Capítulo 35
Los breves cometarios de Claudia y el sonido de la cubertería era lo único que se escuchaba de vez en cuando en el comedor de palacio Auditore. La mujer sabía que aquello que intentaba era inútil, y ni su hermano ni sobrinos iban a elevar el ánimo ante la situación, pero era incapaz de hundirse en aquel silencio lóbrego.
De reojo observó al hombre, removiendo el contenido de su plato, prácticamente intacto, aún perdido en sus pensamientos sobre Nuray. Ella no había vuelto a la casa desde que se fueron a reunir con los asesinos de la ciudad en la mañana.
Ella y Ezio ni siquiera se habían hablado tras la discusión del día anterior, y la incomodidad entre ambos podía palparse incluso, con lo que su hermano estaba optando por intentar rebajar aquella tensión, antes de poder hablar con ella. El temor a empeorar las cosas lo había sumido en la quietud total y el mutismo.
Claudia dirigió la vista a su sobrino cuando dejó caer la cuchara de madera sobre el plato, alzando la voz con mucha duda para hablarle a su progenitor de forma trémula.
-¿Cuándo va a volver madre, padre?
-Volverá pronto, cariño. -Respondió a penas sin mirar al niño, ni siquiera fingiendo por sonar creíble. Giovanni pensó unos segundos, atreviéndose a continuar.
-¿Por qué estáis tan enfadados? ¿Cuándo vais a hacer las paces?
Ezio suspiró y soltó su cubierto, pero no pudo decir nada cuando Adara respondió a su hermano con firmeza, pero dejando ver en el tono de su voz que aquello también le preocupaba y entristecía.
-Madre no quiere obedecer a nadie, sólo busca vengar al tío Yusuf a cualquier coste. -El italiano fijó los ojos fugazmente en los de la muchacha, ignorando el dolor que le provocaba observar sus rasgos tan parecidos a los de su mujer, buscando una forma de fingir y mentir a los chicos.
-Vuestra madre está enfadada, es cierto, pero es inteligente. Todo saldrá bien. No tenéis que preocuparos por nada; estamos bien.
-No puedes mentirnos, padre -agregó Adara veloz, con un deje de reproche en la voz-; Estábamos delante, escuchamos todo, y a pesar de que no fuera así, es evidente.
-Lo siento, chicos.
El silencio se hizo tras el comentario que fue capaz de crear Ezio, rendido de intentar inútilmente engañar a nadie. Claudia pronto intervino ante la visión de absoluta rendición de su hermano.
-Venga, chicos. Terminad e iremos a leer algo antes de dormir, ¿vale?
Los niños asintieron ante la mirada suplicante de su tía, entendiendo que aquello había sido más que suficiente.
Mientras los tres se movilizaban, la criada de la casa entró en la sala, acercándose al hombre mientras alzaba su mano mostrando algo.
-Ha llegado una carta urgente desde España.
-Gracias, Laura. Retírate a dormir si lo deseas, yo me ocuparé de esto.
-Gracias, señor.
El hombre abrió la carta cuando estuvo solo, encontrando una cuidada y alargada caligrafía que no reconoció, pero enseguida supo que venía de parte de Alba, la asesina que guiaba a los asesinos de Valencia.
"Estimado maestro;
Sé que este medio es muy poco fiable en el momento en el cual nos encontramos, pero Valencia está intensamente vigilada, por lo que enviar a alguien era aún peor, porque son pocos ya los que no son reconocidos en la ciudad como parte de nuestra hermandad, así que sólo queda pedir al cielo porque esta carta no sea interceptada.
Hace un par de semanas comenzó un movimiento inusual de tropas, pero sólo una pequeña parte eran de la corona. Alguien de la nobleza empezó a reclutar soldados de forma privada, con el visto bueno de las autoridades. Ahora sabemos que son la poca familia Borgia que queda aquí, y está unida a la única superviviente en Italia, Lucrecia.
