Capítulo 25

Ezio volvió a luchar por no gritar cuando soltaron la cuerda que lo sostenía del brazo dislocado. Había estado un rato pendido en el aire, y tras ser soltado de nuevo, no sabía qué elegir como mejor.

Mendoza había estado unos minutos preguntándole más cosas, aquella vez sobre la propia orden y su magnitud internacional.

Ante el silencio y las ironías del asesino, resignado a su suerte y aliviado ante la libertad de sus hijos, el español había dado orden de continuar con la tortura hasta dejarlo sin extremidad.

-¿Ya no tienes ganas de hacer más bromas, Auditore? -Se mofó Mendoza tras unos instantes, recreándose en el sufrimiento de su enemigo, observando como volvían a elevarlo con una deliciosa lentitud.

Mientras aquello ocurría, la escena se vio detenida cuando algo proyectó contra el muro de la zona, abriendo rápido un boquete y proyectando cientos de trozos de material por todas partes.

Los guardias y Mendoza cayeron al suelo, y con ellos el propio Ezio, quien se vio igual de sorprendido ante aquella fase de su rescate. Pronto observó a su alrededor para buscar algo con lo que desatarse, pero entonces un guardia lo sujetó para que no intentara nada.

-¡Malditos bastardos! ¡Tienen una catapulta! -Gritó colérico Mendoza, asomándose por el nuevo hueco del muro, observando que los asesinos accedían al palacio.

Mientras el español gritaba asomándose al pasillo por refuerzos, Ezio aprovechó el despiste del soldado para darle un cabezazo y tirarlo al suelo, junto con su compañero, quien estaba inconsciente por un golpe de metralla pétrea.

El florentino se apresuró a tratar de soltarse la mano trasera de la espalda, ya que la cuerda estaba cediendo, consiguiéndolo finalmente tras un fuerte dolor para rebuscar un arma con la que defenderse, pero entonces escuchó el grito enervado de Pedro.

-¡No! ¡No pienso dejarte salir vivo de aquí, asesino! -Dijo mientras se tiraba sobre él, derribándolo para pasar a golpearlo en la cara con total saña, sacando una daga de entre sus ropas.

Ezio luchó con su mano izquierda por frenar la diestra del español, que amenazaba con clavarse en su cuello a cada segundo, pero pronto comenzó a rozar su carne ante sus pocas fuerzas.

Una nueva piedra enorme impactó contra el muro, haciendo que Mendoza se distrajera, y que el italiano lo derribara de un cabezazo, cogiendo el puñal y soltándose la mano atada a la cuerda que pendía del sistema de polea de su tortura. Al girarse veloz para encarar a su enemigo, lo encontró con la nariz chorreando sangre y dispuesto a atravesarlo con la espada de uno de sus soldados.

El florentino no pudo más que tirarse hacia un lado para evitar la estocada, escuchando como varios pasos corrían cerca, clamando por su enemigo, al que avisaban que había que retirarse o los asesinos lo capturaría.

Mendoza volvió a tratar de matar a Ezio pese a las advertencias, pero de nuevo la catapulta detuvo la pelea, esta vez con una mayor peligrosidad, haciendo que los escombros cayeran del techo y separaran a ambos hombres.

Pedro corrió hacia la salida al ver que Ezio había caído al suelo inconsciente tras un golpe de piedra en la cabeza, maldiciendo a gritos al abandonar el lugar, henchido de furia.


Cuando Ezio despertó, con un terrible dolor de cabeza, entre otras cosas, se vio siendo cargado sobre el hombro de un asesino que no reconoció, y lo sacaba del palacio incendiado por las peleas y gritos entre bandos. A pesar de que quiso alzar la voz, no pudo, con lo que se mantuvo callado para concentrarse en soportar sus dolores.

Una vez en la calle escuchó el grito de aquel que lo portaba, y se obligó a reaccionar.

Maquiavelo, está aquí! ¡Necesita un médico!

-Estoy despierto. -Murmuró lo más alto que pudo, mientras Nicolás llegaba al encuentro en el puente ya vacío de lucha, y lleno de muerte.

