*Este capítulo no contiene advertencias.

*Disfruten.

La señora Tamayo abrió la puerta de la sala seguida de Yushiro, su asistente, y en cuanto Inosuke los vio entrar a su sala de juegos y que nada más cerrar la puerta el asistente pusiera el pestillo, saltó del suelo y se arrinconó entre el mueble grande y el de los juguetes, temblando como una hoja.

Yushiro puso los ojos en blanco pensando en la dramática y hastiosa situación que se venía encima.

La señora Tamayo, una señora de lo más elegante y con un aire cordial y servicial, se inclinó con gracia hacia el par de tutores.

—Muchas gracias por recibirnos. ¿Se encuentra bien el paciente?—preguntó ella, al momento que tomaba asiento sobre el tatami y sacaba un maletín de cuero negro.

—Un poquito asustado, ya sabe usted—dijo Shinobu, tratando de quitarle importancia a la actitud de su protegido.

—Es natural—asintió la Señora Tamayo sacando un frasquito con un líquido y una aguja de la maleta.

Tomioka dirigió su mirada al rincón. Inosuke parecía una araña agarrada a la pared con el semblante pálido, semblante que se torció al horror cuando vio la aguja atravesar el papel que protegía la sustancia extrayendo un poco de líquido de su interior. Parecía un herbívoro frente a su cazador, una liebre que espera a morirse del susto cuando ve al lobo.

—¡Ven, Inosuke!—llamó la Señora Tamayo con un gesto grácil y amistoso—. Solo será un momento.

Inosuke se subió a las paredes y dejó marcas negras de sus pies lo que disgustó profundamente a Yushiro.

Él se acercó a Shinobu.

—¿No te han dado amonestaciones por el estado deplorable del chico?—murmuró maliciosamente.

—Inosuke es especial—Shinobu replicó con cortesía, pero tenía los puños bien apretados.

—No parece una excusa convincente—Yushiro puso una sonrisa de suficiencia que puso de los nervios a Shinobu al instante.

—Ven, Inosuke, ven—volvió a llamar la Señora Tamayo, ahora con un rostro un poco más triste.

Yushiro ignoró a Shinobu en su réplica y se giró hacia Tomioka con los brazos cruzados.

—¿Puedes traer al mocoso o te vas a quedar como un adorno ahí parado?

Tomioka sintió un escalofrío ante la voz seca y obedeció casi como por inercia.

—Claro. Ya voy.

Tomioka se acercó a Inosuke que rehuyó de él de inmediato, pero Tomioka pudo someterlo fácilmente luego de un breve forcejeo, y en unos segundos estaba sosteniéndole el brazo muy cerca de la aguja.

Se sintió estúpido por obedecer con tanta facilidad y no hacerse respetar al instante, pero se mantuvo concentrado en su misión, al ver que la Señora Tamayo le daba una gentil sonrisa.

—Déjalo, él no está a acostumbrado a tu actitud. Lo asustas—masculló Shinobu hacia el asistente.

—Pues que se vaya acostumbrando porque yo voy a ser su supervisor—Yushiro levantó un pisapapeles lleno de hojas que llevaba en las manos—. Y veo un par de acciones penadas en esta habitación.

Yushiro apuntó al desastre que tenían en la habitación y la apariencia que tenía Inosuke: descalzo y sin camisa, aunque se podía ver por su cuerpo fornido que el niño era bien alimentado (y quizás, acostumbrado a una exigencia física superior a la media).

—Inosuke es un niño feral, ¿qué esperabas? No va a venir con modales de príncipe a la civilización.

—Ya veremos, lo discutiremos con el director—Yushiro se encogió de hombros y quiso terminar la conversación, viendo que había hablado sin saber, pero siempre orgulloso de no querer admitirlo.

Inosuke comenzó a moverse y a resistirse de la resistencia de Tomioka, y cuanto más Tomioka trataba de maniatarlo con sus brazos, más luchaba Inosuke contra él.

Insouke comenzó a forcejear.

—¡Inosuke, esta es la última vacuna que necesitas…! ¡Después de ésta no habrá otra…!—Tomioka trataba de explicarle al chico mientras hacía esfuerzos vanos por tratar de mantenerlo quieto y tranquilo.

—Inosuke, será un pinchacito y ya está—la Señora Tamayo trataba de coincidir con el tono de Tomioka.

Pero aquella mujer no era de fiar, pues tenía una cosa puntiaguda en la mano.

Yushiro vio la escena poniendo los ojos en blanco de cuando en cuando, hasta que la poca paciencia que tenía se agotó y se acercó al chico y a la Señora Tamayo.

