Capítulo 33

Claudia alzó la vista de aquel mapa para observar brevemente que, a su lado en la cuna, Livia dormía aún. Antes de volver al papel, dirigió sus ojos a la mesa grande de la estancia, donde su hermano estaba sentado con sus dos sobrinos, ayudándolos con sus ejercicios de matemáticas.

La castaña había notado que en aquellos tres días desde la marcha de Nuray, Ezio se encontraba más serio, y aunque consiguiera fingir lo suficiente con sus hijos, a ella no podía engañarla. Estaba abstraído en sus pensamientos más de lo normal, sin querer apenas estar solo. No quería seguir dándole vueltas a la cabeza, era evidente.

Los ojos de su hermano encontraron los suyos tras unos instantes. Ezio forzó una leve sonrisa que ella le correspondió poco antes de que llamaran a la puerta de la casa.

Claudia hizo una señal con la mano mientras se levantaba, cruzando la sala hasta llegar al gran vestíbulo de escaleras que comunicaba con la puerta. En cuanto observó a quiénes la esperaban al otro lado, no pudo frenar sus palabras vaticinando el desastre.

-Oh, Dios. No puede ser. Pasad, por favor. -Agregó al recuperarse de la sorpresa, guiando a la pareja de asesinos hasta el comedor de los Auditore.

En cuanto Antonio y Flavia entraron en la estancia, Ezio se levantó de la silla con el shock impreso en la cara, pero no dijo nada.

-¿Dónde está mi madre? -Rompió el silencio la trémula pregunta de Giovanni. Flavia respondió con tono calmado.
-No pasa nada, está bien. Ella...
-Claudia -Interrumpió Ezio-, quédate con ellos, por favor. Acompañadme para poder hablar en privado.

El matrimonio asintió presto, siguiendo al hombre fuera del lugar, hasta la amplia cocina del palacete. Cuando se detuvo en medio de la sala y encaró a los asesinos, el gesto de sorpresa se había borrado de su cara; el enfado había ocupado su lugar.

-¿Por qué no está Nuray aquí como hablamos? ¿Qué ha pasado?

Antonio tomó aire y respondió tras una breve mirada a su esposa.

-Al principio no encontramos nada en la zona, ni en la casa Strozzi, pero por el camino del bosque encontramos de noche a uno de los hombres de Mendoza, uno de su guardia personal del día al asalto a la villa. Iba a quedarme yo, y seguir el plan, pero Nuray no cedía, maestro. Tuvimos que contarle la verdad tras nuestra insistencia, y eso fue peor. Sentimos mucho haber fallado. Nos haremos responsables de lo que pueda pasar.
-No, chicos. No es vuestra culpa, y si algo ocurriera, será solo culpa de Nuray, y mía por consentir esto. Gracias por vuestro trabajo, podéis iros. Me encargaré del resto.

La pareja hizo una leve inclinación de cabeza mientras seguía envuelta en el mutismo, para acto seguido, abandonar la estancia rápido. Casi a las puertas se encontraron a Claudia, pero sus palabras quedaron atascadas en su garganta cuando se escuchó un fuerte golpe en la cocina.

La mujer se asomó despacio por la puerta entre abierta, encontrando una de las sillas tiradas en el suelo, y a su hermano apoyado en el respaldo de otra, respirando con algo de celeridad.

-Ezio, no tiene por qué ir nada mal, no creo que Nuray sea tan poco precavida como para que pueda pasar algo…
-No puedo confiar, Claudia. Tú misma lo estás viendo. Voy a organizar un grupo para ir a buscarla antes de que sea tarde. Quédate con los chicos, por favor.

La castaña casi no tuvo tiempo de responder cuando él salió prácticamente corriendo de allí.


Nuray no pudo aguantar más. Ya lo había hecho bastante siguiendo a aquel hombre casi dos días sin conseguir nada, con lo que se adentró en la taberna donde había entrado él poco tiempo atrás, sin quitarse la capucha gruesa de su capa de viaje.

Se sentó en una esquina de la barra desde donde podía verlo en una de las mesas de la mediana taberna, bebiendo con otro hombre que no reconocía. Con un murmullo pidió algo de caldo al tabernero sin apartar la mirada del templario. Pero los minutos corrían y nada cambiaba, salvo que su fuego interno se iba avivando por el recuerdo de Yusuf y la impaciencia creciente. Finalmente habló al regente del lugar.

-Oye, ¿quién ese ese de la mesa del fondo? El de la barba larga, el castaño que habla con el calvo.
-No tengo idea, señora. Ninguno es de por aquí.

