelosamente acarició el brazo de Kanao y preguntó:—. ¿Quieres que yo-?

—¡No!—Kanao alzó la voz y le siguió un rayo en la lejanía que iluminó la habitación un momento.

Tanjiro se separó como hacen las cobras y se asustó un momento de su impertinencia.

—No… Solo… Solo yo quiero tocarte esta noche.

Kanao encontraba inconcebible que Tanjiro pusiera sus manos sobre otro lugar más erótico que no fuera su cintura o sus rodillas. No imaginaba nada más que eso y no estaba preparada para que él continuara por esos sitios. No esa noche al menos.

Pero ella… Ella se sentía curiosa por el cuerpo de Tanjiro, pero no tenía el valor para dejarlo a él acercarse. No es que no lo quisiera. Pero si apenas Tanjiro ponía las manos sobre su cintura, Kanao recibía mensajes de su cerebro que eran contradictorios y confusos, que le advertían que estaba en la línea de peligro y de nerviosismo inaguantable, por lo que, si avanzaba un poquito más, Kanao se escabulliría y saldría corriendo como si Tanjiro tuviera la lepra.

Se sentía mal porque su cuerpo reaccionara así. No era una situación justa, por ello mismo se debatió en continuar, hasta que Tanjiro la abrazó por su cuello y la estrechó contra su cuello, dejando un espacio para que respirase.

—De acuerdo… Continúa, si quieres…

Kanao bajó su mano, desabrochando los pantalones con dificultad y sintió, por sobre la tela un bóxer sintético.

Todo lo que había escuchado de sus compañeras que ya conocían del tema. Todas las historias que había leído por internet. Las veces que había visto imágenes, lo que había leído en novelas que se supone no debía leer.

Kanao trató de rememorar cada detalle acerca de cómo proceder, pero todo se mezcló en su cabeza, hervida de nerviosismo y de algo más que de eso…

Respiró hondo y cerró los ojos, dejando que su mano sintiera la sensación de un cuerpo extraño por primera vez.

Kaigaku estaba apoyado en la ventana del pasillo del instituto comiendo un jugoso melocotón rosa, cuando de repente se le acercó uno de los pandilleros de su banda de amigos.

Tanjiro estaba ocupado esperando en la fila de la sala de profesoras a la espera de que uno de los alumnos terminara de hacerle una pregunta a uno de sus tutores, cuando, por simple curiosidad y estando alerta de la reunión de un par de chicos con tan mala reputación, se decidió por agudizar su oído y prestar atención.

—Kaigaku, hay algo que quiero preguntarte…

El nombrado le miró con su permanente cara de oler mierda, que se intensificaba mientras tenía algo en la boca, y asintió con la cabeza, dándole el permiso para hacerlo.

—Verás… Con mi novia iremos a su casa el fin de semana y todo indica que…

Kaigaku tragó su melocotón, esperando.

—Y todo indica que va a suceder…

Kaigaku entrecerró los ojos y arrugó la nariz tratando de comprender el dialecto secreto que estaba usando su amigo para comunicarse, cuando finalmente entendió a lo que se refería.

—Aaah… ¿Y yo para qué mierda quiero saber eso?

—Te lo digo para que me des algún consejo.

—Bueno. ¿Sabes dónde puedes o tienes que meterte? —preguntó con aspereza.

—¡Claro que sí!—el chico se ruborizó—. Me refiero a que-

—¿Ah sí? ¿Cuántos agujeros hay?—Kaigaku se cruzó de brazos.

El chico se tomó unos largos instantes para contestar.

—Tres, claro. ¡Pero eso no es lo que quiero que me digas!

Kaigaku alzó una de sus gruesas cejas, decepcionado del tiempo empleado para contestar la pregunta.

—¿Y qué más quieres saber? ¿Te resulta muy complicado entender el "procedimiento"?—Kaigaku se ayudó con gestos en las manos para ejemplificar lo que ya estaba claro.

