*Este capítulo contiene lenguaje soez, borrachera locas y crackships que tal vez no sean del agrado de todos.
*Se recomienda discreción.
…
—No, ese color no me gusta—dijo la chica.
—¿Alguna cosa que te guste en este mundo? —preguntó su amiga con frustración.
La melindrosa muchacha se dejó caer en su silla con un aire inconformista mientras la otra le dedicaba una mirada irritada. Ambas muchachas, con el cabello blanco, muy parecidas dado el parentesco y el gusto estético, se miraban frente a frente, separadas por el taburete escolar.
Entre ellas, una chiquilla de cabello oscuro, liso y muy largo revisaba un libro con un rostro ecuánime, apenas si se veían sus ojos por el gran flequillo que se deslizaba por su frente. Ella, en lugar de intervenir y mediar, prefirió ignorar, aunque tampoco se le consideraba una chica habladora en primer lugar.
—¿Tú qué opinas, Daki?
La chica que completaba el cuadrado, salió repentinamente de su estupor y les dirigió la primera mirada lúcida en un buen rato.
—¿Qué cosa?
—¿Qué pasa que andas tan distraída? —le volvió a preguntar la chica caprichosa—. ¿En qué estás pensando?
—Nada. Solo me quedé pegada en la nada…—farfulló Daki—.
—¿En "quién" estás pensando? —se aventuró la otra, cuyo ceño se había relajado ante lo que consideró una broma excelente—.
—¡E-en nadie! —desmintió Daki, aunque la duda en su voz no pasó desapercibida.
Las tres chicas se inclinaron hacia adelante con interés.
—¡De verdad que me pregunto quién será!—la chica caprichosa continuó con la broma en un tono juguetón—.
—¡Ya te dije que no es nadie! —ladró Daki—.
—Y aunque existiera, no te deberías hacer muchas ilusiones…—habló la tranquila e inexpresiva voz de la morena, quien apenas se dignó a levantar la mirada de su texto—.
—¿Qué estás insinuando? —preguntó una de ellas.
La morena de flequillo oscuro y liso alzó la cabeza y aun así nadie podía distinguir la forma o el color de sus ojos.
—A Daki solo le gustan los feos.
La chica melindrosa quedó con la boca abierta, mientras la otra trató de contener una carcajada, aunque sin éxito.
—¡A mí no me gustan los feos!
—No sé, eh—prosiguió la muchacha guardando los cosméticos sobre la mesa, cuyos colores resultaron insuficientes para la chica remilgada—. A mí no me queda tan claro.
—¡Tú qué sabes! —Daki la empujó en su hombro no con la fuerza para votarla al suelo—. ¡Sí que me gustan los chicos lindos!
—Tú no eres objetiva, Daki—sentenció la morena dando la vuelta a una página—.
Daki, conocida por su genio corto e impulsivo, protegida por su orgullo, frunció el ceño, creyéndose desafiada.
—¿Sabes qué? En realidad, sí que me gusta alguien—se jactó la muchacha cruzándose de brazos.
Las dos chicas de cabello blanco, abrieron los ojos anonadadas, pero la morena ni se inmutó.
—¿Y quién es?—preguntó ella de inmediato, soltó una media sonrisa—. Supongo que no va en nuestro instituto.
—¡O, claro que sí!
Daki caía siempre. Si decían A, ella decía Z. Si tiraban, Daki empujaba. Si era blanco, Daki era negro.
—¿Quién es?
La chica remilgada abrió los ojos con asombro, no encontraba a ningún chico de su instituto siquiera pasable para sus estándares. Si esos eran sus propios estándares, no podía imaginarse los estándares de Daki, una de las tres bellezas del instituto.
—¡Verás!—Daki se levantó—. ¡Él es…!
Daki quedó en silencio.
Tenía que admitir que nunca encontraba guapos a los chicos que sus amigas afirmaban que eran guapos: los miembros de las bandas de moda, modelos o actores poco mayores que ella, eran lindos, tenía que admitir, pero ninguno le causaba ganas de gritar o los adoraba al punto de ir a los conciertos o comprar en físico las películas como sus amigas sí hacían.
Ella se fijaba… En otra clase de tipos que, a todas luces, quizás, no debería de fijarse. Y nadie, ni siquiera en el salón, hasta las chicas que parecían ser diametralmente opuestas a su grupo de amigas, no concordaban en lo absoluto con ella.
"¿Cómo te gusta un tipo como ese?". Había perdido la cuenta de cuantas veces le habían preguntado eso, con el ceño fruncido, con una mueca de asco, casi indignadas de que Daki no quisiera a alguien que la superara o que al menos estuviera a la altura de su belleza.
Esos rostros y preguntas la hacían ruborizar. Pensar que en ella había algo malo, por lo que se limitó a mirar a los chicos que le gustaban de reojo, con un rostro indiferente, a veces pretendiendo, a veces no, que se quedaba pegada en la nada, justo como antes.
Pero "el chico" ya se había ido de la clase, y solo quedaban ellas y un par de estudiantes solitarios.
—¡Me gusta…! Amm…—la mente de Daki trabajaba a toda potencia, hasta que recordó un nombre que había escuchado entre suspiros enamorados de muchas chicas—: ¡Me gusta Kaigaku!
Las tres quedaron asombradas. Incluso la morena entreabrió su boca.
—Bueno, es una buena elección…—coincidió una de ella, todavía un poco turbada, más que por el chico, la elección era la de un tipo que no le daban ganas de salir corriendo.
El ambiente se hizo menos denso y competitivo. Luego ellas se inclinaron sobre la mesa con sonrisas traviesas, emocionadas y relajadas, en un círculo más amable.
—¿Qué harás?
—¿Tienes su número?
—¡¿Te confesarás?!
Daki se dio cuenta de lo que había dicho y se quiso morder la lengua para cortársela y no volver a hablar nunca más.
Ella sonrió nerviosamente y miró a varios lados, viendo cómo era el centro de atención de sus amigas.
—¡Hoy!—resolvió—.
—¿¡Hoy!?
—¿¡Cómo es que nunca nos contaste!?
—¿Qué crees que te dirá?
—Es que… me daba vergüenza—dijo, aunque no sonó convincente—. Y no sé qué me dirá.
Sus amigas se le quedaron viendo unos segundos demasiado largos para ser tolerables para ella.
—¡De hecho! ¡Voy ahora mismo!
Se dio la vuelta y fue a buscar al muchacho.
…
Sanemi y Obanai iban por la calle de noche, vaciándola a medida que iban caminando, acercándose al lugar del encuentro. Ambos deliberaban, discutían y señalaban las variadas e inútiles temáticas que sirvieron para entretenerse. Y las conversaciones no acabaron sino hasta que estaban a la vuelta de la esquina del bar en el que se reunieron.
