Capítulo 5

Nuray entró despacio en el camarote de aquel barco comerciante italiano que desde hacía tres semanas había sido su casa. En cuanto estuvo dentro, sonrió al observar a Ezio aún dormido.

La turca se recostó a su lado y se inclinó para besarlo suavemente en la mejilla, pasando después a hacer lo mismo en su garganta, continuando descendiendo hasta llegar a su pecho, haciendo que él finalmente se despertara.

-Ya hemos llegado. Atracaremos en una hora en Valencia.

-Genial. –Susurró mientras le sonreía, pasando a besarla fugazmente.

Nuray se tumbó a su lado, acariciando el torso desnudo del asesino mientras recorría las profundas cicatrices que lo adornaban, recordándole aquellas veces que él había estado al borde de la muerte. Ante aquellos lóbregos pensamientos, la mujer habló para no pensar en sus miedos.

-Deberías ir preparándote; una hora pasa rápido, y tú cada día eres más lento.

-¡Claro que no! –Respondió con fingida indignación ante su broma, sonriendo. –Tengo plenas facultades para todo, amor. ¿No te quedó claro la otra noche?

-Lo que me quedó claro es que sigues resistiendo al vino como nadie, pero dentro de este cuarto te he visto un poco flojo, amor.

Ante la sorna de Nuray, Ezio simplemente se giró con velocidad para tumbarse sobre ella, pasando a besarla con pasión mientras sus manos recorrían el cuerpo de la asesina.

-Voy a demostrarte lo que puede dar de sí una hora para uno hombre que, a pesar de la edad, está loco por su mujer.

Ella sonrió ante su comentario, y pasó a morder la barbilla masculina con lujuria, recorriendo con sus manos la espalda del hombre para llegar a su cadera y buscar su miembro, pero Ezio no dejó que pudiera recorrer mucho más su anatomía cuando la agarró de las muñecas con fuerza, reteniéndolas por encima de su cabeza.


Nuray y Ezio se encapucharon con sus capas oscuras de viajeros, nada llamativas, moviéndose entre la multitud de Valencia para poner rumbo al escondite de la hermandad de aquel lugar. Gracias a la estancia de Ezio hacía poco tiempo en la ciudad, ya sabía dónde se hallaba; no así le ocurría a la turca, que hacía diez años desde la visita a la taberna de las tres hermanas.

Nuray tuvo que esforzarse por no recordar lo que allí había ocurrido, enterándose de esa horrible forma de la muerte de Luigi Russolo.

El asesino entró en primer lugar, alzando levemente la vista hacia la barra, donde Cayetana lo reconoció pronto. La camarera asintió levemente para informarle de que todo estaba despejado y preparado, así pues, la pareja puso rumbo a la entrada hacia el escondite.

Tras llamar con suavidad a la puerta, el matrimonio se adentró en la estancia, encontrando a dos mujeres jóvenes junto con Isabel, sentadas en torno a la mesa mientras conversaban con energía. Todas callaron a la entrada de la pareja, levantándose de sus asientos.

-Maestro –saludó Isabel con un leve gesto de cabeza, para después acercarse a la turca y abrazarla. –Me alegra mucho volver a verte, Nuray. Espero que hayáis tenido un buen viaje hasta aquí.

-Sí, muchas gracias Isabel, sobre todo por tu trabajo aquí y ayudarnos tanto.

-Ese es mi deber, maestro. –Respondió la rubia, ignorando que Ezio le había dicho que no tenía que llamarlo así. –Dejadme que os presente. Ella es María, asesina de Toledo y mi mano derecha; y ella es Alba, ahora es la que lleva a los asesinos de Valencia. Es la hija de Omar.

Ambas chicas saludaron formalmente con un gesto de cabeza que Ezio y Nuray devolvieron, observando que ambas eran bastantes jóvenes. Alba era muy parecida a su padre, quien había tenido que huir del país hacia unos años por un edicto de expulsión, de pelo rizado y oscuro como el carbón, acompañados de unos ojos marrones vivaces, mientras que María llevaba su media melena castaña recogida en un moño alto, resaltando sus ojos verdes sobre su tez clara.

-Tenía entendido que Alonso estaría aquí. ¿Ha ocurrido algo imprevisto? –Preguntó Ezio, cambiando de tema. Alba respondió con firmeza antes que nadie.

-Está al llegar, maestro. Se ha entretenido con una reunión que tenía con un monje de la orden de aquellos que están las Indias. Está recabando toda la información posible para saber a quién acudir sin llamar la atención.

-Bien, entonces hasta que llegue podéis ponernos al tanto de la situación. En este tiempo que he estado fuera no creo que haya cambiado mucho la cosa, pero quién sabe tratándose de Mendoza.