—Quiero saber si hay algo que nunca nadie te dice… Si tengo que esperar algo o si hay algún truco o cosa que sería bueno saber…

Kaigaku se echó para atrás, tratando de entender la pregunta. Se agarró el mentón tratando de buscar en sus sesos una respuesta adecuada, pero solo unas pocas anécdotas y hechos le parecieron relevantes, pues el sexo no era nada del otro mundo y no había para qué escandalizarse tanto.

—A ver… O sea, deberías bajar tus expectativas, porque la primera vez no suele ser la mejor experiencia—atinó a decir, por decir algo.

—¿Ah? ¿Por qué?

—Pues porque hay una alta probabilidad de que ella esté nerviosa y tú estés caliente. O al revés. Y la cosa no funciona si los dos no están calientes. Al menos no funciona bien para mí… Así que, si quieres que salga bien, cerciórate que ella esté en sintonía contigo. Juegos previos, esas cosas… Y bueno, tú relájate.

Kaigaku se masajeó la cara grotescamente antes de continuar.

—¿Preservativo?

—Obvio.

—Bueno, entonces no queda nada que decir… ¡Ah! Y prepárate para que te duela, solo por si acaso.

El chico arrugó la cara con confusión.

—¿Prepararme para que "a mí" me duela?

Kaigaku asintió mascando su melocotón otra vez.

—Sí—pronunció con la boca llena. Luego tragó—. Porque hay una alta probabilidad de que ella te la agarre como chofer de autobús a palanca de cambio.

La desgracia de acordarse de Kaigaku en un momento tan íntimo como aquel. Y para peor, darse cuenta de la sabiduría de sus palabras.

—¡Kanao! Creo que debemos parar…—gimió, pero de dolor.

Kanao se ruborizó y de los nervios su mano se detuvo y se tensó.

Tanjiro se encogió del dolor, pero trató de no dejar de sonreír.

—¿Quieres que pare?—preguntó ella un poco nerviosa—.

—Sí, después puede que deje un desastre. No te preocupes por mí. Paremos.

Kanao lo soltó, apartando la mano de inmediato. Unos segundos después, un ardor desagradable invadió entre las piernas de Tanjiro. Quizás si hubiese seleccionado un material más suave para su ropa interior, quizás la quemazón no hubiese sucedido.

Ahora tenía dos dolores.

Tanjiro le sonrió convincentemente y Kanao retiró su mano.

En lo que se halló libre, Tanjiro soltó un sonoro suspiro, pero su miembro palpitaba del dolor y ardía ante cualquier roce con la tela.

Kanao se acercó a él y volvió apoyar su cabeza en el pecho de Tanjiro, pero no pudo disfrutar de su cercanía como quisiera, pues la incomodidad, si bien disminuía paulatinamente, nunca se fue del todo.

No quería hablarlo en ese momento. Existiría el momento, pero no ese.

Ya entrada la mañana, Tomioka abrió los ojos

Los párpados le pesaron terriblemente. Lagañas se acumularon entre sus pestañas y su pelo era, igual que como cada mañana, un nido de musarañas. Se había incorporado pálido y con el cuerpo pesado, como si le hubiera faltado horas de descanso.

Enfocó su vista en Tanjiro, frente a él. Cubierto con la misma manta dormía profundamente, pero Tomioka, basándose en la expresión fruncida del chico, pensó que podría estar teniendo una pesadilla.

Luego pasó su vista hacia Shinazugawa quien, por el contrario, dormía a pierna suelta. Dormía con la boca abierta y hasta parecía sonreír, sus brazos estaban desparramados y colgando y sus mantas se habían caído del sillón.

Se le quedó viendo un momento con una expresión ecuánime. Entonces se acercó a él y lo tapó con las mantas hasta el cuello.

Tomioka sintió movimientos en el piso superior: pisadas, el sonido de la televisión, la ducha, el sonido de una conversación ininteligible.

Se giró hacia la cocina ante el repentino sonido de su estómago.

Y no quería esperar a que la familia entera se despertara para saciarse.

