Capítulo 6

El sonido del metal de las espadas quebraba el silencio de la primera hora de la tarde en la villa Auditore, concretamente en su patio trasero, donde aprovechando el sol de aquel día de principios de diciembre, Yusuf entrenaba con Adara tras que su profesor no hubiera podido acudir aquel día.

El turco paró un golpe que le impresionó por su velocidad, pero después se detuvo para hablar, observando el fallo recurrente de la niña.

-No está nada mal, pero debes intentar mirarme a mí y no a la espada. Si tu enemigo ve un segundo de tu distracción, puede ser fatal. Recuérdalo siempre, Adara.

-Está bien, volvamos a intentarlo, tío. Pero podrías intentar amagar al menos con darme, eso motivaría más mis reflejos. -Se quejó la niña mientras se ponían en guardia.

-Aún eres una aprendiz, no puedo hacer eso o podría herirte, y entonces tu madre se enfadaría por haberte dado permiso y después me mataría. -Comentó el asesino mientras repelía las estocadas de la joven, devolviendo alguna con cuidado. Adara se detuvo para contestar con un deje de molestia.

-Ella siempre se enfada cuando se trata de mí. Con Giovanni no es tan estricta.

-Oh, vamos, conozco a tu madre muy bien y es estricta con todo el mundo, cariño. Sólo quiere protegerte porque te quiere. Aún eres una niña.

-No lo soy, tío. Ya he tenido mi primer sangrado. Soy mayor.

-Bueno, está bien, eres una mujercita, pero sigues teniendo once años. No quieras correr tanto, Adara. El tiempo vuela y no podrás volver atrás.

-¡Chicos! -La pareja cesó en la lucha ante la voz de Claudia, quien junto a Giovanni los observaba desde la puerta mientras agitaba un papel en su mano. Ambos entendieron y aceleraron el paso ante la llegada de la carta del matrimonio Auditore.

-Sentaos. Voy a leerla. -Habló Claudia al llegar al comedor, haciendo que todos obedecieran y esperaran pacientes a que ella hiciera lo mismo. En su avanzado estado de embarazo le costaba incluso sentarse en una silla. - "Querida familia, ante todo, esperamos que estéis todos bien. Os echamos de menos cada día, pero el deber es lo primero ante tal responsabilidad sobre nuestros hombros. Llegamos a España en un viaje tranquilo, y en Valencia nos recibieron muy bien. Es una ciudad muy bonita, en general este lugar lo es. Quizás algún día podamos venir juntos para que Adara y Giovanni puedan conocerlo. Cuando recibáis esta carta ya habremos partido de esta ciudad para avanzar hacia el interior y llegar a Segovia, donde nuestra misión nos lleva a tratar de recuperar el fragmento, ya que sabemos dónde lo esconden. No os preocupéis por nosotros, seremos muy cautos; además, tenemos una gran ayuda aquí. Si todo va bien y se cumplen nuestras expectativas más positivas, regresaremos en un mes, y con el artefacto, pero si no es así, tampoco queremos extender mucho nuestra ausencia; veremos qué se puede hacer. Esperamos que os estéis portando bien, hijos, y no deis demasiados problemas a vuestros tíos, así como que estéis llevando esto bien y no sufráis. Os queremos muchísimo. Yusuf, no te dejes embaucar en demasía por esos dos pequeños tunantes, Claudia ya tiene demasiado como para lidiar también con un tercer niño. Esperamos que el parto vaya bien. Estaremos deseando conocer al nuevo miembro de la familia. Os queremos a todos, no lo olvidéis. Nuray y Ezio". Os tienen calados a los tres, ¿eh? -Bromeó la mujer al terminar de leer, haciendo que el trío sonriera al instante.


Nuray y Alba entraron en el escondite de la hermandad en Segovia con sigilo para no despertar a las monjas de clausura de aquel convento de las afueras, caminando por las pandas hasta llegar a la puerta adecuada, la del almacén, donde entraron por la trampilla del suelo para descender al lugar adecuado. Un conjunto de estancias subterráneas que habían construido hacía siglos los primeros asesinos de la ciudad.

