Capítulo 36

Ezio entró en el palacio de su antigua familia con un resignado suspiro, cansado tras una larga jornada de trabajo con los asesinos para movilizar a todos antes de que el desastre fuera inminente.

Claudia, quien había estado con él todo el día, se había encargado de continuar con la tarea de logística en su nombre para que se fuera a casa y tratara de descansar. A pesar de que sabía que no había dormido apenas desde que su última discusión con Nuray lo había conducido a expulsarla, sus ojeras hablaban por sí solas del hecho.

Por otro lado, en aquellos dos días pasados, la turca se había encerrado en la habitación que ocupaba desde hacía ya algo más de una semana, apenas sin dejarse ver, sobre todo delante de su marido. Ezio no esperaba que aquella noche fuera diferente.

La criada principal de la casa llegó al vestíbulo ante el sonido de la puerta, mirando con una lástima encriptada en los ojos al asesino.

-Señor Auditore, buenas noches ¿Quiere cenar, señor?

-No, Laura, gracias. Acuéstate. ¿Están dormidos ya los chicos? -Añadió antes de que la mujer se fuera tras un leve gesto de cabeza.

-Sí, señor. La señora estuvo con ellos en la cena y los acostó hará un par de horas. Ella apenas ha comido en todo el día, y tampoco se ha movido de aquí. Pasa el día encerrada en el cuarto, o ayudando a los niños con sus tareas.

Ezio asintió y le agradeció el informe del día sobre Nuray, colgando la capa en la entrada mientras se deshacía de sus armas, caminando hacia su alcoba con desgana.

Al entrar se quedó quieto sujetando el pomo, viendo allí a la turca. Parecía recoger sus cosas del cuarto, guardándolas en su zurrón de viaje. Ella no se detuvo a pesar de su entrada, observando de soslayo como depositaba sus armas en uno de los muebles antes de hablar.

-Nuray ¿Qué estás haciendo? Oye, hablemos, por favor. -Agregó tras una breve pausa-. Dejemos a un lado el trabajo y hagámoslo sólo como un matrimonio. Estoy preocupado por ti, no intento echarte un pulso como piensas.

La morena suspiró discretamente, terminando de guardar una de sus camisas, para después quedarse quieta y mirar al hombre a los ojos, hablando con una calma resignada.

-A pesar de mi enfado, lo sé, Ezio. Y siento estar perturbándote, pero no puedo hacer nada para calmarme. Y lo único que podía hacerlo, que era trabajar, me lo has quitado. No te lo digo reprochándote nada, que conste.

-¿Por qué estás recogiendo tus cosas? -Agregó tras un eterno silencio, sintiendo un gran miedo en su interior ante no saber qué hacer o decir para ayudarla.

-Me voy a Estambul, Ezio. Si me quedo aquí no voy a poder obedecer, y eso acabará con mi carrera y con nuestra familia. Allí no tendré oportunidad de cruzar ningún límite, podré relajarme y centrarme en otras cosas. Mañana se lo diré a los niños, y si quieren venir, me los llevaré. Será más seguro para ellos estar lejos de Italia ante lo que se viene.

Ezio quedó atropellado por la noticia, sumido en un completo mutismo mientras asimilaba aquello, y ella volvía a seguir guardando pertenecías en el zurrón. Tras unos instantes, el italiano no pudo contener su repentino enfado y habló con reproche en la voz.

-¿Por qué pretendes castigarme, Nuray? ¿No puedes darte cuenta de que esto lo hago para que no te maten, o alguien más pueda resultar herido? Sé cuánto te duele todo esto, lo de Yusuf, que te haya alejado de la orden… ¡No lo hago por gusto, por Dios, créeme!

-Ezio, te he dicho que te entiendo, y yo haría lo mismo en tu lugar, no soy una inmadura, pero no puedo estar aquí ¡No así! ¡Entiéndame tú a mí! No quiero llevarme a los niños para castigarte, quiero protegerlos de una maldita batalla campal dentro de unos días, ¡maldita sea! -Terminó por alzar la voz como él había hecho, mirándolo fijamente.

-Ni siquiera sabemos dónde lucharemos, y eres tan consciente como todos -Reprochó sin gritar, señalándola con el dedo brevemente. -No pretendas buscar excusas, Nuray, porque tú podrías protegerlos aquí o en Monteriggioni, sin tener que embarcarte durante un mes y poner en peligro al hijo que esperamos. Tienes embarazos complicados, te lo dijo el médico con Adara, y volvió a repetírtelo con Giovanni. Tú irresponsabilidad habla por sí sola de las intenciones que realmente te impulsan.

