Capítulo 17
El trote veloz de los caballos comenzó a quedar en segundo plano ante la inminente llegada de la pareja de asesinos a la villa de campo de Mendoza, envuelta en una marea de personas luchando a espada en el exterior.
Los hombres abandonaron los caballos a una distancia prudencial, corriendo hacia el foco de caos, desenvainando sus espadas. Muy pronto Ezio divisó a quién buscaba con ganas; Nicolás Maquiavelo.
El asesino gritó el nombre de su compañero cuando este acabó de rematar a un enemigo, y no pudo sino quedar sorprendido por la visión de ambos hombres, a los que no esperaba en absoluto. Maquiavelo no tuvo tiempo de hablar cuando Ezio se adelantó sin perder un segundo, haciendo ver que estaba al tanto de todo.
¿Las habéis encontrado?
Acabamos de entrar en la villa. Rosa y parte de su gente están dentro buscándolas. Intentamos mantenerlos ocupados aquí fuera para ponérselo más fácil. Hay otro grupo de mis hombres en la parte trasera combatiendo.
Nosotros entraremos también, Nicolás. -Respondió raudo el italiano, haciendo que el moreno respondiera con un gesto de cabeza para volver a la lucha y verlos marchar hacia el interior.
Separémonos, iremos más rápido, Ezio.
El italiano asintió ante la idea de su amigo al cruzar la puerta principal de la casa, y cada cual tomó una dirección: Ezio yendo hacia las escaleras que conducían a la parte alta, y Yusuf continuando en aquella planta mientras trataba de recordar lo que había visto allí años atrás.
El camino por el inmenso lugar se hacía largo ante la necesidad de parar cada poco tiempo a batirse con soldados, pero Yusuf pronto se extrañó cuando los vio huir, dejando su zona prácticamente desierta. Gracias a un comentario escuchado a uno de los templarios, supo que iba de camino a las mazmorras del sótano, lugar dónde podría estar su amiga.
El turco descendió unas angostas escaleras y llegó ante una puerta abierta, entrando en un oscuro y frío pasillo donde se hallaban varias celdas envueltas en la penumbra que creaba un tímido candelabro anclado a la pared.
Los pasos de Yusuf se detuvieron en la oscuridad cuando escuchó unos leves sonidos de respiración agitada y movimiento, con lo que se acercó cautelosamente al sonido mientras se ponía en guardia y sus ojos iban acostumbrándose a la oscuridad. El sonido acabó guiándolo a una de las celdas cerradas por unos barrotes oxidados.
Dios santo… ¡Nuray! ¡Nuray!
Yusuf gritó mientras se acercaba a los hierros, descubriendo a su amiga tirada en el suelo, de espaldas a él mientras parecía tiritar sin responderle de ningún modo. Ante aquella terrible escena, el hombre concentró sus fuerzas en abrir la puerta con sus ganzúas, empujando violentamente los barrotes cuando consiguió hacerlo.
El moreno se dejó caer de rodillas junto a la mujer, y con mucho cuidado la giró para ponerla de cúbito supino, nombrándola mientras apartaba el pelo de su cara, pero ella no respondía, continuando en un estado de letargo y tiritera.
Al ver que aquello era más grave de lo que creía, Yusuf no perdió tiempo y cargó a la morena en brazos para salir de la villa cuanto antes, intentando mantener su miedo a raya.
Nuray luchó para abrir los ojos, consiguiendo enfocar lentamente y discernir que estaba en un cuarto que no reconoció, tumbada en un pequeño catre. Observó que su marido estaba de pie, de espaldas a ella preparando algo en una mesa que tenía delante.
-Ezio…
-¡Nuray! Por fin despiertas. -Comentó alegre el hombre, acercándose rápido hasta sentarse junto a ella en la cama. La turca tomó la palabra rápido, asustada.
-¿Dónde está Adara?