—¡Señora Tamayo, creo que tiene dulces en su maletín! Podrían servir—sugirió Yushiro en un tono de lo más cordial y amable.

—¡Claro, tienes razón! ¿Cómo pude olvidarlos?

En lo que la Señora Tamayo se daba la vuelta, Yushiro hizo una maniobra digna de un maestro de krav magá y con un golpe certero al área del cuello dejó a Inosuke fuera de combate, acto seguido, y en tanto la Señora Tamayo se daba la vuelta, Yushiro se sentó tan recto como una muralla con una expresión de lo más inocente.

—¡Mira, Inosuke, ya tengo tu-! ¿Ah? ¿Inosuke?

La Señora Tamayo observó con asombro cómo de repente el chiquillo había dejado de forcejear y de que hasta su cuerpo se relajara de modo que parecía casi dormido.

—¿Estás bien, Inosuke?—preguntó ella tomándolo del mentón.

—¿Qué es lo que-?—Tomioka no reaccionó al instante.

—¡Oh, no se preocupe, Señora Tamayo! Ya ha aceptado su destino y entendido que no puede escapar, así que continúe su procedimiento sin mayores molestias—dijo Yushiro con una voz de lo más afable.

La señora Tamayo vio un instante que el cuerpo de Inosuke convulsionó, pero lo interpretó como una última resistencia, por lo que se apresuró a meter la aguja, inyectarla y sacarla con gran velocidad.

—¡Ya está! ¿Era para tanto, Inosuke?—preguntó la señora Tamayo guardando sus implementos.

Inosuke no contestó.

Sus ojos estaban blancos y su cabeza descansaba sobre el pecho de Tomioka.

Tomioka separó los labios para hablar y cuando sintió una punzada en una de sus piernas que le hizo morderse la lengua.

—¡Mira, si hasta se ha quedado dormido! ¡Qué gran tacto tiene usted, Señora Tamayo, tan suave que hace dormir!—dijo Yushiro con su voz afable y cordial.

La Señora Tamayo ladeó la cabeza.

—No creo que haya sido eso…

—En todo caso, creo que hemos acabado aquí, ¿no lo cree?—Yushiro se levantó y tomó una de las manos de la Señora y alejó su vista de los dos hombres lastimados—. Nos espera otra niña, me parece y con esa no debemos tardar.

—¡Claro! ¡La pequeña!—exclamó la Señora Tamayo con repentina exaltación.

La Señora Tamayo se apresuró a cerrar su maletín y se levantó casi con un salto.

—Muchas gracias por recibirnos—se inclinó la mujer—. Avísenme si Inosuke se enferma o tiene algún efecto secundario, dada su edad, sería normal que tuviera un poco de fiebre. Consúltenme lo que necesiten. Yushiro, quédate y haz el papeleo, por favor, yo me adelantaré para ver a la niña.

—Sí, Señora Tamayo—respondió Yushiro con un aire servicial.

La Señora Tamayo se despidió solemne pero rápidamente de cada uno de ellos y salió por la puerta.

Yushiro volvió a su semblante altanero e irritable, se giró con el pisapapeles en los brazos y apretó la punta superior el lápiz con un gesto amenazador.

—Vamos a ver qué sanciones te puedo dar—dijo Yushiro con aire ceremonioso.

—Podrías empezar con lo que puedes elogiar…—Shinobu se cruzó de brazos.

—No necesito que me digas como trabajar, Kocho. Ya soy experto en este procedimiento.

—Creo que un poco anticuado—atacó Shinobu venenosamente.

—Ya. Oye, ¿Qué tú no te ibas a retirar?—Yushiro se giró hacia ella entornando los ojos.

—Vine para hacer un último trabajo.

—Uy, cuidado, en las películas esa frase nunca es una buena señal...

Shinobu sonrió con sorna.

—Ya te gustaría.

—¡Y bien que me conoces, querida!—Yushiro le sonrió con todos los dientes.

Tomioka sostenía todavía al niño en brazos y su vista viajaba de Yushiro a Shinobu y de Shinobu a Yushiro a medida que salían puyas que hacían el ambiente más denso.

Era la primera vez que Tomioka veía a Shinobu con esa actitud tan abiertamente hostil. Sus brazos cruzados, su ceño fruncido y su voz mucho más severa de lo normal, características tan opuestas a ella o que al menos se esforzaba por ocultar con comentarios cínicos o imitando al estereotipo de una mujer distraída y poco centrada que ofendía sin querer y con la que nadie podía molestarse.

—¿Ya te vas pronto?—preguntó Shinobu con impaciencia.

