Capítulo 32

Ezio agarró de forma dubitativa el picaporte del antiguo dormitorio de sus padres, escuchando al otro lado el sonido de la turca recoger sus cosas para el corto viaje que le esperaba en apenas una hora.

A pesar del tiempo pasado tras la reunión de asesinos, el ambiente entre ambos no se había relajado, y la comida en familia dentro del palacio había sido absoluto testimonio de ello. A pesar de los intentos de Claudia por conversar y hacer protagonistas a los niños, el matrimonio apenas se miraba siquiera.

Al abrir la puerta y adentrarse en el cuarto Nuray ni se inmutó, doblando un par de prendas que guardar en su zurrón.
Ezio la siguió con la mirada unos segundos, hasta que fue incapaz de continuar con aquel silencio y actitud.

-Nuray… hablemos, por favor. No puedes irte y que esto quede así.

La mujer suspiró tras unos instantes, dejando sus protecciones encima de una pequeña mesa antes de girarse y mirar al hombre. Aún conservaba la mirada dura y distante que tanto temía el italiano.

-Muy bien; quieres hablar, pues habla.
-Estoy preocupado por ti, Nuray; porque la rabia te domine y dejes de ser prudente. No eres la de siempre.
-Ni volveré a serlo, Ezio. Todo cambia constantemente, y más tras algo así. Tú lo sabes bien.
-Sí, pero eso no tiene que ver con que te dejes llevar por el odio y no seas cuidadosa, o desobedezcas órdenes y arriesgues más de lo necesario. -Agregó con un deje de angustia al ver que su cara continuaba sin expresión.
-Ezio, soy consciente de que debo tener cuidado, y de que estoy muy enfadada. No quiero morir, quiero estar con mis hijos, y quiero estar contigo. Que pienses que os olvido tanto como para lanzarme al suicidio, me ofende. Sé hacer mi trabajo, y no soy una novata en él.
-Lo sé, claro que lo sé. Sabes que confío en tus palabras y en ti, pero creo que esta vez deberías alejarte un poco por un tiempo.

La morena desvió la vista de los ojos de Auditore, tomando aire discretamente para volver a hablar.

-Ojalá fuera capaz, Ezio, pero no puedo. Eso me volvería loca, lo siento. No me pidas lo único que no puedo hacer.

Esta vez fue él quien suspiró, por una parte resignado al saber que era verdad, por otra derrotado al saber que, aunque ella fuera consciente de todo aquello, el peligro no disminuía.

-Está bien, tampoco serviría de nada que te apartáramos; puedes ser muy testaruda. Pero necesito que me prometas que serás prudente pase lo que pase, y dominarás la rabia.
-Bien. Pero tú debes prometerme a mí que no hablarás de nuestras vidas en común delante de nuestros compañeros. Cuando salimos de la alcoba y vamos a trabajar, no soy tu esposa; soy una asesina más.
-Sí, tienes razón, y te pido disculpas por lo que dije en la reunión. Estuvo fuera de lugar, y fue cruel decirte aquello. Sé que nuestros hijos siempre serán lo primero, incluso los que aún no han llegado.

El hombre se atrevió a dibujar una leve sonrisa que ella se esforzó por esbozar, pasando a hablar mientras relajaba el ambiente.

-Aún no sé si es seguro. El médico no ha podido decirlo.
-Bueno, déjame que me haga ilusiones. -agregó con un deje de broma, acercándose a ella para rodearla por la cintura con suavidad. -Te quiero, Nuray. Tened cuidado, por favor.
La morena asintió levemente, pasando a romper la distancia para besar sus labios de forma lenta, haciendo que al instante él por fin se relajara.


A la caída de la segunda noche de viaje, el pequeño grupo de asesinos llegó a la aldea de Saltino. No obstante, temiendo que alguien pudiera reconocer su pertenencia a la orden, o a la propia Nuray, esquivaron el núcleo de casas para bordearlo por el bosque.

Gracias a haber descansado hasta aquella misma mañana no muy lejos de allí, el trío se encontraba en forma como para ir directamente en busca de la pequeña villa campestre de los Strozzi.