Tomioka no era un hombre muy hablador, pero lo que no tenía de hablador, lo tenía de observador.

Él ya había desayunado, por lo que se quedó sentado en su sitio a fin de marcar presencia por cortesía, aunque en su opinión no haría la mayor diferencia si estaba o no presente de todos modos.

Se quedó viendo a sus familiares con extrañeza.

Kanao se veía nerviosa. Más de lo normal. Sus movimientos torpes, que tuvieran que repetirle tantas veces las mismas frases y que fuera incapaz de mirar o de sostener una conversación competentemente con su propio novio, como si se tratara de la primera vez que lo veía, dejaron a Tomioka alzando una ceja.

El novio, por otro lado, tenía una expresión incómoda en el rostro.

—¡Cómo vamos a dejar que comas de pie, hijo! —expresó la señora Kocho horrorizada—. Ven, aquí. Junto a mí.

—De verdad es que no es necesario…—respondió el chico con una sonrisa dolorosa.

Eventualmente tuvo que ceder a las exigencias de la matriarca y estuvo más tieso que un palo sobre la silla. Tratando de no estirarse demasiado al coger la mantequilla y mantuvo tan quietas las piernas durante lo que duró todo el desayuno.

El señor Kocho se veía más tranquilo y amable que de costumbre, aunque la cortesía era más apropiada, seguía sin ser cálida o familiar a comparación de su señora esposa.

Sanemi estuvo de buen humor. Como nunca lo había visto antes. Era cortés incluso con Tanjiro y mantenía conversaciones largas y divertidas con su suegra. Adicionalmente, a pesar de no considerarse efusivo en lo absoluto, varias veces se inclinó para besar o para apoyar su adormilada cabeza sobre el hombro o la espalda de Kanae con una sonrisa de tórtolo enamorado.

Mujer que, a pesar de faltar poco para las una de la tarde, cabeceaba y apenas si lograba sostenerse del mentón para que su frente no diera contra la mesa. Pero se veía más despreocupada y mansa que de costumbre, se dejaba querer por Shinazugawa, pero demasiado adormilada como para responderle como correspondía, él solo soltaba una risa burlona ante esto, pero estaba tan agotada que no tenía ni fuerzas para hacer un solo mohín de molestia.

Shinobu se veía como todas las mañanas como la había conocido desde que la conoció: un poco más lenta, desaliñada y somnolienta, pero a la vez, la mujer más adorable que él había conocido nunca.

Mientras observaba en silencio las conversaciones de sus familiares, sintió un peso ligero sobre su hombro.

Al girarse, Shinobu había apoyado su cabeza y tan pronto como la miró, ella comenzó a rodear el brazo del chico y apegarlo contra su pecho.

—¿Has dormido bien? —preguntó en una voz suave—. ¿No pasaste frío?

—No—replicó él—. Me abrigaste bien, mamá.

Shinobu tiró de la mejilla de Tomioka con suavidad.

—Te has levantado con energía… ¿Quieres salir algún lado? A ver los restos de la ciudad después del diluvio…—Shinobu rascó uno de sus ojos—.

Un ambiente post-apocalíptico sonaba como un paseo romántico.

Tomioka bostezó y bajó la cabeza de a poco hasta dar con la coronilla de su amada.

—Seguro. Donde tú quieras.

Aparentemente, todos habían tenido una noche memorable.

Tomioka estaba lavando los platos y a su lado se hallaba Shinazugawa.

Tan solo el sonido del agua del grifo salvaba la habitación del silencio total.

Nada de eso era incómodo para Tomioka y esperaba de todo corazón que no lo fuera para Sanemi.

Tomioka lo miró de reojo para identificar sus facciones y cerciorarse de que el sentimiento era mutuo. Aunque no sabía muy bien cómo reaccionar si ese fuera el caso, pues apestaba iniciando conversaciones, sobre todo las que eran para romper esta clase de silencios.

Pero vaya que no era incómodo para él.