Mendoza está reclutando un ejército personal, maestro, lo sabemos a ciencia cierta, igual que sabemos que embarcará hacia Italia en una semana más o menos si todo les sale como prevén. ¿Cuál es la parte mala? Que no sabemos hacía dónde irán con exactitud, ni dónde se esconde Mendoza.
Ante la magnitud de la batalla que se vaticina, hemos comenzado a movilizarnos en España, maestro. Iremos a ayudar enseguida, y lo haremos con nuestros hermanos franceses, a los cuales he avisado. Espero haber acertado en mi decisión y veros a todos pronto en vuestra tierra.
Alba. "
Ezio se levantó veloz de la silla, con el miedo palpitando con fuerza dentro del pecho ante la nefasta noticia. Si nada variaba los planes, el tiempo se les echaría encima y Mendoza podría sorprenderlos.
El hombre corrió en busca de su capa para salir en busca de su gente, y movilizar a los asesinos para hallar el lugar donde atracaría ese barco, pero cuando bajaba las escaleras tras salir de su dormitorio, la puerta de entrada se abrió dando paso a Nuray.
-¿Dónde vas con tanta prisa? -Preguntó ella con tono neutro, quitándose la capa oscura mojada por la leve lluvia de la noche.
-Alba me ha escrito. Mendoza recluta un ejército en España y llegará en una semana probablemente, y ellos también. Hay que ponerse en marcha y averiguar dónde atracarán para adelantarnos a ellos. Hay que avisar a Rosa y Maquiavelo, vigilar los principales puertos del oeste.
-Yo puedo ir a Roma a avisar a Maquiavelo. No tienes muchos hombres cerca para ir a varios sitios. -Soltó la morena, haciendo que Ezio se alejara de la puerta de salida, volviéndose para mirarla. Su tono fue cortante y firme.
-No, Nuray. Tú no irás a ninguna parte sola, no me dejas más opción que no confiar en ti después de lo sucedido. Alguien debe quedarse con los niños, y creo que después de ver cómo se sienten respecto a ti estos días, deberías ser tú.
-No vas a dejarme fuera de esto, Ezio. No pienso obedecer eso. -Le desafió con la mirada tras aquel comentario hiriente, que sabía era certero.
-Entonces no me dejas otra alternativa. Estás fuera de la orden a partir de este preciso momento, Nuray.
La morena disimuló la sorpresa, y control su genio mientras seguía clavando sus ojos en los de él, que se veía igual de enfadado. Tras unos instantes, la turca habló con firmeza.
-Conozco las reglas como tú. Para que sea válida debe haber testigos al menos.
-¡Claudia! -Gritó Ezio tras inspirar con fuerza para relajarse y no discutir.
Ambos esperaron en silencio a que la mujer apareciera por las escaleras, bajando al verlos allí tan tensos, enfrentados. Sabía que aquello iba a acabar mal.
-¿Qué ocurre, Ezio? -Preguntó al llegar al nivel de la pareja, pero su hermano la cortó prácticamente, hablando con tono frío, mirando a su mujer sin atisbo de humor.
-Nuray Sayari de Constantinopla, quedas expulsada temporalmente de la hermandad de asesinos por tu conducta y desobediencia hacia tus superiores. Desde este momento, no podrás asistir a nuestras reuniones, trabajar con los asesinos, ni portar el atuendo ni nuestros símbolos hasta que yo u otro maestro restablezca esta resolución. Claudia Auditore es testigo de ello, y si necesitas más, mañana escribiré a los responsables de los grupos italianos para que secunden mi decisión; pero como conoces las normas, sabrás que como maestro de la hermandad tengo el poder suficiente para que desde este momento no seas uno de los nuestros.
Ezio no dijo nada más, limitándose a girar sobre sus talones y dirigirse a la puerta, cerrándola con un fuerte golpe tras salir.
Claudia no tuvo tiempo de intervenir cuando Nuray hizo lo mismo, pero dirigiéndose hacia la habitación que estaba ocupando desde que había empezado su pelea con el italiano.
