Capítulo 34

Ezio se bajó la amplia capucha oscura que lo protegía de aquel viento gélido para llamar a la puerta, y ser reconocido al instante por Flavia.

-Maestro, adelante, por favor.
-¿Hay alguna noticia del grupo de Antonio? -Fue directo al grano, conociendo que el hombre y los otros dos asesinos habrían llegado la noche anterior a la aldea donde se quedó Nuray.
-Aún no, pero no tardarán en llegar. Seguro que al atardecer tendremos...

Las palabras de la castaña se vieron interrumpidas por el sonido de alguien llamando, con lo que se dirigió rápido a abrir, encontrando al otro lado a uno de los hombres de confianza de Ezio, quien además solía trabajar para ellos en Monteriggioni.

-Nuray ha regresado, maestro. Acaba de llegar al palacio hace nada.

El rostro de Ezio cambió al instante, y las palabras fluyeron veloces mientras se dirigía a la puerta de salida.

-Gracias, Lucca. Os veré en la reunión de esta noche, chicos.

Sin volver a cubrirse del frío por completo, el florentino corrió por las calles de su ciudad natal esquivando gente, acelerando ante la llegada a las puertas del palacio familiar. El resuello quedó en segundo plano cuando el fuego del enfado empezó a bullir en su interior, caminando por el vestíbulo hasta las voces de su familia en el salón principal.

Al entrar abruptamente en la estancia, pudo ver a la turca abrazando a sus hijos con una sonrisa. La indignación aumento al verla de ese modo, como si nada hubiera ocurrido. Cuando ella se percató de su presencia, Ezio fue el primero en hablar.

-¿Por qué lo hiciste? Iba a quedarse Antonio.
-No quería que pudiera perderse tal oportunidad. Debía asegurarme... -La voz cortante de Ezio pisó su frase.
-Y ya que eres, según tus actos y palabras, la mejor de la orden, dime ¿Qué has conseguido?

La morena sabía por su tono sarcástico que estaría pensando en lo cierto. No obstante, no se dejó avergonzar. El enfado consigo misma y la situación no se lo permitían, con lo que respondió con firmeza.

-No había mucho que conseguir. Ese hombre no trabaja para Mendoza ya. Y no creo que para nadie, de hecho, porque debe estar ya muerto.
-¿Acaso no te das cuenta de lo que estás haciendo, Nuray? -Preguntó el asesino con indignación-. Te pones en peligro inútilmente, y actúas sin obedecer a nadie ni nada. Estás faltando a tus propias palabras. ¿Acaso algo de lo que me dijiste antes de irte era verdad?

Los hijos de la pareja se sintieron a cada segundo más incómodos y asustados, observando como la discusión aumentaba en todos los sentidos. Nuray respondió con el mismo tono, algo elevado.

-¿Y qué hay de las tuyas? ¡Porque se te olvidó comentarme esa conversación a escondidas con Flavia y Antonio para quitarme del medio! No me creo mejor que nadie, Ezio, pero no quiero pagar mis frustraciones con nadie, joder. ¿No puedes entenderlo?
-¡Deja de pensar en ti, maldita sea! -gritó el italiano-. Somos un equipo, y se rige por normas y planes que consensuamos entre todos, y yo tengo la mala suerte de ser quien debe dar el veredicto final. Tú durante dos veces consecutivas has ignorado todo eso, a sabiendas de que te estabas dejando guiar por el ansia que despierta la rabia de tu sed de venganza. ¡Todos hemos perdido a Yusuf, Nuray! ¡¿Piensas que Claudia está pasándolo mejor que tú? ¿Crees acaso que tienes algún maldito privilegio sobre los demás por tu dolor?

La pareja ni siquiera se percató que la mentada había entrado poco antes, alertada por los gritos, y rodeaba a sus sobrinos por los hombros mientras trataba de tranquilizarlos, ya que se negaban a moverse de allí, horrorizados por la escena.

-¡Claro que no pienso eso, pero no voy a estarme de brazos cruzados si tengo la oportunidad! ¡Y menos porque tú tengas miedo, Ezio Auditore, y no confíes en que, a pesar de todo, tengo control! Yusuf no volverá porque yo me dé prisa en vengarlo, pero tampoco con las ganas de esconder la cabeza como tú tienes! ¡Si fuera por ti ni siquiera dirigirías la puta hermandad, y esa actitud también es peligrosa!

Ezio inspiró profundamente tras su grito, y respondió controlando el volumen de su voz, mirándola fijamente con el rostro tenso por la rabia.

