Capítulo 13

La puerta de la alcoba del matrimonio Auditore se abrió lentamente, dando paso a Ezio, quien se introdujo en la estancia y cerró con la misma suavidad tras de sí.

El hombre observó en silencio a su mujer sentada en la cama, dándole la espalda, y continuando con el mutismo se sentó a su lado. Para su sorpresa, Nuray habló en primer lugar.

-¿Has hablado con ella?

-No quiere ver a nadie. Se ha ido a la habitación de invitados y va a quedarse allí a dormir. Giovanni me ha preguntado si podía dormir aquí, porque no quiere estar solo en su cuarto. Le he dicho que sí, pero que antes tenía que verte a solas. Está con Yusuf.

-Me he pasado diciéndole todo aquello de ese modo, ¿no? –Susurró tras un instante de silencio, centrándose en la pasada discusión con su hija y todo lo que aquello había despertado en su interior.

-Has sido bastante dura, pero todo lo que has dicho es verdad, y debe saberlo por su bien. Se le pasará el enfado, y entenderá el significado de tus palabras.

La turca centró sus ojos por primera vez en los de su marido, y al instante él encontró el miedo en su mirada vidriosa, desesperada.

-¿Y si lo hace demasiado tarde? No sé cómo hablarle para que deje de odiarme. Siento que a cada frase se distancia más de mí. Oh, Ezio, si no llega a ser por tu hermana…Casi la matan y yo no podría haber hecho nada.

Ezio tomó el rostro de la morena entre sus manos al ver que lloraba, y habló con dulzura mientras limpiaba las lágrimas con suavidad del rostro femenino.

-Mi amor, cuando entramos estabais luchando contra ocho hombres, no podías hacer más que lo que hacías. Pase lo que pase, cuando sea, nunca podrá ser tu culpa, Nuray. Lo das todo por nuestros hijos, darías tu vida por ellos sin pensarlo y eso no cambiará. Eres una madre increíble, y aunque te parezca que no, Adara lo sabe.

Nuray asintió levemente, dándole las gracias en un murmullo que hizo sonreír al italiano. Ezio se inclinó para besarla en los labios, y antes de que nadie pudiera hablar, la puerta se abrió. Giovanni asomó su cabeza de forma dudosa por la pequeña rendija que abrió, hablando en un murmullo quebrado.

-¿Mamá? ¿Estás bien?

-Ven aquí, mi tesoro. –Habló la turca con una sonrisa, limpiando veloz sus lágrimas para tomar al niño en brazos y abrazarlo con fuerza. –Estoy bien, ¿tú estás bien? Sé que te has asustado mucho, cariño. Lo siento, pero todo está bien ahora.

-Lo sé. Estoy bien, pero no puedo dormir. Tengo miedo. –Respondió avergonzado, haciendo que su madre acariciara su cabeza, respondiendo.

-No pasa nada, mi vida. Vamos a dormir los tres juntos, y cuando papá se vaya mañana, podrás dormir conmigo si quieres, ¿vale?

El niño asintió mientras todos se disponían a meterse en la cama, quedando Giovanni en el centro entre sus progenitores. Nuray lo rodeó con su brazo, mirándolo, al igual que a Ezio, quien intervino con un tono de burla, dirigiéndose a su hijo.

-Te has quedado con el mejor sitio. Yo también quiero abrazar a mamá.

-Tú puedes abrazarla todas las noches, padre. No seas egoísta.

Ezio rió ante su comentario, observando la sonrisa del muchacho y la de su esposa, lo que hizo que se sintiera mejor.

-Bueno, está bien; pero no te acostumbres, ¿eh?

Nuray fijó sus ojos en los del italiano, y alargó el brazo con el que abrazaba a Giovanni para coger la mano de Ezio mientras le susurraba que lo quería.


Caterina, Yusuf y Ezio llegaron al pequeño pueblo de Forli antes del anochecer, tal y como habían planeado. Con discreción caminaron por las calles poco transitadas con la vista fija en el suelo, hasta que la mujer alzó los ojos al horizonte con nostalgia y rabia, pudiendo ver cuando la capucha de su capa lo permitió.

Allí a lo lejos la condesa pudo ver su castillo en la parte más alta del lugar. El hogar que le habían arrebatado, y junto con él lo poco que tenía y quería: sus hijos.

Para más inri, lo peor de aquella situación no era sólo eso, sino cargar con la culpabilidad inevitable de saber que estaba alejando a Ezio de los suyos, y que eso para el hombre era la peor de las torturas.

-Caterina, guíanos hasta la casa del jefe de tu guardia.

La voz de Ezio la distrajo, haciendo que lo mirara y asintiera, tomando la iniciativa en el camino entre las calles, serpenteando por las más estrechas y recónditas hasta llegar frente a la puerta deseada de una casa humilde. Al llamar con el puño, la puerta no tardó en abrirse y dejar ver a una mujer joven de pelo negro recogido en un moño que se puso seria al verla.

