Capítulo 29
Aquella misma tarde de cielo despejado y frío riguroso había muerto Yusuf, con la caída del sol, ante un escenario de atardecer realmente hermoso que nadie había disfrutado, a pesar de tenerlo ante sus ojos.
El grupo de asesinos, junto con los dueños del clandestino hospedaje, y Maquiavelo, se habían reunido en un discreto lugar del campo de Marte en la ciudad eterna para encargarse del cuerpo del turco, siguiendo con el plan acordado con él si moría.
Todos habían esperado a que oscureciera para salir del escondite, y ocultos en dos carros usados para labores agrícolas, los anfitriones habían conducido en la oscuridad hasta unas antiguas ruinas alejadas de todos, para incinerar en una rudimentaria y simple pila de madera y paja al fallecido.
Yusuf había preferido ser enterrado, y ya descartando poder hacerlo en su tierra natal, había querido serlo en Italia, cerca de su familia, pero ante la imposibilidad de llevar el cuerpo en un tiempo razonable para ello, habían optado por aquel método para después poder enterrar sus cenizas en la villa de Monteriggioni.
Tras las palabras de Maquiavelo y Ezio, el lugar quedó en absoluto silencio mientras contemplaban arder el cuerpo. Ni siquiera se alzaba un leve sollozo de los que lloraban: Claudia y los niños.
Ezio continuaba abrazando a Adara por los hombros con un brazo contra él, observando a su hermana brevemente acunar a su hija con una entereza sorprendente, a pesar de que las lágrimas mojaban sus mejillas. Después de haber dejado salir todo su dolor abruptamente aquella tarde, se había serenado de una forma admirable. Ante aquellos pensamientos, el asesino no pudo evitar mirar discretamente a su mujer, con el miedo amenazándolo cada vez más.
Nuray no había dicho ni una palabra, no había gritado, apenas había llorado. Era una estatua fría y rígida que clavaba los ojos muertos en la columna de fuego. Lo único vivo en ella era la ira que crepitaba en su mirada, mientras mantenía a su hijo abrazado contra ella. Al italiano volvió a recorrerlo un escalofrío ante aquella visión, ante sus pensamientos de alarma. Su mujer era una bomba de relojería y nadie podría pararla, la conocía muy bien para saberlo, así como imaginaba qué estaría pensando y sintiendo. La voz de Maquiavelo hablando en un leve susurro lo distrajo.
-Está empezando a hacer mucho frío. Regresad a casa y yo me ocuparé de todo. Iré cuando esté todo listo.
-Está bien. Gracias, Nicolás. -Respondió Ezio tras unos instantes, aunque aún nadie se movió. Claudia fue la primera, asintiendo cuando encontró sus ojos, dándole las gracias también al asesino.
El grupo se puso en marcha finalmente, abandonando la escena con el mismo silencio sepulcral, subiendo a los carros sin atrever a mirarse los unos a los otros.
Ezio cerró la puerta del pasillo que conectaba a la estancia principal del escondite, encontrando a los presentes casi en silencio total, de no ser por los leves comentarios banales de los propietarios, que trataban de relajar el ambiente y animar a las mujeres. Todos miraron a Ezio entrar despacio, y este casi se vio obligado a hablar.
-Los niños ya duermen. He dejado la puerta abierta de tu cuarto por si Livia llora. -Agregó mirando a su hermana, quien le dio las gracias con una leve sonrisa. Antes de poder preguntar nada, llamaron a la puerta trasera, anunciando al fin la llegada de Maquiavelo.
El grupo aguardó en silencio mientras la hermana de Nicolás iba a abrir, pero se sorprendieron al ver que junto al florentino iba también Rosa.
La mujer casi corrió hasta Claudia, y sin decir nada la abrazó, dándole a entender que estaba al tanto de todo. Tras unas breves condolencias casi susurradas, pasó a saludar al resto, dejando que Maquiavelo se acercara a la mujer, entregándole la urna de alabastro con las cenizas. Tras un incómodo silencio, Claudia se disculpó, agregando que iba a guardarlas en un lugar seguro, desapareciendo de la escena.
Los presentes se sentaron en torno a la mesa, mientras los anfitriones traían vino y se ocupaban de las capas de los recién llegados. Rosa fue la primera en hablar, consciente del ambiente del que estaban envueltos.
-¿Cómo estáis? Sólo escuché vuestro hijo se recuperaba bien, al igual que Ezio.