-Tranquila, la niña está bien; todos están bien. No te levantes, Nuray. -Agregó con suavidad, acariciando su rostro mientras hacía que se relajara. La mujer suspiró con dificultad y centró sus ojos en los del italiano para hablar con la entereza que consiguió.
-Dime la verdad, ¿voy a morir?
-Claro que no, mi amor. No digas eso. Has estado muy grave, y aún estás mal, pero el médico dice que estás mejorando y no corres más peligro.
-Pues me siento como si no fuera así. -Murmuró mientras Ezio sonreía levemente, volviendo a acariciar su mejilla.
-La herida del hombro se infectó y te provocó la fiebre y el mal estar. Además, esos canallas con sus palizas te han roto tres costillas. Vas a tener que pasar una temporada recuperándote, mi amor.
-El fragmento del Edén estaba allí, Ezio. Escuché que planeaban moverlo antes de que vinierais a sacarnos de allí, pero no sé nada más.
-Está bien, no te preocupes por eso. Lo único que importa es que estáis bien. Nos ocuparemos de eso después. ¿Necesitas algo?
-Un poco de agua.
El asesino asintió y se levantó para coger el vaso que tenía preparado en la mesa, ayudándola después a beber despacio. Cuando Ezio volvió a sentarse a su lado, Nuray habló.
-¿Cuándo volvisteis de Forli? ¿Qué ha pasado?
-En cuanto recibimos la carta salimos de allí. Llegamos aquí anteayer por la noche, y salimos a buscarte en cuanto supimos de lo ocurrido. Recuperamos Forli y echamos a los templarios, pero las cosas no han ido nada bien.
La mujer se puso tensa al ver el rostro lóbrego de su marido. Aquello era serio, demasiado para que él hubiera perdido de repente la alegría. Nuray se atrevió a preguntar mientras lo miraba a los ojos.
-¿Qué ha pasado, Ezio?
-Han matado a Caterina. Mendoza mandó hacerlo para darme un mensaje. La lanzaron de la muralla del castillo y no pude hacer nada, Nuray.
-Dios mío… lo siento mucho, mi amor. -Susurró la morena mientras observaba al hombre limpiar sus incipientes lágrimas, pasando después a agarrar su mano y atraerlo hacia ella para poder abrazarlo. -Nada es tu culpa, Ezio. Toda la sangre mancha las manos de Mendoza, no las tuyas. No dejes que tu mente te torture más de la cuenta.
-Lo sé, intento que así sea al menos. -murmuró lúgubremente, separándose de Nuray mientras agarraba la mano que su esposa posó en su mejilla, y la besaba. Acto seguido cambió de tema para desviar su dolor. -Voy a avisar a los chicos de que estás bien. Están deseando verte.
Tras el asentimiento de Nuray, Ezio salió del cuarto y la dejó sola, haciendo que su mente vagara con velocidad hacia el dolor que debía sentir su esposo. Las vicisitudes se amontonaban a su espalda, y temía que llegara el momento en el cual él no pudiera soporta más. La turca volvió a la tierra cuando la puerta se abrió, y sus hijos se asomaron temerosamente, pero al ver la sonrisa de la mujer entraron seguidos por Ezio.
-Mis niños, venid aquí.
Giovanni fue el primero en correr sin pensarlo hasta ella, subiéndose en la cama para poder abrazarla con ganas sin poder reprimir el llanto. Nuray emitió un quejido de dolor al sentir la presión en sus costillas, pero no le importó en absoluto ante su felicidad.
-Giovanni, cariño, haces daño a mamá. -Susurró Ezio con dulzura, haciendo que el niño se separara y le pidiera perdón, pero la turca acarició su cara y negó con la cabeza.
Acto seguido posó la mirada en su hija, de pie mientras cabizbaja esperaba. Aún no había superado su temor y vergüenza.
-Adara, mi vida. ¿Estás bien? -Cuando ella asintió al mirarla pudo ver sus lágrimas correr por sus mejillas, y no pudo sino susurrarle que se acercara, haciendo que finalmente la niña la abrazara con ansias mientras le pedía perdón.