—Sí, sí, no molestes—Yushiro aleteó en el aire con su mano como si estuviera espantando moscas.

Una vena en la sien de Shinobu apareció nada más apareció el gesto y viendo cómo Yushiro anotaba muchas cosas, tratando deliberadamente de que la chica no pudiera leer desde su posición.

Yushiro acabó el texto con un sentencioso y dramático punto final y luego sonrió al par y al niño.

—¡Que les vaya bien a la feliz pareja!—luego agregó amenazadoramente—. No vuelvan a incordiar a la Señora Tamayo. Controlen a su fiera.

Yushiro salió por la puerta sin esperar réplica.

Shinobu comenzó a temblar de la rabia hasta que, finalmente, explotó con un gruñido y un chillido hosco y grave:

—¿¡Fiera!? ¡Pero quién se ha creído!

Tomioka e Inosuke (que se había recuperado) abrieron los ojos de par en par.

—¡Es incomprensible para mí que la Señora Tamayo lo quiera de asistente!

Shinobu se dio la vuelta con el ceño fruncido, pero su expresión se hizo menos feroz y cuando hizo contacto con la vista de Inosuke, quien se ocultaba tras la pierna de Tomioka con una expresión de temor.

Shinobu levantó las manos en un gesto apaciguador y trató de verbalizar cualquier cosa que pasara por su mente, pero ninguna le convencía como excusa para su actitud.

—¿E-estas enojada?—preguntó Inosuke con unos ojos enormes y brillantes.

Una punzada llegó al corazón de Shinobu. Al instante trató de controlar su respiración y cuando se halló como antes, se inclinó sobre Inosuke con ambas manos sobre sus rodillas.

—Sí, estoy enojada. Pero no contigo Inosuke—le dio unas palmaditas en la cabeza—. Tú no te preocupes, no tienes nada que ver con eso.

Shinobu mostró una sonrisa de lo más dulce y maternal.

Inosuke, a pesar de la sonrisa, todavía podía percibir en sus pelos de punta una sensación peligrosa. Una intuición que rara vez se equivocaba.

Ella era peligrosa, pero no para él.

Inosuke no reaccionó como ella esperaba, por lo que continuó con una voz ahora más nerviosa.

—Es normal que un niño se asuste cuando van a-

—¡Yo no estaba asustado!—saltó Inosuke a pesar de la sensación de peligro—. ¡Esa vieja me agarró desprevenido es todo!

Shinobu alzó ambas manos a sus mejillas con una expresión fingida de asombro.

—¡¿En serio no estabas asustado, Inosuke?! ¡Pero qué niño tan valiente!

Inosuke hinchó su pecho como una paloma y resopló con la nariz con orgullo.

—Sí, sí—afirmó el niño—. ¡Un pinchazo no es nada comparado a un cuerno o a una garra!

Inosuke comenzó a relatar de manera muy desordenada y exagerada sus experiencias en el bosque. Él presumía y se explayaba en sus propias habilidades y en cómo nunca encontró animal alguno que lo superara.

Shinobu observaba a Inosuke atentamente mientras él explicaba cómo había logrado someter a un gran gato montés y lo hizo rodar colina abajo después de que trató de comerse a uno de sus hermanos jabalí pequeños.

Tomioka oía por encima el relato. Su corazón latía con fuerza ante el repentino cambio que tuvo Shinobu. No acostumbraba a escuchar su vocecita aguda con tal severidad y rabia.

La cortesía había salido tan rápido como había vuelto.

—Kocho—llamó Tomioka.

Shinobu se dio la vuelta.

Ya habiendo terminado de arreglar su bolso y lista para caminar a casa, se echó su mochila al hombro y preguntó:

—¿Qué ocurre?

Tomioka vaciló, sus labios titubearon en abrirse de uno u otro modo, hasta que decidió por las palabras.

—Siento que Inosuke no me obedece… Quería preguntarte por algún consejo—dijo con una voz más ecuánime de la que deseó.

Shinobu abrió los ojos con sorpresa.

—¿No te obedece? ¿A ti?

—O sea, no me obedece si no le ofrezco algo a cambio. A ti te obedece sin chistar.

—Ah…

Shinobu se aturdió ante la confesión, pero debía admitir que algo de razón había en las palabras del chico.

"¿Tanto habían cambiado las cosas?", pensó con asombro.

—¿Qué ocurre?—preguntó él.

—¡No, no! ¡Nada! Es que…—Shinobu iba a recordar esos tiempos donde Inosuke no le daba ni la hora, pero le pareció un poco cruel—. Nada. Puedes ser más específico, por favor.