-¿Seguro que no quieres que llame a un médico? Aún sangra. -Habló la joven valenciana al ver como el jirón de tela que apretaba Nuray contra su costado izquierdo casi goteaba ya.

-Tranquila, lo coseré enseguida. No es tan grave como parece. Tengo experiencia. -Se burló con una cálida sonrisa, haciendo que la chica respondiera igual. Antes de que volvieran a hablar, Ezio apareció por el estrecho pasillo que llevaba a las restantes habitaciones, entrando en aquella sala donde había poco más que una mesa cuadrada con rudimentarias sillas.

-¿Nuray, qué ha pasado? -Se alertó el italiano al ver la sangre, acercándose rápido a observar su herida. La turca alegó que estaba bien, y Alba tomó la palabra.

-Intentaban matarla, o secuestrarla primero, no lo sé. Pero la querían a ella. Saben que estáis aquí, que estamos ya aquí también, así que me temo que nuestro plan de asaltar el palacio no es factible, Maestro. Han estado siguiendo nuestros pasos, y ni siquiera hemos podido llegar al palacio de Mendoza.

-Hablaremos mañana en la reunión con todos de esto; gracias, Alba.

La española hizo una pequeña reverencia para después desaparecer del lugar, poniendo rumbo al cuarto que compartía allí con las otras dos asesinas de su país. Ezio buscó los materiales para cerrar heridas tras instar a la mujer a sentarse.

-Sólo hemos vigilado el palacio tres días, a diferentes horas y sólo en parejas, y aún así nos han descubierto. ¿Cuánta gente trabaja para ese miserable? -Habló frustrada Nuray, vislumbrando a su marido sentarse frente a ella, dejando un cuenco con agua y lino limpio en la mesa, junto con la aguja enhebrada.

-Parece que más de los que pensábamos, amor. Sabíamos que esto podría ocurrir. Habrá que buscar una forma para que salga de allí si no podemos entrar. Es demasiado arriesgado intentar lo del palacio con este panorama.

-Sí, lo sé... ¿Cómo sabrían que iba a salir esta noche yo? Estaban esperándome, Ezio. Diez hombres al menos.

-Si llegas a haber ido sola podrían haberte matado, Nuray. Menos mal que Alba es igual de testaruda que tú. -Comentó más relajado el asesino al darse cuenta de su malhumor por el miedo de aquel pensamiento, volviendo a lavar con cuidado la herida, pasando después a secar la zona para coser. La turca lo miro a los ojos mientras acariciaba su mejilla derecha.

-Lo siento, tiene razón. He subestimado a Mendoza. Aún así habría podido con ellos sola. Sólo he perdido facultades en trepar paredes, esposo.

Ezio sonrió ante su comentario, inclinándose después para besarla antes de ponerse a coser. No dudaba de su palabra ni por un segundo.

-¿Quieres que te traiga vino? Va a doler bastante en esa zona. –Habló Ezio tras separarse del beso, escudriñando la herida antes de comenzar.

-Podré aguantar, ya me conoces. Adelante.

El hombre sonrió y se dispuso a coser con cuidado, escuchando las palabras entrecortadas de su mujer, debido al dolor.

-A los niños les encantaría ver esto. Son de lo que no hay.

-Sí, creo que se saben mis cicatrices de memoria, pero aunque estén fascinado por todo eso son conscientes del peligro, y les infunde el respeto necesario. No te preocupes, son inteligentes.

Nuray sonrió a su comentario, viendo como él había leído entre líneas el miedo que eso le provocaba. La conocía mejor que a él mismo, no podía engañarlo aunque se esforzara.

-Ezio. –Susurró, haciendo que él parase para poder mirarla, preguntándole si estaba bien. Ella asintió sin dejar de escudriñar sus ojos, trasmitiéndole todo el amor que sentía por él, aún como el primer día. –Te quiero.

-Y yo a ti, mi amor; más que a mi vida.

La mujer se acercó hasta unir sus labios con los de él en un tierno y lento beso. Mientras aquello no cambiase, nada podría ir mal.