Capítulo 37
Nuray se dejó caer sobre la cama del dormitorio con un suspiro lleno de enfado.
El sentimiento no hizo sino aumentar al ver el desorden que había provocado en el cuarto donde Ezio dormía, y ahora debía arreglar, para que no notara nada a su vuelta de aquella importante y repentina reunión a la que había ido con su hermana.
La turca había conseguido que Laura le contase que su marido había recibido una carta, y debido al contenido de aquella, se había organizado aquel revuelo del cual él quería alejarla. Estaba claro que habían llegado novedades en relación con Mendoza, y que Ezio se había llevado el valioso papel con él.
La mujer se levantó de la cama y comenzó a ordenar las cosas mientras pensaba en otras alternativas para enterarse de las novedades sin llamar la atención. No podía ir a intentar escuchar nada, puesto que acabarían encontrándola y encima no escucharía nada. Tampoco podía presionar a nadie para que le contaran la verdad, puesto que acto seguido avisarían a Ezio de todo, y menos aún pensaba que su marido le diría la verdad. Ahora ella estaba fuera de la orden, no tenía ningún derecho a saber nada que perjudicara el trabajo de los asesinos. La única opción era intentar quitarle esa carta.
Un nuevo suspiro salió de su garganta, esta vez de frustración. No tenía ni idea de cómo hacer aquello sin que se enterase, pero debía buscar la forma de ir a por el hombre que le había quitado a Yusuf, o el fuego de su interior la consumiría.
Una vez más, su recuerdo hizo que las lágrimas acudieran a sus ojos ante la marea de emociones que la desbordaba. Con el corazón acelerado por la rabia y los prominentes sollozos, Nuray se sentó de nuevo en el lecho y trató de tranquilizar su fuero interno.
-¡Madre! ¡Madre!
Los gritos de Giovanni acercándose a su posición hicieron que se levantara veloz y limpiara su rostro, lista para la abrupta entrada del niño.
Giovanni contempló con algo de extrañeza a su madre unos segundos hasta que la turca habló, esforzándose por tratar de sonar natural.
-¿Qué pasa, cariño?
-Laura dice que ya está la comida lista. ¿Qué haces aquí, madre?
-Buscaba una camisa que no encuentro, pero ya la verá papá en algún momento. Venga, bajemos a la cocina.
El niño ni dijo nada, dejándose guiar por la mujer mientras lo empujaba levemente con una mano por la espalda, cambiando de tema.
Los hermanos Auditore entraron en el palacio cuando el sol había caído y un fuerte viento se había levantado con la llegada del atardecer. A lo lejos se escuchaban las voces de los niños, pero nadie había notada que habían llegado. Ezio entonces habló mirando a la castaña.
-Prepara tu zurrón, Claudia. Yo hablaré con Nuray luego a solas.
La mujer asintió y se dirigió a la escalera, con lo que el hombre puso rumbo a la cocina mientras se quitaba la capa. En cuanto los dos niños lo vieron entrar por la puerta, se levantaron y corrieron a abrazarlo. Aquello hizo que Ezio dibujara una sonrisa y hablara ante tal euforia.
-Eh, ¿qué pasa? Ni que hubiera estado fuera meses.
-Pensábamos que había pasado algo, padre. Como te fuiste con tía Claudia de esa forma y habéis tardado tanto en volver… -Comentó Adara mientras volvían a sus asientos, instados a que continuaran. El asesino cruzó la mirada con la de Nuray, quien seguía sentada a la mesa sin decir nada.
-No pasa nada, chicos. Siento haberos asustado, pero era importante. Me temo que voy a tener que marcharme mañana, no obstante.
-¿Habéis encontrado a Mendoza, padre? -Preguntó Giovanni al instante, haciendo dudar a Ezio, quien con disimulo escogió bien sus palabras.
-No estamos seguros, pero aún así debemos ponernos en marcha. Venga, terminad de cenar y os acompañaré a la cama.
Los niños no dijeron nada y se limitaron a obedecer, incómodos ante la tensión percibida entre los dos adultos que sólo se miraban de soslayo, pero sin intercambiar una sola palabra o gesto.
Cuando hubieron terminado con la cena, los chicos se levantaron y salieron del cuarto a la orden de su padre de emprender el rumbo. El italiano aprovechó aquellos instantes de soledad entre él y la turca para hablar.
-Cuando consiga que se duerman podemos hablar.
-Bien. Te esperaré en tu alcoba. -Respondió ella laconiamente, levantándose para abandonar la estancia. Ezio sólo pudo inspirar con fuerza para prepararse mentalmente, poniendo rumbo al cuarto de los niños mientras rezaba por ser capaz de fingir con ellos.
Nuray se tensó cuando la puerta del dormitorio se abrió, dando paso a Ezio, quien con visible cansancio, dejó con desgana las protecciones que portaba sobre uno de los muebles. La mujer se levantó de la cama despacio mientras hablaba.
-¿Qué es lo que pasa?
Antes de obtener respuesta, observó con emoción que el italiano dejaba un papel doblado sobre otro mueble, empezando a quitarse la ropa con lentitud.
-Maquiavelo ha escrito y hay novedades sobre dónde puede estar Mendoza, o desembarcar su tropa, puede que ambas. Claudia y yo partimos al alba con parte de los asesinos de Florencia. Si los niños no quieren ir contigo a Estambul, quizás no les quede otro remedio. -Añadió mientras dejaba las botas a un lado de la cama, pasando a quitarse la camisa.
