Este capítulo contiene lenguaje y conversaciones que pueden contener una dosis de vergüenza ajena por su vulgaridad.

Tomioka abrió los ojos y por un instante se halló desorientado. No pudo incorporarse hasta quedar sentado, solo pudo quejarse de la luz que en esos momentos era más molesta de lo normal.

Le dolía cabeza y estaba con tercianas. Los párpados le pesaban, pero la punzada en su cabeza no le permitía volver a quedarse dormido. El cuerpo le pesaba y cuando abrió la boca, una halitosis llegó a su propia nariz, no creyendo posible que semejante hedor saliera de sí mismo.

Su garganta ardía y se había dormido con ropa.

Más importante aún. No se acordaba cómo había llegado a su propia casa.

¿Lo habrá visto Tsutako? Esperaba que no.

Luego de estar un rato fermentando en su propia cama, logró acumular la fuerza suficiente como para sentarse. Y la cabeza, al moverse, había punzado con dolor otra vez.

—Aaaaugh…—profirió, volviendo a recostarse sobre el colchón, luego se tapó con las sábanas.

Tocaron la puerta.

—¿Giyuu? ¿Estás despierto?—llamó su hermana.

—Me duele la vida…—soltó él en un quejido.

Ella abrió la puerta y se adentró en el cuarto. Lo único que logró ver en la cama era un enorme bulto quejicoso donde su hermanito menor se retorcía del dolor.

Tsutako dejó un papelito sobre la cómoda de su hermano y acarició la protuberancia hecha de sábanas.

—Te he dejado un desayuno a prueba de resaca, si quieres comer algo. ¡Me voy a trabajar! Nos vemos.

—Adiós.

Tomioka oyó las dos puertas cerrarse y el agudo chillido que hacían al abrir se le hacía molesto. Pero luego todo quedó en silencio y tranquilo, solo existía el sonido de la sangre en sus oídos y de su cabeza palpitante de dolor.

Su teléfono sonó y el chillido molesto del tono de su celular hizo que la cabeza se retorciera más.

Agarró el teléfono sin apartar las mantas de su vista.

—¿Hola? —saludó con voz seca y grave.

—Hola, Tomioka—la voz dulce de Shinobu sonó desde el otro lado de la línea—. ¿Todavía no te has levantado? Si ya son casi las una.

—Hoy es sábado…—se justificó Tomioka con un quejido—.

Shinobu rio.

—Es que eres un poquito madrugador, por eso me extrañé. ¿Te quedaste jugando videojuegos hasta tarde, otra vez?

Tomioka palideció y guardó silencio unos instantes.

—Sí… Me quedé hasta tarde jugando—dijo mecánicamente—. Por eso estoy un poco cansado…

—Te escuchas un poco enfermo… ¿No quieres que vaya a verte hoy?

—¡No!—exclamó él, saliendo de las sábanas.

Un clavo se enterró en la sien de Tomioka y tuvo que hacer un esfuerzo para no verbalizar su dolor en una palabrota.

—Es que… quiero descansar hoy. Voy a dormir todo el día. Y si estás aquí para verme dormir… No tiene gracia—se apresuró a explicar tratando de encontrar palabras suaves y tiernas.

—No me molesta verte dormir. Te ves muy lindo cuando lo haces—replicó ella con ternura—. De todas maneras, si te sientes mal o necesitas un medicamento llámame. De verdad no escuchas nada bien…

Tomioka sintió que la culpa cayó a las entrañas y las hizo pesadas.

—Claro… Lo siento…

—No te disculpes, Tomioka. Es solo por si las dudas. ¿De acuerdo?

Tomioka y Shinobu charlaron unos minutos más antes de cortar.

Tomioka se dejó caer sobre la almohada.

"Soy una mierda", pensó.

Mentirle a Shinobu era imposible. Ella era demasiado astuta como para que él mantuviera un secreto por mucho tiempo. Aunque también, Tomioka era un pésimo mentiroso. Su carácter ecuánime y silencioso ayudaba un poco a compensar esta carencia, pero no era suficiente para quienes lo conocían.

Aun así, mentir a Shinobu le pesó en el corazón, pero fue demasiado cobarde para confesar una movida tan arriesgada en la que se involucró la cerveza.

Tomioka abrió los ojos con preocupación.

"¡El alcohol!", pensó.

Se sujetó la cabeza con una mano.

Estaba vestido con sus ropas de anoche.

Y no recordaba cómo había salido del bar ni quién lo había traído.

Se aferraba con todas sus fuerzas y esperanzas a que se hubiese quedado dormido en la mesa del restaurante y lo hubieran tirado a un taxi.

Ojalá no haya dicho nada. Ojalá no haya dicho nada comprometedor o ningún secreto sobre él.

Los recuerdos empezaron a venir de a poco, y con cada uno de ellos, no pudo evitar esbozar una sonrisa sincera y tranquila.

La primera alegría de la mañana de resaca no había sido una pastilla para el dolor o el trago de agua fría en su garganta rasposa y caliente. Fue un recuerdo, un simple pensamiento feliz.

Tomioka reposó su cabeza sobre su almohada y cerró los ojos con una sonrisa.

Estaba dispuesto a afrontar las consecuencias de su actuar, si una noche como aquella podría repetirse.

Shinobu volteó la hoja de su libro de texto para asegurarse de que estaba copiando la fórmula de manera correcta. Anotaba los apuntes en su computadora, aunque no estaba en una actitud muy estudiosa, pues divagaba y se distraía con facilidad.

Shinobu suspiró, viendo todo lo que tenía que leer. No era un buen día para estudiar.

Se recostó sobre su silla y se rindió, por lo que se decidió a revisar su teléfono, en busca de algo que la hiciera reír. Fue entonces que dos golpes a su puerta le hicieron levantar la vista.

