Capítulo 2. Comenzar otra vez.

Katie llegó a su hogar emocionalmente agotada. Ignorando los saludos de su hermano y el llamado de su madre a cenar, se encerró en su habitación y se dejó caer en su cama cubriendose con la cobija que había dejado a un lado por la mañana.

Quería gritar, quería llorar, quería dormir y quería darle con un bate de beisbol en la cara a Keith Kogane. Bueno, tal vez lo último no. O tal vez sí, pero no muy fuerte.

Había sido mala idea aparecer en el departamento de Keith sin avisar, ahora lo sabía. Pero ni en sus ideas más locas se había llegado a imaginar que Keith la borraría de su memoria tan simple como llegas a olvidar las fórmulas de física antes de un exámen importante. Aunque eso jamás le había sucedido a ella.

Cuando el chico había abierto la puerta del departamento en el que vivía, Pidge había saltado emocionada a abrazarlo. Había tenido tanto miedo durante esas semanas sin saber nada de su amigo, que verlo bien la hizo saltar de alegría hacía él.

Pidge no era una persona especialmente cariñosa, mucho menos empalagosa. La mayor parte del tiempo prefería mantener su distancia personal y no toleraba a la gente que invadía su espacio, pero cuándo estaba emocionada tenía la costumbre de saltar y abrazar a alguien. Era algo que se le había quedado de cuándo recién aprendía a programar con su padre. Si el código compilaba, ella saltaba y lo abrazaba.

A Keith le había tocado ser parte de esa explosión de emoción por parte de la castaña un par de veces el semestre anterior. Una cuándo él había obtenido una B+ en el exámen de matemáticas para el que ella le había ayudado a estudiar arduamente y la otra cuándo se había enterado que su proyecto del taller de robótica había pasado a la fase estatal en un concurso al que se había registrado, él la había acompañado a leer la lista de los seleccionados.

Por eso, Pidge supo que algo malo estaba pasando con Keith cuando él la apartó velozmente deshaciendo el abrazo. Cuándo lo miró a los ojos se dio cuenta que había sido, no mala, sino pésima idea ir de improvisto. Bajó la mirada y se rascó la nuca avergonzada.

- Disculpa... ¿quién eres?- le dijo él con el ceño fruncido. Ella pensó que estaba bromeando y lo miró alzando una ceja.

- ¡Si... claro, Keith!-soltó con sarcasmo. Sin embargo, cuándo él no se movió ni la invitó a pasar ella realmente se preocupó-... ¿Lo dices en serio?

Keith asintió sin despegarle la mirada de encima, la misma mirada desconfiada que le dedicaba a las personas para evitar que se acercasen demasiado a él. La media sonrisa que había puesto se esfumó de su rostro y se enderezó en un intento de compensar su baja estatura, un intento de ganar una confianza que de pronto no sentía.

- Keith ¿estás bien?-le preguntó cuándo notó que sus ojos estaban desenfocados ligeramente. Él no se movió.

- Sí... estoy bien-dijo luego de un momento silencioso-. Pero no me has respondido.

- Emmm... yo... soy Katie, Keith. Pero todo el mundo me dice Pidge... somos... amigos- Pidge podía sentír cómo su voz comenzaba a quebrarse y los ojos le comenzaban a picar ¿cómo es que Keith no sabía quién era? La mirada de Keith se suavizó un poco y la invitó a pasar. Katie entró con reticencia y se sentó en la barra de la cocina con él. Keith le mostró los mensajes en su celular dónde ella le había estado enviando los trabajos de clase y las tareas, le preguntó si era ella y luego le expicó que desde el accidente tenía severas lagunas mentales de los últimos meses.

- Por eso no has vuelto a la escuela ¿cierto? - le dijo luego de un momento en el que se quedó todo en silencio. Keith asintió.

- Los médicos dijeron que debo descansar unos días.