Tomioka no supo qué contestar.

"Maldición, no esperaba esa respuesta", pensó con nerviosismo. "A ver, tarado, improvisa algo".

Shinobu podía ver el cerebro del chico trabajando a través de sus ojos muertos. Si quizás no era de los ojos o labios más expresivos, pero sus cejas… Sus cejas temblaban, hacían varias su rostro quizás media pulgada, pero era suficiente para que en aquel rostro pálido e impasible dijera las cosas que su boca no podía decir.

Shinobu tuvo piedad del chico.

—¿Te lo dice cuando está haciendo algo que le gusta o cuando sabe que no debe de hacerlo?

—Cuando sabe que no debe hacerlo—contestó él de inmediato.

Shinobu explicó sus teorías, sus manejos y hasta le recomendó un libro. Se extendió largamente sobre la psicología y el comportamiento infantil, y agregó entre medio unas experiencias con sus chicas y cómo les enseñó a que les obedecieran cuando estaban con ella.

La voz de Shinobu era suave como el terciopelo y aguda como el violín.

La voz de Shinobu, entonces y en el futuro, se convirtió en una melodía agradable que aplacaba los terroríficos silencios que lo acongojaban. Si ella estaba concentrada en su relato, olvidaría, aunque fuera por un momento, que el hombre que tenía en frente era un tipo aburrido.

Un callado y sombrío tipo aburrido.

Y él también se olvidaba de ello. Se olvidaba de sí mismo, por un momento.

—Aunque ellas no eran niñas ferales…—concluyó la chica, abruptamente.

—Claro, debe de ser muy distinto.

El silencio otra vez.

Tomioka comenzó a sudar y sus ojos comenzaron a moverse nerviosamente por la habitación, en busca de alguna inspiración para no desaparecer la charla, pero no encontró nada.

Como abatido después de una batalla perdida, Tomioka soltó un suspiro silencioso y concluyó:

—Muchas gracias.

—De qué—respondió la chica.

Entonces, ella tomó su mochila, se la echó al hombro y salió por la puerta diciéndole adiós.

Tomioka se quedó parado con un aire derrotado, luego, en silencio, comenzó a ordenar sus cosas y abandonó la estancia tal como ella lo había hecho.

Inosuke se echó un rato a descansar bajo un árbol.

Tenía la frente húmeda y los labios secos, entre tanto, su pecho subía y bajaba rítmicamente.

Sus ojos se hicieron pesados a ratos y la brisa fresca enfriaba sus mejillas cálidas y rojas.

Shinobu se sentó junto a él y le siguió Tomioka.

—¿Volvemos a casa, Inosuke?—preguntó ella.

—¡No! Solo quiero descansar, luego volveremos a jugar.

La sentencia hizo a Tomioka soltar un sonoro suspiro de cansancio.

Desde que le dijeron que durante el invierno las salidas iban a reducirse considerablemente, Inosuke quiso aprovechar cuanta oportunidad tendría para jugar. Sus hábitos se hicieron más intensos, sus ataques más violentos y sus energías parecían nunca acabar.

Y quien tuvo que soportar todo aquello fue, principalmente, Tomioka.

Shinobu era quien le ayudaba con sus tareas y le enseñaba a leer, y quien, con frecuencia, solía regañarlo y le obligaba a seguir las órdenes.

Tomioka jugaba con él. Y eso era todo.

Cómo y cuándo se habían vuelto las tornas era algo que le pasó desapercibido, un día se percató que Inosuke asentía obediente a Shinobu y a él, le dedicaba carcajadas o se volvía más atrevido y terco. Nunca lograba hacer que le obedeciera sin hacerle sentir mal o hacer que sus ojos se pusieran vidriosos, por lo que evitaba a toda costa tener que corregirlo.

Tomioka se sentía obligado a alcanzarla y hacer las mismas cosas que ella, pero fracasaba cada vez que intentaba.

Tenía reparos en preguntar a Shinobu sobre sus estrategias por miedo a parecer incompetente, pero…

Por otro lado, sería un buen tema para iniciar una conversación con naturalidad.

Tomioka se tomó el mentón con aire pensativo.

Desde aquella vez que volvieron a casa juntos, Tomioka estaba temeroso de que esa agradable tarde fuera meramente anecdótica y que volvieran a ser los compañeros distantes de siempre, sin una sola cosa que tuvieran en común más que Inosuke.

Tanto tiempo había pasado desde que había tenido una conversación como esa...