-Así es, estamos bien. Gracias, Rosa. Cuéntanos cómo ha ido todo desde que salisteis de la villa tras ese bastardo. -Agregó el asesino tras un breve silencio, vislumbrando que Nuray no pensaba hablar, puesto que seguía como ausente, enfrascada en sus pensamientos, aunque escuchando.
Claudia regresó antes de que Rosa hablara, tomando asiento mientras discretamente terminaba de limpiar el rastro del llanto, sabiendo pronto de qué hablaba la morena.
-En cuanto lo vimos tratar de escapar nos preparamos para ponernos en marcha y seguirlo. Nos dividimos. Un par de mis hombres los siguieron a caballo cuando empezaron a huir, mientras el resto se ocupó de conseguir el artefacto. -Hizo un silencio para sacarlo de su zurrón, dejándolo sobre la mesa. -Iban hacia el norte, pero finalmente los perdieron cuando empezaron a dispararlos e hirieron a uno de ellos. Lo siento, no sabemos aún dónde está.
-Todos los asesinos de Roma están buscando a Mendoza -Intervino Nicolás antes que nadie-. He ordenado que comiencen a espiar en todas partes para encontrar cualquier pista sobre dónde podría ir a esconderse. No puede volver a su villa de Padua, ni quedarse en esta ciudad, así que tendrá que recurrir de nuevo a alguno de sus amigos hasta recomponerse para poder atacarnos. Tanto Rosa como yo ya hemos mandado cartas a Venecia, Valencia y Florencia para que estén al tanto de su posible llegada a esos lugares.
-No creo que vaya a volver a España. Sabe que todos lo buscan, es demasiado arriesgado. No irá muy lejos. -Intervino Claudia, haciendo que Maquiavelo asintiera, pensando igual. Poco después Ezio rompió el silencio.
-Pedro no aún no tiene tantos contactos aquí como los tenía su tío; la gente no se fía de él por su sed de poder y ambición. Él único que no tiene elección es Giuliano Della Rovere, y ahora es el Papa. Volverá a recurrir a él. Quizás otro de sus amigos vuelva a darle cobijo mientras monta su plan. Debemos conseguir averiguar quiénes son esas familias importantes con las que tiene amistad, además de con los Chigi.
-¿Los Strozzi de Florencia no son familia de Della Rovere? -Habló por primera vez Nuray, haciendo que todos la miraran. -¿La hermana de Giuliano no se había casado con el hijo de ese banquero?
-Sí, es cierto. Fue hace ya unos años. El hijo de Strozzi heredó el palacio de la ciudad cuando murió su padre. Todo el mundo comentaba que estaban casi arruinados, y Della Rovere padre los rescató de la bancarrota con negocios poco lícitos. Todo el mundo en Florencia hablaba del asunto en el momento.
El grupo meditó las palabras de Claudia, pensando en las posibilidades de aquello. Nuray volvía a intervenir, esta vez con firmeza, prácticamente exigiendo realizar sus palabras.
-Vamos a Florencia. En Roma no pasará nada, aunque Giuliano vuelva al Vaticano. Allí podremos obtener información, aunque ese cabrón no vaya allí a esconderse.
-Estoy de acuerdo. Vayamos a casa y quedémonos juntos allí, con los niños. Estarán seguros y podremos trabajar. Podremos parar primero en Monteriggioni y enterrar las cenizas de Yusuf.
Ezio miró a su hermana, y después a Nuray revolverse incómodamente en la silla ante aquel último comentario, asintiendo levemente mientras aceptaba aquel plan.
-Saldremos mañana antes del atardecer. Rosa, Maquiavelo; necesito que continuéis con vuestro trabajo en vuestras respectivas ciudades. Podríais enteraros de algo que nosotros no, y puede que no vaya a Florencia y necesitemos estar más cerca de otros lugares. Nos comunicaremos como siempre ante cualquier novedad. Escribiré a los mentores de la orden también, es algo que quería hacer desde un tiempo. No quiero seguir custodiando los fragmentos del Edén en mi casa. Debemos empezar a pensar qué hacer con ellos, y es algo que no puedo decidir yo solo. Os informaré cuando tenga respuesta. Muchas gracias por vuestro trabajo. Deberíamos tratar de descansar todos un poco.
-Muy bien, pues vendremos mañana por la mañana a ayudaros con los reparativos del viaje. -Agregó Maquiavelo mientras él y Rosa se levantaban de las sillas, y poco después la hermana del hombre para acompañarlos.
-Buenas noches, chicos.
Ezio y Claudia le devolvieron la leve sonrisa a Rosa antes de que salieran de la sala, dejando de nuevo la estancia envuelta en el silencio ya característico entre la familia.
