Capítulo 15
Lo único que se escuchaba era silencio.
El cuarto que había sido dormitorio de Caterina estaba oscureciéndose con la llegada de la noche, y Ezio continuaba ante la cama del lugar, observando el cadáver cubierto con una sábana que reposaba en ella, tras que la mujer de Federico y otras allegadas lo hubieran adecentado lo máximo posible.
El silencio sólo era ficticio para el asesino, puesto que él no podía escapar de las voces de su cabeza, todas hablando a la vez mientras sus ojos derramaban lágrimas de forma esporádica al sentirse hundido en la culpa y la rabia. Aquello era un círculo vicioso en el que llevaba imbuido ya horas, sin poder salir.
Ezio caminó hasta llegar a los pies del lateral de la cama, y muy despacio posó una de sus manos en la frente del cuerpo, susurrando en su mente las palabras que sabía no podría oírle pronunciar, pero deseaba con fuerza soltar para aliviar su interior. El sonido de alguien llamando a la puerta no lo distrajo, ignorando aquello hasta que sintió que se abría suavemente.
Yusuf entró en el cuarto, pero se quedó a unos pasos hasta que fue capaz de alzar la voz.
-Ezio, siento interrumpir, pero está todo listo abajo y deberíamos hacerlo antes de que se fuera del todo la luz, amigo.
El turco suspiró discretamente ante la nula respuesta del italiano, con lo que se acercó despacio hasta quedar a su altura, no pudiendo evitar enfocar su vista en el cuerpo de Caterina. Yusuf buscó las palabras adecuadas para volver a hablar, pero se sorprendió cuando Ezio lo hizo, evitando mirarle.
-No se merecía esto. Ni sus hijos, huérfanos y ajenos a todo tan lejos de su casa.
-Lo sé, pero hemos recuperado Forli. Haremos que obtengan lo que les corresponde, y haremos que la muerte de Caterina no sea en vano. Vamos a acabar con Pedro Mendoza, Ezio. Acabaremos con toda esta mierda.
-No tengo fuerzas, Yusuf. Cada día que pasa es un lastre peor. No seré capaz de llegar al final de esto, no con tantos cadáveres a mis espaldas.
Su amigo se estremeció al encontrarlo de una forma tan lóbrega y devastada. Al mirarlo a los ojos encontró toda su tristeza, reflejada en forma de lágrimas. Aquel último comentario hizo que el turco reaccionara de inmediato.
-A la espalda de Pedro Mendoza, no a la tuya, Ezio. Tú no mataste a ninguno, y a pesar de que te sientas responsable por todos los que hemos perdido, tú no eres el culpable, no más al menos que todos nosotros por haber fallado. Que seas mentor de la orden no te convierte en el único responsable.
-Pero si convierte a todos los que quiero en blanco para los templarios, aunque no tengan que ver con ninguna maldita hermandad. Ya ni siquiera siento rabia. Lo único que tengo es cansancio y miedo. No puedo dejar de pensar en quién será el siguiente, Yusuf.
-Y es comprensible, amigo. Pocos podrían soportar todo lo que tú has pasado, pero debemos seguir adelante, es la única manera. Date tiempo, Ezio, y deja que te ayudemos a llevar esta carga. Puedes alejarte un poco y que otro tome el mando, tienes muchos buenos asesinos. Podría hacerlo Maquiavelo, Rosa, o incluso Nuray.
-Creo que apartarme de ese modo no me vendría bien, me haría sentirme peor si algo ocurriera. Sé que tengo que acabar esto, aunque no sepa cómo.
-No estarás solo en ningún momento. Nunca lo olvides. Somos tu familia.
El italiano dedicó a su cuñado una leve sonrisa, abrazándolo brevemente mientras le daba las gracias, para después marchar juntos al exterior del cuarto y prepararse para enterrar el cuerpo de Sforza ante el frío crepúsculo que ofrecía su jardín privado.