Solo entonces se percató de lo solo que estaba…

Se había devanado los sesos pensando en un plan para iniciar una conversación con naturalidad, pese a que fuera en contra de lo que significaba en primer lugar algo "natural". Pero desistió de desarrollar capacidades sociales "naturales" y se conformó con hacerlas "parecer" naturales.

Nadie desarrollaba algo el lunes y se volvía un experto para el final de la semana.

"Sí, eso haré…", se dijo a sí mismo con una sensación de determinación en el pecho. "Así no volveré a parecer un imbécil".

Shinobu lo observaba de reojo en el repentino silencio que se formó luego de que Inosuke dejara de contestar sus preguntas, del puro tedio o cansancio físico.

—¿En qué piensas, Tomioka?—preguntó Shinobu dirigiendo su atención hacia él.

Tomioka se sobresaltó y la tensión de su cuerpo se hizo evidente.

—¡Nada! No pensaba en nada.

—¿"En nada", ah?—rumió Shinobu con interés, luego agregó con una sonrisa pícara—. A lo mejor no es algo, sino alguien.

—Nada de eso—Tomioka negó con la cabeza, tratando de mantenerse sereno.

—¿Alguien te preocupa?—saltó Inosuke a la conversación, incorporándose violentamente—. ¿Acaso es algún enemigo, Tomioka?

—No tengo enemigos—afirmó Tomioka con seguridad—. Soy demasiado inofensivo para caerle mal a alguien.

Shinobu sonrió ante la inocencia de Inosuke.

—Yo decía más por-

Shinobu sintió una vibración dentro de su bolso. Se apresuró a sacar su teléfono celular y cuando vio el identificador de llamadas, frunció el ceño con repentina seriedad.

—Ya vuelvo—dijo ella.

Procedió a levantarse del sitio y caminó varios metros lejos del par hasta que era físicamente imposible para ninguno de los dos oírla, luego contestó.

Tomioka soltó un suspiro y tan pronto como comenzaba a fijarse en el pasto, en las nubes y en las hojas de los árboles, por el rabillo de su ojo vio a Inosuke crisparse y gruñir como amenaza.

Tomioka vio en la misma dirección que Inosuke y vio a un chico acercándose a Shinobu. Le pareció ver que el chico se disculpaba por su impertinencia y luego le hacía una pregunta a la chica, ella sonrió con amabilidad y con su habitual cortesía, indicó con su dedo a un lugar.

Luego el chico se alejó corriendo.

Inosuke relajó su postura y volvió a sentarse.

—¿Qué te preocupa?—preguntó Tomioka.

Inosuke frunció el ceño y le miró con reproche.

—¡Alguien se acercó a Shinobu! ¿¡Cómo no reaccionaste!?

Tomioka pestañeó.

—¿Cómo que no reaccioné? ¿Debí de haber hecho algo?

—¡Claro!—exclamó Inosuke con ímpetu—. ¡Es tu hembra, tú tienes que defenderla de otros!

Tomioka volvió a pestañear, aun sin entender del todo.

—¿Cómo que "mi hembra"?

—Bueno, ¿no es ella con la que vas a tener hijos?, ¿tu compañera?

Tomioka ahora se petrificó un momento, como la reacción posterior a una bofetada.

—¿Cómo?

—¡Ella! ¡Ella es a la montas y con la que vas a tener hijos!—gritó Inosuke con irritación.

Tomioka se apresuró a taparle la boca con sus dos manos y luego se giró hacia Shinobu con los ojos desorbitados, con el rostro más pálido de lo normal, pero con una coloración rojiza en las mejillas.

La chica estaba demasiado lejos, todavía muy pendiente de la llamada como para prestarle atención a un grito.

Se la quedó viendo unos segundos más para asegurarse, luego quitó las manos de la boca de Inosuke.

—Inosuke no vuelvas a gritar eso…—dijo Tomioka—. Puedes hablar en tono normal.

—Pero, ¡cómo no entiendes! ¡¿Cómo no te preocupa?!—le espetó el chico.

—Shinobu no es mi compañera. Al menos, no como tú crees…

Inosuke ladeó la cabeza, un poco confundido.

—¿Cómo? ¿No la montas?

—No. No la monto—Tomioka trató de sonar tan categórico como su vergüenza se lo permitía—. Ella y yo tenemos que cuidar de un niño. Ese eres tú. Pero nada más. No hay nada más que nos una, aparte de ti.

—Pero, ¿no se crían juntos a los niños?

—No necesariamente. Pueden criarlo una sola persona o dos, o tres o más. Y estas personas pueden tener o no relaciones entre sí. Lo que importa es a quién crían.

—Entonces, ¿no por estar juntos son pareja?