Sanemi secaba los platos con una sonrisa tranquila y distraída. Apenas siquiera notó que Tomioka estaba ahí. Su cabeza se movía de lado a lado, de arriba abajo y levantaba los pies, perdido en sus pensamientos y en una canción que recitaba en silencio.

De verdad estaba alegre esa mañana.

Por un instante, Shinazugawa se sintió observado, y en ese lapsus para voltearse a quién lo miraba, Tomioka ya había vuelto a su labor en silencio, sin distracciones.

Sanemi no le echó una mirada detenida a Tomioka, pero, por rabillo de su ojo, pudo identificar algo oscuro y extraño, algo que no era propio de la apariencia de su concuñado. De inmediato su cerebro lo alertó de una nueva alucinación, por lo que no se quedaría con la duda.

Simultáneamente ocurrieron tres eventos:

Sanemi giró la cabeza, se horrorizó al punto de ponerse pálido y por la puerta se escuchó la voz del señor Kocho entrando por la cocina.

Preso del pánico, tomó la espalda de la camisa de su concuñado y la tiró con fuerza hasta que la parte de delante quedó como cuello de tortuga y de paso dolió como puntapié a la tráquea.

Sanemi se volteó hacia su suegro con temor.

—Aquí queda un plato, muchachos. —El señor Kocho no hacía contacto visual y se encontraba cabizbajo.—Muchas gracias…

Y tan pronto como entró, salió por la puerta.

Sanemi soltó la camisa con un suspiro.

Tomioka al instante tosió con fuerza y se agarró el cuello, listo para defenderse de un segundo ataque, pero el autor frunció el ceño con reproche.

—Tápate eso—susurró y apuntó a un lugar en el hombro, cerca del cuello—.

Tomioka bajó su cabeza y se percató de lo que se refería.

Una marca redonda de color oscuro. Demasiado grande para ser la picadura de un mosquito, demasiado delineada para ser un moretón cualquiera.

Sanemi se tapó la boca tratando de ahogar una sonrisa, pero ni siquiera bajo su mano fue capaz de ahogar una risa burlona.

Quién hubiese pensado que la refinada cuñada suya sería capaz de semejante indiscreción.

—Dile a tu señora que se controle…

Tomioka se volteó con vergüenza, pero de inmediato se dispuso a proteger el honor su novia. Frunció el ceño con seriedad, se sacó los guantes de látex amarillos, como quien se dispone a proponer un duelo, luego alzó su mano y levantó un solo dedo de su mano derecha, como si apuntara a un lugar en el techo.

Y con altivez y elegancia pronunció:

—Lo mismo podría decir yo.

Con ese dedo, Tomioka taladró con fuerza en la herida de mordida que Sanemi tenía en el hombro.

Éste apretó los dientes evitando que un alarido saliera por su garganta y que alguien saliera en su auxilio, se apoyó en el lavaplatos con fuerza para no caer miserablemente al suelo, y por poco no lo arruga como papel de no ser porque la tortura duró solo unos segundos.

Tomioka cerró la llave y dejó los guantes en su lugar, dando por terminada su tarea.

Y Shinazugawa solo podía mirarlo con resentimiento mientras salía por la puerta, pues en esa casa podía pasar de todo, menos un escándalo. Y Tomioka lo sabía.

Sanemi pensó en devolver la ofensa, pero tener un conflicto sería más caro que salvar su orgullo. Por lo que se resignó con un suspiro y los dientes bien apretados.

Sin embargo, la venganza era un plato que se servía frío…

...

Sanemi inhaló el aire puro y fresco que dejaban tras de sí las tormentas. Sus mejillas se enfriaron al poco tiempo de salir de la casa, así como sus manos y su nariz.

Frotó sus manos la una contra la otra haciendo fricción a la vez que alzaba la vista para observar a Tomioka y a Shinobu saliendo por la reja. La chica se iba despidiendo de su familia con su mano, pero puso una expresión de súbita sorpresa, se giró para ver a su novio.

—Olvidé algo. Espera aquí, no tardo.

Shinobu entró por la reja una vez más y los dejó solos

Solos otra vez.

