Capítulo 23

Nuray abrió la puerta del dormitorio lentamente, por si Ezio estuviera dormido tras las horas pasadas desde la discusión en el salón, aunque pronto abandonó el sigilo al verlo despierto, afilando sus armas con parsimonia en la cama del lugar. Avanzó hasta sentarse a su lado, hablando con calma.

-¿Has estado todo el tiempo así? Vas a estropear el filo.

Ezio observó la espada y se dio cuenta de aquello. Había estado demasiado tiempo abstraído en sus pensamientos y enfado, continuando con aquella acción de forma mecánica. Tras un leve suspiro se levantó y abandonó los objetos de sus manos, sentándose de nuevo junto a la mujer, hablando sin mirarla.

-Sé que le debo una disculpa a Maquiavelo por cómo me he puesto, y mañana en cuanto lo vea hablaré con él sin gritar, pero no voy a cambiar de opinión sobre mis palabras. Mañana partiré a Roma, llevaré el fragmento recuperado al Vaticano, y lo entregaré para que deje libre a nuestros niños. También le daré la información que quiere sobre las pinturas y la inscripción de la cueva que descubrió Arístides en la India sobre el Fruto del Edén, y si aún así no es suficiente, me entregaré yo mismo.

Ezio posó los ojos en los de su esposa, quien suspiró discretamente mientras mantenía su mirada con resignación, permaneciendo callada mientras él continuaba tras una breve pausa.

-Ellos siempre serán lo primero, tú y yo lo hemos tenido claro desde sus nacimientos, y ambos sabemos que ese bastardo me querrá a mí también. Espero que estemos de acuerdo en esto. Haremos un plan mientras vamos hasta Roma, lo que queráis, pero esa parte tiene que ser innegociable, Nuray.

-Sí, lo sé; y a pesar de todo, lo acepto. -Respondió la morena tras una pausa silenciosa en la que ambos se miraron a los ojos. -Iremos todos a Roma, haremos un plan, y espero que tú también tengas claro que intentaremos salvarte cueste lo que cueste en cuanto nuestros niños estén a salvo, así como que yo arriesgaré lo necesario para hacerlo, porque voy a necesitarte aquí si nuestra familia aumenta.

El italiano dejó de frotarse la cara con cansancio para mirar a la turca fijamente, extrañado. Ella sonrió fugazmente ante su gesto y palabras.

-¿Cómo? ¿Qué es lo que pasa?

-Creo, sólo creo de momento, que estoy embarazada, Ezio. Hace dos meses que no sangro, y estoy demasiado cansada constantemente, da igual cuánto pueda dormir, porque no es suficiente. Es lo mismo que me pasó con Giovanni, ¿lo recuerdas? -Preguntó con una nueva sonrisa, fijándose en el rostro totalmente sorprendido de su marido, quien se quedó mudo por unos instantes.

Ezio sonrió finalmente y pasó a besar a la mujer en los labios con alegría, para después posar su mano diestra en el vientre de ella, hablando tras recuperar la seriedad.

-No deberías intervenir en esto entonces, por si acaso.

-No puedo quedarme sin hacer nada mientras tú y nuestros hijos corréis peligro. Lo siento, Ezio, pero es innegociable también.

-Está bien, es justo. Hagamos un trato. Trabajarás para salvarnos a todos como el resto, pero llegado el momento, si la cosa se pone muy fea después de que los niños estén liberados, me dejaréis allí, y tú también, Nuray. Los niños no pueden perdernos a los dos, mi amor. -Agregó con dulzura mientras acariciaba el rostro de la turca, observando que aceptaba aquello con una dolorosa resignación reflejada en su mirada. -No dejaré de luchar para evitarlo, y lo sabes, pero si me pasa algo quiero que intentes perdonarme, y sepas que has sido lo mejor que me ha pasado, y que…

Nuray lo besó abruptamente, relajando la presión en el beso tras unos instantes hasta terminarlo de forma lenta para después mirarlo y susurrar, intentando que su voz no se quebrara.

-Lo sé, Ezio, lo sé. Pero voy a sacarte de allí con vida, te lo juro, mi amor.

El italiano no pudo responder ante el nudo en su garganta, y se limitó a asentir varias veces antes de volver a besarla con ganas y cariño.


Adara y Giovanni permanecían en silencio, como casi todo el rato, en su fría celda del castillo de San Angelo, ya habiendo perdido la cuenta de los días pasados en aquel lugar, solos en una penumbra a la que ya sus ojos se habían acostumbrado.

