Capítulo 3
Todos los asesinos habían quedado solos en el comedor de la villa, de pie en torno a la mesa, testigo de la fiesta dejada atrás. La única sentada era Claudia, debido a su avanzado estado de embarazo.
El silencio se vio roto por la voz seria de Maquiavelo.
-Está claro que los templarios descubrieron a Arístides ¿Sabemos si logró conseguir el Fruto de la India?
-No. –Intervino Nuray, alejando la vista de la caja que reposaba en el suelo. –Lo último que dijo fue que había encontrado el templo, que tenía un mapa del lugar, y que como en el que trajo Alonso Sánchez, salía representada la nueva tierra descubierta en poniente.
-No sabremos más hasta que llegue el comerciante que se fue con él. ¿Tienes noticias de la fecha, Rosa? –Habló Ezio, apoyándose en el respaldo de la silla de Claudia, mirando frente a él a la morena de pelo corto.
-El barco llegará a Venecia a finales de la próxima semana. En cuanto Yamir llegue viajaremos hacia aquí.
-Lo más probable es que consiguiera el artefacto y esos canallas lo robaran. –Intervino zorro en un pensamiento en voz alta. –Desde Roma comenzaremos a trabajar para saber si Pedro Mendoza lo tiene en su poder.
-¿Y qué hay del último fragmento, el de las Indias? ¿Cómo afrontaremos su búsqueda?
Todos miraron a Ezio tras el comentario de Claudia, sabiendo que en España había trabajado sobre esa cuestión, entre otras.
-Isabel me dijo que había algunos voluntarios españoles para zarpar hacia la nueva tierra, además, Alonso también partirá con ellos, lo que nos dará algo de ventaja al conocer algo del lugar. Conoce a algunos monjes que han ido a evangelizar y están aprendiendo la lengua nativa, así que quizás puedan descifrar el contenido del texto del mapa que trajo.
-Si aquello es tan extenso como se rumorea y no desciframos el texto, quizás no sea encontrado en generaciones. Deberíamos priorizar a Mendoza, ese canalla debe morir.
-Exactamente, Yusuf. Lo que ocurra en las Indias será lento, y lo mejor que puede pasarle a la humanidad es que nadie encuentre el último fragmento. Iremos a por Mendoza, vengaremos a nuestro hermano Arístides, y recuperaremos el Fruto de la India si es que lo tienen ellos. En cuanto Rosa venga con Yamir y sepamos más, planeamos nuestros siguientes pasos y os escribiré a todos. De momento no podemos hacer más. Enterremos lo poco que tenemos de Arístides y despidámoslo juntos.
Los presentes asintieron ante la sugerencia de Auditore, y se encaminaron al exterior, siguiéndolo mientras portaba la caja, directos a la zona de la villa convertida en cementerio, donde reposaban Mario y María.
Giovanni despertó abruptamente, con el llanto empañándole la visión tras su horrible sueño y una angustiosa sensación de miedo e inseguridad dentro. Rápidamente posó la vista en la cama de su hermana, hallándola dormida profunda y apaciblemente. Aquello no logró tranquilizarlo, con lo que se levantó del lecho y tomó la vela a punto de consumirse de la mesa, poniendo rumbo veloz al dormitorio de sus padres.
El niño entró despacio en el cuarto, sintiéndose más tranquilo al haber llegado al lugar sin altercados, acallando sus miedos, y pudo observar a sus padres dormidos, dándose la espalda el uno al otro en la gran cama. Con lentitud se dirigió al lado de su madre, comenzando a susurrar para que despertara.
-Madre, madre. Despierta, por favor.
Nuray abrió los ojos con pesadez y observó al niño con la cara empapada en lágrimas, lo que hizo que se desperezara rápido.
-Giovanni, ¿qué pasa?
-No quiero dormir solo, tengo miedo, madre. –Murmuró entre sollozos, haciendo que la turca cogiera la vela y la dejara sobre la mesa, pasando a instar al niño a que se sentara a su lado, en el borde.
-¿Has tenido una pesadilla, cariño?
El niño asintió y Nuray acarició su mejilla, abrazándolo levemente con ternura al pensar en la horrible escena que de seguro lo atormentó en sueños, y pronto cedió, dejándolo ponerse entre ella y Ezio, girándose para abrazarlo, susurrándole que no llorara más, ya que todo había pasado.
-¿Qué pasa?