—Exacto. Para ser pareja primero tienes que…—Tomioka vaciló un momento—, que cortejarla, me entiendes.

Inosuke arrugó el ceño y negó con la cabeza, más confuso que antes.

—Tienes que hacer cosas que le interesen, que se lleven bien y que… que te guste físicamente, claro. Y que a ella le pase lo mismo.

Inosuke lo miró a los ojos con un brillo de entendimiento, pero algo parecía todavía molestarle en su mente.

—¿Y no te gustaría montarla?

Tomioka enrojeció indignado. Iba a alzar la voz de pura vergüenza hasta que vio a Shinobu acercarse a ellos. Se apresuró a acercarse a Inosuke y murmuró:

—Hablamos de esto tú y yo. Solos. Pero después. Te voy a dar témpura si lo haces.

—¡Hola, chicos! ¿Los hice esperar mucho?

Los dos se le quedaron viendo, como pillados in fraganti.

—¿Qué pasa? ¿De qué hablan?

Inosuke la miró fijamente. Tomioka la miró fijamente.

Shinobu miró a ambos un poco nerviosa.

—¿Q-qué pasa?

—Tengo hambre—dijo Inosuke solemnemente, sin despegar su vista de ella.

—Ah… Bueno, he visto un puesto de takoyaki por aquí cerca. ¿Quieren ir?

Los dos asintieron al unísono, todavía con las miradas graves, hasta cierto punto, acusatorias.

"¿Se habrán enojado porque los dejé solos?", pensó la chica, intrigada.

Se sentaron sobre una banca a comer.

Tomioka soplaba las esferas de aspecto apetitoso con una parsimonia que, para el chico, hambriento y con la boca salivando, resultaba desesperante.

Sus ojos ansiosos y desorbitados observaban el alimento como un perro frente a un hueso, y tal como uno, cuando Tomioka le acercaba el takoyaki a la boca, Inosuke abría sus fauces y por poco no le arrancaba los dedos a su cuidador.

—¡Con cuidado!—le reprochaba Shinobu, pero tan pronto veía al chiquillo quejarse por lo caliente del alimento, ablandaba su expresión y lo dirigía con cortesía nuevamente—. Ven, siéntate.

—¡Quiero más!—dijo el chico mirando a Tomioka—. ¡Otro, otro!

—Espera que se enfríe—le dijo Tomioka con su habitual serenidad y volvió a soplar una esfera de tayokaki para que Inosuke no se quemara.

Shinobu ladeó la cabeza con ternura. Se decía que los niños adoptados, eventualmente, podrían llegar a parecerse a sus padres adoptivos, aunque el temperamento era casi opuesto en este caso, ambos chicos tenían un cabello azulado, la tez pálida, de apariencia fornida y eran muy lindos.

Cada uno en su propia especie.

Shinobu sonrió y le picó la mejilla a Inosuke para atraer su atención.

—¿De qué hablabas con Tomioka antes?—preguntó la chica.

Inosuke se atragantó con el takoyaki y la miró con los ojos bien abiertos, luego se giró hacia Tomioka y le preguntó:

—¿Puedo decirle?

—¿Decirle qué? No estábamos hablando de nada—dijo Tomioka con un imperceptible temblor en la voz.

—¡Sí! ¡Sí hablamos!—saltó Inosuke—. Me prometió que-

—No. Yo no te prometí nada—intervino Tomioka ahora con una expresión enfermiza, casi verdosa.

Inosuke se dio la vuelta con un gruñido. La seguridad y serenidad de Tomioka le hicieron dudar por un instante de su propio relato, hasta que se acordó de la promesa del témpura, ahora, como interpretó, rota.

—¡Me estaba enseñando cómo cortejar a las mujeres!—se chivó Inosuke con una mejilla llena de comida—.

Shinobu abrió los ojos y su sonrisa se tornó maliciosa y burlona.

—¡No me digas! ¡Y qué te dijo, qué te dijo! ¡Yo quiero saber!

—¡Teníamos un trato!—Tomioka saltó para abrazarle la cabeza a Inosuke y así evitar que soltara toda la conversación.

—No seas malo, Tomioka—continuó la chica casi con una carcajada—, ¡yo quiero saber! ¿Qué tengo que esperar si un chico quiere "cortejarme", Inosuke? ¿qué te dijo?

—¡Nada, no le dije nada!

Tomioka tenía las mejillas inusitadamente rojas. Una expresión nerviosa y los ojos que eran de un profundo y muerto color azul, ahora era un mar de marea temible bajo la luz de la luna.

