Capítulo 31
Ezio se levantó de la silla, caminando rápido por la estancia, saliendo de la cocina para seguir con sus pasos sin destino en el vestíbulo de la casa.
Hacía más de dos horas que había acabado la reunión de asesinos tras aquel primer trabajo de exploración por Florencia. Habían ido en busca de rumores o noticias sobre Mendoza, pero Nuray no había regresado ni siquiera al palacio Auditore, y él no la había encontrado por tabernas o posadas, con lo que había vuelto a casa.
Tras haber acostado a sus hijos, tranquilizándolos con mentiras sobre el paradero de su madre, había tenido que lidia con Claudia, escuchando sus vanas palabras de calma que ni ella creía. Finalmente lo había dejado solo, tal y como quería, para poder rumiar a gusto su temor, y cada vez más grande enfado.
Los pasos del italiano se detuvieron en seco ante la llegada de la turca, quien abrió despacio para no hacer ruido. Automáticamente después de verla y mirar sus ojos calmados, la preocupación de Ezio se disipó, pero no lo hizo su enfado. La morena habló mientras se quitaba la capa tras cerrar la puerta principal.
-Oh, por Dios… Dime que Flavia te contó lo que iba a hacer, y no has estado pensando que me había pasado algo.
-Sí, me dijo que te fuiste con ese hombre, y sigue pareciéndome mal tu actuación, Nuray. Creí que había quedado claro el plan de esta noche. Ser discretos y tomar contacto con la situación para no ser descubiertos. -Agregó con un tono cortante, haciendo que ella respondiera con un deje de exasperación.
-Tenía información de Mendoza, Ezio ¿Tú lo habrías dejado pasar? ¡Salimos precisamente para esto!
-Pero nadie se iría con un completo desconocido sin tener ningún apoyo, ni siquiera sabiendo dónde va. Podría haberte pasado algo en estas tres putas horas que llevas en paradero desconocido. No actuamos de ese modo, seguimos unas reglas, y tú también debes hacerlo.
La mujer apretó la mandíbula ante su creciente ira, acercándose más mientras alzaba igualmente la voz.
-No seas cínico, Ezio. Si hubiera sido otro estarías aplaudiéndolo en vez de reprobando las formas. Hay veces que hay que improvisar, y lo sabes bien. Es cuestión de prioridades y saber hacer, y yo sé perfectamente hacer mi trabajo y defenderme, y la puta prioridad de este grupo es encontrar a ese hijo de puta ya, te lo recuerdo.
-¿Así que sangras porque sabes hacer perfectamente tu trabajo? -Agregó con sarcasmo, mientras señalaba fugazmente su labio con sangre reseca.
-Ni que a ti nunca te hubieran dado un puñetazo, joder. Pero, ¿ves esto? -Agregó refiriéndose a las manchas rojas de su ropa, en la zona del pecho y brazo derecho-, es sangre de ese tío: tío que ahora está muerto por creer, como tú, que una mujer no puede dejarlo tieso cuando le dé la gana.
-¡No empieces con esa mierda para distraer el tema principal de esta conversación! ¡No puedes actuar cómo te dé la gana, ni cuándo quieras, Nuray! ¡Debes respetar el trabajo de los demás, y no exponerte ni exponer a otros! Ahora cuando lo encuentren se levantarán sospechas y se abrirá una investigación, y nuestro esfuerzo de permanecer ocultos se irá a la mierda. ¡¿A cambio de qué?!
-¡A cambio de saber que Mendoza y su poca escolta pararon en una posada hace unas noches al sur de la ciudad; a cambio de saber que se dirigen a algún lugar del este no muy lejos de Florencia, por lo que escuchó hablar el mercenario con el que he estado! Ahora tenemos algo de lo que tirar, y cuando quieran encontrarnos ya estaremos yendo por él, yo al menos pienso averiguar mañana dónde iba.
Nuray bajó la voz tras apretar los dientes en la última frase, mirando a su marido desafiantemente, invadida por la rabia. Se percató por el rabillo del ojo que sus hijos y Claudia estaban en la escalera observándolos. Ezio respondió tajante, si gritar igualmente, sabiendo que su familia estaba arriba.
-Mañana seguirás las órdenes, como todos, y trabajaremos en equipo como se hace en esta hermandad, y si no es así, no irás a ninguna parte porque serás considerada un peligro para ti y el resto. Nos reuniremos con los asesinos mañana a mediodía en la taberna de las afueras.
-Muy bien, maestro. -Se burló, aún clavando sus ardientes ojos en los suyos, antes de concluir. -Dormiré en el cuarto de abajo. Buenas noches.
Ezio observó en silencio como la morena salía rauda de escena hacia la habitación que antes había ocupado el servicio para dormir, cerrando con un portazo que lo hizo inspirar con fuerza para calmarse. Tras intercambiar una breve mirada con su hermana, la mujer instó a los niños a volver a la cama, alejándolos de las escaleras para que el hombre quedara solo.