—¿Shinobu? ¿Estás ocupada?—llamó Kanae al otro lado de la puerta.

—Nope. ¡Pasa!

Kanae se adentró en la habitación con prisa, como si algo la estuviera siguiendo, luego miró directamente a su hermanita quien la observaba con una sonrisa.

Kanae no dijo nada. Y Shinobu no sabía que decir…

—Y… ¿Qué estás haciendo…?—preguntó Kanae balanceándose hacia delante y hacia atrás sobre sus talones.

—Pretendo que estudio y que soy responsable…—confesó Shinobu sin vergüenza alguna.

—Tú eres todo eso siempre—repuso Kanae ladeando la cabeza con ternura.

Shinobu entrecerró los ojos, con exagerada desconfianza ante la súbita ternura de su hermana mayor. Se cruzó de brazos con una media sonrisa.

—Ya. Y bueno. ¿Qué te trae por aquí, hermanita querida?—preguntó Shinobu imitando el tono—.

Kanae no dijo nada y solo desvió la vista. Luego se arrojó sobre la cama de su hermana, abrazando uno de los almohadones.

—¡Shinobuuuuu!—exclamó Kanae con la cabeza sobre el almohadón.

—Kanaeeee…—alargó Shinobu con un tono más apagado.

La mayor se giró a ver a su hermana y pudo notar que se hallaba ruborizada y con una expresión avergonzada.

—¡Es que es difícil!—dijo Kanae—.

—¡Suéltalo ya, mujer! ¡Me estás poniendo nerviosa!—replicó Shinobu con el ceño fruncido.

Kanae resopló, pero se decidió a hablar. Se sentó sobre sus rodillas sobre la cama de su hermanita y la miró, todavía con el corazón a mil y el rostro colorado.

—¿Podrías darme un consejo?—preguntó Kanae con timidez.

—¿Qué clase de consejo?

—Un consejo de amor respecto de-

—Termina con él—replicó Shinobu, al instante.

Kanae entornó los ojos, nada sorprendida.

—¿Puedes dejarme terminar la oración al menos?

Shinobu se cruzó de brazos y piernas, intransigente, sin embargo, dijo:

—Adelante.

—Veras… Hoy estaba dando clases particulares a una chica de primero… Y me sucedió esto.

Kanae le estaba indicando los puntos incorrectos de la chica en un examen que la joven había traído para la clase, cuando un grupito de chicas de primero tras ellas atrajo su atención.

—¡Es como de película!—exclamó una chica de voz chillona—. ¿Cómo era? ¿Cómo era?

—Horrendo—respondió una chica de cabello oscuro—. Si me lo encuentro caminando por la misma calle, yo cruzo.

Una chiquilla de cabellos rizados y castaños claro, se detuvo de beber su jugo y se acomodó los lentes, antes de replicar:

—No era horrendo.

—Calla. Tú no eres objetiva—le espetó la muchacha de pelo oscuro—. A ti siempre te gustan los tipos raros.

La chica de pelos rizados se encogió de hombros con una sonrisa.

—¡Para gustos, colores!—aseveró la chica—.

—¡Cómo era!—exclamó la chica de voz chillona, perdiendo los nervios.

—¿No lo has visto antes por aquí? Es un tipo de pelo blanco y cicatrices en toda la cara.

Kanae agudizó su oído, sin llegar a darse la vuelta.

—¡Ay, sí!—replicó la chica de voz chillona un poco asustada—. ¡Amiga, ese tipo da mucho miedo!

—No da miedo. Es un poco intimidante, es todo.

—Y parece que quiere matar a alguien—se burló la morena—. O que es traficante.

—¿Por qué siempre te gustan los tipos delincuentes?—preguntó la chica de voz chillona, muy preocupada—. ¿Es alguna especie de fetiche?

La chica de rizos rodó los ojos con una sonrisa de suficiencia.

—Porque me protegen con sus pistolas—bromeó ella volviendo a beber de su soda.

—La pistola… A mí que te gustó "otra pistola"—rebatió la morena—.

Estalló una carcajada general en aquella mesa y por poco la de ricitos no escupió todo lo que tenía en la boca.

Kanae tenía los nudillos blancos bien firmes sobre la mesa, cuando su pupila le tocó el brazo un poco preocupada.

—¿K-Kanae? ¿Estás bien? ¿Quieres que les diga que bajen la voz?—la chica sonó un poco asustada—.

—¿Ah? ¡No, no! ¿Por qué lo preguntas?

—Es que…Te ves un poco molesta…—dijo su pupila con cautela.

—Es mi… ¡Es mi cara de concentración! Estaba pensando, ni siquiera me fijé en ellas…

Las chicas continuaron conversando y la atención de Kanae se arrojó sobre ellas, una vez más.

—¿Y si lo ves otra vez? ¿Qué harás?—preguntó la chica de voz chillona una vez pudo dejar de reír—.

La chiquilla de rizos sonrió enigmáticamente, no estaba muy en serio con el asunto.

—No sé… Necesito una excusa para pedirle el número.

—¡Dile que el tuyo no tiene batería!—sugirió la chica de voz chillona—. ¡Eso siempre funciona!

—Cae de nuevo sobre él, como cuando estabas en el comedor—le dijo la morena.

—Claro, para que crea que tengo dos pies izquierdos. No gracias. Ya pasé vergüenza frente a él, no quiero más de eso.

— ¡Qué harás?!—preguntó la chica chillona—. ¿Tiene novia?

—Puedes apostar a que no—replicó la morena.

—No sé y no sé—respondió la enamorada, respectivamente—. Ya veremos si algún día lo volvemos a ver. Ahora. Saca tus apuntes, que hay que estudiar.