- Entiendo... lo siento, creo que... debería irme-dijo ella, levantándose-. Debí avisar antes de venir, Keith. Disculpa.

- Descuida... está bien.

Katie salió del departamento con la mente y el corazón hechos un lío. ¿Cómo es que Keith la había borrado por completo de su mente? ¿Cómo olvidas por completo a una persona de un día al otro? Simplemente no lo entendía.

Se acomodó de lado en su cama y pegó sus rodillas a su pecho, abrazándose a si misma. Cerró los ojos en un intento de tranquilizarse y aclarar su mente. No podía culpar a Keith por eso ¿verdad? Él no tenía la culpa de haber tenido un maldito estúpido accidente el primer día de clases, no tenía la culpa de la lesión en la cabeza que había sufrido gracias a ese maldito conductor que se había creído piloto de carreras sólo por tener demasiado alcohol en su sistema.

- ¡Aaaagh, maldita sea!- soltó con toda su furia contenida y se permitió llorar un rato. Tal vez luego de soltar todo se sentiría mejor y vería las cosas con más claridad ¿no? Tal vez luego de dejar salir todos sus sentimientos se volvería a sentir ella misma.

Keith dudó un momento en la entrada, observando los asientos del aula en la que se suponía tomaría sus clases ese semestre. Fue hasta el fondo del aula y se sentó en el pupitre más alejado de la puerta. Puso su mochila junto a él en el suelo y se dedicó a mirar la superficie de la mesa.

Los médicos habían dicho que no había problema con que regresara a las clases siempre y cuando se mantuviera tranquilo.

Para su mala suerte, el Tae Kwon Do tendría que esperar. Tanto los médicos cómo Shiro le habían insistido en que de momento era mejor hacer lo posible por evitar otro mal golpe, además de que su condición física actual no era la óptima para el deporte.

Ni hablar, nadie le había dado derecho de réplica en ese asunto, así que se había tenido que conformar con poder volver a la preparatoria. En realidad no se quejaba, nunca había sido muy sociable y, generalmente prefería mantener su distancia de la gente. Pero tampoco era un ermitaño contento con estar todo el día, todos los días encerrado en casa. Así que, aunque no era su sitio favorito en el mundo, volver a la escuela era un respiro. Aparte no quería siquiera contemplar la posibilidad de atrasarse otro año.

En eso andaba cuándo vio entrar a la profesora, se enderezó y sacó su cuaderno de la mochila. Echó un vistazo al lugar junto a la ventana desde dónde unos ojos dorados lo miraban con seriedad. La chica de cabello castaño lo miró durante un momento y luego volvió la vista al frente.

Lance se sentó a su lado en la jardinera de la que se había apropiado para almorzar. Ella sólo lo miró de soslayo y devolvió su atención al panqué de moras que estaba comiendo. No tenía animos de hablar con nadie, o al menos no con él.

- Y... ¿no piensas ir a hablarle?

Ahí estaba, sabía que iba a sacar el tema. Tragó el bocado que tenía en la boca y soltó un suspiro.

- ¿Y para qué?-dijo sin ánimo, mientras dejaba el panqué a un lado y miraba a Lance-. Ni siquiera me recuerda. Y se fue a sentar al fondo del aula otra vez-soltó un bufido molesto.

- Sí... es extraño. Está comportándose cómo hacía el año pasado ¿recuerdas?

- Exacto- le dijo forzando una sonrisa.

El semestre anterior Pidge había entrado a la preparatoria en primer año, pero en menos de un mes demostró estar bastante avanzada en conocimientos y, luego de algunos exámenes y de convencer a sus padres, la habían adelantado a segundo año.

El día que entró en el aula que le correpondía no pudo evitar sentir algo de pánico, pues era considerablemente más pequeña que todos los estudiantes allí, tanto en edad cómo en tamaño. Lance fue el primero en hablarle casi de inmediato y Hunk le había prestado sus apuntes para que pudiera ponerse al corriente con lo que llevaban de clases. Se habían vuelto sus amigos rapidamente y, cada vez que había un trabajo en equipo, lo hacían juntos.