En la cocina reinaba un tenso silencio mientras se desayunaba, a pesar de que Ezio aún no se había levantado y solo estaban allí los niños, Claudia y Nuray, quien aún conservaba una mueca seria y rígida por la discusión de la pasada noche.
La turca removía el contenido de su cuenco casi intacto mientras pensaba, alejada mentalmente del lugar, hasta que la voz temerosa de Giovanni la distrajo.
-¿Por qué estáis tan enfadados padre y tú? Nunca os habíais gritado.
-Son cosas del trabajo en las que no estamos de acuerdo, cariño. Estábamos cansados y perdimos los nervios. No está bien gritar a nadie. Siento que tuvierais que verlo. -Agregó mirando sus dos hijos con una leve sonrisa cansada, pero la preocupación de Giovanni no parecía disminuir.
-Mi amigo Fabio dice que cuando los padres empiezan a gritarse es porque dejan de quererse, y entonces terminan por vivir separados y ya no hay familia.
-Giovanni -agregó rápido, alzando la vista desde su plato-, los adultos, sean o no pareja, discuten. Todo el mundo discute, algunos gritan y otros no, ya está, no quiere decir nada de eso que Fabio asegura. Todo está bien, no te preocupes. Tu padre y yo no vamos a separarnos.
El niño asintió con algo de duda mientras contemplaba la sonrisa fingida de su madre, quien no podía seguir aguantando aquel ambiente, con lo que se levantó y recogió sus pocas cosas para limpiarlas, dirigiéndose a su cuñada.
-Claudia, os veré luego en la taberna. Necesito despejarme un poco antes. Iré con Flavia luego. Díselo a Ezio, por favor.
-Claro, descuida.
-Gracias. Os veré luego chicos. Portaos bien luego, eh.
La morena besó en la mejilla a sus hijos fugazmente para después desaparecer veloz de la estancia.
La taberna del Arno, llamada así por estar junto al río que cruzaba Florencia, tenía hoy sus puertas cerradas para recoger la reunión de los asesinos en su interior, lejos de miradas y oídos indiscretos.
El grupo guardó silencio mientras Nuray contaba lo que había averiguado sobre Mendoza, haciendo que tras el final de su monólogo un nuevo mutismo invadiera la estancia, hasta que uno de los asesinos florentinos alzó la voz.
-Has dicho que ese hombre escuchó que se dirigían al este de Florencia. Los Strozzi tenían por esa zona una villa campestre, ¿no es así? Cerca de Saltino. La construyó Giuliano padre.
-Sí, pero está abandonada desde el incendio. Acabó en un estado ruinoso y coincidió cuando se arruinaron. No la recuperaron. -Intervino Flavia, pero aquello no hizo perder emoción a Nuray, que volvió a intervenir.
-Eso lo hace mejor si quiere esconderse temporalmente. Nadie sospecharía que allí se esconde un megalómano. Tenemos que ir a averiguarlo. -Añadió mirando a Ezio, quien la contempló con seriedad unos segundos hasta hablar.
-No podemos arriesgarnos a que se den cuenta, así que sólo irán 3 para explorar. Quiero algo limpio, un simple reconocimiento para averiguar si está allí o no.
-Podemos ir Antonio y yo, maestro. -Intervino Flavia, observando que su pareja asentía ante la idea de ir ambos.
-Bien, lo dejo en vuestras manos. Aunque esté allí no quiero que hagáis nada, lo único aceptable en esa situación es que alguno se quede allí por si se mueve, los demás volveréis a informar, y si no están haréis lo mismo, ¿entendido?
-No habrá problemas, maestro. Nadie quiere seguir perdiendo hermanos. ¿Quién será el tercero? -Dijo Antonio, aún mirando a Ezio, pero rápidamente la voz de Nuray intervino.
-Iré yo. Sólo una misión de reconocimiento, nada más.
-Debes quedarte y descansar, Nuray. -Agregó su marido sin dejar de clavar sus ojos en los de ella, que apenas podían fingir que no estaba enfadada. Su rápida contestación lo confirmó.
-¿Por qué debo descansar? Estoy perfectamente.
-Te recuerdo que estás embarazada. -Su tono frío y cortante no inmutó a la mujer, pero a medida que la conversación avanzaba, el resto de asesinos se sentían más y más incómodos. -Pero no voy a discutir, Nuray. Si ir y encontrar a ese bastardo te importa más que tu misma, o nuestro hijo, hazlo. Ya sabes las condiciones.
-Muy bien, pues nos iremos después de la comida. Vayamos a prepararlo todo, chicos.
La turca respondió de la misma forma que el italiano, apuñalándolo con sus ojos oscuros, para después salir de allí rauda con un portazo, seguida de los dos asesinos, que se despidieron con un incómodo murmullo del resto.
