Capítulo 7
El cielo de Segovia se hallaba encapotado por un espeso manto gris de nubes que amenazaba una temprana lluvia, tal y como pensó Ezio al observarlo brevemente mientras caminaba junto a Nuray por el centro de la ciudad.
Ambos habían recorrido discretamente parte del camino por el que se suponía que Mendoza, a la mañana siguiente, partiría de su palacio al de los reyes para llevar el Fruto del Edén; o eso creían tras una información recabada por terceros, de la cual había informado Isabel en la reunión de hacía días. Todo lo que podían preparar estaba listo, y sólo quedaba rezar porque las cosas no se salieran por la tangente, siendo controladas.
El italiano salió de sus pensamientos al vislumbrar de soslayo a la turca llevarse la mano al costado herido hacía días, y pronto habló con un atisbo de seriedad en el tono que no pudo evitar.
-No hace ni una semana desde que te hirieron; No deberías haber venido, Nuray. Tienes que descansar.
-Ezio ya te he dicho que estoy bien, sólo tira a veces, nada más. Además, esto es simplemente un paseo, no ha habido acción, y no va a haberla. Relájate, esposo, porque te recuerdo que mañana pienso ir a por Mendoza como todos. -Se burló con una sonrisa socarrona, centrando sus ojos traviesos en los de él, quien no pudo evitar sonreír con diversión y cariño.
-Sólo me preocupo por ti.
-Pues no recuerdo que te preocupabas tanto de mis puntos de sutura cuando hicimos el amor la otra noche.
-Porque sabía que debía ser cuidadoso y hacer la mayor parte del trabajo. No podía no complacerte, amor. Ya sabes lo entregado que soy. -Respondió ensanchando su sonrisa pícara, haciendo que ella negara con la cabeza, pero la mujer perdió la diversión en su rostro al ver que Ezio se tensaba, hablando en un susurro serio.
-Una patrulla de guardias de frente, volvamos hacia atrás para tomar la otra calle.
Ambos giraron sobre sus talones para alejarse, ya que aquella callejuela era muy estrecha, negando la posibilidad de pasar desapercibidos, pero tras varios pasos raudos Nuray se detuvo, agarrando al hombre de la mano.
-Más guardias, vamos.
Ezio anduvo tras ella veloz sin soltarse del agarre, siendo guiado hasta un callejón perpendicular a la calle principal. Nuray se apoyó contra la pared e hizo que su marido quedara frente a ella, ocultando su cara y la de él por la cercanía. Sonrió levemente, y Ezio al verlo, habló en un susurro.
-¿Qué ocurre?
-Nada, sólo que es algo recurrente que tú y yo acabemos así, extranjero. Quizás sea cosa del destino.
Auditore sonrió de forma torcida al recordar el pasado de ambos. Su primer encuentro fue así, y de aquella forma era como ella lo llamaba cuando se conocieron. Adoraba recordar aquella parte de su pasado.
-Puede que sea cosa del destino, que estuviéramos predestinados, quién sabe… sea como fuere, me encanta.
Nuray entonces pasó a buscar sus labios con ganas, haciendo que él la aferrara contra su cuerpo, y para los guardias aquellos sólo eran una pareja de amantes apasionados a los que envidiar.
Alba entró en la estancia principal del escondite de la orden sabiendo que allí hallaría sola a Nuray al fin.
Tal y como esperaba, la valenciana encontró a la turca sentada ante la mesa, afilando sus cuchillos y hoja oculta, preparando todo para la interceptación de la mañana siguiente. Anduvo despacio hasta que la mujer se dio cuenta de su presencia.
-Hola, ¿va todo bien? ¿No puedes dormir? –Preguntó Nuray con una afable sonrisa, observando que la joven se sentaba a su lado.
-Pues no mucho, la verdad. Hay algo que me preocupa desde hace unos días, y he estado investigando para obtener pruebas y no hablar a la ligera. Creo que alguien está traicionándonos desde dentro, por eso Mendoza ha sabido más de la cuenta, adelantándosenos, y creo que el traidor es María.
Nuray dejó el cuchillo y cesó en su tarea para girarse hacia la morena totalmente, poniéndose seria.
-¿Qué has averiguado para afirmarlo?
-He estado siguiéndola desde antes de que nos atacaran la semana pasada, porque la pillé escribiendo una carta y se asustó demasiado y corrió a esconderla, eso me hizo sospechar. He visto que se reunía con un hombre de la guardia de Mendoza, un templario. No hay mucho margen de duda ante eso. No obstante, mañana según lo que ocurra volveremos a tener otra prueba; Sabrán que vamos a asaltarlos en el camino.