Siguiendo el plan trazado con anterioridad, los tres dejaron los caballos atados a una buena distancia para seguir el camino a pie, reduciendo así la probabilidad de ser detectados. Ocultos entre la maleza, lejos del camino, comenzaron a atisbar en la oscura noche la silueta de la casa.

-Maldita sea, sin la luz de la luna no veremos nada a no ser que literalmente entremos. -Susurró Flavia, mirando a su marido antes de hacer lo mismo con la turca, pero de soslayo.
-Lo bueno que tiene esta situación, es que si hubiera alguien por ahí dentro veríamos alguna luz. El tejado y la cornisa están prácticamente destrozados en gran parte de la casa. Deberíamos volver al alba para cerciorarnos, pero no parece haber nadie.

Nuray apretó la mandíbula en la oscuridad, sin dejar de mirar la silueta de la ruinosa casa mientras se resignaba ante el comentario certero de Antonio. No obstante, su semblante cambió cuando comenzaron a escucharse sonidos en la lejanía.

-¿Qué es eso? Alguien viene.
-Es un caballo. Viene por el camino principal. -Susurró Nuray en respuesta a la mujer.

Acto seguido, todos corrieron a acercarse más al lugar para observar quién podía montar aquel caballo, con la llama de la esperanza cobrando fuerza en el interior.

Pacientemente aguardaron el paso de los segundos mientas el trote moderado del animal se escuchaba cada vez más cerca. Pronto distinguieron la figura encima del caballo portando una antorcha.

Flavia no pudo evitar que sus ojos se abrieran más ante la sorpresa de reconocer a aquel hombre barbado, y sus temores se confirmaron cuando el susurro de la turca se alzó.

-Es uno de los guardias de Mendoza. Lo ayudó a escapar en la villa.
-Pasa de largo la entrada de la casa Strozzi. Al menos ya sabemos que no están ahí dentro, pero sí cerca. -Comentó el hombre, siguiendo con la mirada al templario hasta que se perdió de sus vistas.
-Debemos volver a Florencia e informar para actuar rápido. Antonio, podrías quedarte tú a vigilar, y encontrarlos.
-No -cortó rápido Nuray a Flavia-, yo me quedaré. En estos pueblos tan remotos nadie me reconocerá. No obstante, no voy a interactuar con nadie. Los dos podréis cabalgar más rápido sin mí.
-Nuray, no podemos aceptar eso...
-¿Por qué no? -frunció el ceño, encontrando la culpabilidad de guardar un secreto en la cara de la asesina-; Flavia, dime la verdad de lo que pasa.

La castaña tragó saliva antes de hablar con un susurro algo avergonzado.

-El maestro nos pidió expresamente que no dejáramos que te quedaras, y menos sola, por si no te controlabas y ponías en riesgo el plan y tu vida.

A pesar de la oscuridad, la pareja pudo claramente imaginar el cambio de su semblante ante su nuevo tono, frío y malhumorado.

-Muy bien, pues vais a hacer lo siguiente, porque yo me voy a quedar aquí. Vais a decirle al maestro lo que hemos visto, y que yo os he obligado a romper con vuestro pacto para demostrarle una vez más cuan equivocado está sobre mí. Pase lo que pase, ninguno de vosotros será culpable de nada, eso os lo aseguro.

-Pero, Nuray, eso no es lo que nos preocupa. Esta vigilancia implica condiciones duras: estar a la intemperie, escondido con este tiempo… no es bueno en tu estado.

-Oye, Flavia, te agradezco tu preocupación, pero estoy bien, quizás ni embarazada siquiera. Debo quedarme aquí porque si perdemos la pista o algo se tuerce, la culpable seré yo y no tendré que volcar mi frustración con nadie que no sea yo misma. No voy a perder el control, quiero que todo salga bien. Marchaos. No voy discutir ni repetirlo más.

Ante el cambio en su voz, el matrimonio casi suspiró a la vez sin decir palabra. Resignándose a cumplir con lo mandado sin añadir nada, puesto que sabían que sería inútil.

Tras una breve despedida le desearon suerte, marcándose entre los árboles en busca de los caballos mientras rumiaban una creciente preocupación por todo lo que envolvía aquella misión.