Capítulo 22
El dormitorio en el cual se hospedaban Claudia y Yusuf se vio envuelto de nuevo por un incómodo y tenso silencio. Habían pasado varias horas tras el secuestro de los niños, y tras caminar en busca de alguna pista, cualquiera por mínima que fuera para atrapar a los captores antes de huir, había sido en vano, haciendo que Yusuf, Ezio y Nuray hubieran vuelto a reunirse con Claudia en la habitación para ver qué hacer en adelante.
Apenas llevaban un rato juntos de nuevo, intentando contener el volumen de sus voces en la fría madrugada mientras discutían, sobre todo contra Ezio, alterado e incapaz de pensar fríamente.
-No podemos ir a Roma directamente y presentarnos sin un plan, ¡No podemos fiarnos de ese hombre diga lo que diga, Ezio! -Argumentó Nuray, igualmente dando vueltas por la estancia, siendo observada por Claudia y Yusuf, sentados en la cama mientras el matrimonio continuaba acaloradamente.
-Podemos vernos con Rosa y Maquiavelo allí, a él lo encontraremos de camino y planearemos algo si es lo que queréis, pero no puedo ir en dirección contraria e ignorar que mis hijos están sufriendo mientras. ¡Tardaremos una semana mínimo en llegar hasta allí, deberíamos salir ya! ¿Crees acaso que Mendoza no va a tocarles un pelo hasta que lleguemos? Tú misma lo acabas de decir, no podemos fiarnos de él. Yo no podré vivir con eso a mis espaldas.
-¿Crees que yo sí? Te recuerdo que también son mis hijos, Ezio -Intervino firmemente Nuray, pero sin alterarse, manteniendo su rol de serena para no agravar la situación-. Lo único que quiero hacerte entender es que, por mucho que nos duela y nos haga enloquecer, debemos pensar fríamente, por eso mismo, para asegurarnos de que nada sale mal.
-Tiene razón, hermano -Agregó Claudia con suavidad, observando que Ezio se llevaba las manos al rostro con desesperación, suspirando-; Mendoza es cruel, es cierto, por eso actuaremos con rapidez, pero no es idiota, y sabe que no puede herirlos antes de tener lo que desea, o no tendrá nada. De eso podemos estar seguros, así que juguemos esa carta inteligentemente. Sé que es muy difícil que tengáis que aguantar todo esto, pero es lo mejor para Adara y Giovanni, Ezio.
Yusuf se levantó y caminó hasta quedar frente al italiano, esperando a que lo mirara para hablar, continuando el hilo de su mujer.
-Tenemos que ser muy cuidadosos, amigo. Vayamos a Florencia, esperemos a Rosa y Maquiavelo en nuestra casa allí, y con una buena estrategia y refuerzos partamos a Roma. Hasta que no le entregamos lo que quiere no dañará a los niños, no puede. Sin embargo, si empezamos a correr tras esa gente ahora y lográsemos alcanzaros, las cosas podrían salir muy mal. Aunque sea terrible, debemos esperar, Ezio. Sé que es fácil cuando mi hija dormirá a mi lado, aunque sabes que quiero a esos chicos como si fueran míos, pero debes calmarte por ellos.
El castaño asintió levemente, volviendo a restregarse la cara en un gesto derrotado, para finalmente aceptar el trato inicial del grupo a pesar del dolor que lo desgarraba dentro.
Yusuf palmeó su espalda y sugirió que trataran de descansar algo para ponerse en marcha en cuanto amaneciera, con lo que sus dos amigos se dirigieron a la puerta sin decir nada, salvo una escueta despedida antes de salir. El turco detuvo a Nuray en el umbral, abrazándola mientras le susurraba que fuera fuerte y tuviera esperanza, sabiendo que aquella vorágine de horror se sumaba el estado de Ezio, con el cual debía lidiar, siendo la fuerte. La morena le dio la gracias con afecto, luchando por no llorar para después salir del cuarto y dirigirse al suyo.
Al entrar en el dormitorio observó a Ezio quitándose en silencio la ropa manchada de suciedad y sangre, pasando a limpiar vagamente la sangre seca de su torso para dejarse caer en la cama con frustración, quedando sentado mientras perdía la mirada en el suelo de madera desgastada.
-Siento haberte dicho esas cosas de ese modo, Nuray. Perdóname. Tú también estás sufriendo esto con la misma intensidad.
