Capítulo 24
Pedro Mendoza sonrió triunfante, dejando salir su alegría y sed de venganza, dando paso a un movimiento de mano que alertó a los guardias allí presentes para ponerse en marcha con las órdenes dadas de antemano.
Dos hombres obligaron a los niños a levantarse bruscamente para sacarlos del lugar entre gritos y zarandeos, haciendo que rápidamente Ezio interviniera con ansiedad en la voz.
-¡No, déjalos ir! ¡Tienes el Fruto, te daré todo lo que quieras! ¡Me tienes a mí, Mendoza! ¡Son sus vidas por la mía, por favor, no hay trucos ni intentaré nada!
-Bueno, supongo que puedo aplazar esa parte y centrarme en ti. Dejadlos a las puertas del castillo y que se larguen, ya sabéis. Niños, despedíos de papá, porque no creo que volváis a verlo más. Llevadlo a la mazmorra y comenzad.
Ipso facto, dos soldados golpearon al asesino para derribarlo y debilitarlo, restando posibilidades a la sorpresa de algún tipo de represalia, para después arrastrarlo sin cuidado alguno lejos de la gran estancia, escuchando de fondo los gritos y llantos de los hijos del florentino.
Los dos guardias llevaron en volandas a los niños entre pasillos y salas para conducirlos al exterior de San Angelo, deteniéndose ante la gran entrada al castillo para desatarlos sólo de pies, pasando acto seguido a empujarlos por la espalda para salir a la zona intramuros, y dirigirse al gran puente de piedra que daba acceso principal a la residencia papal.
Al llegar al exterior los templarios se detuvieron pocos pasos alejados de las puertas, y uno de ellos alzó la voz para ser oído por la comitiva de asesinos que se agrupaban al frente, ubicados en la zona media del largo puente.
-Si alguien osa dar un paso sin permiso, les cortaremos el cuello al instante.
Nadie se movió ni habló ante aquello, a pesar de las ganas intensas de Nuray por hacerlo, pero esperó paciente apretando los puños a que los guardias soltaran a los niños, empujándolos y ordenándoles correr lejos.
No hizo falta que insistieran para ser obedecidos, no obstante, la sensación de alivio se disipó en el grupo asesino cuando a las murallas se asomaron varios soldados armados con arcos, que en pocos segundos comenzaron a disparar a la vez creando el caos.
Nuray fue la primera en salir corriendo hacia sus hijos, seguida de sus compañeros para atacar, ya fuera desde la distancia, o cuerpo a cuerpo contra la nueva oleada enemiga que salió portando espadas. Aún así, la turca ignoró toda pelea con el fin de alcanzar a los pequeños, esforzándose al máximo por ser más rauda, hasta que se paró en seco presa del terror al ver que una flecha alcanzaba a su hijo por la espalda, derribándolo al instante.
-¡Giovanni! -Gritó la mujer instintivamente, sintiendo que tardó minutos en llegar hasta el niño y su hermana, quien se había parado para hacer algo, aunque presa del miedo se había quedado bloqueada.
La turca trató de no pensar al ver que el niño no respondía, simplemente lo cogió sobre uno de sus hombros y levantó a Adara del suelo al tomarla del brazo, haciéndola correr junto a ella lejos de allí, no obstante, aquello parecía complicarse.
Entre el caos formado en el puente eran varios los que trataban de ir contra ella, haciendo que Nuray tuviera que sacar una de sus largas dagas para defenderse a duras penas mientras trataba de no detenerse, siendo prácticamente imposible hasta que Yusuf apareció y despejó su camino tras salvarla de un atacante que le ganaba terreno.
-¡Llévatelos de aquí, yo te cubro, vamos! -Gritó Tazim mirándola un segundo a los ojos, continuando después la lucha hasta que pudo vislumbrar a su amiga subir a un caballo con sus hijos y partir lejos.
Aquel caballo marrón corrió todo lo que pudo hasta llegar a la entrada trasera de la pequeña tienda de Petruccio Carrici, apodado el cojo, marido de la hermana de Maquiavelo. Ambos seguían ocultando en sus instalaciones secretas subterráneas a personajes de no muy buenas intenciones por un suculento precio, y por supuesto, seguían prestando servicio a los asesinos cuando lo necesitaban.