-Ha tenido una pesadilla. –Respondió Nuray en un susurro cuando Ezio despertó, observando al pequeño a su lado. Él se limpió la cara y habló con inseguridad, mirando a su madre.
-¿Vendrán los templarios hasta aquí? ¿Y si entran en casa de noche?
-Cariño, hay guardias siempre en la muralla, y aún así, papá y yo estamos aquí. Nada malo os pasará a ti o a tu hermana, Giovanni. Siempre os protegeremos. No has de tener miedo, ¿verdad, papá?
-Por supuesto. –Respondió el hombre con una leve sonrisa dirigida a su mujer, volviendo al niño. -Haz caso a tu madre. Estáis a salvo. Ahora vamos a dormir, ¿vale?
Al asentimiento de Giovanni, Nuray lo besó en la mejilla y pasó a apagar la vela.
Giovanni corrió hacia la biblioteca de forma sigilosa, entrando cuando se hubo cerciorado de que sus padres estaban fuera, en la puerta principal, despidiendo a los invitados que quedaban y salían a última hora de la tarde, con la noche ya adentrada.
El niño cerró la puerta tras entrar, haciendo que su hermana dejara de prestar atención a su libro de estudios, abandonando la traducción en latín que debía realizar para su maestro.
-Mira lo que he encontrado, estaba en la mesa del comedor. ¡Es el brazalete con la hoja oculta de padre!
Adara se levantó de su asiento para acercarse a su hermano, tomándolo en sus manos y comenzando con él a discutir para ver quién se lo ponía primero. Ambos se detuvieron en seco cuando la puerta se abrió, anunciando la llegada de sus progenitores junto con Claudia y Yusuf, quienes iban a quedarse allí hasta al menos la llegada de Rosa y Yamir.
-¿Qué andáis tramando? ¿Qué ocultáis ahí detrás? –Preguntó Ezio con una sonrisa torcida, mientras sus hijos permanecían mudos, temerosos. Finalmente, Adara sacó las manos de detrás de la espalda, mostrando el objeto.
-¿Cuántas veces he de deciros que las armas no son juguetes? Son peligrosas. –Habló Nuray, adelantándose mientras Ezio tomaba el brazal, pasando a hablar después.
-Chicos, ya sabéis las normas. Nada de coger las armas, podríais haceros daño. Si queréis ver algo sólo tenéis que pedirlo, así que nada de volver a coger cosas a escondidas, ¿de acuerdo?
Ambos asintieron y pidieron perdón, alegando que sabían que aquello no era un juego, a lo que Nuray fue inflexible, añadiendo que no lo parecía, con lo que Yusuf intervino para aliviar la tensión.
-Son chicos inteligentes y curiosos, no seáis tan duros con ellos. Sólo sienten fascinación por sus padres, los mejores de la orden, y no les mostráis nada de lo que sois capaces, ¡están frustrados!
-Padre alguna vez nos ha enseñado algo de lucha, pero madre no. –Intervino Adara, siguiendo el juego a su tío, quien volvió a hablar, mirando a Nuray con una sonrisa burlona.
-¿Has perdido facultades en este tiempo, amiga? No hay que avergonzarse, si es así.
-Me conoces lo suficientemente bien para contestarte esa pregunta, amigo.
-Bueno, ya sabes lo que dicen, que las palabras se las lleva el viento. –Respondió socarronamente el turco, haciendo que la niña interviniera ante la oportunidad de meterse con su madre.
-Es demasiado orgullosa para admitir que ha podido perder facultades en su legendaria puntería. La frustración es una pesada carga.
Mientras Yusuf le daba la razón entre risas, y Ezio comentaba el peligro de burlarse de la turca, esta caminó hasta su marido, quitándole el pequeño cuchillo arrojadizo que llevaba oculto en el cinturón. Rápidamente, y sin aviso, lo lanzó contra un esbelto jarrón de vidrio cerca de Yusuf al otro lado de la sala, haciendo que todos callaran cuando estalló en mil pedazos.
-¿Qué, ya estáis contentos? –Comentó con burla, arqueando una ceja, recibiendo la sonrisa de su marido y cuñada. –Os informo que, es precisamente en los momentos en los cuales se está lejos del trabajo, cuando más hay que practicar.
La mujer ofreció una sonrisa a sus hijos, haciendo que Giovanni hablara con emoción mientras le hacía preguntas, y Adara simplemente los observara mascando su derrota.
