Capítulo 8

Nuray y Ezio se encontraban en absoluto silencio en el pequeño cuarto que compartían en el escondite segoviano, mientras escuchaban el trasiego de sus compañeros españoles en la estancia principal anexa. Pocos habían conseguido llegar allí tras más de una hora, y a cada minuto el nerviosismo y los pensamientos oscuros ganaban terreno. Entre el caos de la lucha no sabían nada de lo que había ocurrido con el resto.

-Estoy bien, amor. Es sólo un rasguño. –Susurró Ezio mientras Nuray curaba un corte en su sien, y otro en su ceja.

-Ya casi he terminado. Aunque no sean profundos hay que limpiarlos, Ezio.

-Todo ha sido una trampa desde el principio. Estamos vivos de milagro. ¿Cómo no supimos verlo? Puede que Mendoza ni siquiera esté aquí ya.

La turca tomó aire resignadamente ante el murmullo de su marido, sintiendo su misma impotencia, pero aquella vez debía ser la optimista.

-María no levantó sospechas, y fuimos muy cautos. Hemos hecho todo lo que hemos podido. A veces las cosas salen mal y no hay más explicación, pero volveremos al camino correcto.

El sonido de alguien llamando a la puerta hizo que la mujer callara, y el italiano diera permiso para entrar. Una de las asesinas valencianas habló desde el umbral de la puerta.

-Maestro, Alba acaba de llegar con parte de sus hombres.

La pareja de casados se levantó rauda de la cama donde se hallaban sentados, y tras dar las gracias a la joven, salieron a la sala principal donde todos se congregaban alrededor de un cuerpo tendido en el suelo.

-No… -Susurró Ezio al ver que el cadáver era Isabel.

Nuray quedó en pie mientras el italiano se agachaba. Alba cruzo la mirada con la turca y habló con un hilo de voz quebrado.

-María la mató. No pude llegar a tiempo, pero sí me aseguré de matarla después a ella. Me dijo que el Fruto del Edén no está aquí, que Mendoza lo mantiene oculto en Italia, pero no puedo concretar más. Lo siento.

-No es tu culpa, Alba. No es culpa de nadie. –Habló Nuray mientras le regalaba una tenue sonrisa. Tras un segundo de silencio, Ezio se puso en pie y tomó la palabra, mostrando con su tono de voz y ojos humedecidos la rabia de aquel suceso.

-Regresaremos a Italia y lo buscaremos mientras vosotros os ponéis tras la pista de Mendoza. Ese canalla ha de morir, y quiero que cualquiera a la mínima oportunidad que tenga, lo mate. Esta noche partiremos a Toledo para darle reposo a nuestra hermana, y desde allí nuestros caminos se separarán.

El asesino giró sobre sus talones y salió de la estancia veloz, mostrando en sus movimientos la rabia que lo devoraba internamente, pero nadie dijo nada, y ni siquiera Nuray lo siguió, concediéndole la soledad que sin duda necesitaba.


Ezio llegó al escondite de la orden cuando había anochecido, a pesar de que no era muy tarde. Su fuero interno se había apaciguado con el trabajo que lo había entretenido, pero aún así la tristeza continuaba agarrada a su alma.

Saludó escuetamente a los asesinos que se encontró por el lugar, entrando en el dormitorio despacio, pero perdió el cuidado cuando encontró a Nuray despierta, cambiándose de ropa para partir en unas horas.

-Hola, ¿estás bien? –Preguntó la mujer tras terminar de ajustarse el corpiño sobre la camisa, sentándose en la cama mientras observaba a Ezio acercarse hasta la pequeña mesa. Él comenzó a desnudarse de cintura para arriba, procediendo a lavarse con el agua del cuenco de cerámica que allí reposaba.

-Sí, perdona por haberme ido así. No quería preocuparte. Me encontré con algunos hombres de Alba y estuvimos siguiendo a algunos soldados de la guardia real para intentar enterarnos de algo sobre Mendoza. Al parecer vuelve a Roma para intentar posicionar a un Papa conveniente en sus asuntos, y deja de trabajar directamente con los reyes aquí.