La mujer no dijo nada ante el murmullo oscuro del asesino, suspirando discretamente para después sentarse a su lado, cogiendo una de las manos del hombre entre las suyas para hablar con la firmeza que consiguió reunir.
-Van a estar bien, todo saldrá bien. Son listos y muy valientes. Vamos a recuperarlos.
-Si les pasa algo, yo... -Agregó mientras apartaba la vista de su esposa, sintiendo que de nuevo el dolor lo superaba. -No podré vivir con eso, Nuray. Será culpa mía. Sois lo que más quiero, lo único por lo que mi vida tiene sentido. No puedo, Nuray.
La turca abrazó a Ezio cuando este rompió en un amargo llanto, y no pudo retener sus propias lágrimas ante el cúmulo de tantas emociones y miedo; sólo podía rezar porque nada ocurriera, pues no era capaz de imaginar las consecuencias si aquello no era así.
Como habían programado, en dos días llegaron a Florencia, al que fue el antiguo palacio de la familia, ahora perteneciente a Claudia.
Gracias a la rápida actuación de unos asesinos a los que habían recurrido en Bolonia, Maquiavelo y Rosa habían sido informados de la nueva dirección a la que acudir tras realizar una cadena que los había interceptado en sus caminos a la toscana. No tardarían más de un par de días en llegar.
Mientras la familia esperaba la llegada del resto, aquellos días habían sido de lo más ajetreados y tensos, ya que habían pasado la mayor parte fuera del hogar, en busca de noticias sobre lo que podría estar pasando en Roma, de cualquier tipo de información útil.
El que más tiempo pasaba fuera era Ezio, incapaz de quedarse quieto y a la espera, y aquella tarde de cielo despejado no había sido diferente, así que cuando comenzó a anochecer el hombre puso rumbo a su antigua casa con la devastación comiéndolo interiormente.
Ezio entró en el palacio sin ánimo, poniendo rumbo a la alcoba que compartía con Nuray para lavarse, pero se quedó anclado al observar que Rosa y Maquiavelo habían llegado y conversaban con su familia en la estancia principal de la casa.
La primera en levantarse de su asiento fue la veneciana, quien se acercó veloz al maestro de la orden para abrazarlo y darle fuerzas.
-Lo siento mucho, Ezio. Vamos a recuperarlos sanos y salvos, ya lo verás.
-Gracias, Rosa. Gracias a los dos por venir tan rápido. Supongo que nuestros hermanos de Bolonia os han informado de todo lo ocurrido desde que recibisteis mi carta.
-Así es, Ezio. He podido conocer por mis espías que Mendoza se encuentra en el Vaticano con el Papa. Allí tienen a los niños.
-Pues partamos hacia allí, no hay tiempo que perder.
Ante la frase del italiano, los presentes se miraron un segundo ante la corroboración de su estado de ansiedad y prisas, pero Maquiavelo habló con claridad al observar aquello, ignorando las recomendaciones que anteriormente le habían dado.
-No, Ezio; Antes debemos planear la posible situación. No podemos darle el fruto sin más a Mendoza y tirar por la borda todo el esfuerzo conseguido.
-¡Son mis hijos a los que tiene cautivos! -Gritó el hombre sin paciencia, encarando a Nicolás. -¡Son inocentes, malditos de por vida por llevar el apellido Auditore, así que no voy a consentir que sufran por mi culpa, y si para ello debo darle el maldito Fruto del Edén a ese bastardo, lo haré, y no espero que puedas entenderlo, Maquiavelo!
-Pues cometerás un grave error que quizás ni siquiera pueda salvar a tus hijos. Los estás condenando a un mundo sin futuro. Eres un maestro de la hermandad asesina, tienes el deber de ser racional y pensar en el bien de todos. -Respondió sin gritarle, pero visiblemente irritado. Ezio ante aquello se acercó más a él, haciendo que Yusuf y Nuray también lo hicieran por precaución ante su ira y posible reacción, pero simplemente le habló con frialdad, esta vez sin gritar.
-Si tanto te importa, te cedo mi puesto. Estoy harto de esto. Mañana partiremos hacia Roma y haré el intercambio del Fruto de la India por mis hijos. Podéis quedaros aquí o venir conmigo, no me importa lo más mínimo.
Tras el comentario, Ezio giró sobre sus talones y se dirigió a la escalera para encerrarse en el dormitorio con un portazo, dejando al grupo en silencio.