Hasta que, durante el segundo parcial en clase de física, la profesora Rayner decidió asignar ella misma las duplas que harían el proyecto, para decepción de la mayoría de los estudiantes. Fue entonces cuándo le prestó atención al chico callado y serio que se sentaba hasta el fondo del aula. Lucía tan emo que Pidge pensó que iba a tener problemas para trabajar con él.

- ¿Quieres hablar del proyecto?-su voz, suave y calmada, la tomó por sorpresa.

- S..sí...-respondió asintiendo con la cabeza y sonrío.

"No juzgues a un libro por su portada" le solía decir siempre su mamá. En el caso de Keith Kogane, aplicaba perfectamente la metáfora. El chico era callado y muy reservado. No era cómo Lance que hablaba hasta por los codos, o Hunk que siempre estaba dispuesto a contar alguna divertida anécdota de su familia o a dar un consejo si le parecía oportuno. Pero era buen estudiante, organizado y cuidadoso.

Y siempre estaba atento para escuchar cualquier cosa que ella dijera, aunque se tratara de su verborrea científica que solía cansar hasta a las almas más pacientes. Keith escuchaba y se mantenía atento a todo lo que le decía y absorbía todo lo que lograba entender. A veces hacía alguna pregunta interesante y eso sólo hacía que ella hablara y hablara sin parar, mientras él la escuchaba sin cansarse.

Era tan agradable trabajar con él que, luego de ese proyecto, Pidge se encargó de incluirlo en el resto de los proyectos de equipo que habían tenido que hacer. Le ayudaba tener el apoyo de Keith cuándo a Lance le daba por cambiar el tema y divagar o cuándo Hunk comenzaba a dispersarse debido al hambre. Keith era muy reservado, pero sabía contener a los otros chicos para que se mantuvieran centrados en lo que era importante.

- Pues... tal vez sólo debamos dar un paso a la vez ¿entiendes?-le dijo Lance regresándola al mundo real.

- ¿Un paso a la vez? ¿De qué hablas?-le dijo alzando una ceja confundida.

- Ya sabes, volver a ganarnos el privilegio de su compañía-respondió el moreno en el tono irónico que usaba cuándo quería hacer reir a la gente-. Volver a hacer que baje su emo-escudo y confie en nosotros.

- ¿Y cómo hacemos eso?-dijo ella sin ánimo.

- Pues... no lo sé-la miró de reojo alzando una ceja- ¿Cómo lo hiciste la última vez, enana?

- ¿Yo? Yo no hice nada. Y no me llames enana.

- Claro que sí, Pidge. Tu fuiste lo integraste a nuestro grupo el semestre pasado. Antes de eso no hablaba con nadie, salvo los chicos de Tae Kwon Do y eso muy de vez en cuando. Aún no sé cómo lo hiciste, pero tiraste sus defensas. Y si alguien puede volver a hacerlo, esa eres tú.

- Ni siquiera sé si lo hice realmente ¿okay? Cuándo Rayner nos puso a hacer juntos el proyecto del segundo parcial simplemente me agradó, así que ¿por qué no inluirlo?-se encogió de hombros-. Ahora no estoy segura de nada.

- Entiendo... no es tan sencillo-Lance pasó un brazo sobre los hombros de Pidge de manera amigable-. Si necesitas hablar, sabes que puedes hacerlo conmigo ¿verdad?-ella asintió-. Aún así, creo que podrás hacerlo. Si alguien puede resolver todo este lío, esa eres tú.

- Gracias Lance. Eres un buen amigo-Pidge se dió cuenta que el moreno estaba a punto de decir algo y soltó-. Eso no hará que le hable bien a Allura de tí, ¡eehhh! Es mi amiga y no voy a lanzarla a tus brazos para que te aburras a la semana-declaró cruzándose de brazos.