—Entonces. ¿Qué vas a hacer para descubrirlo? —preguntó Obanai, luego de un silencio—.
—¿No será qué "vamos" a hacer? —Sanemi levantó una ceja con incredulidad—.
—¿Por qué me metes a mí?
—¡Porque la apuesta también es tuya!—exclamó Shinazugawa.
—Ya. Pero solo por el resultado. Nunca dije que iba a ayudarte.
—¿¡Estás bromeando!?
—Más allá de descubrir su secreto, que seguro será lo que yo diga, no me interesa involucrarme con ese tipo.
—No puedo creerlo…
Sanemi negó con la cabeza, traicionado. Luego sonrió de medio lado.
—¿Quién sabe? Hasta te caiga bien.
—En la vida…
…
Tomioka esperaba fuera del bar. Era un lugar concurrido, a su parecer. Había visto pasar una cantidad importante de personas y grupos de diferentes edades y con relaciones muy diferentes. Había visto pasar chicos de su edad y gente mayor en trajes, seguro que era para celebrar algún evento de alguna empresa.
Se sintió como parte de una sombra. La gente lo franqueaba sin mirarlo, ignoraban que estaba ahí y nadie se acercaba ni a pedirle la hora. No es que no estuviera acostumbrado a esa clase de comportamiento, pero estando a la espera de un grupo, se preguntó seriamente si no era patética su figura entre tantas personas que sociabilizaban desde antes.
Hacía tiempo que temía a la vergüenza pública. Y no sabía si eso era bueno o malo.
Entonces observó la salvadora cabellera plateada de su concuñado avanzando solo por la calle.
Tomioka se preguntó si debía levantar la mano para saludarlo o para decirle que estaba ahí, pero dudó. ¿No se vería demasiado desesperado porque llegara? ¿Debía de parecer más casual, despreocupado o señalarle que había llegado tarde?
Entre sus cavilaciones Shinazugawa llegó a su lado.
—¡Hola! Llegué tarde. ¿Te hice esperar mucho?
—No. Acabo de llegar.
Tomioka se ruborizó. Palabras tan clichés salieron de su boca automáticas. Sintió un sudor desagradable en la parte de su nuca. ¿Debía de agregar algo? ¿Reírse? ¿Señalar que era una broma? ¿Pararse a explicarla? ¿O quizás-?
—Perfecto. Entremos, entonces, mis amigos dijeron que ya llegaron.
Shinazugawa lo tomó por el hombro y lo dirigió a la puerta.
…
El bullicio de la gente lo tenía trastornado. Estaba tan poco acostumbrado a los sonidos exteriores poco claros que las risotadas, chismorreos y gritos lo descolocaron un poco, pero nada que no pudiera manejar. Solo hacía falta tranquilizarse y no hacer escándalo por las cosas a las que no estaba acostumbrado y tratar de ser ecuánime cuando viera algo que podría desaprobar perfectamente.
Tener una sola cara era su especialidad. Por lo que la noche sería pan comido.
—Ahí está la mesa de mis amigos.
Tomoika contempló la mesa y vio a tres personas: Un tipo con el cabello plateado como Shinazugawa, una chica de cabello color rosa y…
Tomioka comenzó a sudar frío.
—¡HAN LLEGADO!—saludó Kyojuro con todas sus fuerzas—.
—¡Qué bien! Ojalá no te moleste que ya hayamos pedido—. Tengen se dirigió directamente a Sanemi—. ¡Ah! ¡Hola, hombre! Tú debes de ser el famoso Tomioka. Un placer, yo soy Uzui.
Giyuu tenía una expresión compungida, su mirada se hizo brillante al estar alerta.
Rengoku se levantó de su cojín y se acercó a Tomioka, extendiéndole la mano.
—¡MUCHO TIEMPO!—gritó Rengoku.
—Él habla fuerte porque hay mucho ruido aquí—explicó Shinazugawa.
—¡ESTOY UN POCO SORDO!
—¡Así veo!—contestó Giyuu.
Tomioka devolvió el apretón con mediana fuerza, mirando hacia otro lado.
No quería hacer contacto visual, pero los ojos de Rengoku eran como los de un búho y dudó que el muchacho haya pestañeado desde que se levantó del asiento.
—Yo voy al baño—le dijo Shinazugawa palpando su hombro—. Disculpa por dejarte solo con éstos. No te preocupes, ninguno muerde. Bueno, quizás ese sí…
Shinazugawa apuntó a Tengen, quien le sonrió con todos los dientes.
—Vuelvo de inmediato.
Shinazugawa tiró su mochila en un asiento vacío, por lo que determinó su dominancia sobre ese almohadón vacío.
—¡VEN A SENTARTE!
Kyojuro le dio una cálida bienvenida y lo guio hasta la mesa. Tomioka tenía la intención de sentarse junto a Shinazugawa, pero al momento de que desprendió la mochila de su espalda, una fuerza sobrehumana lo empujó hacia abajo y lo dejó sentado sobre uno de los asientos acolchados, justo al lado de la señorita de cabello rosa y puntas verdes.
—¡Hola!—saludó con una voz chillona—. ¡Mi nombre es Mitsuri Kanroji, un placer conocerte!
Ella le extendió su fina mano, como Kyojuro había hecho antes, que Tomioka recibió en la suya. Aunque él apretó con suavidad, la chica quería moler los huesos de sus manos por la semejante fuerza con la que lo apretó.
—¡Ay, estoy muy nerviosa!—la chica se ruborizó y comenzó a sudar—. ¡Sé que esto es raro! ¡Pero yo conozco a Shinobu! ¡Ella es mi mejor amiga!
Tomioka se liberó del apretón con los dedos entumecidos y las falanges rojas, pero la mención de su novia lo llevó a una distracción del dolor.
—¿Dijiste que te llamabas "Mitsuri"? Sí. Ella me ha contado de ti. Un placer conocerte, también.
Mitsuri enrojeció y se llevó las manos a las mejillas, como si su sonrisa se fuera a salir de la boca. Sus ojos se cristalizaron, emocionada de saber que ella era un tema de conversación para que su amiga con la persona con la que intimaba de manera más profunda, la hizo sentir tan cerca de ella…
Su pechó se removió con gozo, y aunque trató de contener su sonrisa, no lo logró.
Ella alzó la mirada para verlo a los ojos. Era un muchacho guapo de piel suave y blanquecina, pero de ojos tristes y profundos. Se veía como un chico serio y con los pies en la tierra… Pero, en general, sus primeras impresiones nunca eran las correctas, por lo que quedaba esperar a que él se desenvolviera como quien era en realidad.
¿Quién sería este muchacho que logró ganarse el corazón de su amiga? ¿Qué habría en él de especial? Estaba ansiosa por descubrirlo, pero aun si no lo descubría.