La frustración volvió a inundarla con la inútil respuesta, con lo que acabó el contenido de su cuenco de un buen trago directo del plato, fijando sus ojos en la pareja de nuevo, hasta que por fin hubo movimiento. Ambos hombres se despidieron y tomaron caminos diferentes. El templario salió de la taberna tras una discreta mirada de soslayo a la morena, que ni lo notó.

Tras esperar unos instantes, aprovechando la salida de una mujer, Nuray se lanzó a la calle para seguir al hombre, pero no lo veía por ningún lado. La morena maldijo por lo bajo y comenzó a caminar velozmente sin una dirección fija, tratando de encontrarlo.

Ante una rápida búsqueda por el pequeño núcleo de casas de la aldea rural, Nuray corrió casi hasta la taberna para buscar su caballo, atado a un árbol cercano, cuando al doblar la esquina antes de llegar a la taberna, alguien la agarró del brazo, estampándola contra la pared de aquel callejón en un movimiento veloz.

-¿Crees que soy idiota? Sé que llevas siguiéndome unos días, y sé que eres la puta de Auditore.
-Y yo sé que eres uno de los perros de Mendoza, por lo que morirás como él. -Dijo rechinando los dientes, no pudiendo liberarse del agarre inmovilizador del hombre.
-Era, me temo. Desde la villa ya no trabajo para él, he conseguido mi ansiado traslado lejos de ese perturbado mental. Pero igualmente entregarte a él me será muy bien recompensado.

El hombre sonrió y giró a la mujer para ponerla de cara a la pared con brusquedad, buscando con una mano algo en sus bolsillos para atarla, dando muestras de que tenía planeado aquel movimiento.

Nuray trató de luchar y sorprenderlo, pero no pudo engañarlo y sólo consiguió que golpeara su sien contra el muro mientras ataba sus muñecas con brusquedad, pasando después a sentir como el hombre volvía a rebuscar en sus ropas. Se pensó el actuar con sus piernas al notar el frío metal de un cuchillo contra su cuello.

-Ahora vas a subir al caballo conmigo, y te aseguro que a la mínima te lo clavaré hasta el mango, porque a Mendoza le importa una mierda que mueras o no, zorra. El que de verdad importa es Auditore.

La turca se limitó a mirarlo con odio, avanzando cuando la empujó hacia su caballo, el cual desató rápido sin alejarse de ella, ni el cuchillo de su piel. La mujer subió al animal con su brusca ayuda, notando cómo después se ponía tras de ella y hacia cabalgar al animal.

Debía pensar rápido algo, lo que fuera para liberarse de aquella situación, pero nada bueno acudía a su mente que no implicara morir en el intento. Maldijo interiormente mientras desechaba ideas, sintiendo la punta del cuchillo en su lumbar. Poco a poco, la desesperación ganaba terreno.

Finalmente, la mujer no se lo pensó más y actuó, a sabiendas del gran riesgo que acarreaba aquella locura, pero no había más opción.

Tras un codazo hacia tras con sus brazos y lograr hacerle perder el cuchillo, agarró las riendas para intentar frenar al animal, cayendo de él aún en marcha tras fallar en su intento de controlar la situación.

Nuray gimió de dolor mientras se incorporaba, sintiendo que la caída sobre su hombro izquierdo había sido dura, pero no pudo detenerse a comprobar nada al ver que el hombre había detenido el caballo y pretendía volver.

La turca corrió rápido a hacerse con el cuchillo perdido anteriormente, y gracias a su práctica pudo cortar lo suficiente como para aflojar sus ataduras, adentrándose en el espeso bosque cercano para ponérselo difícil al caballo. Al saber que no sería mucho aquello, se esforzó por trepar rápido un árbol con un par de ramas medio rotas al pensar un nuevo plan.

Sabía que era muy posible que el templario la hubiera visto, así que no se esforzó mucho por ser cauta, buscando una buena posición para observarlo avanzar rápido, escuchando como gritaba que estaba muerta.

Nuray no se lo pensó, y cuando lo tuvo lo suficientemente cerca se tiró del árbol sobre él, tratando de apuñalarlo en una zona vital, aunque el hombre fue rápido y no consiguió derribarlo del caballo ni herirlo muy gravemente.

Durante unos segundos ambos forcejearon y la morena cayó al suelo de nuevo, pero esta vez su sensación fue distinta al ver como el templario se llevaba la mano al lateral del cuello y huía. La turca se dejó caer al suelo a la vez que gemía de dolor, pero pronto sólo pudo suspirar con alivio.