Capítulo 39

Al caer la tarde, Claudia y Ezio había logrado llegar a Génova, esperaban que sólo un día por detrás de Nuray a lo sumo, aunque a esas alturas no descartaban nada sorprendente.

La pareja se dirigía al puerto en sus caballos, envueltos en el silencio hasta que Claudia lo rompió, inmersa en sus dudas.

-¿Por dónde vamos a empezar a buscar? No conocemos la ciudad, ni a nadie aquí.

-Buscaremos en las tabernas. Todas las ciudades tienen al menos una aliada de la hermandad.

La mujer no dijo nada en respuesta, aunque tampoco le pareció la mejor idea para ser discretos, pero no había mucho donde escoger ante la situación. Continuando con el mutismo, se alejaron de las proximidades del muelle para adentrarse en las calles de la gran ciudad, atentos a su alrededor.

Con los dos primeros locales que probaron no hubo suerte, aunque tuvieron que agradecer que al menos no eran enemigos ni sospecharon de ellos, con lo que, resignándose, se encaminaron en busca de la siguiente.

Salieron de aquel callejón y entraron en una calle amplia donde aún circulaba gente, y algún que otro carro de carga. Pudieron observar un par de carteles de tabernas a ambos lados de la avenida, movilizándose hacia el más cercano.

-¿Ezio?

Tanto el mentado como su hermana giraron sus animales para encarar a la dueña de aquella reconocible voz.

-¡Rosa! ¿Qué haces aquí? -Habló con sorpresa el italiano, descabalgando para acercarse a ella, abrazándola fugazmente. Claudia lo imitó, fijándose que la veneciana había salido de una botica.

-Maquiavelo nos envió una carta hace semanas para contarnos las novedades, a la vez que a ti, así que vinimos enseguida. Pero este no es buen lugar para hablar. Vamos al escondite.

Antes de que pudiera dar un paso, Ezio la detuvo sujetándola de los hombros, hablando con aquel deje, ya siempre presente en su voz, de desesperación.

-Rosa, tengo que encontrar a Nuray. Está fuera de control desde lo de Yusuf. He tenido que expulsarla de la orden temporalmente, y huyó hace unas noches de casa para venir a buscar a ese bastardo.

-Está con nosotros. -Intervino veloz, para después callarse, sin saber cómo seguir. -La encontraron anoche. Fueron a buscarla a una aldea cercana, porque supimos que los templarios la seguían, aunque no sabemos desde cuándo o cómo se enteraron. Unos mercenarios la asaltaron en la posada donde se hospedó y… bueno, no llegamos todo lo pronto que debimos.

-Qué ha pasado, Rosa, ¡dímelo! -Instó con impaciencia Ezio, clavando sus ojos en los de ella. La morena habló a bocajarro.

-La apuñalaron en el vientre. El médico estuvo toda la noche operándola; al parecer el corte fue en un sitio complejo y el embarazo no ayudaba. Esta grave, aunque estable por el momento. Aún así, el médico dice que no puede confirmar lo que pueda pasar. Ha perdido el bebé y aún está inconsciente. Lo siento mucho, Ezio.

-Llévanos con el resto, Rosa. -Intervino poco después Claudia, al ver que su hermano caía en el silencio ante el desasosiego de la noticia.

La morena asintió levemente, y subió con Claudia en el caballo mientras los guiaba por el camino hacia el escondite de la hermandad, en la zona de los arrabales.

No tardaron mucho en alcanzar las afueras, donde las casas más pobres se amontonaban a un escaso kilómetro del puerto. La frialdad de la noche suavizaba los olores que el lugar emanaba, confirmando que los vientos soplaban en aquella dirección.

Los tres descabalgaron cerca de una taberna poco ruidosa, dejando los caballos cerca junto con otros de viajeros, para seguir a Rosa al interior.

Los hermanos Auditore notaron que la veneciana saludaba con una inclinación de cabeza al hombre calvo tras la barra, atravesando la zona de mediano tamaño poco concurrida, para llegar a una puerta cerrada con llave. Rosa abrió y los invitó a pasar primero.

Ezio avanzó por el pasillo estrecho al que comunicaban dos puertas, esperando que Rosa volviera a tomar el control para dirigirse a la más alejada, que abrió con la misma llave. Gracias a la pequeña iluminación del pasillo donde se hallaban, pudieron ver unas escaleras de descenso.

Pronto la claridad comenzó a visualizarse a medida que bajaban, revelando a una distancia media la habitación grande de la que emanaba la luz. Era austero, sin nada en las paredes. Una gran mesa cuadrada en el centro y varias sillas presidian la sala, y varias estanterías rodeaban. Los murmullos de los que allí estaban tampoco se hicieron esperar.

-Ezio… No os esperábamos tan pronto. -Habló Maquiavelo en cuento él y su interlocutora los vieron aparecer. Una mujer a la que los hermanos no conocían.

-¿Dónde está Nuray? ¿Ha despertado?