-Me ocuparé de mis putos asuntos hasta que los acabe, aunque me pese en el alma, y por ello te advierto que, si vuelves a desobedecer y actuar por tu cuenta, me obligarás a expulsarte de la orden, aunque sea temporalmente, Nuray.

Ella reprimió la sorpresa y el daño de aquel comentario, hinchando el pecho con una fuerte inhalación, para responder después con un susurro colérico.

-No serás capaz de tal cosa.
-Te aseguro que, si es por salvar tu vida y la de los demás, lo haré sin que me tiemble el pulso. Estás fuera de control, y mi trabajo, por mucho que quiera esconder la cabeza, es impedir que alguien como tú joda todo por egoísmo y no saber gestionar sus emociones.
-Pues que así sea, maestro. -Respondió la mujer después de unos segundos, imitando su postura fría y cortante, a pesar de sentir una nueva oleada de odio.

El italiano no esperó nada más tras aquello, simplemente anduvo veloz hacia la salida, cerrando con un fuerte portazo mientras en la estancia sólo se escuchaban los sollozos de los niños.


Ezio se levantó de la escalera cuando escuchó una puerta cerrarse, sabiendo perfectamente que era la del dormitorio que Nuray había vuelto a elegir como alcoba. Poco después, observó llegar al médico que había hecho llamar ella misma para revisar su estado.

El italiano se sintió nervioso ante la nula información que tenía sobre lo que Nuray había vivido contra ese templario, y que llamara a un médico sólo había empeorado su miedo, con lo que esperó paciente a que el doctor terminará para enterarse de qué ocurría.

No tuvo que decir nada cuando el hombre se adelantó, al verlo allí con aquel rostro compungido por la preocupación.

-Su mujer está bien, sólo tiene heridas superficiales, y le he colocado un hombro que no había podido recolocarse tras dislocárselo. A pesar de la caída del caballo que sufrió, todo está en orden. He podido confirmar al fin que está embarazada. Debería empezar a pensar en tomárselo todo con más calma y comer más.
-Gracias, doctor. Muchas gracias.

A pesar de pretender sonar animado, el italiano no logró desprenderse de aquel halo lóbrego que teñía su ánimo, ante todo lo acontecido hacía unas horas. La sensación además se veía aumentada después de conocer la noticia, y por pensar que tan feliz nueva no tenía efecto casi, ya que ni se hablaba con su mujer.

Tras un suspiro caminó hacia la cocina, desechando la idea de ir al dormitorio de sus hijos para acostarlos antes de ir a la reunión de la media noche. No tenía fuerzas para fingir con ellos y mentirles diciendo que todo estaba bien, no después de que hubieran escuchado todo aquello.

Ezio cogió una botella de vino y se sentó a la mesa del lugar, abriéndola para beber directamente de ella. No se enteró de que Claudia entraba poco después, cerrando tras ella.

Sin hablar, la mujer se sentó a su lado y lo contempló de reojo con una dolorosa resignación, puesto que sabía que poco podía hacer para que él estuviera mejor. Como su hermano, tampoco veía que aquello fuera a llegar a buen puerto.

-Ezio, lo siento mucho. Intentaré hablar con Nuray, quizás yo consiga algo. -Comentó mientras lo veía volver a beber, negando con la cabeza tras depositar la botella.

-No, Claudia; es inútil, lo he sabido desde el principio, pero me aferro a las pocas esperanzas de que las cosas no sigan dirigiéndose al caos. Sólo cuando todo se vaya al traste, o gane, parará, y será demasiado tarde. La matarán, y si no lo hacen acabará dejándome.

-No, claro que no, hermano. Ella jamás dejará de quererte, y no se dejará llevar tan lejos, por los chicos.

-Ya has visto lo que ha pasado antes. Los dos hemos perdido los nervios y ni siquiera nos ha importado que ellos tuvieran que sufrirlo. -El italiano se llevó las manos al rostro tras un suspiro, volviendo a hablar al quitárselas. -No puedo más, Claudia. Todas mis responsabilidades me superan y pesan cada día más. César Borgia me dijo una vez que acabaría odiando lo que tanto amaba, y tenía razón, ahora lo comprendo. Esta absurda lucha acabará quitándomelo todo. No puedo siquiera describirte el sufrimiento que me causa ver como se dirige al abismo, como a pesar de saber que va a caer por él, no puedo detenerlo.

Claudia apretó los labios al ver como el asesino limpiaba las lágrimas que fluyeron de sus ojos, pero de su garganta constreñida fueron incapaces de salir palabras de ningún tipo. Abandonó del todo su tarea cuando Ezio murmuró entrecortadamente que estaba aterrado, rompiendo a llorar mientras ella lo abrazaba.