Fue la peor tutoría que Kanae pudo hacer. Estaba desconcentrada y no dejaba de ver de reojo a la audaz señorita de cabello castaño y lentes. Sin conocerla, Kanae se aventuró a decir, en base a su aspecto y expresiones, que era lógica, pero divertida y era directa y poco emocional…

Y muy bonita, también…

Shinobu oyó el relato sin mover un músculo de su rostro. Y no se atrevía a decir las complicadas emociones que su hermana mayor claramente estaba sintiendo. Insegura sobre cómo manejar el tópico.

Hasta que se decidió por una manera, no estando segura de sus consecuencias.

—Es la primera vez que vienes a mí por esto.

—¡Nunca antes me pasó esto con los otros…!—exclamó Kanae avergonzada—.

—Kanae, tranquila, no estoy juzgando...—Shinobu levantó las manos, en gesto apaciguador—. Es normal que tengas celos, pero no que actúes en base a ellos.

—Lo sé. Lo sé…—respondió Kanae con una voz triste—.

—¿No la mataste? ¿Verdad?—bromeó Shinobu—.

—¡Claro que no!—Kanae hizo un mohín, todavía colorada—. Es que… no pude evitar preguntarme… Si él…

Kanae no pudo terminar la frase, pero no era necesario para que Shinobu comprendiera a qué se refería.

"¿Si Shinazugawa te engañara?", pensó Shinobu, sopesando la posibilidad.

Resopló con molestia ante su propia imaginación. "Bastardo desagradecido... Con el favor que le está haciendo Kanae…".

Shinobu se detuvo y encontró más productivo decir algo que ayudara a su hermana.

—Si él te engaña, no es tu problema, Kanae—dijo Shinobu, encogiéndose de hombros—. En eso recae la confianza. Es comprensible esperar y asumir que está haciendo lo que debe y tiene que hacer como pareja.

"Darle el poder de lastimarte", pensó Shinobu, pero ese era una forma muy sombría de interpretar la confianza y tampoco quería desanimar a su hermana mayor.

—Si él te engaña no es tu asunto y tampoco tu culpa—Shinobu guiñó un ojo y finalizó—: Es él el que no cumple con su deber. Es él el que se lo pierde.

Kanae no dijo nada, parecía perdida en sus pensamientos.

—¿No es eso?—preguntó Shinobu—. ¿No era lo que necesitabas?

—No es eso…—repuso Kanae—. Solo es que… ¿No has pensado que él y yo somos muy diferentes?

Shinobu abrió los ojos.

"¡Se está dando cuenta!", pensó. Su mente explotó jubilosa y su corazón corría desbocado ante la posibilidad. Trató de mantenerse lo más ecuánime posible, pues no era el momento de perder la calma, por lo que puso una mano sobre su boca aplacando su sonrisa, respiró hondo y continuó:

—Por mi parte, sí, pero tú, ¿Por qué piensas eso, Kanae?

"Más bien, por qué demoraste tanto en darte cuenta", pensó Shinobu apretando los dientes.

Kanae ocultó su cara en el almohadón.

—¿No sería natural buscar a alguien más afín a nosotros para buscar en una pareja…?

"¡SÍ! ¡JODER, SÍ!", pensó Shinobu. Cada vez le costaba más ocultar su alegría.

—He pensado que quizás soy demasiado sensible para él…

Shinobu se quedó en blanco, como si la hubiesen golpeado con una piedra.

Se turbó un momento, luego frunció el ceño.

—No eres "demasiado" sensible—aseveró Shinobu, cruzándose de brazos—. Él es el que tiene una evidente falta de sensibilidad.

—No creo que esa parte de él sea problemática. Él solo es diferente.

—¿Y por qué el tuyo lo es?

—Digo que, si soy demasiado sensible para tu carácter, podría encontrar abrumador que la persona que ama chocara con él siempre… No digo que mi sensibilidad sea mala y tampoco que choquemos siempre, solo temo que sea mucho para él. Que contrasta demasiado.

Shinobu se sintió indignada, no podía evitar pensar que su hermana se estaba apocando frente a él. No lo soportaba.

—Yo insisto que su carácter es problemático. No tiene la sensibilidad necesaria para ser un buen novio, en general, con cualquier chica, no solo contigo—soltó Shinobu, sin poder evitarlo.

Las dos concordaban que Kanae y Sanemi eran como agua y aceite, pero tenían la visión del conflicto muy diferente. La de Kanae era una mirada horizontal, mientras que Shinobu pensaba que era un problema vertical: Shinazugawa no era tan solo diferente a Kanae, sino que inferior a ella.

Kanae arqueó las cejas con tristeza.

—¿Por qué no te agrada Shinazugawa?—preguntó Kanae—.

Shinobu ensombreció su mirada y desvió una mirada, pálida de rabia.

—No tiene que haber razones para no llevarse bien con alguien—contestó con suma tranquilidad—. A veces las personas, simplemente, no juntan y ya está. A mí me molesta su falta de sensibilidad, lo poco correcto que puede ser, que sea cascarrabias y poco cuidadoso con lo que dice.

—Te acepto que puede ser cascarrabias—concedió Kanae bajando la cabeza—, pero el resto de lo que odias es demasiado general.

—¿No te parece que ser cascarrabias y poco sensible es suficiente para ser detestable?—contestó Shinobu con frialdad.

Kanae quedó muda ante los dichos de Shinobu.

—¿Hay... hay algo que quieras decirme, Shinobu? ¿Hay algo más…?

La mirada de Shinobu se ensombreció entornando los ojos. Separó sus labios, a punto de soltar un sonido, pero los cerró al instante, arrepentida de sus próximas palabras.

Resopló, desviando la mirada y volvió a concentrarse en la pantalla de su computadora.