-No voy a irme. Estaremos aquí. Las noticias llegarían con demasiada tardanza y no podría soportarlo.
-Bien. Algunos de los que van a quedarse estarán vigilando por si intentaran de nuevo ir a por los chicos. Dios sabe cuándo averiguarán lo que sabemos y que nos hemos ido.
-¿Dónde está Mendoza? -Preguntó tras un silencio la morena, observando como Ezio terminaba de lavarse frente a la cómoda donde había dejado la carta. Como esperaba, el tono de su marido fue cortante.
-Eso no te incumbe. Estás fuera de la orden y no tienes permiso para luchar contra los templarios. Debes quedarte aquí y cuidar a los niños, y a ti misma.
-Soy tu esposa, quiero saber dónde vas, y a qué tengo que atenerme. ¿Acaso crees que no me importas, que estoy tan enfadada que sólo pienso en matar a ese hombre y me he olvidado de que existes?
-Si te soy sincero, Nuray… es un poco lo que siento estos días. Si hablamos es sólo para discutir, no nos miramos, ni dormimos juntos. Ni siquiera nos hemos besado en días. Estás enfadada, y lo entiendo, pero si lo que querías era castigarme por apartarte de la orden, te aseguro que está siendo más que suficiente.
-Por favor, basta ya con eso. No quiero castigarte, sólo quiero que me dejes hacer mi puto trabajo, Ezio. Deja de tratarme como a una niña.
-Si no te comportaras como tal, arriesgándote sin control, lo haría. -Agregó sin perder los nervios, viendo que ella inspiraba con fuerza para no estallar.
-Genial. Pues entonces, y a la vista de que no vas a decirme nada, me voy. Esperaré a que alguien venga a traernos tu cuerpo cuando te maten.
La morena avanzó hacia la puerta con decisión, pero Ezio fue tras ella con la misma energía, agarrándola del brazo y girándola para que lo mirara. Su tono delató su enfado al instante.
-Sé que te encantaría ocupar ese lugar, pero esta vez no vas a salirte con la tuya, Nuray. No voy a ser un imprudente como piensas, pero tengo que dirigir a esos hombres y mujeres porque soy el maldito maestro.
-Suéltame, Ezio.
-No. Las conversaciones no se acaban sólo cuando tú quieres. Vas a escucharme.
-Sabes que no tendré reparos en soltarme por la fuerza. No me obligues a hacerte daño.
Ezio emitió un quejido a modo de risa ácida, y sin aflojar el agarre habló con firmeza, clavando sus ojos en los de ella. Toda su pena y frustración se había convertido en ira, tal y como le pasaba a la mujer.
-Vamos, Nuray. Pégame, no te cortes si eso te hace sentir mejor. Quizás si explotas de una vez vuelves a ser tú, y consigues ver esta espiral envenenada en la que estás metida. ¡Vamos, hazlo!
Cuando Ezio alzó la voz y la sujetó con más fuerza, Nuray reaccionó al instante con su brazo libre y pierna contraria tratando de golpear al hombre en el estómago, pero el asesino bloqueó su movimiento.
Velozmente y sin mucha delicadeza, Ezio pasó a agarrar sus dos brazos y estamparla contra la pared, apretando su cuerpo contra el de la turca para que no pudiera usar las piernas de nuevo. Con la respiración acelerada, ambos se miraron fijamente durante unos segundos, hasta que Nuray sorprendió enormemente al italiano besándolo con ansia.
No tuvieron que transcurrir más de un par de segundos para que Ezio olvidara aquella sensación y se entregara a saciar sus irrefrenables ganas. Enseguida soltó sus muñecas y abrazó su cintura con un brazo, llevando su mano libre al rostro de la mujer, quien comenzó a empujarlo hacia la cama.
Ninguno perdió tiempo en desnudar por completo al contrario con una pasión desmedida, como temiendo que aquello pudiera acabar en cualquier instante, con lo que no abandonaron la premura hasta llegar al final.
El silencio se hizo denso cuando ambos deshicieron la postura y quedaron recostados, recuperando el aliento mientras miraban al techo del cuarto. Aquello se sentía extraño para los dos, pero el miedo a volver a las disputas fue mayor a romper la situación, hasta que Nuray dio el primero paso.
Ezio se extrañó cuando la turca se abrazó a su torso sin decir nada, y ante la tremenda sensación de alivio y nostalgia que lo invadió, sólo si limitó a responder su abrazo y dejar que el sueño fuera acunándolos lentamente. Aquella noche ambos podrían dormir.
Nuray despertó en la penumbra del dormitorio donde sólo una de las velas quedaba encendida, y con cuidado se giró para observar a su marido, comprobando que estaba totalmente dormido. La turca no pudo sino suspirar con una agridulce sensación dentro, pero se obligó a obviar aquello. Había algo más importante.
Lentamente se incorporó y salió de la cama, dirigiéndose a la cómoda frente al lecho para coger la carta de Maquiavelo, acercándose después a la vela y débil luz para leer con avidez.
Génova. Ese era el lugar. Debía ponerse en marcha para ganar todo el tiempo posible a Ezio e impedir que la atrapara antes de llegar, con lo que saldría en ese mismo instante al abrigo de la nocturnidad.