La mujer apretó la mandíbula, visiblemente enfadada ante las palabras y tono del asesino, a quien se acercó más para responderle con una frialdad recubierta de rabia.

-Bien, Ezio. Yo soy una irresponsable, puede que tengas hasta algo de razón. ¿Pero sabes qué más me impulsa a llevármelos de tu lado? El que tú también lo seas. ¿Pretendes quedarte mirando en retaguardia llegado el momento de luchar contra Mendoza, mientras tu hermana y amigos dan la vida? No, claro que no… cometerás la temeridad de presentarte en ese campo de batalla con la movilidad del brazo derecho a la mitad, y sin saber luchar con la izquierda. Me los llevo para que no tengan que verte morir a ti también, para que no tengamos que hacerlo ninguno, porque no podremos soportarlo.

Ezio trató de hablar con aquel nudo en la garganta tras el impacto de aquello que no había casi pensado, pero Nuray cogió el zurrón con velocidad, y trató de irse con la misma prisa.

-Nuray, yo no… -Susurró al fin mientras sujetaba su brazo con suavidad. Ella apenas lo miró para que no pudiera ver sus ojos anegados en lágrimas.

-Cállate, Ezio. Y no me sigas. Quiero estar sola.

El hombre no dijo nada, y simplemente soltó el agarre despacio, observándola salir del cuarto. Ezio entonces se sentó en la cama del dormitorio, y tomando aire se pasó las manos por el rostro, no pudiendo evitar que sus propios ojos se tornaran vidriosos.


-¡Ezio, Ezio! ¡Tenemos que hablar!

El italiano despertó sintiendo la pesadez en su cuerpo y mente tras haber dormido muy mal aquella noche, pero se incorporó rápido para ir a abrir a su hermana, quien aporreaba la puerta prácticamente.

-¿Qué pasa? -Preguntó mientras se pasaba la mano por el rostro, sin disimular la decadencia que sentía.

-¿Estás bien?

-Sí, sólo me duele la cabeza. Habla, Claudia. -La instó rápido, queriendo acabar con lo que fuera que traía. Los ojos de la castaña se fijaron en los suyos, hablando con premura.

-Mendoza está en Génova. Allí atracarán sus refuerzos de España. Al parecer tiene una casa en la ciudad que compró de forma muy discreta hace tiempo. Maquiavelo ha mandado una carta contándolo todo. Lo descubrieron interceptando correo de un capitán de la guardia de Giuliano. Toma. -Agregó pasándole la carta, que el italiano leyó con velocidad.

-Tenemos que ponernos en marcha de inmediato. -Susurró más para sí mismo, apartando los ojos de la carta.

Claudia contempló como corrió por la habitación para buscar sus botas, saliendo después corriendo del cuarto, mientras su hermana gritaba que la esperara.

Los hermanos bajaron la amplia escalera que conducía al vestíbulo, hablando de quién avisaría a quién para reunirse de inmediato y trazar el plan de actuación, cuando se cruzaron con la sirvienta del lugar cruzando la estancia. Laura se asustó levemente cuando Ezio la habló de aquella forma atropellada antes de salir por la puerta.

-Laura, quédate con los niños, por favor. Si Nuray pregunta dile que tenemos una reunión. ¡Qué no se mueva de aquí!

La criada asintió rápidamente, parpadeando con sorpresa antes de que la puerta se cerrase con velocidad.

Nuray se pegó contra la pared velozmente para que Laura no la viera desde el vestíbulo, volviendo dentro de la habitación donde dormían sus hijos. Su cabeza no dejaba de pensar en aquello que había oído.

Desde luego algo gordo habrían descubierto para que Claudia aporreara la puerta de su hermano de ese modo, y al instante ambos salieran de la casa corriendo.

-¿Qué ocurre, madre? -Giovanni la sacó de su ensimismamiento.

-Nada, cariño. Todo está bien. Venga, debéis prepararos para estar listos cuando llegue el profesor.

Los dos niños obedecieron con pocas ganas, saliendo de la cama mientras contemplaron con extrañeza a la morena abandonar la estancia rápidamente sin decir nada.