Tanjiro había partido temprano en la mañana, aquejado por un dolor que del que se negó a entrar en detalles, por lo que, intuyendo una posible gravedad o vergüenza, la familia no insistió en más detalles.

Por lo que no habría ladillas ni molestias esa mañana.

Sanemi entornó los ojos, maliciosamente. Se acercó al chico y puso una mano en su hombro de manera amistosa.

—Oye, Tomioka. ¿Has pensado en lo que te dije?

Tomioka alzó una ceja un poco extrañado. Hurgó en su memoria, pero no pudo recordar nada.

—¡Cuando salimos del hotel!—recordó Sanemi con una sonrisa—. Te dije que alguna vez te invitaría a unas cervezas con mis amigos.

Las imágenes saltaron a su cabeza de inmediato, Sanemi vio brillar los ojos de Tomioka por primera vez desde que lo conocía.

—¿Lo decías en serio? —exclamó, incapaz de ocultar de su júbilo—.

—¡Pero claro! Tenemos pensado hacer una junta el viernes en la noche con mis amigos.

Tomioka sintió un cosquilleo a la altura del estómago. La sensación de ser considerado para esta clase de eventos lo ponía vergonzosamente contento.

Estaba a punto de abrir la boca para aceptar, cuando un rayo de prudencia mermó su alegría.

Tomioka trató de volver a su semblante natural, aunque le fue imposible ocultar su recelo.

—Son tus amigos de la universidad. ¿Verdad? —preguntó Tomioka con cautela.

Sanemi le miró un instante y alargó una sonrisa maquiavélica.

—Por supuesto. Estarán mis amigos de la universidad.

Uzui miró al techo poniendo los ojos en blanco ante la interminable discusión que ocurría en su presencia.

—¡Fue en la secundaria! —exclamó Obanai, quien por el calor de la discusión apenas si había tocado su cerveza—.

—¡No, no fue! —insistió Sanemi—.

—¡Sí que lo fue!

—¿Tienes una foto del anuario o algo de fin de curso como prueba?—Sanemi le mostró las palmas.

Obanai arrugó la nariz.

—Ew, no, yo no guardo basura. En todo caso. ¿Qué te hace estar tan seguro de que no es así?

—Porque de otro modo no calzarían los cálculos—explicó Sanemi—. Se supone que es menor que yo.

Obanai se hizo hacia atrás en su asiento, se cruzó de brazos y alzó una ceja.

—Y has pensado que quizás, no sé… Solo como probabilidad… ¿¡ESTÉ MINTIENDO!? ¿¡Cómo es posible que le creas a esa rata después de que hizo quedar de loco frente a tus suegros!?

—Escucha, víbora—Sanemi llamó a la conciliación—. Tengo la teoría, luego de hacer memoria un par de veces, de que nos conocimos en la correccional.

Uzui y Rengoku se inclinaron sobre la mesa con súbito interés.

—Si fuera así, sería razonable que no quisiera que me acordase de él.

—A lo mejor podría estar por las mismas razones que tú—rebatió Obanai.

Rengoku se sujetó el mentón ante la hipótesis y asintió a medida que los argumentos iban saliendo.

—¿No puede haber un punto medio? ¿Qué lo hayas visto en la secundaria y conocido en la correccional? —sugirió Uzui—.

—Estábamos en la misma puta clase—lo atajó Obanai otra vez—.

—No puede ser—volvió a negar Shinazugawa con rotundidad—.

—¡Tú lo odiabas! —Iguro empezó a sonar exasperado—.

—No lo recuerdo.

Obanai se echó hacia atrás en el sillón quedando inamovible y silencioso. En su cabeza rabiaba frustrado, decepcionado de no poder penetrar en el tozudo carácter de su amigo.

—Hay algo que no me queda claro—intervino Rengoku por primera vez en largo rato—. ¿Por qué es tan importante saber esta información? ¿Encararlo por su actitud con tus suegros? Si es como dices, eso de que te lo encontraste en la correccional, ¿no sería mejor para los dos no saber lo del otro?