-Señora condesa… ¡Federico! –Clamó ella tras el impacto de ver a la gobernante de la Romaña, haciendo que su marido acudiera veloz.

-Mi señora, pasad, por favor. No deben veros.

El grupo fue introducido en la casa por aquel hombre maduro, quien susurró algo a su mujer para que abandonara junto con sus dos hijos la estancia principal, dándoles intimidad. Tras que todos se descapucharan, Caterina habló.

-Federico, siento ponerte en peligro de este modo, pero sé que eres el único al que puedo recurrir para deshacer esta injusta situación. Supongo que recuerdas a estos dos hombres de hace años. Nos ayudaron a vencer a Borgia en su dominio sobre mi territorio.

-Sí, los asesinos. Claro que los recuerdo. Sabe que siempre estaré en su bando, mi señora. Siempre ha sido justa y buena. Le debo lo que tengo y no la abandonaré. Esos templarios sólo han traído destrucción y ruina desde su llegada, porque lo único que quieren es el beneficio del perro que los gobierna, ese Pedro Mendoza. La mitad de vuestro antiguo ejército acudirá a la llamada para reconquistar lo que es vuestro. ¿Cuál es el plan, Ezio Auditore?

El mentado sonrió al ver su decisión y entrega, pasando a hablar mientras Caterina disimulaba que limpiaba sus lágrimas de emoción.

-No hay más opción que luchar, atacar el castillo y recuperarlo por la fuerza. Sabemos que ha habido movimiento y algunas tropas han marchado a otra posición, si le sumamos que nuestros refuerzos están de camino, podremos tener opción. Conocemos el terrero mejor que ellos.

-Haré que los nuestros se vayan preparando. Seguiremos vuestras órdenes. Sé de un lugar donde podremos reunirnos y prepara el plan. Yo se lo explicaré después a mis hombres.

-Estupendo. No perdamos tiempo. –Zanjó la conversación Ezio, sellando el pacto con un apretón de manos con Federico.


Nuray apartó la vista de aquella carta que leía cuando escuchó la puerta de entrada, alzando la vista para ver a Adara volver de su clase de lucha a espada. La niña continuó con su camino hacia las escaleras ignorando a la mujer, como había hecho desde la noche del asalto a la villa.

-Adara, espera. –Interrumpió la voz de la turca, haciendo que la muchacha se detuviera antes de subir el primer peldaño, mirándola en silencio. –Ya ha pasado más de una semana, hija. No podemos estar toda la vida sin hablarnos.

Adara reaccionó tras unos instantes, y al ver que su madre no iba a continuar hablando, amagó con seguir su camino, pero Nuray alzó la voz para impedirlo, hablando sobre sus sentimientos de forma sincera.

-Lo siento. Siento haberte pegado y gritado de ese modo, pero tienes que entender que estaba fuera de mí; enfadada y terriblemente asustada porque casi te matan, Adara. Lo único que quiero es protegerte, y a tu hermano. Sois lo más importante para mí y lo seréis siempre. Las cosas que dije son verdad, esta vida sólo trae dolor, aunque la elijas tú y no sea al revés. No quiero eso para ti, hija.

-Debí haber obedecido, lo sé, y sé que no estoy preparada y os puse en peligro a ti y a tía Claudia, y lo siento. También sé que el camino de un asesino no es un juego, ni sencillo, madre, pero es lo que realmente deseo. Sé que aún no soy muy mayor, pero ya no soy una niña, y he podido darme cuenta de cómo de dura es esta vida al veros a ti y a padre. No quiero ser como el resto de las mujeres, madre. Esa vida no es para mí, ni lo será, y tú mejor que nadie deberías entenderlo. Lo siento otra vez. Debo irme a hacer mis tareas.

Adara subió la escalera con tranquilidad, manteniendo la seriedad de su rostro, dejando a la morena anclada en la misma posición sin poder reaccionar.

Aquello era más serio de lo que pensaba. Su hija no tenía tantos pájaros en la cabeza como creía, y su madurez empezaba a asustarla con más intensidad, porque le corroboraba que no habría vuelta atrás en su pensamiento. Lo sabía tan bien que incluso ella misma lo había vivido en carne propia, y no pudo sino sentir que las lágrimas acudían a sus ojos al recordar las escenas que había vivido con su madre. Ella sin duda había manejado mucho mejor la situación que Nuray con su hija, en realidad, la turca pensó que había manejado todas las situaciones relacionadas con la maternidad mejor que ella misma, como casi todo, porque pocas personas podrían superar la grandiosidad de Adara Zisis, a la que jamás dejaría de extrañar.