—No. No hay nada—dijo Shinobu sin ánimo de duda—. Simplemente su carácter choca con el mío.

Kanae quedó en silencio mientras sostenía la mirada sobre su hermanita.

Shinobu levantó la muralla infranqueable otra vez. No había nada que hacer ni qué decir para que la apartara.

La conversación había acabado, otra vez.

¿Cuándo se había puesto de esta manera? Eran las más grandes amigas y confidentes. Los consejos que se daban la una a la otra habían disminuido considerablemente, así como las tardes y noches que pasaban juntas. Los comentarios sarcásticos de ella y los dulces de Kanae, las salidas a beber café, al karaoke…

Kanae quería pensar que era porque ahora estaban más ocupadas que antes, pero estaba cada vez más dudosa de su propia conclusión.

Y la distancia se agrandó más cuando Shinazugawa llegó.

No lograba entender las razones tras la animadversión hacia Shinazugawa, sabía de los defectos de su amado, pero ni para su rigurosa madre resultaron ser problemáticos.

Kanae estaba cansada. Quería saberlo de una buena vez. Sospechaba de lo que se trataba, así que se aventuró a hablar, a pesar de la muralla que ella había puesto entre las dos.

—¿Es porque crees que no es suficiente para mí?—preguntó Kanae con gravedad.

Shinobu la miró de reojo.

—Por supuesto—respondió sin acritud, sin vergüenza—.

Kanae se quedó sin habla.

—No te llega ni a la suela del zapato, Kanae. Te mereces algo mejor que él. Eso es lo que pienso.

—¿Cómo puedes decir qué es lo que me merezco? ¿Cómo sabes tú que es mejor para mí?

Shinobu apretó los dientes, conteniendo sus próximas palabras, y las cambió radicalmente.

—No te mereces el mínimo, eso es seguro—continuó Shinobu severidad—. Te mereces a alguien sensible, que te quiera como te mereces y que te haga sentir querida y apreciada todo el tiempo. No tienes que buscar excusas sobre que son "diferentes" para justificar sus carencias.

Kanae se ruborizó, ahora perdiendo los estribos.

—¿Y Tomioka? ¿Cómo me dices que me merezco a alguien sensible y tú no buscas lo mismo?

—Tomioka es sensible con las personas cercanas.

—¡Shinazugawa es igual!—exclamó Kanae—. Los dos no se liberan si no están junto a las personas con las que se sienten seguras.

—No hay punto de comparación entre Tomioka y Shinazugawa.

—¡Me parece que son muy parecidos!—a Kanae le saltaban las lágrimas—.

—Tomioka jamás me ocultaría algo importante.

Lo soltó sin pensarlo. Como una indirecta perniciosa, como un golpe de revés. Y de inmediato se arrepintió de su desliz. Iba a gritar la verdad si no se detenía. Iba a soltarlo todo y todo se iría al desagüe otra vez.

"Esta conversación se acabó", pensó.

—¿Por qué crees que Shinazugawa lo haría? —exclamó Kanae ya con lágrimas corriendo por sus mejillas.

Shinobu se dio la vuelta hacia la pantalla.

Ver llorar a Kanae era una tortura. Una debilidad, un martirio que no se iría en semanas. Una espina de hierro hirviendo en su corazón de hielo.

Era insoportable, más si era por sus propias palabras las que provocaban su llanto.

—¿Shinobu?—gimió Kanae con tristeza.

—Ya no hay más que hablar. Estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo—dijo Shinobu sin mirarla—. Tengo que estudiar, Kanae. ¿Puedes irte?

—Shinobu…—murmuró Kanae, desolada.

Shinobu temblaba sin parar y sus ojos se cristalizaron por el llanto incipiente que no llegó a derramar, ni siquiera cuando su hermana se había ido de la habitación.

Shinobu suspiró con tristeza y se enjugó los ojos con violencia.

"Maldito…", pensó en él y la tristeza se fue.

Y se quedó la ira.

Shinazugawa tragó saliva seca.

Estaba un poco irritado por todo lo que se fue acumulando durante la semana. Sobre todo, porque Shinobu estaba más hosca y sarcástica de lo normal. Y era complicado tener una postura indiferente por sus cada vez más insidiosos ataques, que siempre iban por el costado y sin avisar, igual que una víbora.

Sentado en el sillón, trataba de distraerse mirando la tele, pero de reojo a veces veía a Shinobu sobre la mesa del comedor, con varios libros de texto alrededor de su computadora.

Tenía un aspecto lamentable. Su piel naturalmente pálida se había vuelto enfermiza, casi verde y unas enormes ojeras se agolpaban bajo sus ojos cansados.

"Seguro es por la universidad", pensó Shinazugawa, quitándole importancia a su comportamiento.

En toda la semana no había dejado de pensar en Tomioka y en cierto modo, contra todo pronóstico, quería enfrentarlo.

Iba en contra de todo lo que había planeado. De cada uno de sus planes. Su razón le gritaba en el oído que dejara las cosas como estaban, pero estaba preocupado. Estaba muy, pero que muy preocupado por él y por Shinobu.

Sanemi se armó de valor para conversar con Shinobu. No es que particularmente quisiera estar con ella, prefería perforar la muralla a través de Tomioka. De ese modo, sería más fácil llegar a un acuerdo y a una solución.

Así que primero, necesitaba una fecha para prepararse para hablar con Tomioka y eso solo lo sabía su "queridísima" cuñada.

Desde el sofá la miraba de reojo, mientras su novia y su cuñada conversaban sobre algo de lo que Sanemi había perdido el hilo hacía ya rato, por lo que su silencio si bien constante, era ignorado por las dos chicas.

De repente la conversación de las chicas lo sacó de su distracción.

—¡Veamos, entonces!—resolvió Kanae tomando las manos de su hermanita.