Rengoku hizo una pausa ante la confusión de Sanemi.

—Me refiero a esto: Los dos se conocieron en una circunstancia que los comprometía mutuamente. Por cómo lo describes, él no debe de enorgullecerse de esa parte de su vida y en todo caso, ¿de qué te sirve a ti saber lo suyo y viceversa? En el peor de los casos podría acabar en un chantaje mutuo. ¿No es mejor dejarlo en el olvido y seguir adelante?

Sanemi negó con la cabeza.

—Me refiero a cuando Genya estaba en la correccional.

Los tres muchachos abrieron los ojos, comprendiendo.

—Para ese entonces yo ya era mayor de edad. ¿Para qué estaría él ahí si supuestamente, tenemos la misma edad?

—¿Por las mismas razones que tú? A lo mejor. Por un hermano o un familiar —se aventuró Iguro, aunque con una seguridad reducida.

—Por lo que me dijo mi suegro, su única familia es su hermana mayor. No tiene primos, tíos, abuelos o padres. Y ella es bastante más mayor que él.

Se hizo un silencio. Los cuatro estaban tratando de saborear la información recién convidada.

—Entonces andaba metido en algo raro…—supuso Obanai.

—Y por eso no quería que se lo recordaras frente a su suegro—continuó Rengoku—.

—Eso explica bastante bien por qué trató de hacerte pasar por loco—Uzui concluyó la idea bastante satisfecho—.

—Además, me calza con la edad que me dijo que tenía. Por lo que es la posibilidad que más peso tiene.

Uzui quedó satisfecho con la explicación, por el contrario, Obanai tenía sus dudas sobre esa afirmación. Aunque la explicación era razonable, algo le impedía aceptarla y no estaba seguro si era su propio orgullo de verse equivocado o detalles que se le estaban escapando.

Estaba seguro de que Tomioka había sido compañero de clase en sus tiempos en el instituto.

Su cara de rata se marcó a fuego tras sus párpados.

Rengoku permaneció con dos dedos sobre el mentón, en una expresión dubitativa y serena. Luego se apoyó en el respaldo del sillón, con una mirada brillante.

—De acuerdo, pero… ¿Y si fuera la idea de Obanai la correcta? ¿Qué implicaría?

Uzui resopló con gracia.

—¿Con la edad que tiene Shinobu? Eso es pedofilia.

Sanemi no se atrevía a hacer tales aseveraciones, mucho menos a pensarlas como probables dado el carácter de su cuñada, su hipótesis de la correccional y sobre la idea general que se llevó del chico en esos meses que llevaba de conocerlo.

—Técnicamente, sería estupro—puntualizó Rengoku—. Pero solo si se puede probar que el mayor recurrió a técnicas de manipulación y se aprovechó en base a su experiencia para lograr un consentimiento del menor.

Uzui volvió a resoplar, ahora, incrédulo.

—¿No podríamos asumir que ese es el caso? ¿Como efectivamente lo es el noventa y nueve por ciento de los casos?

—Si supiéramos su edad, sería posible comprobarlo—Rengoku se cruzó de brazos, con un aire resignado—. Pero como han dicho, no tiene redes sociales.

—¿No dijeron su edad en el campeonato?

Rengoku negó con la cabeza.

—Aun si me acordara, en este campeonato solo nos evaluaron por peso. No hay modo de que lo sepa.

—Es por eso que quería invitarlo a beber con nosotros para averiguarlo—dijo Sanemi—.

Los tres abrieron sus ojos, asombrados.

Obanai le apuntó con uno de sus dedos.

—Si estás tan seguro de que no es mi idea, por qué no dejarlo como está. La verdad es que, si eres tú o es Genya, no veo diferencia de que te convenga saber algo de él y ponerte en peligro.

—Precisamente. Porque, como dijo Kyojuro, para el chantaje mutuo. Si él sabe algo de mí o de Genya, en caso de que se enoje conmigo o quiera ponerme en mala posición, yo no tendré con qué defenderme. Si los dos tenemos algo con qué jodernos, entonces hay empate.