Los presentes guardaron unos instantes de tenso silencio, contemplando la angustia del hombre. Cuando Maquiavelo negó con la cabeza, el castaño se pasó una mano por el cabello en un gesto desesperado. Rosa rompió aquella atmósfera al instante.

-Acompáñame, te llevaré con ella.

El florentino la siguió al momento, cruzando la sala para llegar a un nuevo pasillo al que desembocaban varias puertas. Rosa se detuvo frente a la correcta, susurrando que si necesitaba algo estaría con el resto en el salón, para después dejarlo solo.

Tras coger aire con dificultad, Ezio abrió la puerta y encontró un pequeño habitáculo que claramente se usaba para aquellos fines. Rodeando la cama sólo había una mesa con varias cosas médicas, y una estantería llena de frascos y tarros.

El hombre se acercó despacio hasta la cama, contemplando las magulladuras y moratones del rostro de la morena, quien respiraba tan débilmente que ni parecía hacerlo. La gruesa manta que la tapaba hasta la altura del pecho no le dejaba ver más, pero no lo necesitó para sentir todo su miedo y rabia invadirlo.

Ezio dejó que sus lágrimas fluyeran, sentándose poco después en la cama con suavidad, acariciando muy levemente el rostro de Nuray. La presión lo excedió, haciendo que su llanto aumentara.


Los presentes en la sala callaron cuando escucharon a Ezio llegar al umbral, adentrándose despacio. Claudia se levantó de su asiento y abrazó al castaño sin decir nada al ver su rostro devastado. Al separarse, el hombre carraspeó tras darle las gracias, dirigiéndose al resto.

-Os ruego que me disculpéis.

-Por favor, ni te preocupes. Lo entendemos perfectamente. -Agregó la mujer de pelo castaño no muy largo, posando su gentil mirada de ojos oliva en él. -Soy Sofonisba, lidero los asesinos de Génova. Es un honor conocer al maestro Auditore.

-El honor es mío. Muchas gracias por tu ayuda, de verdad. Por favor, ponedme al día de todo.

Las mujeres miraron a Maquiavelo, quien asintió antes de comenzar su relato.

-Después de averiguar que Mendoza posee aquí esa casa, como te conté en la carta, avisé a Rosa para aunar fuerzas cuanto antes ante la previsión de que estuviera aquí, y desde luego se hizo mucho más potente cuando poco después de llegar a Génova, nos encontramos con que los valencianos habían llegado también.

-¿Alba y su gente están aquí? -Interrumpió Auditore, viendo asentir a Nicolás.

-Sí, aunque se refugian en otro lugar de la hermandad. Somos demasiados. Alba me puso al día sobre su información, lo mismo que te contó en su carta. Gracias al cielo pusieron rumbo a Génova, y no más al sur. Pero no todo son buenas noticias, me temo. Precisamente, sobre esa armada que viene desde España en ayuda de Mendoza, no tenemos nuevas, pero tememos con fervor que vayan a replegarse en cuanto lleguen. Mendoza ni siquiera está aquí. Hace unos días huyó de nuevo.

-Maldita sea… ¿Cómo ha podido descubrirnos? ¿Va a perder la oportunidad de intentar masacrarnos con los hombres de Giuliano y los de su patria?

-Pues eso parece, quizás no tenga tantos refuerzos, o quiera planear algo mejor ante nuestro movimiento. La cosa es que hemos descubierto el porqué del enigma a raíz de Nuray. Tu turno, Sofonisba. -Cedió el hombre con un leve gesto de mano, haciendo que la mujer hablara con su suave voz.

-Un hombre que trabajaba para Mendoza hasta hace poco lo advirtió. Fue el que peleó contra tu mujer cuando espiaban aquella villa de los Strozzi en Saltino. Lo hirió y escapó aquel día, no murió. Tras el incidente, y sabiendo que ella está fuera de sí por lo que ocurrió, estuvo vigilándola. Era cuestión de tiempo que fuera a por Mendoza de forma imprudente, así que cuando salió hacia aquí tuvo la oportunidad perfecta. El tipo prefirió ganar dinero y no mancharse las manos, así que directamente vino en busca de Mendoza y le contó todo. Mandaron a varios hombres a matarla a la posada.

-Así que fue eso. Menudo cabrón… -Susurró Rosa, quien se enteró de la última parte en el momento, puesto que no había visto a la líder genovesa desde el día anterior.

-Por suerte, uno de mis hombres se enteró de aquello a tiempo. Su hermano es un importante diplomático, y se enteró en una reunión de negocios por un conocido de Mendoza que estaba aquí, y se había vuelto loco de contento por poder acabar con la mujer de su mayor enemigo. Mi hombre corrió a contármelo todo en cuanto lo supo, pocas horas antes del suceso. Yo estaba en el otro escondite con Alba y los suyos, así que no perdimos tiempo y nos dividimos. Ella salvó a Nuray.

Ezio tomó aire, aún sorprendido ante toda aquella historia, pero trató de relajarse al exhalar, concentrándose en que al menos la suerte no los había abandonado del todo en aquella ocasión.