—¿Te parece bien la idea?—preguntó Kanao con sorpresa—. ¿No es una idea muy cliché?

—¿Lo del café en un festival escolar? Sí. ¿Lo que harán ustedes? ¡Absolutamente original!

—Pe-pero si nosotros…-

—¡Busquémoste uno!

Kanae sacó su laptop de detrás de su espalda y lo encendió y comenzó a teclear la prenda que estaba buscando.

—¡Te buscaremos el más lindo!

—Con que vaya acorde a la situación…—suspiró Kanao un poco abrumada—.

—¿Qué te parece este, Shinazugawa?—Kanae apuntó a un sitio en la pantalla y le dirigió la mirada al chico.

—Está lindo—respondió Sanemi distraídamente.

—¡No estás prestando atención!—le reprochó Kanae—. ¡Tiene que verse bonita!

Sanemi miró a su cuñada y le revolvió el pelo de manera perezosa.

—Cualquier cosa que te pongas te queda bien, Kanao.

Kanae sacudió la cabeza con un mohín.

—Estás desinspirado hoy, Shinazugawa.

Sanemi resopló un poco cansado, luego sintió las tersas manos de Kanae sobre su frente, que acariciaron sus cabellos.

—Disculpa…—dijo Kanae con las cejas arqueadas—. Bueno, sigamos buscando, ¿no, Kanao?

Sanemi pestañeó. Eso fue…

Se sacudió esa idea de la cabeza y miró a Shinobu.

—Iré a hacerme un café—anunció Sanemi al par.

Si le contestaron o no, fue algo que no se molestó en advertir.

Iba con su pulso zumbando en sus oídos y con la mandíbula bien apretada, listo para escapar corriendo, como si se estuviera acercando a un animal salvaje.

Era un poco vergonzoso ver cómo una chica tan aparentemente inofensiva lo ponía tan alerta, porque Shinobu no tenía que levantar los puños para dañar, podía lastimar más profundo con sus palabras.

Shinobu estaba sentada en la mesa del comedor con un aire de competencia y elegancia, incluso tranquila, hasta que Shinazugawa se distinguió por el rabillo de su ojo, entonces su nariz se arrugó un poco y sus ojos se centraron todavía más en el papel, aunque sin verlo o leerlo en realidad.

Lo vio adentrarse a la cocina, pero se decidió a no bajar la guardia hasta que él se fuera, por lo que estaría largo rato pretendiendo estudiar cuando en realidad, se concentraba en agudizar sus otros sentidos para captar cada uno de sus movimientos.

Escuchó el agua del grifo, la caída del agua sobre el hervidor, el sonido del agua haciendo ebullición…

"Se estará haciendo un té o un café", dijo, tratando de quitarle importancia y de relajar su postura. "Hará sus cosas y se irá", se aseguró a sí misma.

—¿Y cómo va la universidad?

Dio un respingo que la hizo despegarse de la silla un momento.

La voz casual y despreocupada de Shinazugawa la asustó tanto que se avergonzó de sí misma, por lo que su irritación aumentó más para proteger su orgullo herido.

—Bien—contestó secamente y frunciendo el ceño.

Luego, reanudó su lectura, pretendiendo que con eso había acabado la conversación.

—El aire se está poniendo más fresco, ¿no crees?

Shinobu levantó la vista de la hoja con una ceja alzada, luego se giró para mirarlo con extrañeza. La mueca hizo que el muchacho se pusiera tenso y nervioso.

Se había apoyado en el portal de la puerta de la cocina con los brazos cruzados, tratando de parecer casual. Aunque fingir no era uno de sus talentos.

Shinobu soltó aire por la nariz al percatarse de lo que ocurría.

"Oh. Es esta conversación otra vez…", pensó con hastío entornando los ojos.

Por supuesto, un centenar de veces sería poco decir para las veces que él se había acercado a ella con un aire incómodo y sobreactuado con motivos de serle agradable y de iniciar una conversación amistosa, para lo que se valía de tópicos de lo más corrientes.

Era fácil notar lo que le costaba al chico generar esas conversaciones de manual, tan simplonas como cínicas que los aburrían e irritaban a los dos, él por tener que iniciarlas y ella porque tenía que pararse a escuchar y a responder con cortesía.

Bueno, hasta que se aburría y Shinobu soltaba su refinado y entrenado sarcasmo junto con su eterna sonrisa amable que en esos momentos resultaba ofensiva.

Entonces, el que se aburría era Shinazugawa. Se aburría se tener que actuar y de tener que pretender que le importaba la compañía y la bendición de Shinobu.

"Esto es por Kanae", solían pensar con los dientes apretados mientras tenían estas conversaciones, luego, Kanae desaparecía de la mente de ambos y solo quedaba la amargura y la irritación que dejaban en el otro, se despedían con cinismo y apenas si se volvían a dirigir la palabra, a menos que fuera estrictamente necesario.

—¿Y… te ha ido bien?—preguntó Shinazugawa más nervioso.

Shinobu se le quedó viendo un instante más y apoyó el codo sobre el respaldo de la silla, con aire resuelto e impenetrable.

Ni le había contestado y la conversación estaba acabada.

—¿Quieres algo?—preguntó Shinobu sin acritud.

Ese día no la agarró con buen ánimo y estaba demasiado cansada como para ser cortés con quien no le importaba.

—¿Tengo que querer algo para hablarte?—replicó Sanemi, aunque con pobre convicción.

—¿No te cansas de tener esta conversación una y otra vez?—Shinobu lo ignoró y lo atajó al vuelo—. El resultado será el mismo, ya me aburre que lo sigas intentando.

—No sé de qué estás hablando…

Shinobu apretó los dientes y se le hinchó una vena en la sien.