-Claro, sentaos, por favor. –Ofreció Isabel, haciendo que la pareja obedeciera y escuchara su relato. –Efectivamente, no ha cambiado mucho nada. Pedro sigue en España, atrincherado en su palacio de Segovia, al noroeste de aquí. Sabemos que tiene el fragmento y lo custodia allí, pero es imposible hoy por hoy entrar en el lugar. Además, se está encargando de provocarnos conflictos a toda costa y en todas partes para que no podamos unir fuerzas e ir a asaltarlo. Es muy cercano a los reyes, y tiene un alto peso en su corte, sobre todo en la iglesia, porque es uno de los inquisidores mayores del reino, así que tenemos persecuciones a diario.

-Malos tiempos para los asesinos en este país y sus aliados. –Agregó María en un susurro, haciendo que su compañera prosiguiera.

-En efecto, para todos, sin importar lugar de procedencia o condición. Vosotros dos sois los más famosos de toda la hermandad, así que tendrá a toda la guardia pendiente de encontraros en cuanto se enteren de que estáis aquí. Tened mucho cuidado cuando salgáis, porque os reconocerán.

-Descuida, seremos cautos. –Intervino Nuray. –Si Pedro Mendoza pone tanto empeño en manteneros distraídos, es porque su palacio no es inexpugnable. Quizás la mejor manera de entrar sea siendo muy discretos, sin que se enteren. Haciéndoles creer que siguen teniéndonos en jaque.

-Es buena idea, pero debemos para eso estudiar la zona en profundidad, porque no podremos entrar muchos ni tener gran ayuda en el exterior. Debemos ir a Segovia y trazar un plan.

Las presentes asintieron ante el comentario de Ezio, sabiendo que habría pocas opciones para recuperar el Fruto del Edén, y mientras hablaban de los planes más cercanos, la puerta se abrió para dar paso a Alonso, quien con una sonrisa se disculpó por la tardanza.


La noche había caído hacía varias horas, una noche fría de lluvia y viento, pero Alba se había asegura de que sus mejores huéspedes tuvieran una habitación en condiciones para sentirse cómodos, en una buena posada alejada del puerto y el bullicio, cerca de su propia casa.

Nuray terminó de colocarse aquella camisola amplia de color crudo que iba a usar para dormir, y salió de la estancia privada con bañera que comunicaba con el dormitorio, encontrando a Ezio ya metido en la cama.

Ella se tumbó a su lado, abrazándose a su torso cubierto con una camisa blanca holgada, y habló tras que el italiano besara su cabeza.

-He de reconocer que escoltar a Alonso, planear asaltos, y volver a sentir la adrenalina, me ha hecho sentirme de una forma que había casi olvidado. Apenas me había acordado de los niños hasta ahora. ¿Soy una mala madre por ello?

-No, claro que no, amor. Eres una mujer de acción, y hace tiempo que no lo vivías, precisamente porque decidiste quedarte con tus hijos una temporada. Eso te convierte en una madre increíble. –Respondió Ezio mientras acariciaba su cabello húmedo. Nuray entonces se incorporó para poder mirarlo a los ojos al hablar.

-¿Entonces por qué me siento culpable? Quiero esto, Ezio. No quiero seguir apartada de mi trabajo, tampoco de ellos, pero no quiero renunciar a la hermandad. Necesito estar al pie del cañón, soy así.

-Lo sé, mi amor. Nadie te juzgará por ello, ni siquiera nuestros hijos. A mí sin embargo me pasa lo contrario. Estoy cansado de esta vida, de ir y venir constantemente. De no poder quedarme en casa y que mi mayor preocupación sea a qué hora salir a comprar con los niños, o a qué lugar de la toscana llevarlos para enseñarles a montar a caballo. De no despertar todos los días a tu lado. Odio saber que nunca podré recuperar ese tiempo que estuve lejos de vosotros. Ojalá pudiera haber estado velándolos todas las noches desde que nacieron, y no haberme perdido nada.

-Ezio, estuviste todo lo que pudiste, incluso demasiado teniendo en cuenta todo lo que teníamos encima. No te reprochamos nada, lo sabes. Y odio tener que decirte esto, pero tú eres el único que no tiene elección y debe permanecer en la hermandad. No sólo eres el nexo de unión de los asesinos italiano, eres uno de los grandes maestros de la orden. Sin ti esto no sería igual.

-Lo sé, y por eso continuaré hasta terminar esta guerra, pero no pienso dejar que me prive de vivir. No puedo permitirlo más.

-Seguiremos como hasta ahora tratando de aunar ambas cosas. Tampoco lo estamos haciendo nada mal.

Ezio sonrió ante el comentario de la mujer, pasando a besarla con suavidad y cariño, pensando que, a pesar de todo, no podía quejarse en absoluto.

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