Apenas los guardias entraban en el lugar, sólo lo hacían una vez al día para dejarles agua y algo de insípida comida, ignorando sus presencias a pesar de que a veces la niña, sobre todo al comienzo del cautiverio, les preguntaba o gritaba, presa de la frustración y la rabia.

El sonido de alguien entrando en aquella zona carcelaria hizo que los niños se pusieran alerta, observando un par de soldados avanzar hacia su celda. Mientras uno quedaba apartado de la puerta un par de pasos, el otro abría la reja.

La niña abrazó a su hermano al ver que este temía ante la entrada del templario, quien se dirigió a ellos sin vacilar, separándolos con brusquedad ante la oposición mostrada por ambos hermanos, quienes gritaron y se revolvieron, tratando de zafarse.

El segundo guardia ayudó al compañero, sujetando a Adara para terminar de separarlos y hacerlos caminar fuera de aquel lugar, conduciéndolos por los pasillos hasta ascender por las escaleras y entrar en la zona palaciega del Vaticano. Poco después entraron en una amplísima sala de recepción, donde un hombre descansaba sentado en un magnífico trono, observándolos llegar con una sonrisa socarrona en el rostro.

-Los pequeños Auditore… Tenía curiosidad por conoceros al fin. He estado muy ocupado estos días, mis disculpas. -Se mofó el hombre mientras se levantaba, acercándose unos pasos hasta los chicos, aún sujetos por la espalda por los guardias.

-Tú no eres el Papa, ¿porqué te sientas ahí? -Habló el niño mientras alejaba su temor, sabiendo como su hermana que aquel hombre era Pedro Mendoza.

-En realidad soy el que da las órdenes y mueve las fichas en el tablero, así que soy más poderoso que el Papa. Él sólo trabaja para mí. Supongo que ya sabéis quién soy, no es nada personal, chicos; Pero os necesito para conseguir lo que quiero, y para acabar con vuestro padre de una vez.

-Nuestro padre acabará contigo. ¡Los asesinos son mejores que vosotros! -Gritó Adara con rabia, desafiando al español con la mirada, haciéndolo reír.

-Tranquila, niña. Muy pronto verás cuán equivocada estás. Curioso que el lema de la orden de tus padres hable con fervor de la libertad, y después os laven el cerebro de esa forma. Te revelaré algo: el hombre no puede ser libre, y los pocos que entendemos eso somos los que dominaremos el mundo y a los idiotas que lo habitan. ¡Oh! -se interrumpió Mendoza al ver entrar a uno de sus hombres, quien le hizo un gesto que ensanchó su sonrisa. -Parce que ya están aquí papá y mamá. Traed al asesino y aseguraos de que va desarmado y con el fragmento que nos robó.

Ante la demanda del templario, su subordinado volvió a salir raudo para buscar a Ezio. Automáticamente después ordenó que ataran a los niños de manos y pies, amordazados, y los dejaran a un lado del trono, sentados en el suelo para la llegada del florentino, la cual Mendoza ya disfrutaba.

Pasados pocos minutos, la puerta del salón se volvió a abrir, apareciendo el mismo soldado, pero esta vez agarrando las manos atadas de Ezio para conducirlo hasta el centro de la sala, encarando a Mendoza. El español sonrió con malicia mientras lo observaba triunfante, ignorando que los niños se revolvían con ganas al ver a su padre.

Ezio no dijo nada, fijando sus ojos ansiosos en sus hijos, aliviado al ver que ambos estaban bien. Mendoza habló pronto, haciendo que el florentino dirigiera a él la mirada.

-He esperado tanto tiempo por este momento, asesino… Las cosas siempre vuelven a su lugar. Dame el fragmento, y no te atrevas a hacer ninguna tontería, o ellos pagarán las consecuencias.

-No pretendo defenderme, Mendoza. Te daré lo que quieras si no les haces nada. Deja que se vayan, te lo suplico.

-De momento vamos a quedarnos todos aquí, Ezio. Primero el fragmento. -Agregó con firmeza, haciendo que el asesino abriera con dificultad el bolsillo enganchado a su cinturón, extrayendo la esfera que cogió el guardia al instante, llevándosela al español.

-Genial. Y ahora, empecemos con mi merecida diversión, Auditore. -Amenazó Pedro, no pudiendo evitar reír ante el cumplimiento de sus fantasías malévolas.