Debería ser ilegal que las personas que no sepan mentir mientan, para ella era ofensivo hasta un punto inimaginable, pues Shiinobu se esforzaba por lograr sonar convincente.

—Tengo que estudiar. Así que dime qué quieres de una vez—su sonrisa desapareció.

El pragmatismo arrasó con la cortesía y Shinazugawa se vio acorralado, pero ya no tenía ganas de escapar ni de dejarse comer por la chica. Esta vez iba a contrarrestar.

O al menos, intentarlo.

—¿Puedo saber por qué me tienes tanta manía?

—Porque no me caes bien—replicó ella al instante—. ¿Eso es todo?

—¿De dónde viene todo eso? ¿Crees que no estoy harto?—Shinazugawa mascullaba, tratando de que sus palabras no llegaran al sillón.

—Eso da igual. Solo no me agradas. No le vas a gustar a todo el mundo. A veces la gente no se lleva bien y no tiene que haber una buena razón para ello. Ahora déjame en paz.

Shinazugawa frunció el ceño.

—Tengo la certeza de que hay una razón.

—Claro, tienes razón. Como tú me conoces mejor que yo…—dijo con aire distraído.

Esta actitud tan molesta, tan irritante, tan lejana… Tener que aguantar a un gato, a un huracán o a una mosca, que podían ir y hacer lo que quisieran sin que pudieras hacer nada.

Shinazugawa metió una de sus manos a uno de sus bolsillos y apretó el pequeño y cuadriculado artefacto de cuero.

Ya le daba igual Shinobu. Ella podía hacer y deshacer su vida como quisiera, mientras a él lo dejara en paz. Mientras le dedicara cortesía mínima. Mientras pudiera fingir frente a Kanae. Con eso sería feliz.

—A lo mejor sí que sé algo. Y más de lo que crees.

Shinobu no pasó desapercibido el tono y le dedicó una mirada dura y desafiante, pero no alcanzó a decir nada, pues Shinazugawa sacó de su bolsillo la billetera de Tomioka y la sola presencia del objeto la hizo palidecer incluso más de lo que ya era.

Shinobu se había puesto de un color enfermizo, casi verde nada más reconocerla, y al instante se levantó con intención de arrebatársela de las manos, pero Shinazugawa la apartó de su alcance sin hacer esfuerzo.

La silla hizo un sonido chirriante cuando trató de levantarse, pero ni Kanae ni Kanao la advirtieron pues siguieron mirando en la computadora sin voltear a ver.

Pero el sonido fue una advertencia para Shinobu y para Sanemi. Les aterró la idea de verse en situación tan comprometedora, porque a ninguno de los dos convenía.

Finalmente, se percataron de que ellas estaban demasiado inmersas en su búsqueda y que habían pasado por alto el chillido.

Shinazugawa la miró.

—Vamos a hablar afuera.

No como una propuesta, sino como una orden.

Bajo la sombra del árbol en el jardín Shinazugawa jugaba y pasaba de mano a mano la billetera, mientras Shinobu observaba el pedazo de cuero, como un perro mirando a un jugoso hueso que no ponen a su alcance.

Para desgracia de Shinazugawa, esa mirada de anhelo lo conmovió y por un instante, se sintió mal.

Shinazugawa comenzó.

—Quiero decirte que-

—No me interesa que opines. No quiero que opines sobre mis decisiones, no tienes ningún derecho—replicó al instante—. Dime que quieres y dame la billetera.

—Esto no se trata de opiniones, Shinobu.

—¿Qué quieres, Shinazugawa? Dímelo ya—Shinobu comenzó a temblar de ira.

—Shinobu, quiero que me escuches primero-

—¡Qué quieres, maldición!—ladró ella, con los ojos vidriosos, ahora roja de furia. Se había acercado a él con intención de alcanzar la billetera—. Solo dilo sin rodeos.

—Shinobu—dijo él con solemnidad—. Esto no está bien.

—¡Yo también quería!—la voz de Shinobu se quebraba—.

Sanemi arqueó sus diminutas cejas.

Vio a Shinobu desde arriba y por instante, le pareció una niña pequeña. Le pareció una infanta que lloraba porque le quitaron un peluche o un juguete, pero peor: una adulta desesperada.

—Lo que hizo él no estuvo bien—dijo Sanemi, con ese tono paternalista que usaba a veces con sus hermanos menores—. Pudo haber sido peligroso, algo pudo haberte ocurrido.

—¡Pero no fue así!—exclamó, saliendo en defensa de sus decisiones—. ¡Todo salió bien! ¡Todo está bien ahora! ¡Es una excepción!

—¿O simplemente no quieres aceptar que te equivocaste? ¿Es realmente tan bueno?

Algo en aquellas palabras resonó en la mente de Shinobu que le hizo recobrar la compostura. Su aniñada actitud se desvaneció, como si con esas preguntas tan simples la hubiesen abofeteado y la hubiesen devuelto a la realidad, a su realidad, a ella misma.

Shinobu entornó los ojos, con una ira contenida. Ahora sí repuesta para la discusión, y lista para hacerse escuchar.

Lo miró directo a los ojos con sus fríos ojos púrpuras.

—No me he equivocado—aseveró ella—. Sabía entonces cuáles eran los riesgos. Los sopesé y lo hice bien.

Shinazugawa separó sus labios, pero solo se le escapó el aliento, pues Shinobu había retomado la palabra.

— No hay punto de comparación entre Tomioka y tú, eso tenlo claro. Lo que no entiendo es como tienes la audacia de venir a decirme lo que es un buen hombre, cuando ni tú lo eres—luego alargó una sonrisa torcida y perversa—. Y tampoco lo fuiste.

Sanemi palideció, aunque se aferró a la idea de que ella solo estuviese jugando. Que solo estuviese siendo prejuiciosa.