—¡Deja que hable!—luego Shinobu soltó una risotada, se limpió una lágrima traicionera y recuperó la compostura, considerando que la tortura había durado suficiente—. Bueno, bueno, si no quieres que me diga no hables…

Inosuke y Tomioka se miraron en silencio con el ceño fruncido un instante, luego, Tomioka le acercó el takoyaki a Inosuke a la boca y éste, con gran delicadeza, lo mordió y masticó.

Se quedaron viendo al frente, como molestos el uno con el otro.

Shinobu soltó una carcajada que hizo hacer un mohín a los dos.

—Awwww, no se enojen—Shinobu palpó el hombro del chiquillo—. ¡Es que se ven muy tiernos! Pero ya, en serio, ¿qué te dijo Tomioka?, ¿dijo que tenías que regalar flores?

Tomioka abrió los ojos con terror hacia ella, pero Inosuke arrugó la nariz con confusión.

—¿Y para qué vas a regalar flores?—preguntó Inosuke—.

—Pues…—Shinobu se hizo hacia atrás con un repentino aire de intriga, el mismo que queda después de que se pregunta lo que parece una obviedad o una tradición que se sigue sin cuestionar—. Pues, fíjate que no lo había pensado nunca antes…

Inosuke repitió la pregunta, ahora mirando a Tomioka.

Tomioka se encogió de hombros, todavía un poco sonrosado.

—No tengo idea. La verdad es que prefiero regalar algo que le sea de utilidad.

—¡Eso!—exclamó Inosuke—. ¡Yo le regalaría una piel de oso si tiene frío o un puñal por si tiene hambre o se siente amenazada!

Shinobu después de meditarlo un momento, llegó a una conclusión que le satisfizo a sí misma.

—No sé la real razón de eso, pero yo creo que es porque la flor te recuerda un poco a esa persona, ¿no? Una flor es agradable al tacto en los pétalos, al olfato por su olor y a la vista porque es hermosa, así como debería de serlo la persona que te gusta.

Inosuke y Tomioka se sujetaron el mentón con un aire meditabundo.

A pesar de que la respuesta le pareció razonable, Tomioka seguía pensando que regalar cosas inútiles era una estupidez, en cambio, Inosuke quedó intrigado por la respuesta y comenzó a pensar en una nueva visión: regalar algo bonito y útil…

—¿Se lo tengo que regalar solo a las personas que quiero cortejar?

"Cortejar" era la palabra que indudablemente le parecía más graciosa a Shinobu, y tratando de contener una risita le dijo:

—Puedes hacer regalos a quienes quieras, mientras los quieras mucho.

Inosuke la miró con el rostro serio, luego bajó su vista a sus propios pies que agitaba sobre el aire.

Inosuke pareció llegar a una resolución y saltó del banco en dirección al bosque cercano de ahí, luego, ante la vista anonadada de sus cuidadores, saltó sobre un arbusto y se perdió de vista.

—¡Inosuke!—gritaron los dos.

Se levantaron y se apresuraron a seguirlo, pero no llegaron ni a la mitad del viaje hasta el arbusto cuando Inosuke volvió a salir por entre el follaje con ambas manos bien apretadas. Se acercó a sus cuidadores y le extendió a cada uno un puño.

Tomioka y Shinobu extendieron sus manos e Inosuke dejó caer en cada palma un montón de bellotas, tiernas y pequeñas.

Tomioka alzó una ceja luego de echarles un rápido vistazo.

—¿Qué es esto?

—Es un regalo—reprochó Shinobu con gravedad, luego se giró hacia Inosuke—. ¡Me encantan, Inosuke! ¡Cuando llegue a mi casa me las comeré y no se las convidaré a nadie!

El chico resopló por la nariz con orgullo muy satisfecho de la respuesta de la chica.

Luego, la mirada del chiquillo y de la chica se dirigieron a Tomioka, como esperando una respuesta similar.

Tomioka no logró captar la razón de las miradas expectantes de inmediato, pero nada más atinar dijo con solemne voz, absolutamente falsa producto de sus deficientes habilidades actorales:

—Son hermosas.

Inosuke no quedó convencido y solo soltó un suspiro de decepción.

Al cabo de un rato, decidieron que era momento de volver a casa.

En cierta parte del camino tuvieron que desviarse por una calle principal muy concurrida. Los tutores trataban de evitarlas a toda costa, pues las multitudes mareaban al chiquillo y lo colocaban ansioso, sin embargo, Inosuke los arrastró hasta allí insistiendo que esas cosas ya no le pasaban.

—¡Yo puedo solo! ¡Yo puedo!—dijo Inosuke liberándose de la mano de Tomioka—. ¡Yo podré esta vez! ¡Nada puede conmigo!