-Bien, ya hemos obtenido algo. Todo vuelve a encauzarse en Italia de nuevo.

-Sí. Al menos volveremos a casa por fin. De veras que lo siento, Nuray. –Agregó al pensar que la mujer estaba algo seria, pero sintió como ella se levantaba y lo abrazaba por la espalda, hablando calmadamente.

-No estoy enfada, Ezio; lo entiendo, y aunque estaba un poco preocupada, sé bien que lo poco impulsivo que puedes ser en estas circunstancias se terminó en cuanto llegaron los niños. Sé que no serías imprudente.

El asesino se dio la vuelta para poder encararla, acariciando su mejilla con suavidad.

-No se me ocurriría. Lo único que quiero es estar con vosotros.

Nuray sonrió y murmuró que lo sabía, para después abrazarlo con cariño, dejando que el silencio inundara la estancia.


El viaje había sido largo, aunque en realidad, menos que el de ida hacia España, pero las ganas de llegar al fin al hogar eran tan fuertes que hacían que la pareja hubiera sentido aquellos días como años, pero al fin habían llegado en una fría tarde de finales de diciembre

-¡Señores Auditore! ¡Qué alegría que hayan vuelto! –Recibió Laura al abrir la puerta, obteniendo una cordial sonrisa del matrimonio mientras entraban a la villa, escuchando el alboroto que empezó a formarse al grito de la sirvienta por la llegada de ambos.

Nuray y Ezio recibieron a sus hijos con gran emoción, respondiendo a sus abrazos con la misma intensidad mientras Yusuf y Claudia aparecían calmadamente por las escaleras, algo sorprendidos por la vuelta.

Al terminar de besar y abrazar a sus hijos, la pareja alzó la vista para recibir al resto de su familia, contemplando a Yusuf llevar en brazos al pequeño bebé que ya había nacido. Ezio abrazó a su hermana, hablando el primero tras separarse y acercarse al bebe para tomarlo en sus brazos.

-Oh, chicos, es preciosa. ¿Cuándo fue?

-Hace poco más de un mes. Se llama Livia. –Informó la hermana del italiano mientras su marido la abrazaba por los hombros.

-Déjame cogerla, Ezio. –Intervino Nuray, acercándose para tomar en brazos a la niña, sonriendo al ver su rostro de cerca. –Sin duda tiene los ojos de los Auditore, pero se parece más a Yusuf.

-Recuerda a Adara cuando era un bebé, ¿verdad? –Al comentario de Yusuf, Ezio tomó la palabra, abrazando a su hija con un brazo.

-Sí, también era preciosa, y sin duda lo serán más ambas cuando crezcan, como sus madres.

-Algo me dice que vamos a pasarlo muy mal, amigo.

Ezio sonrió ante el comentario del turco, sabiendo que muy probablemente tendría razón, y ensanchó su sonrisa cuando Adara comentó con seguridad que a ella eso no le interesaba, sólo aprender a luchar y ser fuerte como ellos.

-Mañana veré lo que has aprendido en este tiempo. Lucharemos juntos.

-No te decepcionarás, padre. –Respondió la niña con orgullo al instante, cruzando una leve mirada con Nuray, quien se obligó a sonreír fingiendo tranquilidad, algo que descuadró a la niña, pero le devolvió el gesto.

-¿Vais a marcharos de nuevo?

-No, mi tesoro. –Dijo Nuray ante la pregunta de su hijo, acariciando su cara con ternura. Acto seguido se dirigió a los adultos. –Mendoza y el Fruto están en Italia, así que no iremos muy lejos en un tiempo.

Yusuf y Claudia buscaron las miradas de la pareja, sorprendidos y confusos por la nueva información, entendiendo por los rostros serios de ambos que algo no había ido bien en España, pero tendrían que esperar a que los niños durmieran para enterarse de los detalles.