—Con ese historial delictual…—dijo Shinobu burlonamente—. Ya te gustaría a ti ser Tomioka.

Sanemi guardó silencio, bajando los hombros y adoptó una postura miserable, incluso el agarre de la billetera se hizo más endeble.

—No tienes cara para venir a reprocharle a él nada. Ni un punto de sus decisiones. Él está limpio y yo sé todo de él. A diferencia de ti. ¿Peleas callejeras? ¿Asaltos? ¿Robos? ¿Relaciones con la mafia? Kanae no me ha contado nada de eso. A mí eso me suena como algo importante, ¿o es que a ti no te parece la gran cosa?

Shinazugawa tragó saliva en grueso, incrédulo. Los latidos de su corazón se confundían con las afiladas palabras de Shinobu en sus oídos.

—¿Creías que te desaprobaba por cómo era tu apariencia? Cariño, si es que tu aspecto es el último de tus problemas…

Shinobu avanzó hacia él y extendió la mano.

—¿Quieres que Kanae deje de jodernos a los dos? Pues, bien. Lo haré. Le diré que te apruebo. Le diré que me caes bien. Le mentiré a la cara diciendo cosas que no siento ni creo—dijo Shinobu con una voz desafiante—. Pero debes saber que no por eso te haré la vida más fácil. Con ese historial a tus espaldas, no me cabe duda de que has sido el novio que has sido porque ni mi papá ni yo hemos bajado la guardia, porque no me cabe duda de que en el momento en que me relaje tú sacarás tus verdaderos colores…—agregó arrugando la nariz.

Sanemi se hizo para atrás.

—Siempre seré insoportable, que no te quepa duda. No dejaré que la lastimes. No dejaré que la persona que más amo caiga en tus asquerosas manos. No eres digno de ella. Ni de sus atenciones, ni de su cariño.

Ella soltó una exhalación profunda, con ella casi todos los músculos y tendones de su cuerpo se acomodaron de tal forma que se sintió en paz consigo misma.

Cómo de liberadora era la sinceridad. Como de a gusto podía uno quedarse con actos tan simples.

—En todo caso, debes saber que este chantaje tuyo no durará mucho—Shinobu le arrebató la billetera de la endeble mano de Shinazugawa—. De todas formas, la edad será algo que con el tiempo se hará insignificante. Lo tuyo, sin embargo…

Shinobu creyó que no hacía falta acabar la frase.

Ella se dio media vuelta.

—La verdad siempre se sabe, al final siempre nos explota en la cara. ¿Cuánto te queda a ti, Shinazugawa?

"Eres de lo peor", pensó Shinobu antes de emprender su caminata devuelta a la casa.

La última persona que pensó que descubriría su secreto era ese hombre.

Shinobu tenía los nudillos blancos.

"¿Y creerse con el derecho de chantajearme?", pensó. "¿Él a mí?, seguro es muy tonto o un verdadero caradura".

Suspiró pesadamente, como si hubiera corrido una maratón.

Ya le urgía ser sincera con su familia y con sus amigos.

Shinobu entendía que el chantaje mutuo dependía de dos cuestiones muy diferentes: para ella, la solución recaía en el paulatino y decreciente peso que tenía la edad sobre el paso del tiempo. Para él, su propia cobardía.

—Ojalá yo tuviera que ser cobarde…—refunfuñó Shinobu con envidia. Le parecía mucho más sencillo ser valiente que esperar.

Sabía que había ganado el silencio de Shinazugawa.

Sin embargo, el sentimiento de humillación no se había desvanecido.

"Ya gané", pensó. "¿Por qué quiero llorar…?".

Les subían las lágrimas saladas a los ojos y se le enrojecían por el esfuerzo de no dejarlas caer.

Porque que él la viera vulnerable era un golpe al orgullo.

Llegó a la sala de estar con la cabeza gacha y cuando la levantó, observó el hermoso perfil de su hermana mayor.

Kanae tenía una sonrisa radiante y optimista. Contagiaba la felicidad y su tranquilidad, paciencia y diplomacia, lejos de ser irritantes para las personas aceleradas e impacientes, eran motivo de admiración.

Shinobu era el ejemplo perfecto de esto.

Se le encogió el corazón al verla sonreír con ánimo, mientras comentaba ropa linda que veían en internet. Se le llenaba el pecho de gozo cuando veían una película juntas y se reían de lo falso de los efectos, de los vestidos feos y de los chistes malos que hacían los actores. Se sentía en el cielo cuando cantaban juntas en el karaoke o salían a tomarse un café o un helado o lo que fuera.

Kanae era su hermana, en el sentido más ideal de la palabra, pues ella representaba todo lo que una hermana debía de ser. Y eso era muy complicado de tener o de lograr.

Su rosto se congestionó por una desesperante tristeza.

"Y lo va a perdonar", pensó con los dientes apretados. "Es tan buena que lo perdonará".

Cuando le crecieran huevos al imbécil de su novio, ella lo perdonaría. Diría que estaba bien, porque sabía que había cambiado.

Shinobu lo sabía.

"¿¡Por qué!? ¡Sé que por probabilidad debe de existir algo mejor!", la idea de tener que convivir con alguien como él para el resto de su vida, la hacía querer arrancarse el cabello.

Una lágrima se le saltó del ojo.

Shinobu se apresuró a pasar tras el sillón sin que ninguna de sus hermanas la viera, subió las escaleras y bajó con su bolso favorito, el que siempre sacaba a pasear en sus tiempos de ocio.

—¿Vas a algún lado, Shinobu?—preguntó Kanae al verla ponerse los zapatos en la entrada.

Shinobu respiró hondo y con una voz que no delataba su llanto, replicó:

—Iré al centro. Me olvidé que tengo que comprar un regalo para una amiga.

