¡Hey! Para este fic me estoy basando sobre todo en algunos eventos de cómics, un poco más del mundo 616. Entonces, para empezar y tomando esto en cuenta, Bucky es menor que Steve.
Me emociona mucho esta historia (this is not going to go the way you think), algo que tengo pensado desde hace tiempo y apenas se me esta dando escribirla.
LA MASCOTA Y EL SOLDADO
"¿Por qué luchamos? A menudo te preguntaba eso. Algunos luchan por lo que solía ser, y otros por lo que está por venir. Luchamos por amor, luchamos por honor, luchamos por gloria, luchamos por nuestra libertad. ¿Por qué luchamos? " Gaius Julius Arminius
CAMPAMENTO LEHIGH, VIRGINIA, AGOSTO 1941
—Steve... ¿Steve?
Una mano delgada le toca el hombro. Steve quita la vista del paisaje que pasan por sus ojos azules para observar a la persona que le llama. El zangoloteo del carro contra un bache le hace chocar la cabeza contra el techo del Ford 41. Entonces se pasa la mano por su corto cabello rubio peinado hacia atrás. Casquete corto siguiendo las normativas de milicia.
—Hemos llegado —la mujer continúa, una sonrisa diminuta de lado, aparta la mano que le toca.
Steve asiente en silencio regresando la vista a la ventana contemplado el asentamiento militar cada vez más notorio conforme avanzan. Se remueve incómodo, con su metro ochenta y cinco de altura las rodillas molestan por estar dobladas tanto tiempo. El sudor tampoco ayuda con el uniforme que porta; una guerrera m65 abierta con una fila de botones de color caqui verdoso y pantalones a juego, botas altas de cordones, los zapatos negros son para ocasiones formales. Ha memorizado bien las palabras del Coronel Fletcher.
El Ford 41 se detiene. Hay hombres con pantalones igual al suyo, playeras de tirantes blancas y las placas resaltando. Unos están de rutina de ejercitamiento, otros simplemente sentados pareciendo tomar un descanso. El olor a tierra húmeda mezclada con sudor le golpea de lleno apenas sale del auto. Sus botas se hunden en el pasto lodoso. Camina junto a Cindy, la mujer de pelo marrón y uniforme militar; falda y saco verdoso. Ambos se dirigen a la tienda principal.
—El General Phillips te aguarda.
Steve no espera la gran bienvenida, está acostumbrado a los deslices humanos y más si había vivido con un cuerpo pequeño y enfermizo, pero no va a negar que hay cierta emoción. Mover este cuerpo sano, correr sin que sienta los pulmones quemar, moverse sin llegar a morir en el intento. Va a iniciar su entrenamiento. Es decir, un entrenamiento militar con esta nueva condición. Apenas una semana que la tiene, una semana de la muerte del Profesor Erskine.
"—No un soldado perfecto, sino un buen hombre. Que el día de mañana, pase lo que pase, siga siendo usted."
El general Phillips es preciso y directo;
—Soldado Roges, mañana a las 4:30 am, sea puntual. —Sin mirarle, sin quitar los ojos del montón de hojas sobre el escritorio.
Steve no se queja, es cierto que su condición física mejoró bastante, pero la verdad es que no tiene la menor idea de cómo moverse tras la trinchera.
Cindy le lleva a su tienda correspondiente, acompañándolo, no perdiendo la costumbre desde que inició todo esto. Cuando fue elegido como candidato al proyecto de Profesor Erskine, cuando le inyectaron el suero a su cuerpo escuálido, durante los estudios posteriores y ahora ella le muestra el campamento. Pabellón de esto, pabellón del otro, Steve abre muchos los ojos, pone atención sin perder detalle al entorno. Hombres riendo, fumando, otros malhumorados con las playeras percudidas. Y más allá, pelotones haciendo su recorrido mientras que otros pasan corriendo por el suelo más lodoso entonando algún coro militar.
En la zona de los dormitorios, las tiendas están perfectamente alineadas en dos hileras paralelas. Steve contempla el exceso de disciplina que hay en ellas.