Mitsuri tomó a Tomioka de la mano con fuerza.
—Sé que será raro que te lo diga ahora, tan de repente, pero espero que no pienses mal de mí—dijo Mitsuri con una un poco triste—. Realmente me alegro de conocerte. Mi amiga es una chica muy tímida y no suele decirme casi nada sobre su vida. A pesar de eso, la admiro mucho. Es muy lista, ingeniosa, amable y una de las personas que más me importan en mi vida. Por eso, estoy feliz de que alguien pueda llegar a su corazón y hacerla feliz, porque se lo merece.
Mitsuri hizo una pausa, para recuperar el aliento.
—Lo que quiero decir, es que cuides de ella. Porque ella sin dudas cuidará de ti.
Tomioka pestañeó y escuchó atentamente cada palabra, y aunque para un encuentro, tal discurso era sin duda inapropiado y raro, hacer muecas iba en contra de las reglas de esa noche.
Tomioka hizo una pequeña sonrisa y encontró pertinente tomar la mano de la chica amistosamente, así como ella había hecho con él.
—La haré feliz. Yo también estoy feliz de que seas su amiga. Me preocupa que sea tan solitaria, pero saber que existes hace que me tranquilice.
Mitsuri sintió que su corazón se aceleraba con gusto.
—¡Llevémonos bien!
Tomioka asintió solemnemente.
…
Shinazugawa caminaba de nuevo en dirección a su mesa, cuando se encontró con la espalda de su amigo. Los pantalones a rayas blancos y negros y la gran camisa negra de lino, vestido como todo un conquistador, sin embargo, tal estilo matador era contrastado con una esencia matadora. Una oscura aura rodeaba a su amigo que hacía que el personal de servicio lo esquivaran como si tuviera la lepra.
Sanemi no se intimidó en lo absoluto y se acercó a su amigo por detrás.
—¿Qué te pasa?—preguntó nada más llegar.
Obanai no contestó, su vista estaba fija en la mesa de sus amigos, quienes no habían advertido su llegada.
Sanemi observó la mesa y la fuente de ira quedó clarísima, cuando frente a sus ojos Tomioka sostuvo la mano de Mitsuri con ternura.
Sanemi vio de reojo a Obanai, tratando de contener su sonrisa.
—¿Qué te parece?—le dijo Obanai con ironía.
—Sí, no le costó nada hacerse querer por el grupo—replicó Shinazugawa, ignorando deliberadamente el tono de su amigo.
—Y no me va costar nada desenmascararlo. ¡Qué se habrá imaginado…!—gruñó—. ¡Ten! ¡Sostenme la mochila!
El bolso casi llega a la cara de Sanemi, pero logró agarrarlo al vuelo. Obanai se tronó sus nudillos y su cuello, y comenzó a caminar hasta la mesa.
…
—Ahora que hablan de eso. ¿Cómo es que los jueces evalúan cuando hay empate?—preguntó Tengen con curiosidad.
—¡PRINCIPALMENTE, SE FIJAN EN QUIÉN DESARROLLA LA MEJOR TÉCNICA!
La mirada de Tomioka se ensombreció.
—También—recalcó Giyuu—, se basan en criterios muy subjetivos. A veces es quien tiene un desplante más dramático y espectacular, no necesariamente mejor…
—¡ESO TAMBIÉN! ¡AUNQUE NO FUE MI CASO!—Kyojuro no se dio ni por aludido.
Tengen quería reír ante la cerrada de boca, pero vio cómo se acercaba la oscura aura de su pequeño amigo a la mesa.
Obanai se plantó justo a un lado de Tomioka.
—Buenas noches—seseó Obanai, en especial a Giyuu—.
Tomioka se giró para ver quién lo saludaba y de haber tenido agua en la boca la habría escupido.
La mirada bicolor de Obanai estaba fija en él, conectó con sus ojos al tiempo que se ponía pálido como un fantasma.
—¡Llegaste, Obanai!—celebró Mitsuri—. ¡Qué gusto verte aquí!
Obanai desvió su mirada sombría, que cambió al instante a una más dulce y afable.
—Me alegra que vinieras también, Mitsuri—luego volvió a Tomioka con la mirada amenazadora—. ¡Éste debe ser el famoso, Tomioka!
Giyuu extendió su mano temblorosa.
—¿Shinazugawa te ha hablado de mí? ¡Un placer conocerte!
Tomioka trató de sonreír, cosa que salió terriblemente.
Obanai entornó los ojos, incrédulo.
—Claro. Un placer.
…
Una vez se hallaron todos sentados, Uzui habló la boca para hablar.
—Oye, me estaba preguntan-
—¿No te he visto yo en otro lado?—preguntó Obanai con el codo sobre la mesa, apuntando directo a Giyuu.
—No. No lo creo.
—¿Seguro? Me suenas demasiado.
—Seguro me confundes con otro.
Obanai entrecerró los ojos.
—¿Cómo estás seguro de que no me conoces?
—Unos como los tuyos no se me olvidarían.
Obanai frunció el ceño.
—¡Ay, Tomioka, no sabía que eras poeta! —intervino Tengen con burla.
Shinazugawa estalló en su característica carcajada de villano y Rengoku no pudo evitar reírse con su puño sobre su boca.
Mitsuri ahogó una exclamación de indignación y se acercó a Tomioka por el costado, con un adorable ceño fruncido.
—¡Oye, tú! ¡Estás casado, no puedes decir esas cosas a los demás!
Obanai arrugó la nariz con disgusto, y algo ruborizado quiso que dejara el tema de inmediato.
Tomioka resopló, sabiéndose a salvo por un rato.
Pero la mirada de Obanai nunca dejó de maldecirlo del todo. De vez en cuando, un escalofrío le recorría un costado y era impresionante cómo el aura maligna se intensificaba cuando trataba de distraerse hablando con Mitsuru.
Cuando llegaron las comidas y las bebidas, todos comenzaron a alegrarse por el alcohol y las conversaciones se fueron haciendo más y más escandalosas en volumen y en tono, por lo que las carcajadas no se hacían esperar.
—¿Y las tres estaban de acuerdo?—preguntó Tomioka, con la lengua un poco entumecida—.
Tengen afirmó con la cabeza.
—¡La propuesta salió de ellas! ¡Yo no estaba dispuesto a decantarme por ninguna, porque todas me gustaban!—explicó, con la cara enrojecida—. Se lo dije a las tres, que prefería quedarme soltero antes que escoger, y pues bueno, la solución salió. Y ya vamos para los cinco años…
—Felicidades, amigo…—replicó Sanemi con un rubor perceptible en sus mejillas—.
Mitsuri arrugó la nariz.
—De verdad que no puedo imaginarme haciendo lo que tú haces… Con solo pensarlo, me molesta…—dijo ella—.