—¿No confías en él? —preguntó Rengoku.

Sanemi casi no confiaba en nadie, en realidad.

—Todavía no. Pero uno nunca sabe…

—Espera, espera…—Uzui levantó una mano para aminorar el paso de la conversación—. ¿No le has dicho a tus suegros sobre lo de Genya?

—No.

—¿Y de ti?

—Tampoco.

—¿Se lo has dicho a Kanae?

Sanemi desvió la mirada.

Uzui frunció el ceño.

—Shinazugawa…—pronunció Uzui en tono de reproche.

Sanemi rodó los ojos fastidiado.

—¿Y qué si no lo sabe? —se levantó de su sitio y se fue a buscar otra cerveza. Continuó cuando ya la tuvo en la mano—. ¿De qué sirve que lo sepa? Estamos felices, no es necesario que sepa dónde pisé hace diez años. Además, ella también me oculta cosas de su pasado…—dijo como si eso lo defendiera.

Uzui arrugó la nariz con enojó.

—¿Ahora eres el novio revanchista? Te recuerdo que estamos hablando de ti. No de ella. ¿Cuándo te pusiste tan inmaduro? —lo atajó Uzui al instante.

Sanemi se ruborizó. Rengoku y Obanai estaban en su sitio sin saber cómo intervenir y la incomodidad empezaba a tensar el ambiente.

—Mira, a mi suegro le molesta que respire muy fuerte, imagínate si sabe que mi hermano tuvo un pasado reprochable, o peor, yo. Ahora sí que nuestra relación sería irreversible.

—¿Y Kanae?—Uzui se cruzó de hombros.

—No siento que debamos saber cada detalle de nuestras vidas. Hay partes de la suya que yo tampoco sé. ¿Y sabes qué? Lo respeto. No tiene por qué contarme algo que quiere olvidar o en mi caso, algo que ya no soy. Si se lo llegase a contar. ¿De qué serviría? ¿Para qué me pierda la confianza? Después no podrá dormir tranquila conmigo y me tendrá miedo.

—Para que estas cosas no te pasen—Uzui imitó el tono—. Para que el pasado no te reviente en la cara, justo como está ocurriendo ahora.

—No lo va a saber. Porque no volveremos a tocar el tema. Esto es solo por las dudas…

Rengoku arqueó sus grandes cejas con tristeza.

Uzui abrió la boca para decir algo cuando por la puerta cruzó Mitsuri y la estancia, hasta entonces bulliciosa, calló en un segundo y ocho pares de ojos se fijaron en ella, como tratando de verificar cuánto había escuchado de la solemne conversación.

Mitsuri fue pillada en pleno bostezo, y al enterarse de que era el centro de atención, abrió los ojos con nerviosismo y su cara hirvió como una tetera.

La chica se quitó uno de los audífonos del oído.

—¿Q-qué sucede muchachos?

Uzui y Sanemi desviaron la mirada de ella y tanto Rengoku como Obanai trataron de sobreponerse al sospechoso silencio como pudieran, aunque Iguro lo logró con mayor naturalidad.

—Quería pedirle a Shinazugawa que me trajera una cerveza, pero su culo se pegó al sillón, aparentemente. ¿Puedes traerme una, Mitsuri? Si no te molesta.

—¡Tú nunca me molestas, Obanai!—Mitsuri sonrió, sin que su rubor desapareciera por completo. Se acercó al mesón de la cocina y cuando revisó las cajas y las bolsas ahogó un grito horrorizada—. ¡Ya no quedan cervezas!

—Ugh… ¿Quién va a ir a comprar?—preguntó Uzui mirando a sus amigos—.

Los tres se quedaron en silencio, evitando su mirada.

—No se peleen, muchachos. Yo iré.

Uzui se levantó del asiento con un quejido senil.

—¡Yo te acompaño! —exclamó Mitsuri—.

—Yo también iré—respondió Obanai incorporándose.