El asesino desconocido devolvió a Ezio al suelo ante su respuesta de que podía caminar, y abandonó a la pareja para volver a la lucha dentro. Nicolás sujetó a su compañero y lo examinó para evaluar su estado antes de hablar.

-Vamos, Ezio. Te sacaré de aquí. Ellos tratarán de recuperar y el Fruto y frenar a ese canalla. -Comentó mientras lo ayudaba a subir al caballo, posicionándose tras él en el mismo para cabalgar veloz lejos de allí.

Al llegar al escondite de su cuñado y hermana por la puerta trasera, Maquiavelo ayudó a desmontar a Ezio, quien no pudo evitar un gemido ahogado de dolor. Ambos se apresuraron a entrar en el lugar cuando Petruccio abrió.

Al entrar en la pequeña estancia que ejercía de salón y conectaba con los cuartos, Ezio observó con alivio a Nuray sentada junto con Adara, a quién abrazaba de forma silenciosa. Ambas se encontraban con el rostro serio y preocupado, pero cambió aquello cambió al verlo llegar.

-Oh, gracias al cielo, Ezio. -Murmuró con alivio la turca al llegar hasta él, acariciando su rostro tras que lo sentaran en una silla cercana. Maquiavelo y su cuñado comenzaron a caminar por la zona para preparar lo necesario y curar las heridas del florentino.

-¿Qué te han hecho, padre?

Ezio sonrió levemente ante la pregunta quebrada de su hija, aterrada al ver su estado, que no cambió a pesar de que él se mostraba despreocupado.

-Voy a estar bien, cariño. No te preocupes.

-Tienes el hombro dislocado. -Comentó Nuray mientras continuaba examinándolo, agradeciendo a su anfitrión los recursos para curar a su marido. -¿Qué ha pasado, Ezio?

El hombre resumió lo acontecido en el castillo mientras dejaba que se deshicieran de su camisa, levantándose para que su mujer le colocara el hombro con un movimiento preciso y seco que le hizo rabiar de dolor. Cuando volvió a sentarse para que curaran la brecha de su sien, habló.

-¿Dónde está Giovanni?

-El médico lo está operando. -Nuray lo miró a los ojos, tratando de no llorar, encontrando el temor en la mirada del italiano. -Intentaron matarlos a los dos cuando los iban a liberar. Salieron muchos arqueros y le dieron en la espalda.

-Tranquilos, las cosas están yendo bien. Tened fe. -Agregó Petruccio con suavidad, tratando de aliviar tensión mientras la turca limpiaba velozmente sus lágrimas entre un potente silencio.


Ezio se levantó con dificultad de la cama tras despertar, ahogando sus quejas por el dolor del proceso, a pesar de tener el brazo vendado y sujeto para inmovilizarlo sobre su pecho. Estaba solo en el dormitorio, y supo enseguida dónde hallar a su esposa.

Caminó despacio hasta el cuarto donde habían dejado a Giovanni tras ser operado, empujando la puerta suavemente para vislumbrar a Nuray arrodillada en el suelo junto al niño, acariciándolo con suavidad.

-Nuray, mi amor, ya oíste al doctor. No despertará hasta mañana, y se pondrá bien. Vigilaremos que no tenga infección, tranquila.

-Qué haces levantado. Tienes que descansar. -Agregó ella mientras se ponía en pie y su marido se acercaba, acariciando su rostro fugazmente mientras respondía.

-Tú también, Nuray. -Ezio posó su mano izquierda en el vientre de ella, recordándole su estado. -Venga, vamos a la cama.

La tuca asintió, y dejó que él la abrazara con su mano libre, llegando al pequeño cuarto que compartían. Ambos se metieron en la cama, Y Ezio abrazó a la mujer contra sí mismo, besando su cabeza.

-Deberías dormir solo; podría hacerte daño.

-Tranquila, estaré bien. Lo difícil va a ser aprender a usar la espada con la izquierda, pero con poder mover el brazo derecho, aunque sea un poco, ya me doy por satisfecho. -Se burló con una leve sonrisa, pasando a volver a estrechar a la morena con su brazo sano, al ver que lloraba de forma silenciosa.