Nuray llamó a la puerta del cuarto que Claudia y otra asesina cercana a la familia, Flavia, compartían en aquella posada de un pequeño pueblo cercano a Ferrara. Pronto escuchó que la mujer le cedía el paso.
-¿Necesitas ayuda? -Preguntó la turca al entrar, observando que Claudia aún no había guardado sus pocas cosas para seguir con el viaje a Padua, ya que Livia lloraba.
-La verdad es que sí. Siento el retraso, pero me quedé dormida cuando dejó de llorar.
-Tranquila, continúa. Yo recogeré. Flavia está con los niños abajo comiendo, así que nos dejarán un rato para avanzar más rápido. Mañana llegaremos a Padua por fin y este viaje eterno se acabará. -Comentó para animarla, recogiendo en un zurrón la ropa y objetos de su cuñada, sujetando a la niña para que ella pudiera cambiarse de ropas y terminar al fin. -No es necesario que corras, Claudia, no vamos mal de tiempo. Aséate si quieres y te esperaremos abajo.
-Gracias, Nuray. No obstante, no me demoraré mucho.
La turca asintió y salió del cuarto con el bebé en brazos, el cual ya no lloraba, bajando las escaleras para llegar a la taberna del lugar, donde casi únicamente estaban los dueños y su familia.
Se acercó hasta la mesa donde Giovani y Flavia estaban, ya habiendo terminado la comida, extrañándose por la falta de su hija.
-Claudia no tardará en bajar, y después nos iremos. ¿Dónde está Adara? -Preguntó mirando a la asesina de cabello moreno, recogido en un moño. Sus ojos color oliva mostraron un deje de duda.
-Dijo que iba a la letrina, aunque me extraña que no haya vuelto.
Nuray exhaló un suspiro de cansancio, pensando que seguramente se habría recreado en otros menesteres lejos del baño, con lo que habló de nuevo.
-Giovanni, ¿puedes ir a ver si está por allí, cariño?
El niño asintió y fue en busca de su hermana, dejando a Nuray y Flavia hablar sobre la ruta a seguir para el trecho restante, hasta que Giovanni volvió y las interrumpió.
-No está allí, ni con los caballos. La cocinera me ha dicho que la vio salir por la puerta de atrás hace poco.
-Maldita sea, ¿alguna vez será capaz de obedecer y ya está? -Protestó la turca con enfado, instando a su compañera para que se ocupara del bebé, levantándose para ir en busca de su hija.
Nuray salió de la taberna por la puerta principal, oteando a su alrededor, pero sin hallar nada. Pronto comenzó a caminar sin rumbo fijo, alzando la voz para llamar a la niña y maldiciendo por lo bajo ante la situación.
Al alejarse del pequeño núcleo y llegar al bosque, comenzó a escuchar voces intentando no alzarse en demasía, distinguiendo pronto que eran de hombres.
Nuray se acercó con sigilo hasta el foco emisor, escondiéndose entre la maleza, pero perdió la prudencia al contemplar que dos desconocidos terminaban de atar a su hija, amordazada y sentada ante un árbol.
La niña trató de gritar y alertar a su madre al verla entrar en acción sin pensar, sacando de su cinturón una de sus dagas largas para batirse contra ellos, pero antes de que llegara a tocarlos, varios adversarios entraron corriendo de diferentes lugares para acorralarla.
La asesina, a pesar de todo, continuó luchando con fervor hasta que no pudo resistir más ante tanta desigualdad, pero el paroxismo llegó cuando uno de aquellos hombres tomó su arma de suelo y se la clavó cerca del hombro derecho, con visible afán de, al igual que el resto, no matarla directamente.
Ante el dolor y fatiga de la mujer, un par de hombres aprovecharon para maniatarla y amordazarla, sacando rápidamente de aquel lugar a madre e hija y desaparecer sin dejar rastro, habiendo cumplido la misión que se les había encomendado.