- ¡Aaayy, Pidge! ¡Yo no hago eso! Me juzgas sin siquiera conocerme, me levantas falsos-exclamó en un exágerado tono ofendido poniendo una mano sobre su pecho y otra en su frente para darle un toque dramático a la situación. Pidge lo golpeó en el brazo y ambos estallaron en carcajadas.

- De todas formas no lo haré.

- Aguafiestas.

- ¡Hey Keith! ¿Qué haces? - Hunk se sentó a su lado sobresaltándolo. Keith se encontraba sentado en un rincón debajo de las gradas del campo de futbol, dónde acostumbraba a pasar el tiempo del almuerzo. Observó intrigado cómo el chico se acomodaba y sacaba de su mochila su almuerzo con parsimonia, con una sonrisa relajada en los labios.

- ¿Todo en orden?-preguntó luego de un momento.

- Ajaam...-murmuró Hunk pasando un bocado del sandwich-. Supongo que sí... es sólo qué... ¿por qué fuiste a sentarte al rincón de nuevo?

Keith frució el ceño confundido.

- ¿A qué te refieres?

- En el salón, fuiste a sentarte al último sitio de la última fila. Cómo el semestre pasado. ¿Te hicimos algo?- la expresión compungida de Hunk llamó su atención.

- La verdad no sé que hablas-dijo con tono cauteloso-, siempre me he sentado en ese sitio.

- Mmmm... no... no es así- Hunk lo miraba tranquilo, pero algo en su amable mirada le decía que las cosas no eran tan sencillas-. Antes de las vacaciones de navidad te sentabas con nosotros en la fila antes de la ventana, detrás de Lance y al lado de Pidge. Nunca hablas mucho, pero te sentabas con nosotros-el chico se encogió de hombros y dio otro bocado-. No sé que haya pasado, pero supongo que tiene que ver con el accidente ¿no? Pidge estaba muy conmocionada ese día, no paraba de temblar.

- ¿Ustedes estaban allí?- Hunk asintió.

- Tuvimos taller de robótica ese día. Hasta dónde sé, Pidge quedó contigo después de eso porque salió corriendo del taller a toda prisa-soltó una risa leve, luego su semblante se ensombreció-. Cuándo salí la ambulancia se estaba yendo y Pidge estaba parada a mitad de la calle temblando y sosteniendo tu mochila.

- No sabía...

Se quedaron en silencio por un momento, Keith tenía la mirada perdida. Se sentía extraño de estar hablando tan abiertamente con su compañero, pero Hunk le parecía sincero y confiable. Y agradecía su franqueza. Los últimos días se había sentido desorientado en más de un sentido y, a pesar de que Shiro y Adam se habían mostrado muy calmados esos días y procuraban no desgastarse en cuidados y atenciones excesivas, el chico los percibía tensos. Sospechaba que intentaban protegerlo, pero seguía sin entender de qué. Si bien, no recordaba casi nada de su interacción si se sentía ligeramente vinculado con 'sus amigos', sentía que podía confiar en ellos, que ya lo había hecho antes. Entonces ¿de qué era lo que todos parecía tratar de protegerlo?

La campana que anunciaba el final del almuerzo sonó, trayéndolo de vuelta a la realidad. Hunk se levantó, sacudió las rodillas de su pantalón y le tendió la mano. Keith suavizpo el semblante y se apoyó en él para levantarse también.

- Te lo agradezco, en serio-le dijo en voz baja mientras caminaban de vuelta al aula.

- Ahhh descuida. Entiendo que esto sea raro para tí, pero quería hacerte saber que no estás solo. Los amigos son para eso-Hunk le sonrió sincero. Keith también sonrió.

- Entonces ¿dónde dices que me sentaba?

Shiro siempre le decía que no tenía que hacer todo sólo. Tal vez era momento de ir tomando en serio ese consejo.