—¿No te gusta todo el mundo?—preguntó Tengen—.
—¡Me gusta algo de todo el mundo!—puntualizó la chica con severidad—. ¡Yooooo! ¡Yo veo algo que me gusta y mi corazón late muy rápido! ¡Eso quiere decir que me gustan, pero no voy a permitir que mi pareja tenga algo con otra persona a parte de mí! ¡Ni siquiera tengo y ya estoy enojada con mi pareja!
—Evidentemente, esto no es para todos…—Tengen mostró sus manos.
—¿Y tú?—Mitsuri se acercó a Tomioka—. ¿Si Shinobu te lo propusiera, lo harías?
Tomioka sintió todas las miradas encima y deliberó cuidadosamente su respuesta.
—Shinobu no pediría nunca algo como eso.
—Ya. ¿Pero si hipotéticamente te lo pidiera?—Tengen lo apuntó con un dedo—.
—Entonces, no sería mi Shinobu.
Sanemi rio entre dientes y Uzui soltó una pequeña carcajada.
—Buena respuesta…—concedió Uzui tomando su cerveza.
Mitsuri se giró a Shinazugawa.
—¿Y tú? ¿Qué pasaría si Kanae-?
—No—dijo Sanemi con una sonrisa.
Uzui saltó con otra carcajada y Rengoku igual.
—¿Eres un hombre muy celoso, Shinazugawa?
—¿Ella no es celosa? —preguntó Mitsuri—.
—¿Por qué lo sería?—resopló Sanemi con gracia—. Ella no tiene material para celar.
—No creo que entiendas cómo funcionan los celos—Uzui negó con la cabeza, con una sonrisa achispada—. ¡Pero qué gusto que ella no sea celosa! Deberías aprender de ella.
—A ver, entiéndanme—matizó él instante—. Tener una pareja que es hermosa, siendo yo un tipo promedio bajo, me trae muchos problemas. Algunos adonis tienen el descaro de cortejarla delante de mí, sabiendo que soy su novio.
—Shinobu los ignora. O de un manotazo los aleja de ella—dijo Tomioka.
—Kanae los rechaza con mucha amabilidad—suspiró Sanemi—. Puede estar ahí media hora tratando de explicarle a un tonto las razones del por qué lo está rechazando…
—¿Por qué necesita razones?—preguntó Mitsuri.
—¿Por qué tiene que explicarle?—siguió Uzui.
—¿Por qué no hay cerveza?—seseó Obanai mirando el interior de una lata vacía.
Se hayaba fuera de la conversación hacía mucho rato y ello lo estaba poniendo de mal humor.
—¿Pedimos más?—sugirió Uzui.
—Yo creo que con esto estamos bien…—Tomioka alzó las manos.
—Yo aporto otra ronda. —Sanemi puso dinero sobre la mesa.
—Yo igual—Obanai también dejó sus aportes sobre la mesa.
—¿Tú, Mitsuri? ¿Seguro, Tomioka?—Uzui tomó la plata.
Mitsuri colocó su parte sobre la mesa, pero Tomioka dudó.
—Bueno, será una ronda más…
…
—¡Right now, I'm in a state of mind!—graznó Mitsuri mientras iba colgada del hombro de Shinazugawa—. ¡I wanna be in like all the time/Ain't got no tears left to cry /So I'm pickin' it up, pickin' it up-!
—¡Calla ya, niña!—le gritó Uzui, quien se apoyaba sobre Rengoku—. ¡Has cantado ese verso como cien veces desde que entramos a la cuadra!
La noche estaba solitaria, ya no quedaba un alma en la calle. Había cerrado el metro, ya no pasaban autobuses y los perros les ladraban al pasar. Por no decir que más de un vecino que se desvelaba por su culpa les gritaba desde la ventana o los maldecían con la almohada pegada a los oídos.
—¡Qué amargaaaadooooo!—exhaló Mitsuri tratando de ver a Tengen, pero desde su posición no podía, pese a lo enorme que era—. ¡Cantar alegra el alma! Además, este lugar está muy callado. Me da mucho miedo.
Shinazugawa había perdido la audición en su oído derecho, pero se hallaba tan despistado que ni siquiera tenía la energía o la concentración para molestarse con Mitsuri. Sin embargo, sí le preocupaba Tomioka, que andaba varios pasos tambaleándose alejado del grupo.
Sanemi agarró a Obanai que iba refunfuñando a su lado, luego se sacó el brazo de Mitsuri del cuello.
—¿Te puedes agarrar de este enano?—le preguntó arrastrando las "r" y recalcando las "s", luego apuntó a Tomioka—. Es que prometí que lo iba a dejar a su casa en una pieza.
Mitsuri se abrazó al cuello de Obanai, quien repentinamente dejó de refunfuñar y pareció pasársele un poco los efectos del alcohol.
—Tomiokaaaaa.
El nombrado se dio la vuelta completa para ver quién lo había llamado.
—¿Yo?
—No, el poste de luz detrás de ti. ¡Quién más!
Sanemi se apresuró a agarrar el brazo de su concuñado y se lo pasó por detrás del cuello. El asistente no estaba mejor que el tipo que necesitaba, pero entre los dos formaron un mecanismo para no caer sobre el otro o hacia atrás.
—These days, I'm way too lonely—volvió a cantar Mitsuri, gritando en el oído de Obanai—. I'm missing out, I know/These days, I'm way too alone/ And I'm known for giving love away, but-
—¡Kanroji! —gritó Uzui con irritación—.
—I want—le siguió Tomioka, luego procedió a inhalar con fuerza—. ¡SOMEONE TO LOVE ME! ¡I NEED-!
Se detuvo para recuperar el aliento.
—¡SOMEONE TO NEED ME! —lo siguió Shinazugawa, cantando con todas sus fuerzas.
Mitsuri y Rengoku abrieron la boca y aullaron juntos:
—¡Cause it don't feel right when it's late at night!/¡And it's just me in my dreams!
Por ser un verso ya más complicado, el único que pudo replicar la voz del cantante con decencia fue Rengoku, el resto de vocalistas parecían balbucear mientras trataban de acordarse de la letra.
—¡So I want someone to love, that's what I fucking want!
Fue la única parte que todos lograron cantar correctamente. Al finalizar, estalló entre todos, una inexplicable carcajada tan profunda y tan sincera que apenas si pudieron respirar.
Uzui no logró hacerse el amargado y el pobre intento de canto que hicieron sus amigos también le hizo reír. Incluso Obanai estaba que no podía estar de pie de la risa.
—¡Canta, Obanai! ¡Canta con nosotros!—le chilló Mitsuri—.
—¡Es que no me la sé!—luego volvió a reír al sentir el aliento de Mitsuri en su oreja, haciendo cosquillas.
—¡No importa! ¡Canta igual!