Luego salió a trompicones de la entrada.

Sanemi entró con paso pesado a la estancia.

—¿Qué ocurre, Nemi?

Kanao no vio bien a su cuñado. Estaba pálido y tenía la frente brillante en sudor. Tenía un aspecto enfermo, poco común en él.

—¿A dónde dijo que iba Shinobu?

—Dijo que iba al centro, tenía que comprar un regalo…

Sanemi comenzó a respirar entrecortadamente.

—Maldición—exclamó—. ¡Le dije que me esperara!

Sanemi apenas pudo decir qué ocurría y a dónde iba y a ninguna de las hermanas de ojitos rosas le quedó claro, ni cuando el chico salió por la puerta apresurado.

"A lo mejor se trata de Mitsuri", pensó Kanae encogiéndose de hombros.

Shinobu se enjugó las lágrimas con la manga de su camisa mientras caminaba por la calle, a pocos pasos de la bajada que iba al metro.

Le ardían las entrañas y su corazón latía desbocado en su pecho. Le costaba respirar por la mucosidad en su nariz y su visión se alteraba con las lágrimas que no habían aminorado lo que le hubiese gustado.

—Esto es tan patético...—musitó viendo la humedad de sus lágrimas su ropa.

Todo el mundo iba a verla llorar cuando estuviera en los vagones.

Frunció el ceño ante sus propias y banales preocupaciones.

"¡Y a ellos qué les importa!", Shinobu se irguió tan seria e implacable como se lo permitían sus lágrimas.

Se enjugó los ojos con fuerza y frunció el ceño a medida que tomaba el vagón en dirección al centro.

Las mejillas de Shinobu estaban ya secas, la textura de su piel se hizo agrietada y tirante, pero no tenía las ganas de quitarse la desagradable sensación de sus mejillas.

Miraba a los escaparates de las tiendas con aire distraído mientras franqueaba a la multitud, en busca de un asiento o de un café con una buena pinta, pero no se animaba a nada.

Las discusiones siempre la dejaban agotada. Su somnolencia aumentó y sus hombros le pesaban sobre la espalda.

Se detuvo un momento mirando al cielo, con el mismo aire ausente de antes, preguntándose a dónde podría ir a qué hora podría volver a casa, no estaba del ánimo para revolver entre las tiendas en busca de un regalo para un amigo ficticio.

Ladeó la cabeza con un sutil y súbito interés.

A lo mejor podría comprarse algo para ella misma…

—¡Kocho! ¡Kocho!

Su propio nombre la sacó de sus pensamientos.

Se giró hacia atrás y no tenía que ser tan alta como para verlo.

—¡Kocho!—volvió a exclamar Shinazugawa con un rostro compungido.

Shinobu arrugó la nariz y apretó los dientes, con un rubor subiéndole por sus mejillas.

Se volvió otra vez viendo de reojo a la multitud, pensando que de algún modo todos sabían cómo se llamaba.

"¡Qué desesperante! ¿Qué no piensa lo que hace?", pensó con una amarga nota de vergüenza ajena en la garganta.

Emprendió su marcha otra vez, pero con un paso más apresurado, no dándose por aludida en absoluto o pretendiendo de buena manera no hacerlo.

Sin embargo, al rato de caminar sus gritos no desaparecieron.

"A lo mejor ya me ha visto…", pensó con molestia.

Alzó su vista y se dispuso a distinguir todos los elementos del escenario, trazando las posibles rutas de escape con las que podría irse sin correr y escapar de la vista de ese hombre.

Mientras deliberaba sus posibilidades, ahogó una exclamación.

"¡Mi broche, claro!", pensó. "¡Es por eso!".

Mientras comenzaba a caminar, llevó sus manos a la parte posterior de su cabeza.

Su broche era de materiales delicados, y arrancarlo de manera incorrecta o bruta podría romperlo. Era de la mano de su madre, por supuesto, y no estaba dispuesta a ello.

Sin embargo, era imposible hacer tantas cosas a la vez con completa precisión.

Su vista al frente, viendo que tan cerca estaba Shinazugawa, sus manos sobre su cabeza y su mente puesta en desatar el broche, en un ambiente tan concurrido y ruidoso, tuvo sus predecibles consecuencias.

Un hombre de traje la golpeó en el hombro y su mente se concentró en no caer, pero no pudo salvar su broche que dio a parar al suelo.

En pánico lo buscó con la vista y se lanzó a alcanzarlo antes de que alguien pudiera pisarlo sin querer.

Estaba a centímetros de tomarlo, cuando una mano lo tomó por ella.

Shinobu se alegró e instintivamente le dedico su mejor sonrisa a la persona que lo había tomado.

Pero esa mano era muy familiar.

Era una grande, delgada y venosa, pero que no logró reconocer su procedencia sino hasta que alzó la vista a quien la había ayudado.

Shinobu arrugó la nariz ante la vista desagradable.

Su semblante amigable desapareció al instante, no tan solo por la vista, sino porque el auxiliar no le entregó el broche de inmediato, sino que lo llevó a la altura de sus labios, como dando un dulce y delicado beso.

—¡Mi Shinobu!—exclamó el hombre con su encantadora sonrisa—. ¡Ha pasado un tiempo!

Seguía teniendo el pelo largo amarrado a una coleta y esos preciosos ojos del color del arcoíris.

Shinobu se irguió, pálida de ira.

—Dame mi broche, Douma—dijo lenta y fríamente.

¡Eso es todo!

Sé que dije que iba a actualizar más seguido, pero la universidad no lo permitió. Estaba reprobando algunas asignaturas y tuve que dejar mi vida por eso.

Reprobé igual, pero lo importante es que estamos de vuelta y de vacaciones.

Un saludo, coméntenme qué les pareció.