—¡Qué bien!—replicó la chica con voz ilusionada—.

Uzui le echó una mirada significativa a Obanai con la que lo insultó y maldijo en todos los idiomas posibles.

Uzui y Mitsuri estaban arreglándose para salir mientras discutían sobre la marca de cerveza que podrían comprar, en tanto, Obanai se levantaba buscando su billetera que se había caído en su sillón.

—¡A todo esto, Mitsuri! —exclamó Shinazugawa de repente—. Tenía pensado invitar a Tomioka la próxima vez que nos veamos. ¿No te molesta?

Mitsuri soltó un chillido que dejó sordo a Tengen un instante, mientras daba saltitos de la emoción que hacían temblar la habitación.

—¡No tienes ni que preguntarlo!—Mitsuri no era capaz de ocultar su alegría—. ¡Será un honor conocer al hombre que se ganó el corazón de mi amiga! ¡AH!

—¿No lo conoces? —preguntó Tengen con incredulidad—.

Mitsuri negó con la cabeza.

—Nunca me habla de él. ¡Es un poquito tímida, ya sabes!—Mitsuri hizo un ademán, quitándole importancia al gesto—. ¡Pero es muy guapo! ¡Ahora falta saber qué carácter es capaz de conquistar el corazón de mi amiga! ¡Me encantaría conocerlo y que sea mi amigo también!

Mitsuri salió del departamento tarareando una cancioncita feliz y fue seguida por Tengen.

Obanai agarró la billetera con fuerza, como si los billetes que contenía se fueran a volar.

—Oh, ya tendrá ganas de ser su amigo cuando se entere que es pedófilo…—masculló Obanai sombríamente—.

—No es pedófilo—saltó Shinazugawa de inmediato—. Ha tenido un pasado complicado, es todo.

—Seguro que hay algún criminal con un pasado bonito y feliz…—replicó Obanai con ironía.

—¡No lo es! ¡No vayas por ahí diciendo tonterías a Mitsuri!

—¿Tonterías? Si está clarísima la razón. No le debe de hacer ninguna gracia a tu suegro que uno de sus yernos haya captado a una de sus hijas.

—¡No la captó! Te digo que se enamoró de un delincuente, por eso mintieron.

—Efectivamente. Un delincuente. Quizás tenga por ahí una amante que vaya en el kínder.

—Te estás convenciendo de eso, solo porque es el peor caso—replicó Shinazugawa—.

—No. Estoy seguro.

—Bueno. Estás. Equivocado—Sanemi sonrió de medio lado—. Y celoso también.

Obanai se dio la vuelta con fiereza. Agarró a Sanemi de la camisa y lo jaló hacia arriba como si se tratara de un muñeco.

—No estoy celoso. No me dan celos los tipos con cara de rata. Sé que tengo razón y me dan asco los pedófilos. Un cuarto del sueldo de las prácticas profesionales a que es un puto pedófilo—gruñó Obanai por lo bajo—. Y que fue nuestro compañero de secundaria.

Sanemi no se intimidó en lo absoluto, más bien, se atrevió a sonreír.

—Un cuarto del sueldo a que no—desafió—. Y que es exactamente como yo digo.

—Hecho.

Se dieron un varonil y fuerte apretón de manos y asintieron con la cabeza al mismo tiempo.

—En realidad, no sería un pedófilo…—Rengoku trató de hacer la precisión, pero estaban demasiado ocupado fulminándose con la mirada como prestar atención a lo que decía.

—¡Obanai, vamos! —llamó Mitsuri desde el pasillo—.

Obanai se dio la vuelta y con una voz dulcificada, poco propia de él, respondió.

—¡Ya voy!

¡Eso es todo!

Lamento la espera del mes. Mi abuelo enfermó y tuve que cuidarlo hasta que falleció.

Escribir la historia ayudó a relajarme y debo confesar que al leerlos me hicieron reír. Estoy muy feliz.

Voy a terminar este proyecto por ustedes. Muchas gracias por leerme.