Mitsuri lo abrazó con fuerza del cuello. Era complicado caminar de esa forma, pero ninguno de los dos se quejó. Es más, Obanai se atrevió a agarrarse de la cintura de Mitsuri, quien ni se inmutó ante el tacto.
Los dos rieron mientras se adelantaban al grupo, con pasos agigantados.
Tomioka y Sanemi todavía se estaban recuperando de la risa, cuando Tomioka se dirigió a Shinazugawa.
—La he pasado tan bien…—dijo con una voz rasposa, lastimada por sus gritos.
—Nunca se la pasa mal con esta panda de ridículos…—contestó Sanemi—. ¡Puedes venir cuando quieras!
Tomioka sonrió tan largamente como su cara se lo permitía y sus ojos brillaron, incluso ante la falta de luz. Su rubor le daba un aspecto infantil y hasta simpático.
Shinazugawa también le sonrió mostrando los dientes, permitiéndose alborotarle el pelo de la nuca.
—La verdad no entiendo por qué le caes mal a Shinobu—se lamentó Tomioka—. Eres un tipo muy simpático.
—¡Lo sé! ¿No es verdad?
Los dos volvieron a reírse y cuando se recuperaron, Sanemi adoptó un repentino aire de seriedad, a pesar de lo borracho que estaba.
—Ojalá lo supiera… Haría algo para cambiarlo.
—Pero si a veces las personas no se agradan. ¡Y ya está!—Tomioka se encogió de hombros con un tono ingenuo—. No hay nada que hacer…
—A Kanae sí le importa que le agrade—confesó—. Le interesa que me lleve bien con ella. ¡Y no sé por qué! Ni siquiera sé por qué me odia tanto. No es ni sutil al respecto…
Tomioka guardó silencio, tratando de recordar una conversación que tuviera con su novia que pudiera develar el misterio. No pudo encontrar ninguna que explicitara la razón, pero pudo intuir de otra un argumento, cuanto menos razonable.
—A lo mejor es por el exnovio de Kanae. ¿No crees?
Sanemi guardó silencio, pareció írsele la borrachera en un instante.
—¿Qué exnovio?
—Pues el tipo con el que tuvo una relación antes que tú—explicó Tomioka, como si no fuera una obviedad—. ¿No han hablado nunca de él?
—Ella nunca me habla a grandes detalles de ellos. Lo único que sé es que hubo dos antes que me conociera. No me ha dicho ni nombres, tampoco sobre sus vidas.
Tomioka escuchó atentamente asintiendo con la cabeza.
—Si te sirve de consuelo, Shinobu no odia a nadie tanto como a él.
—No sé quién es, Tomioka…
—¿Cómo? ¿Nunca te ha hablado de él?
—¡Ya te dije que no!
—¡Cierto que ya te pregunté!—Tomioka asintió con la cabeza varias veces—. Estaba en la-
—¡Ya me voy, chicos!—Mitsuri los interrumpió—. Nos vemos, la pasé muy bien.
Llegaron a un edificio de una calle tranquila y ahí se detuvieron, esperando en silencio.
Mitsuri chocó los cinco con Rengoku y con Tengen. Se despidió con un fuerte abrazo de Obanai, y aprovechó de darle un beso en la sien. Le palpó el hombro a Shinazugawa y le acarició el pelo a Tomioka.
—Es tan suave…—comentó en tono somnoliento—. Adiós. Salúdame a Shinobu. Dile que la amo y que es muy linda. ¡Ah, claro!—se giró a Shinazugawa—. A Kanae también la amo. Es preciosa también. También dile que la quiero mucho. Nos vemos.
Luego se tambaleó hasta la puerta de su edificio, donde el conserje la recibió con una sonrisa y la dejó pasar al ascensor.
El resto de la banda comenzó a caminar en silencio.
En cierto punto, Tomioka comenzó a tragar varias veces muy profundamente. Una sensación de presión en la garganta y las amargas nauseas que subían y bajaban por su garganta. Le daba miedo abrir mucho su tráquea por miedo a que saltara de una y sin avisar.
—Oye, Tomioka, qué pasa con lo que me estabas contando sobre-
—'Perame te atiendo, es que quiero vomitar.
Tomioka se separó y se acercó al bordillo de la acera y se inclinó sobre su estómago.
—Ay, no…
Los cuatros se acercaron a asistirlo.
Rengoku y Sanemi se colocaron en cada costado y lo ayudaron a sostenerse. Tengen y Obanai se quedaron tras de él.
Tomioka se agachó, con el rostro pálido y con enormes ojeras, tenía una mirada desorientada y pestañeaba varias veces tratando de enfocar las líneas blancas de la calle, sin éxito.
La sensación de amargura en su garganta se fue haciendo más y más intensa. Su respiración se apesadumbró y su palidez se volvió enfermiza, casi verdosa.
Entonces, Tomioka eructó. Y nada salió.
—Uff… Menos mal que-
El esperado y espeso líquido amarillento salió en un chorro hasta el arcén. Sus dos acompañantes al instante saltaron atrás, por miedo a mancharse los zapatos de vómito.
—¡Suéltalo todo, muchacho!—lo animó Tengen—.
Tomioka terminó, pero no se movió de su posición, incluso, su cabeza estaba más gacha de lo que antes estaba.
Los cuatro se le quedaron viendo, habiendo dejado de escuchar las arcadas y los sonidos guturales.
—¿Tomioka?
El nombrado comenzó a balancearse hacia adelante, derechito a darse de cabeza sobre su propia inmundicia.
—¡Obanai, agárralo!—gritó Tengen, que se hallaba más lejos.
Obanai estiró su mano y lo agarró de la coleta, deteniendo la caída. Tomioka soltó algo parecido a un quejido, pero su cuerpo y cabeza estaban demasiado pesados como para despertarse, y solo su cabeza se salvó de ser presa de la gravedad, pues las rodillas y el torso siguieron el recorrido físico natural.
Rengoku y Shinazugawa lo tomaron por cada hombro y lo tiraron hacia atrás, evitando que ello ocurriera.
Lo sentaron. Y comenzaron a examinar. Rengoku le revisó las pupilar y comenzó a gritarle en el oído para percibir alguna reacción, pero nada. Tomioka tenía la nariz y la boca goteando con un líquido sucio y transparente.
—Toma, límpialo—ordenó Obanai a Sanemi, extendiendo un pañuelo.
—Shinazugawa…—iba a interrumpir Tengen.
Sanemi sacrificó su propia mano, le limpió la boca y le sonó la nariz, Rengoku, sobrio, no se atrevió a hacer un movimiento tan arriesgado, sin embargo, logró levantar el flequillo de Tomioka para que Shinazugawa limpiara el sudor que se formó por el acto.