Va caminando escuchando la voz femenina sin realmente escucharla, son sus ojos los que realmente le están presentado aquel lugar. De pronto, un montón de risas provenientes de un grupo de hombres llama su atención. Pegados a una esquina entre dos tiendas, juegan cartas y beben no muy bien disimulando la botella envuelta en una bolsa de papel, escondiéndola bajo el barril que ocupan como mesa. Steve sonríe de lado, todos al final buscan despejarse de malos ratos, sin embargo, se detiene cuando por su campo visual entre aquellos hombres vislumbra uno que pinta ser demasiado joven.
Aún tiene cara de niño y lleva un cigarrillo entre los dedos. Steve no se atreve a adivinar la edad de aquel muchacho pero si lo inspecciona rápidamente; cabello castaño revuelto en pequeñas ondas hacia el lado derecho, ojos claros y piel de tono cenizo. Viste como los demás, pantalón del uniforme y playera de tirantes, placas colgado en el cuello, y con una sonrisa llena de picardía en el rostro.
—¿Steve? —Cindy ha regresado. Debió darse cuenta que estaba hablando sola desde hace unos minutos.
—¡¿Qué demonios están viendo?! —Steve no puede contestar porque uno de los hombres vocifera.
—Se te perdió algo, ¿eh? rubiecito. Tu mamá te está hablando —se desatan la burla entre ellos y Steve otra vez, es objeto de ello, no es que no le haya pasado antes, de hecho, le pasaba muy a menudo, la cosa es que es la primera vez que sucede teniendo este cuerpo.
Todos ríen, y aquel joven le está viendo dando una calada al cigarrillo. Sus miradas chocan, el joven sonríe de lado. Steve aparta la mirada para encarar al bravucón.
—No se vaya a perder o le vayan a hacer maldades —más burlas, esta vez el joven suelta a la par una pequeña risita.
—Ridículos —Cindy bufa, lo toma del brazo haciéndolo retomar el paso. Steve se deja llevar, camina a lado de ella ignorando las risas a su espalda. Voltea sobre el hombro, aquel chiquillo le sigue mirando mientras saca el humo por la boca.
No le toma mucho tiempo aprender. Es rápido, veloz, con una destreza motora y cognitiva superior. Ha estado encuartelado veinticuatro por siete. Ellos están sorprendidos, profesores e investigadores del alto mando en la milicia, haciendo anotaciones todo el tiempo. Y la verdad es que Steve también está bastante sorprendido y satisfecho. Sobre todo satisfecho.
El soldado perfecto.
Escucha por ahí muy a menudo.
Sentado sobre el banco, observa sus manos mientras termina de recuperar el aliento. La última prueba física ha pasado, un circuito entero en menos de dos minutos. El sudor le brota empapando la playera blanca que trae. Sonríe. Y piensa en lo genial que es hacer todo esto sin que le sienta los pulmones reventar. Levanta la frente contento con sí mismo, con un sentimiento de utilidad y de no ser más una carga.
No hay descanso, apenas termina de ducharse y es llamado a presentarse frente al General Phillips y el Coronel Fletcher.
—Rogers. —Exclama impaciente Fletcher apenas pone un pie dentro del camerino—. Te presento al Director de Inteligencia Militar, Emil Gruber.
Aquel sujeto es un hombre canoso, trae el uniforme de gala adornado con medallones en el costado, zapatos brillosos perfectamente boleados. Se acerca efusivamente estrechando la mano.
—Un gusto soldado, un gusto. Hemos hablado mucho de usted, mucho, no se imagina cuanto —todo el tiempo le zangolotea el brazo.
—Rogers —el General Phillips deja la pipa sobre el escritorio, y junto a Fletcher sacan un baúl de hierro. Lo abren en silencio, dos candados con código se dejan caer al suelo.
Steve adopta su postura firme una vez que el tercer hombre le suelta la mano. Dentro del cofre distingue un uniforme azul con una estrella en el pecho
—Eso no es todo —el de inteligencia militar desenvuelve de un manto negro ante sus ojos, un escudo de colores similares al uniforme —. Es de acero y vibranium, cortesía de Howard Stark —dice con orgullo, dientes amarillos asomándose.