Nuray bajó del caballo tras Adara, teniendo cuidado para sostener a Giovanni hasta estar segura de que nada fallase al descabalgar, pasando después a olvidarlo todo para correr con el niño en brazos hasta la puerta, donde llamó con los puños de forma exacerbada hasta que abrieron.
-¡Ayuda, por favor. ¡Necesito un médico!
Tanto Livia como su marido corrieron a ayudar a sujetar al niño, y llevarlo hasta uno de los cuartos de la planta baja para tumbarlo en una estrecha cama, boca abajo. Acto seguido la mujer corrió en busca del médico, dejando a Nuray y Petruccio en el cuarto.
Rápidamente Livia apareció junto con un hombre prácticamente anciano y delgado que portaba una gran maleta de cuero, el cual empezó a pedirle a los dueños del lugar cosas que iba a necesitar, tales como más lámparas, agua, o vendas limpias. Cuando Livia fue a ejecutar la orden, el anciano habló con firmeza sin dejar de preparar su instrumental.
-Tú no, Livia, voy a necesitar ayuda. Que vaya tu marido.
-Yo puedo ayudarle. -Se ofreció veloz Nuray, pero la respuesta fue contundente.
-Usted es la madre, y eso puede ser contraproducente, señora. Quédese fuera, por favor. Le informaré de todo en cuanto salga.
La turca se quedó petrificada en el lugar, aún con Adara al lado igual de quieta y blanca, pero Petruccio las condujo fuera con suavidad, dejando que el médico trabajase.
Ezio se había dejado atar la muñeca derecha a la cuerda que pendía de aquella polea, preparada para la tortura de la estrapada, como bien sabía por el simple sistema de madera que decoraba la estancia vacía de las celdas. Su otra mano permanecía atada igualmente, pero a su vez, también la habían inmovilizado tras su espalda con cuerdas para evitar cualquier intento de liberarse de su oscuro porvenir.
Pedro Mendoza entró haciendo que los guardias se cuadraran al instante, y se colocó ante Ezio, a una distancia prudencial mientras daba la orden de que su juego comenzara. Dos de sus hombres empezaron a tirar de la cuerda de aquel sistema para alzar al florentino del suelo y dejarlo pendido en el aire de su brazo derecho. A la vez, Mendoza habló.
-Bueno, Auditore. Si recuerdas mi nota antes de todo esto, sabrás que sé más de lo que pensabais. Recuperaré los fragmentos que están en vuestro poder, y el de las Indias, pero antes debo saber cómo funcionan, y los detalles que sé que os habéis callado. ¡Habla, dime que son esas inscripciones y dibujos que tenéis!
Ante el silencio del asesino, Mendoza dio la señal. Los soldados soltaron la cuerda lo suficiente como para que Ezio no tocara el suelo, haciendo que su brazo soportara toda aquella energía y peso que hizo que gimiera con dolor con fuerza, intentando no gritar.
-Pierdes el tiempo, Pedro. No sabemos qué dicen las inscripciones del mapa, así que estamos como vosotros. Podrás divertirte hasta matarme, pero no hay nada que puedas saber.
El mentado inspiró con enfado, y ordenó una nueva ejecución del mecanismo, consiguiendo en aquella segunda vuelta dislocar el hombro derecho de Ezio, quien no pudo evitar rugir de dolor, escuchando como Mendoza le gritaba que mentía. El italiano tuvo que concentrarse para responder, ganando fuerza en la voz a medida que el enfado lo envalentonaba. No entendía que aquel hombre fuera tan inconsciente.
-Si ya has visto los dibujos que copiaron en la cueva de la India, ya sabrás que el Fruto del Edén al completo es demasiado poderoso para los humanos, lo único que conseguirás es desatar el apocalipsis y quedarte sin reinado, ¡acaso no lo ves! ¿Qué pretendes dominar cuando no quede nada ni nadie?
-A veces pienso que crees que soy tan estúpido como lo era César Borgia. La energía sin control no sirve de nada, y no pretendo ser Dios y que ese inefable poder me consuma; Pretendo sentarme a la diestra del señor y canalizar el poder necesario que me haga el rey del mismísimo mundo.
Acto seguido, el español volvió a ordenar a sus hombres continuar con el suplicio, limitándose a contemplar el espectáculo y saborear su victoria, disfrutando como hacía tiempo no lo había hecho.