Los borrachos eran criaturas fascinantes. Curados del pudor y del orgullo, eran capaces de hacer los actos más desinteresados y repugnantes con gusto por el acto de atenderse mutuamente. Eran muy solidarios, pero también poco prolijos.
Sanemi, con el mismo pañuelo que limpió el vómito de la comisura de los labios del caído, limpió también el sudor que se formó en su frente.
Tengen y Obanai arrugaron la nariz y Rengoku, sin dejar de sonreír, negó con la cabeza.
Al final quedó limpio. Más bien, sin rastros de baba.
Quedando satisfechos, Sanemi y Rengoku lo agarraron de cada brazo y lo arrastraron hasta la siguiente parada: la casa de Tomioka.
…
—Era la seis—dijo Sanemi.
—Era la nueve—rebatió Tengen.
—¡Te dije que era la seis!
—¡NO ME GRITES!
—¡Chicos!—silenció Rengoku—. Según escuché, era la seis también.
Pasaron por el pasillo al aire libre y dieron con el departamento con un gran seis.
Tengen tocó la puerta.
—Hay timbre, animal—señaló Obanai.
Trató de meter el dedo en el pequeño botoncito, pero lo logró al tercer intento.
Esperaron en silencio.
—¿Oye, éste todavía no despierta? —preguntó Sanemi—.
Obanai se inclinó para verle la cara. Luego lo abofeteó sonoramente. Pero Tomioka ni siquiera se quejó.
—No. Todavía está muerto.
—Espero que haya vomitado todo…—deseó Rengoku—. Me da miedo que pueda ahogarse mientras duerme.
—No vive solo. No hay problema— lo tranquilizó Tengen con una sonrisa achispada.
La puerta finalmente se abrió, y los recibió una mujer.
Los cuatro abrieron los ojos desmesuradamente.
La hermana de Tomioka era una mujer delgada y con el flequillo sobre la frente. Tenía pelo oscuro como su hermano, pero tenía unos ojos brillantes, tiernos y grandes, a diferencia dela mirada muerta con la Tomioka se presentaba al mundo.
Ella salió en una bata de seda brillante, con el cabello revuelto y con una mirada somnolienta.
Aun con todo, nadie se esperaba que la hermana de Tomioka fuera…
—¡Disculpe por llamar a la puerta tan tarde!—se apresuró a decir Rengoku.
—Ya trajimos al niño…—continuó Shinazugawa un poco desconcertado.
La chica abrió los ojos con sorpresa al ver a su hermano fuera de combate y se apresuró a auxiliar par.
—¡Dios, mío! ¡Giyuu!
Tsutako le quitó el lugar a Shinazugawa y se apresuró a agarrar a su hermanito.
—Perdón, hermana…—sollozó Tomioka al oír a su hermana—. Me duele la cara…
—¡No pasa nada, hermanito!—rio ella, luego se dirigió a Rengoku—. Disculpa. ¿Pero puedes ayudarme a dejarlo en su cama?
Rengoku asintió enérgicamente.
El grupo restante los quedó mirando por la apertura de la puerta, viendo cómo el trío desaparecía por los pasillos.
Los tres se quedaron en silencio, con el mismo pensamiento rondándoles por la cabeza.
—¿Esa es su hermana?—preguntó Tengen, un poco desorientado por la sorpresa—.
—A Tomioka le tocó la peor parte de la genética—opinó Obanai—.
—No sé… Se parece mucho a él…—dijo Shinazugawa con la nariz arrugada—.
Dentro de un rato, Rengoku y Tsutako saldrían uno al lado del otro. Ella se inclinaría profusamente, mientras Rengoku agitaba su mano, quitándole importancia.
—¡Perdonen las molestias! ¡En serio! ¡Mi hermano jamás ha llegado en ese estado a casa!
La hermosa chica hizo una reverencia pronunciada, disculpándose, pero Rengoku la atajó y la enderezó, evitando el gesto.
—De verdad, no se preocupe. Es lo mínimo que podemos hacer como sus amigos—dijo dulcemente—.
—Y porque mi cuñada me cortaría el higo si supiera que no llegó a casa—replicó Shinazugawa sin escrúpulos.
Tengen le pegó en la nuca.
—¡Agh!
—¡No seas grosero!
—¡Evidentemente, porque también es mi amigo!—exclamó Shinazugawa mirando a Tengen.
La chica sonrió, tratando de ocultar una risita.
—Ustedes también se ven un poco… cansados. ¿No quieren quedarse?
—¡No se moleste, dama!—Tengen la detuvo alzando su mano—. Somos hombres leales, pero responsables. Cada uno va a su casa esta noche. Excepto éste, que se queda en mi casa—apuntó a Rengoku—.
—Gracias por atendernos—Obanai se inclinó delante de ella con torpeza.
—¡No, no! ¡Muchas gracias, Shinazugawa! ¡Y a ustedes también! ¿No quieren agua? ¿Un té o algo?
Todos se negaron como buenamente pudieron.
—¡Hay algo que me gustaría pedir a mí, si no le molesta!—se apresuró Rengoku, viendo que ya se acercaba la despedida—. ¿Podría darme el número de teléfono Tomioka?
Los otros asintieron, viendo que era una buena idea. Ni siquiera Sanemi tenía esa información y nunca se le ocurrió pedirla.
—La verdad es que no me lo sé—confesó la muchacha un poco avergonzada—. Y he dejado mi teléfono adentro… Si pudieran esperar un poco más.
—¡No se preocupe! ¡No queremos molestarla más de lo necesario!—replicó Rengoku—. ¿Qué le parece esto? ¿Me da usted su número, y por un mensaje me manda el de su hermano? Así no la entretenemos más.
—¡De acuerdo!
La chica dictó un número que Rengoku no demoró en anotar y se lo enseñó a la chica para que lo confirmara. Ella asintió.
—Esperaré tu mensaje—prometió la muchacha, luego volvió a inclinarse, esta vez, no pudiendo ser detenida por Rengoku—. ¡Muchas gracias por traer a Giyuu a casa!
—Para eso estamos—replicó Sanemi.
—No se preocupe—dijo Tengen un poco presuntuoso—.
Obanai guardó silencio, pero asintió con la cabeza.
—¡Cuando quiera!—dijo Rengoku—.
—¿Saben?—la chica iba a decir algo, pero se detuvo ruborizada, luego continuó apresuradamente—. ¡Cuiden de Giyuu, por favor! ¡Buenas noches!
…
El grupo se alejó en silencio. Rengoku sentía un aura extraña sobre ellos, más bien, sobre él. Se giraba a ver a sus amigos y ellos se le quedaban viendo con medias sonrisas, como si existiese una conspiración en su contra.
—Así que… ¿"Para pedirle el número a Tomioka"?—dijo Tengen finalmente con un aire de burla—.