Steve toma el escudo sintiéndolo muy ligero pese a que notó lo que a su superior le costaba sostenerlo con ambas manos.
—Serás América, Rogers —Fletcher le ordena.
Steve parpadea, no está entendiendo muy bien.
—Te estamos pidiendo que seas más que un soldado, un símbolo, Rogers.
Steve se siente como idiota, no sebe exactamente que está haciendo arriba del pódium con un montón de cámaras apuntándole. Bailarinas a tono con ese uniforme que ahora lleva, claro, solo que ellas llevan faldas cortas y pompones tricolor.
—¡Capitán América! —gritan. Todos gritan, hombres, mujeres y niños.
Le duele la cabeza y ruega regresar al campamento lo antes posible. Su discurso muy ensayado ha terminado.
—No se ve muy contento, Rogers —Phillips rompe el silencio que les ha acompañado todo el camino de regreso.
—Esto no es por lo que me enlisté — un tipo reproche sin poder contenerlo. Deja el casco sobre la repisa, ya en la oficina del General, y baja el escudo con cuidado recargándolo en la pared, lo contempla.
—Entonces ¿por qué se enlisto, soldado? ¿para matar?
"—…Escucha bien, Steven. Uno siempre se levanta"
La voz de su madre le hace eco.
Steve no deja de mirar aquel escudo, hunde sus pensamientos en los colores rojo y azul mientras aquella pregunta le retumban en los oídos—. No... es difícil de explicar, señor... —Lo medita—; Estoy enojado. Supongo. Mucha gente está muriendo ¿exactamente por qué?
Phillips suelta un largo y cansado suspiro—. Sea paciente, soldado. Créame que está haciendo mucho. Solo estamos esperando.
—¿Esperando?
—Sígame —Ambos abandonan el lugar. Phillips sube primero al jeep Willys MB haciendo señas que lo acompañe. Cuando el auto arranca el general continua—; Se incorporará al primer Batallón del 26.º Regimiento de Infantería, los "Blue Spaders".
Steve escucha atentamente, mirando al hombre mayor mientras conduce. Y nota que se dirigen a la zona de entrenamiento.
—El sargento Dugan ya está al tanto —Phillips detiene el auto detrás de una zanca—. ¿Ve sus movimientos? —baja de un brinco torpe, apunta con la cabeza a los hombres entrenando al otro lado de la cerca.
Steve le sigue y focaliza la mirada del general y descubre, ante su mayor sorpresa, aquel chiquillo que vio no hace mucho en aquella ocasión jugando cartas.
—Familiares ¿no? Ha sido entrenado por los mismos que te entrenaron.
—Puedo notarlo.
—¿Y? ¿Qué le parece?
Steve arruga las cejas, aquel mocoso mueve con gran agilidad un par de cuchillas entre sus manos como si fueran manzanas.
—Es bueno.
El general Phillips suelta una tremenda risa, y es tan incómodo el sonido porque Steve no le ve la gracia.
—Si, definitivamente es bueno. Barnes tiene 16 años.
—Es menor de edad.
—Claro, como es el único menor que hay en la armada, soldado —Phillips pausa leves segundos, sus ojos cansados le recorren de arriba a bajo—, no sea dramático, usted apenas es mayor... ¿4 o 5 años?
Steve permanece en silencio. Ceño fruncido, ojos puestos en los movimientos de aquel joven.
—Barnes ha estado aquí desde que era un niño. —Phillips también regresa la vista hacia el chico.
¿Un niño? Steve se abstiene a pensar mucho en ese detalle sabiendo que tiene 16 años.
—Ha crecido aquí, ha vivido bajo el manto de la milicia, es excelente para su edad y usted necesita un brazo derecho, un equipo. No veo quien más pueda ser.
—¿Por qué?
—Usted será un símbolo. Habrá cosas que no pueda hacer. —El general toma aire antes de gritar—; ¡Barnes! ¡Barnes, ven aquí!
Steve observa cómo el joven entierra las cuchillas en la tierra con un lanzamiento certero antes de correr a donde ellos se encuentran. Alenta su andar al estar cerca inspeccionado a ambos con los ojos. Steve cree que le ha reconocido, aquella vez mientras fumaba y bebía a hurtadillas.
