Capítulo 30
Ezio terminó de escribir, dejando la pluma en el tintero mientras releía la carta, rezando por no haber cometido ningún error, y que al fin le convenciera todo para darlo por acabado, comenzando así a ejecutar las tres copias de la misma.
Con un leve suspiro se reclinó en la silla, dándose por satisfecho con el escrito, con lo cual tomó otro papel del escritorio, y comenzó a copiar.
"Maestros de la orden asesina, soy Ezio Auditore de Florencia, líder y maestro de la orden en Italia. Sé que lucháis contra la expansión y despotismo templario como nosotros, y queestáis al tanto de los movimientos de Mendoza, y las novedades sobre el artefact; es por ello que mi carta no versa sobre eso, puesto que a pesar de todo tenemos la ayuda necesaria y estamos bien coordinados, pero creo que es hora de vernos en persona y poder hablar sobre el futuro.
Tenemos tres de los cuatro fragmentos de artefacto, y espero que antes de que leáis esto siga siendo así, no obstante, fuera como fuere, no deseo custodiarlos más. Es necesario debatir qué haremos con ellos, y trazar un planfuturo si algún día podemos tenerlo al completo.
Esta lucha y ardua búsqueda deben tener fin, hermanos, y uno cercano en el tiempo. Necesitamos unirnos para una gran acción conjunta y terminar finalmente lo que hace siglos comenzó.
Espero vuestras respuestas, y si lo deseáis, vuestra llegada a Italia, foco de la disputa. Os abriremos las puertas de nuestra casa con la hospitalidad que merecéis."
Tras terminar la última palabra volvió a dejar la pluma, tomándose un instante antes de ir a la siguiente mientras contemplaba aquella estancia, la cual había sido el dormitorio de sus padres en el palacio de Florencia. A pesar del tiempo transcurrido, estar allí, incluso sólo en la ciudad, hacía que sus recuerdos se hicieran presentes en su psique con fuerza.
El italiano retornó a la copia de cartas para no verse arrastrado por aquella marea de nostalgia, pero se detuvo en su labor cuando la puerta se abrió, dando paso a Nuray. El hombre se extrañó al verla aún vestida de calle, pero no dijo nada, ya que ella se adelantó.
-¿Aún no has acabado con eso?
-Bueno, me ha costado la forma de expresar lo que quería. No estoy muy centrado. Estoy terminando de copiar. Sólo me quedan dos.
La turca se acercó, tomando una de las copias para leerla rápidamente, asintiendo tras finalizar.
-Está bien, directo y conciso. Sólo te ha costado casi dos horas.
Ezio sonrió ante su broma, levantándose de la silla para observar a su mujer andar por la estancia mientras cogía algunas de sus cosas. No pudo evitar suspirar sin sonido al ver que guardaba varios de sus cuchillos.
-¿Dónde vas? -Preguntó tras mucho pensárselo, haciendo que ella lo mirara al acabar. Su respuesta calmada no desdibujó la preocupación que sentía.
-Voy a salir con Flavia a ver qué se dice sobre los Strozzi por las tabernas de la ciudad. Será algo discreto y rápido. Una toma de contacto.
-Nuray, acabamos de llegar a Florencia hace apenas unas horas.
-¿Y qué más da eso? No es más peligroso que hacerlo en otro momento.
-Lo sé, pero no hay que apresurarse tampoco. Descansa esta noche, por favor. Mañana saldremos ambos y empezaremos el trabajo, los dos junto con los asesinos de la ciudad tras la reunión de la tarde. Los niños están preocupados, tienen miedo. Concedámosles esta noche nuestra atención.
Ella inspiró discretamente, tomándose un instante antes de responder, mirando los ojos suplicantes de su marido.
-No pretendo pasarme toda la noche fuera, ni hacer nada que no sea escuchar. No necesito descansar, Ezio.
-Deberías, llevas días sin hacerlo bien. Por favor, Nuray. Quédate aquí con nosotros. Deberías tomarte una noche de respiro. ¿Estás bien? -Agregó tras un incómodo silencio, temiendo que aquellas palabras fueran tomadas de una forma equivocada por ella. La respuesta directa de Nuray hizo que el asesino se estremeciera levemente.
-¿Acaso debo estar llorando y rasgándome las vestiduras para estar bien, Ezio? Lamentarme y llorar no van a devolverme a Yusuf. Vengar lo que le han hecho y a acabar con todo esto, sí.
-Lo sé, y no quiero decir que…
-Lo sé -le cortó veloz, relajando la quemazón que la ira empezaba a suscitar en su interior-. No voy a hacer ninguna tontería, Ezio. Esperaré a mañana y seguiré el plan como todos. Si eso es lo que quieres, está bien. Vayamos con los niños.
Aquello sorprendió al florentino, y lo relajó inmediatamente a pesar de haber distinguido de nuevo aquel destello de rabia en la mirada profunda de la mujer, pero sin darle importancia se acercó hasta poder besar sus labios con lentitud, regalándole un gracias susurrado al separarse.
Ezio salió por la puerta trasera de aquel famoso prostíbulo de la ciudad después de haber hablado en privado con la regente del lugar, mujer de confianza para la hermandad desde hacía unos años.
A pesar de que muchos soldados y hombres de negocios pasaban por allí, no había averiguado nada interesante para conocer el paradero de Mendoza, o algo que pudiera afirmar que hubiera contactado con los Strozzi.
El italiano se cubrió el rostro con la capucha mientras caminaba raudo hacia el punto de encuentro con el resto, en una taberna casi a las afueras del núcleo urbano, pero se detuvo para girarse cuando alguien lo llamó, sin alzar mucho la voz.
-Maestro, espera.
Pronto descubrió a la asesina de cabello oscuro y ojos verdes, pero frunció el ceño cuando la encontró sola.
-Flavia, ¿dónde está Nuray?
-Justo por eso venía a buscarte. En la taberna encontramos unos mercenarios que habían cruzado sus caminos con Mendoza hacía un par de días y pararon en la misma posada que él; parecía que habían escuchado cosas. No conocían a Nuray, y como uno de ellos estaba especialmente interesado en ella, me ha obligado a dejarla para irse con él y sacarle información. Me ha dicho que no se te ocurra ir tras ella, que la dejemos en paz porque es mayorcita y sabe cuidarse. -Agregó con algo de incomodidad al ver que el hombre pretendía cambiar de ruta.
-Flavia, no está bien, por mucho que diga. No podemos dejarla hacer lo que quiera. Además, también pone en peligro nuestros planes.
-Lo sé, maestro; por eso Federico se ha quedado para vigilarla discretamente. Esperemos que no lo descubra o se enfadará terriblemente. Deberías dejarlo estar, con todo el respeto, maestro.
Ezio apretó los puños mientras maldecía por lo bajo, pero la mujer tenía razón, con lo que se resignó con una profunda inspiración antes de hablar.
-Ya hablaré con ella cuando la vea en casa. Gracias por lo que has hecho, Flavia, y también dáselas a Federico en mi nombre, por favor. Ahora vayamos con el resto.
La morena asintió y se pusieron en marcha con velocidad, envueltos en aquel silencio tenso en el cuál la preocupación y malhumor del hombre se podía palpar.