Inosuke lideraba la marcha con paso firme y decidido, pero a veces se daba la vuelta para preguntar en qué dirección ir o en qué esquina doblar, entonces, cuando alguno de ellos contestaba él, giraba la cabeza con el mentón bien alto y el pecho bien hinchado.

—¡Claro que es por ahí! ¡Solo quería saber si tú lo sabías!—decía Inosuke siguiendo el camino.

Shinobu negaba con la cabeza con gracia y Tomioka no sabía si reprochar ese comportamiento o preocuparse por él, pero estaba tan cansado que lo dejaría pasar, aunque fuera solo por hoy.

Entonces, la línea de tolerancia se tensó: Llegaron a una gran avenida, llena de gente y repleta de pasos y autos.

Tan concurrido sitio preocupó a Shinobu en demasía, por lo que extendió su mano hacia Inosuke.

—Ven, Inosuke, dame la mano.

—¡Dije que yo puedo solo! ¡No tengo miedo!

Shinobu arqueó las cejas y agregó con voz lastimera.

—Pero yo sí tengo miedo…

Inosuke se giró hacia ella con los ojos desorbitados, descolocado por la respuesta, entonces, se irguió adoptando una postura protectora y tomó la mano de Shinobu.

Shinobu sonrió triunfalmente hasta que Inosuke exclamó.

—¡Tomioka, tómala de la mano también

Ambos tutores se quedaron lívidos, aunque bajo esos semblantes fantasmales había corazones que estaban latiendo con una incomodidad especial.

—No creo que sea necesario—se apresuró a decir Tomioka—. Ella está bien contigo.

—¡Nunca se sabe! ¡Siempre es mejor asegurarse!—replicó el chiquillo.

Inosuke comenzó a mirar amenazadoramente a su alrededor, como buscando un animal agazapado o escondido en algún lugar de esa jungla de cemento.

Shinobu tragó en grueso y no llegó a mirar a Tomioka. Sus mejillas se coloraron y un leve temblor se expandía por su cuerpo, provocado por los latidos de su corazón.

Tomioka se sentía incómodo y también desvió la mirada. No quería insistir y pasar a llevar los deseos de ella, pero la idea de que tomarlo de la mano fuera la gran cosa en aquel contexto… Era racionalmente incorrecto sentir aquello, pero el rechazo era rechazo, fuera mudo o no, era un juego.

"No me tengo que ofender por un juego. No es para tanto", se decía a sí mismo.

Shinobu entonces, soltó un suspiro.

"Esto es solo un juego", pensó.

Shinobu levantó la mano hacia Tomioka y le extendió la palma.

Ella no lo miraba.

—Dame la mano, Tomioka—dijo ella, forzándose a tener un tono de resignación en la voz—. ¡Quiero decir!, si es que no te molesta…

Ella lo observó a la cara.

Tomioka comenzó maquinar: ¿Había un mensaje en esos ojos? ¿quería o no que le diera la mano? ¿le daba igual o pretendía que le daba igual?

"Podría decírmelo en morse…", pensó con desgana.

Aburrido de interpretar normativas sociales, abrumado por la situación y cansado por todo lo que pasó durante el día, Tomioka tomó la mano de Shinobu, optando por interpretar el gesto de la manera más literal y segura, y descartó la existencia de dobles intenciones.

—Ves, Inosuke. Ahora ella está más segura.

—¡Es lo que yo dije!—exclamó Inosuke como obviedad—. ¡Vamos!

La caminata fue larga. Muy larga.

La mano de Shinobu era suave y fría, de dedos ociosos como los de la realeza. Eran tan pequeños que apenas si lograban asomarse sus primeras falanges por el puño de Tomioka.

Tomioka era de grandes y secas manos, heladas como la de un carámbano y de dedos delgados, curtidos por llagas. Las manos trabajadoras o de la lucha.

Aquel par de jóvenes de manos frías encontraron el calor en la mano del otro, comprensiblemente, después de todo…

"La mano de él…".

"La mano de ella…".

Era agradable al tacto.

….

¡Eso es todo!

Sé que este quedó un poco corto y demoró MUCHO en llegar. No he olvidado mis promesas.

Esta pareja me parece muy complicada. Cada uno por sí solo me encanta, pero no quiero que pierdan su individualidad cuando están juntos, por eso la tardanza (y la universidad, obvio).

Aunque no haya habido mucha acción, espero que les guste, ya me siento satisfecha con la relación de ellos dos y vamos a continuar.

Coméntenme qué les pareció.