—Coronel —el muchacho saluda llevando la mano derecha con los dedos juntos hacia la sien. Voz jovial y algo agitada. Trae la camisa del uniforme verde entreabierta, el cabello revuelto y las botas con los pantalones llenos de lodo.
—Te presento al Soldado Rogers. Rogers él es Barnes.
El joven de ojos claros le mira rápidamente antes de hacer el saludo marcial. No hay sonrisa de lado esta vez, sus labios delgados en una fina línea recta. Steve regresa el saludo por automático.
—Rogers será tu jefe directo, Barnes.
Steve se desconcierta. Definitivamente no esperaba eso tan repentinamente, y no puede evitar mirar al general a su lado.
—¿Señor? —pero es el joven quien se le adelanta.
—Vas a dejar ser la mascota del campamento, Barnes.
—Permiso para hablar señor.
—Concebido.
—Me habían comentado que partiría con el primer batallón.
—Es correcto. Partirás junto con Rogers. ¿Alguna otra duda?
El chico le mira de reojo, labios apretados—. No señor.
—Bien. Regresa a tu entrenamiento. Espera órdenes mañana.
El joven obedece inmediatamente sin olvidar el saludo marcial.
—¿Quiere que el joven haga el trabajo sucio? —Steve inquiere con voz grave, hombros erguidos, ahí parado tras el escritorio del Coronel Fletcher. Phillips a la izquierda se sirve el segundo vaso de whisky.
—Como el General Phillips le ha explicado. Nuestros hombres necesitan aferrarse a algo. Y usted será ese algo. Creí que ya le había quedado claro.
—Lo tengo claro, señor, mas no lo de Barnes.
Barnes, Steve incluso piensa que es un apellido para un hombre mayor no para alguien de 16 años.
—Barnes se le asignó a usted porque habrá cosas que usted no podrá hacer porque tendrá los ojos, no solo de América, sino del mundo entero encima. Un símbolo jamás debe mancharse. Recuérdelo.
Steve tiene más argumentos pero en la última hora se ha dado cuenta que ha estado hablando contra la pared. Nada les hará cambiar de opinión. Recompone su postura y hace el ademán de marcharse.
—Barnes está bajo su mando. Sea inteligente. —La voz de Phillips lo detiene antes de cruzar el umbral de la puerta.
Está comiendo en el pabellón de la cocina, sopa caliente y un pedazo de pan, cuando lo ve pasar sentándose junto con un grupo de soldados. Entonces Steve toma su plato. Cree que es tiempo de socializar pese a que se considera pésimo en ello, sin embargo, aquel joven será su compañero de armas, le guste o no, tendrá que empezar a tratarlo.
—Eres el nuevo —el joven le puntualiza cuando Steve se queda quieto, charola en mano, a lado de la mesa ignorando la mirada de los otros.
—Soy Steve Rogers.
Silencio. El joven mete una cucharada a la boca.
—¿Vas a quedarte ahí parado? —le dice apenas termina de pasar el bocado, moviendo su charola haciendo espacio.
—Gracias.
El joven solo encoge los hombros.
Steve empieza a comer. El silencio es incómodo, los otros platican pero su nuevo compañero se mantiene incluso abstraído de aquella conversación. Pasando unos escasos cinco minutos, el rubio, no muy seguro, chasparrea antes de hablar— ¿Barnes?
—Bucky.
—¿Perdón?
El chiquillo suelta una diminuta y tenue risa rompiendo en automático aquella barrera fría que se había formado. O Steve no sabe si sentirse más incómodo.
—James Buchanan Barnes, pero todos me dicen Bucky. —Le da la mano girando un poco, la sonrisa revoltosa vuelve a aparecer.
Steve le mira extrañado por aquel gesto, esperaría un saludo militar como es de costumbre.
—No muerdo.
La burla de los dos hombres más próximos se hace presente. Y Barnes no aparta la mano, sonríe con más plenitud. Divertido. Y Steve se pregunta si se están burlando.
—Steve Rogers —dice al final, estrechado la mano, una sacudida rápida pero sólida.