—No sé cómo te resultó eso…—lo siguió Shinazugawa negando con la cabeza—. ¡Pero buena movida, galán!
Rengoku se giró hacia los dos intercalado miradas de asombro, confusión y vergüenza.
—¡Qué dicen! ¡No lo he dicho con dobles intenciones!—se defendió él, con las mejillas ruborizadas—.
—Ajá… Yo te pensaba más callado en esta clase de temas, Kyojuro…—confesó Obanai—. Me has cerrado la boca.
—¡Ustedes están mal!
—¡Oigan, oigan!—interrumpió Tengen con súbita impresión—. ¿Saben por dónde estamos pasando?
El grupo comenzó a mirar a su alrededor.
Era una calle iluminada, pero angosta. El asfalto estaba un poco trizado en el piso y la pintura de las calles se descascaraba. Estaban al lado de una farmacia, cerrada a esas horas y Shinazugawa abrió los ojos asombrado, al darse cuenta de lo que Tengen se refería.
—¡Mira, esto antes era un bar!—apuntó Sanemi.
—Cómo ha cambiado…—dijo Obanai con nostalgia—.
Rengoku miró a todos lados, pero nada se le hacía conocido.
—¿Qué es este sitio?
Tengen miró la calle con aire nostálgico.
—Aquí nos conocimos.
…
Por el instituto se corría el rumor de un tipo especialmente duro y violento al que hacían llamar "Ráfaga de plata". Porque era muy veloz, impredecible y su cabello era de color plateado.
Tengen se preguntaba, sonriendo un poco presuntuoso, si no se estarían refiriendo a él mismo. Pues él era veloz y tenía el cabello color blanco.
Era un apodo muy pomposo y solemne, cosa que a él le encantaba. Era extravagante. Resaltaba entre las bocas de las personas al conversar y los hacía girarse extrañados. Ser el centro de atención era una de las cosas que más le gustaban en el mundo y más si era porque estaban reconociendo su propia fuerza.
Con su pandilla salió una noche a pasear y a beber unas cervezas. Entre el griterío de sus vulgares bromas, apenas si se fijaron en una reyerta que estaba ocurriendo a la vuelta de la esquina, pero un repentino y agudo sonido de metal, potente y fuerte, seguido de un fuerte quejido, hizo que el aire de festejo que fueron haciendo desde que se reunieron, se desvaneciera.
Escuchó unos gritos masculinos y los sonidos de pisadas frenéticas al otro lado de la calle. Entonces, un tipo se dio con fuerza sobre el pecho de Tengen.
En otras circunstancias, la persona que lo reconociera se disculparía profusamente y faltaría poco para que le besara los pies. Pero el tipo ni siquiera le dirigió la mirada, tenía una expresión horrorizada y tan pronto logró ponerse de pie, franqueó al grupo y continuó su carrera.
—¡Es la "Ráfaga de Plata"!—escucharon un grito horrorizado, luego, otro golpe sordo y otro quejido.
Tengen dobló la esquina con su grupo y vio a la Ráfaga de Plata por primera vez.
Horrendas cicatrices le cruzaban el rostro y se esparcían por sus brazos, tenía el cabello blanco, seco y revoltoso. Tenía las manos manchadas de sangre y los nudillos raspados. Iba con un uniforme de su mismo instituto, pero Tengen no lo había visto en su vida.
La celebridad se dio la vuelta y recibió a la pandilla de Tengen con un rostro furioso y fiero.
—¿Qué me ves?—le gruñó Shinazugawa secándose los nudillos con su pantalón—.
Tengen ni se inmutó.
—¿Qué escandalo andas haciendo en nuestro territorio?—replicó Tengen con fría seriedad—.
—¿"Su" territorio? ¿Te parece que tengas una mierda de autoridad aquí?
Tengen sonrió.
—¿No te metes con gente de tu tamaño, enano?
Tengen empezó a caminar hacia él, viendo que la perspectiva se hacía cada vez más imperceptible, dejando ver el enorme hombre del que estaba hecho.
Shinazugawa en todo momento no le quitó los ojos de encima, pero ni siquiera se asustó.
—¿Te parece que meto con gente de mi tamaño?—le dijo con una voz seca—. No. En general, siempre me ando metiendo con pendejos pusilánimes. ¿Quieres que me meta contigo, putita?
Tengen lo fulminó con la mirada.
Y ese fue el inicio de una bella amistad.
…
Rengoku pestañeó varias veces un poco asombrado al acabar de oír.
—No tenía idea de que tuvieron un inicio tan áspero…
—¡Así se forman las mejores amistades!—Tengen rodeó el cuello de Shinazugawa—. ¿Verdad que sí, enano?
—¡Sueltameeee!—Shinazugawa se resistió.
—¡Como en los viejos tiempos!
De inmediato oyeron, no muy lejos, el sonido de los basureros cayendo y el quejido de varias personas.
—¿Me vas a entregar lo prometido?—era una voz juvenil y burlona—. ¿O voy a tener que seguir convenciéndote de que lo hagas?
—¡Espera, espera! ¡No tengo el dinero! —gimió un hombre—. ¡No lo tengo ahora, quiero decir, pero si me das tiempo-!
—No te doy un carajo.
El delincuente le dio una patada en la cara al deudor, reventándole la nariz en una explosión de sangre.
—Mira que me encantaría darte más tiempo, pero el jefe es el jefe, y quiere su puto dinero. Ahora.
—¡Solo un poco más! ¡Solo un poco más!—rogó el hombre—.
—No te estoy pidiendo nada muy complicado. Tenías un solo trabajo…—dijo con un aire de decepción.
El delincuente levantó al hombre de la camisa y lo alzó del suelo hasta quedar en una posición cómoda en la que pudiera golpearlo.
Tenía el puño cargado, cuando oyó la voz que decía su nombre.
—¡Soyama Akaza, detente ya mismo!—gritó Rengoku con severidad desde la entrada del callejón.
El nombrado se volteó a ver la honorable figura y sonrió mostrando los dientes. Soltó al deudor bruscamente que se arrastró para refugiarse tras unas bolsas de basura.
—¡Pasante, Rengoku!—saludó con alegría perversa—. ¿Qué hace tan tarde? ¿No ve que podría pasarle algo?
Comenzó a acercarse a él con paso despreocupado, reluciendo sus burlones ojos amarillos.
—Akaza, vuelve a casa. Déjate de tonterías—ordenó Kyojuro—.
—¡Pero, pasante, tengo que trabajar!—se justificó el chico dramáticamente—. Si no lo hago, ¿Cómo comerá la peste de mi hermanito? ¿Será usted el que le dé de comer y de estudiar?
—Akaza vuelve a casa. No hagas la situación más complicada, tendré que reportarlo a la correccional.
—Repórtelo—desafió con inmadurez, luego volvió a sonreír—. Ya estaba en mis planes volver a la correccional. Allá me espera mi gente.