-Desde luego, al menos estaremos preparados gracias a ti. ¿Por qué me lo has contado a mí y no a Ezio directamente? –Preguntó con un deje de extrañeza, de forma curiosa. Alba mantuvo la seriedad y respondió.
-Porque el maestro irá a hablar con Isabel, y eso les dará ventaja a los templarios porque María irá a informar después de que Isabel hable con ella, y ambas dos sabemos que eso pasará, aunque tu marido le diga que guarde silencio para descubrirla. Sé que tú también lo has notado; Isabel ama a María.
-Sí, la mira de una forma que es muy evidente, y tienes razón, pienso como tú, Alba. Isabel no debe saber nada. Todos sabemos lo difícil que es razonar cuando amas a alguien verdaderamente. Será muy duro para ella. Yo hablaré con Ezio para estar preparados mañana. Díselo a tu gente y que nadie hable sobre ello.
-Así se hará. Buenas noches, Nuray. –Se despidió la joven tras un leve gesto con la cabeza, haciendo que la turca le diera las buenas noches, y musitara un gracias que hizo sonreír a la muchacha antes de desaparecer por el pequeño pasillo.
-Quizás no venga y haya descubierto que lo sabemos.
La voz de Ezio en un susurro se alzó sobre el sonido de la fina lluvia que caía en el bosque aquella mañana nublada y fría. La comitiva se retrasaba, y los asesinos llevaban ya media hora escondidos en las copas de los árboles del camino. Nuray le devolvió el susurro con convencimiento.
-Vendrán. Estamos seguras de que no saben nada. No van a desperdiciar la oportunidad de pillarnos por sorpresa y matarnos. Me pregunto si Mendoza estará si quiera.
-Lo vamos a descubrir enseguida. –Murmuró al ver en la distancia una carroza avanzar con tranquilidad, acercándose inexorablemente. Con un leve gesto de mano, avisó al resto del inicio del plan. La voz de Nuray lo distrajo, haciendo que mirara hacia el mismo lugar que ella. Hacía María.
-Me sorprende que esté tan tranquila. Desde luego que como actriz no tiene precio.
-No la perdamos de vista. Vamos, bajemos, amor.
Ambos se pusieron en marcha hasta llegar al suelo despacio, ocultándose entre la maleza hasta que el carruaje tirado por dos caballos se acercó lo suficiente. En ese momento Alba saltó sobre su techo, mientras Isabel y María se posicionaban delante de los caballos.
Ezio y Nuray entonces salieron del escondite cercano y cubrieron cada uno una puerta del carruaje, abriéndolas a la par, para encontrar que no había nadie en su interior. Apenas pasaron unos segundos cuando la voz de uno de los asesinos valencianos que permanecía en los árboles se alzó.
-¡Los hombres de la guardia de Mendoza viene hacía aquí por el este! ¡Al menos una treintena!
-¡La guardia real por el sur, maestro! ¡Van a rodearnos! –Gritó otro, haciendo que Ezio hablara rápido.
-¡Retirada, es una trampa! ¡Moveos!
Todos se pusieron en marcha, reculando hacia el norte, a las profundidades del bosque, pero entonces se vieron rodeados por completo con la salida de varios enemigos desde esa zona. Habían estado ocultos esperando al momento propicio, con lo que a los asesinos no les quedó más remedio que luchar.
-¡No os entretengáis, debemos huir! –Se alzó la voz de Ezio mientras se deshacía de un contrincante, viendo que no tenían ninguna posibilidad, a pesar de los arqueros de las alturas.
-¡Cómo se han enterado! –Gritó Isabel con sorpresa y rabia, sin comprender, pero entonces, antes de que nadie respondiera, María la apuñaló en el pecho, hablándole mientras la dejaba en el suelo lentamente.
-Fui yo todo el tiempo. Mendoza ni siquiera tiene aquí el fragmento. Te quise, Isabel, pero los templarios podían darme más que los asesinos.
La rubia no pudo siquiera hablar, notando que su boca se llenaba de sangre y empezaba a ahogarse, a la vez que sus ojos se llenaban de lágrimas, y antes de morir, pudo ver como Alba corría hacía ellas, y atravesaba con su espada el vientre de María con un grito de rabia.
-Tú no la has querido en tu puta vida, traidora. ¡¿Dónde esconden el Fruto!? ¡Dilo para que su muerte no sea en vano, si la has querido!
-En Italia, todo el tiempo.
Alba quiso que concretara más, pero la mujer quedó inconsciente y perdió la oportunidad, entonces se levantó del suelo y abandonó el cuerpo, llamando a uno de sus hombres para que le ayudara a coger el cadáver de Isabel y huir de allí.