—Si, ya lo has mencionado —Barnes se endereza en su lugar—, así que Steve —pronuncia su nombre con firmeza, sus ojos grises azulados le ven por el rabillo del ojo—. Trabajaremos juntos.
—Eso parece.
El joven ladea la boca llena a un lado y le guiña el ojo. Y Steve, de repente, se vuelve a sentir fuera de lugar. Opta por regresar a sus alimentos, y luego trata simplemente de incluirse, sin éxito, en la conversación que se forma en la mesa.
Cae la tarde, Barnes y él han sido requeridos junto con el resto del batallón. Harán un rondín por todo el lugar.
Steve es de los primeros en presentarse, ya casi es la hora indicada y nota que Barnes no ha llegado.
—¿Soldado Rogers? — un hombre robusto, blanco y pelirrojo, bigote extravagante y perfectamente peinado, se le acerca—. Sargento Dugan.
Steve corresponde el saludo marcial—. Señor. —Pero el Sargento no se ve muy contento.
—¿Dónde está Barnes?
—No lo sé, Señor.
El sargento Dugan frunce el ceño—. El general Phillips asignó a mi batallón al experimento y a la mascota.
Steve evita arrugar mucho las cejas, no va a negar que ese comentario es pesado.
—¿Qué está esperando? vaya por él, de lo contrario todos harán el doble de trabajo.
Hay fuertes quejas entre los hombres.
—Silencio, es cortesía de la mascota, agradézcanle si no llega en 5 minutos.
Steve entiende y parte enseguida. Hay cierta molestia en él. Ningún soldado debería llegar tarde a una orden directa, todos saben las consecuencias, donde la mayoría de las veces caen sobre todo el grupo. No puede evitar pensar en qué clase de chico es Bucky Barnes. Sumergido en sus pensamientos, toma el camino detrás de las carpas pensando en acortar tiempo para ir a pabellones cuando lo ve accidentalmente. Ahí parado con otro sujeto.
Barnes tiene las cejas arrugadas, tira la colilla del cigarrillo y luego mete las manos en los bolsillos del pantalón. Steve tampoco pasa por alto una mueca de fastidio. Barnes es muy expresivo.
—No molestes.
Steve alcanza a escuchar. Barnes da media vuelta y se detiene en seco cuando le ve—. Creí que ya estabas en el campo.
—Viene a buscarte. Es tarde y el Sargento Dugan no está muy feliz de que su batallón esté incompleto.
—Mierda.
—Si "mierda" soldado —deja que su disgusto salga y el más joven definitivamente lo nota.
—Enseguida voy —este le dice regresado la atención al otro sujeto.
—No. —Steve es firme dando dos pasos más hacia adelante. —Creo que no estas entendiendo. Tengo órdenes.
—Está bien, está bien, que fastidio.
—Gracias.
—Como sea. —Barnes tuerce la boca, patea una piedra antes de empezar a caminar. Steve le sigue pisándole los talones.
—¿Entonces, vas a querer los cigarrillos? —El sujeto desconocido grita cuando se van alejando.
—Púdrete —Barnes masculla entre dientes.
—No es ideal pasar por alto órdenes directas —Steve dice desde atrás casi llegado al sitio. Queriendo hacer un comentario certero. Claramente falla cuando Barnes se detiene y le lanza una mirada.
Quiere disculparse pero después recuerda que es él quien está al mando. Y ese mocoso está ahora bajo sus órdenes.
—Ya no eres la mascota. Eres un soldado.
El menor abre la boca y después la cierra como si se estuviera conteniendo. Después mira hacia un lado y sonríe, otra vez, pero ahora con leves tintes de ironía.
—Realmente te estás tomando esto en serio ¿eh?
Steve no sabe a que se refiere con esto.
—Créeme, Steve, esto no es nada a como te lo imaginas, —el castaño sigue—, aquí hay mucha mierda. —Dice al final antes de retomar su camino y dejarlo ahí todo turbado.
James Buchanan Barnes.
Bucky.
Steve lo ve a distancia reunirse con el resto del batallón.
Sigue preguntándose qué clase de chico será.