Kyojuro guardó silencio, con decepción.
—No eches a perder tus progresos, Akaza. Vuelve a casa y quédate ahí, como prometiste.
—Ni mi papá era tan hincha-pelotas…—replicó asqueado—. ¡Ya! ¡Voy a volver! ¡Pero usted tiene que hacer como si no vio nada! Porque, de otro modo, yo vuelvo a la correccional. Y parece que usted me quiere aquí afuera…
Akaza salió de las sombras y se dejó ver. Su cabello fucsia y sus pestañas blancas, con sus brillantes ojos amarillos. Llevaba un jersey color gris y unas zapatillas blancas.
—¡Nos vemos!—Akaza se giró hacia el deudor y le dijo con voz seca—. Para mañana la plata. ¿Entendido?
Luego se alejó.
Kyojuro se apresuró a asistir al deudor. Pero él negó toda ayuda, incluso, parecía ansioso por alejarse de él y de ese sitio, por lo que, en cuanto le ayudó a levantarse, el hombre huyó mascullando un "gracias".
Rengoku suspiró al verlo desaparecer en la lejanía, luego escuchó los pasos de sus amigos tras él, pero le dio vergüenza darse la vuelta.
—¿Y es pendejo insolente quién era?—preguntó Shinazugawa, asombrado de la paciencia de Rengoku—.
Kyojuro se dio la vuelta con una mirada cansada y sombría.
—Ese es un matón. Un matón de Muzan, lamentablemente…
…
En cierto punto hubo una intersección en la que el grupo se separó. Uzui y Kyojuro fueron por un lado y Obanai y Sanemi por otro.
Fue un poco extraña la salida de aquella noche. La cantidad de emociones que se vivieron los dejaron agotados, por no decir, un poco tristes porque la noche haya acabado con nota tan amarga.
Sanemi trató de pensar en otra cosa y su mente viajó hasta a Tomioka, entonces, se agarró la cabeza con ambas manos y soltó un grito:
—¡MIERDA! ¡SE SUPONE QUE IBAMOS A DESCUBRIR SU EDAD!
—Lo sé. Quería esperar a que estuviéramos solos para descubrirlo—replicó Obanai con tranquilidad.
—¿A qué te refieres?
Obanai sacó de su bolsillo un artilugio de color café cuadrado.
—Le robé la billetera—dijo alzando y bajando las cejas intermitentemente.
—¡Obanai!—exclamó Shinazugawa escandalizado—. ¡Prometimos que no volveríamos a hacer eso!
—Relájate, hombre. Solo vamos a revisar información sensible y personal. El dinero se queda dónde está—explicó, casi como si lo otro no fuera delito.
Obanai abrió la billetera, identificando el DNI.
Observó los datos.
Y abrió los ojos como platos.
…
—Lo lamento—contestó Kaigaku un poco incómodo—. A mí ya me gusta otra persona.
Daki se quedó con una mano en el pecho y soltó un suspiro, aliviada.
—Gracias a dios…
—¿Cómo?
—¡Quiero decir! ¡Gracias a dios fuiste amable…!—gimoteó con lágrimas de cocodrilo—. ¡Perdona por hacerte perder el tiempo!
Kaigaku se acercó para consolarla como su carácter le permitía. Le palpó un par de veces el hombro.
—Ya, ya… Eh… Te invito un helado para que se te pase…
—No estoy bien…—siguió llorando Daki.
—¿Un café o algo?—insistió él con incomodida—.
Daki apretó los dientes con irritación.
—¡No! ¡Está bien! ¡Volveré a clase…! Ya terminó el almuerzo—replicó ella dramáticamente dándose la vuelta—.
—¿Segura que estás bien?
—¡Sí!—"¡Carajo!", pensó—. Nos vemos, Kaigaku.
Daki se alejó de él corriendo y bajó la escalera hasta el pasillo de su clase. Cuando dio un paso sobre las baldosas del corredor, comenzó a tararear una cancioncita mientras daba saltos como ciervo entre los matorrales, con una sonrisa de alivio y alegría en su rostro.
Cuando llegó a la puerta, repentinamente se paró.
Daki se pellizcó las mejillas y la nariz con fuerza, haciendo que adoptaran un color rojizo y que sus mejillas lagrimearan un poco por el dolor.
Se palmeó las mejillas con ambas manos y soltó un suspiro concienzudo.
Luego abrió la puerta y chilló:
—¡Me ha rechazado! ¡Buaaaa!
Sus amigas se levantaron de sus asientos a la vez con un aura asesina.
—¡Ese maldito!—dijo una.
—Desgraciado infeliz—masculló otra.
—¡Cómo se atreve!—exclamó la morena—. ¡Ven, Daki!
Las chicas consolaron a Daki, quien, para sorpresa de las tres, se recuperó muy rápido. Tan pronto como iniciaron las clases, Daki se separó de sus amigas y canturreó hasta llegar a su puesto, el segundo asiento en columna y fila, del lado del pasillo.
Se sentó, cuando el objeto de su afecto entró por la puerta, entonces, adoptó un aire triste y miserable con ánimas de llamar su atención.
El muchacho se sentó frente a ella y es que si apenas la miró. Solo le dirigió la palabra cuando el chico se propuso a sacar sus libros.
—Hola, Daki—dijo Genya con simpleza y naturalidad.
—Hola, Genya….—sonó como un lamento.
—¿Qué pasa, Daki? ¿No te sientes bien?
Daki suspiró, fingiendo lamentarse otra vez. Pero quería sonreír con todas sus fuerzas porque Genya era muy lindo cuando sonaba preocupado.
—Kaigaku me rechazó hoy…
—Lo lamento muchísimo—dijo Genya por cortesía, como casi todo lo que hablaba con Daki—. Seguro que ya encontrarás a alguien mejor.
Daki pensó que eso no era nada complicado, pero se lo calló. Justo cuando iba a contestar, el profesor entró por la puerta y les entregó inmediatamente a los de la fila del frente, que sacaban una hoja y la pasaban hacia atrás.
Daki no entendía nada de lo que salía en la hoja. Era pésima para la biología, pero Genya sí que era bueno en eso.
—¿Me ayudas, Genya?—pidió Daki, como en casi todas sus clases de biología.
Genya, ya acostumbrado a ayudarla, se dio la vuelta para explicarle.
Quizás Genya no lo notara, pero sí existía otra chica con la que podía hablar con naturalidad. Aunque fuese solo porque era tan consciente de la distancia que existía entre ambos, en todos los aspectos posibles.
Pero aquella distancia no era tan grande como él pensaba.
…
¡Eso es todo!
Ojalá lo disfrutaran. Llegó la inspiración hoy. Y resultó provechosa.
Coméntenme qué les pareció.
