NIEVE, HUMO Y TRINCHERAS
Las hojas de los árboles en forma de punta para soportar bien las heladas próximas, nieve y rocas adornando los bosques de coníferas donde hombres de la calavera hacen contraste con el blanco paisaje. Alemanes en Rusia queriendo llegar a Moscú. Sin embargo, aquel puñado de hombres están concentrados fuera del ejército. Steve distingue la serpiente con el cráneo en los uniformes negros con verde, y ellos desaparecen tras una puerta metálica encubierta en una colina en medio del bosque siberiano.
Deciden observarlos, analizar el movimiento hostil para planear el asalto. Se turnan resguardándose entre trincheras bien profundas, aguardando el mejor momento.
Hombres entran y salen. Steve los observa a través de los binoculares. Bucky a su lado con el fusil listo. Ambos boca abajo sobre todavía la suave y tierna nieve, no la suficiente para cubrir el suelo musgoso.
—Parece fácil. No son muchos hombres —su compañero dice, un ojo en la mira de su arma.
—Volvamos —Steve indica guardando lo binoculares y tomando es escudo.
El menor obedece al instante, baja el arma y se desliza de regreso. Steve va tras él. Va a caer la noche y todo es mejor y seguro cuando están bajo las trincheras.
—Una carga viene directamente. Jim y Toro los vieron al sur. Un buque blindado con solo una patrulla alrededor.
—Quieren ser discretos. Haremos la primera guardia. —Dicho esto, Steve va hacia su zanja no antes de darle una palmada en la espalda al príncipe de las profundidades.
Se desliza en aquel hoyo, Bucky ya está ahí, somnoliento, recargando la cabeza sobre el arma.
—No te duermas, soldado, haremos la primera guardia.
Bucky bosteza y se talla el ojo. Intenta estirarse en el pequeño espacio y después saca un cigarrillo.
—Joder.
Steve le mira.
—Se me están acabando.
—Tal vez sea lo mejor.
El castaño tuerce la boca y prende el tabaco. Pasa un rato y el silencio se hace presente, algo incómodo. Entonces Steve se aventura.
—¿Qué piensas hacer después de esto, de la guerra?
—Buscar a mi hermana —dice con certeza sacando el humo por la boca.
—¿Tienes una hermana?
—Rebeca, honestamente no se como luzca. Se la llevaron cuando papá murió. Yo me quede en el campamento.
—Ya veo.
—También quiero ir al gran cañón —Bucky desdobla del bolsillo de su chaqueta el dibujo que una vez le regaló y se lo muestra.
Steve toma aquel cacho de papel doblado no creyendo que aun lo tenga.
—Te llevaré —dice sin pensar devolviéndole la hoja, es inevitable que reciba como respuesta una mirada con cierto recelo—. Si me lo permites —atina a decir queriendo reparar.
El menor no dice nada, se limita a encoger los hombros. Steve toma eso como un "como quieras" "me da igual" "no me importa", pero conociéndolo, el rubio apuesta por lo primero.
—Tal vez tenga una amiga —el castaño continua de repente.
Steve voltea arrugando levemente el entrecejo.
—Bueno, tal vez tenga dos amigas —el menor da otra calada al cigarrillo desviando la mirada.
—Si, tal vez, supongo —Se me menea incómodo en su lugar.
—No me mires así, Steve —Bucky protesta, ceño fruncido.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Tan así... bah, olvídalo —da otra calada profunda a su cigarrillo.
—Bucky…
—Te dije que lo olvidarás ¿de acuerdo?
El menor está molesto de nuevo y Steve no tiene ni una puta idea de por qué. O tal vez sí, pero Bucky no le ha vuelto a decir nada y él tampoco. Y todo se ha vuelto pesado entre ellos donde ha habido momentos que Steve experimenta la necesidad de golpear algo, de reclamar algo, y se siente más enojado con si mismo porque sabe que no tiene nada realmente que reclamar.
—No tiene que pasar nada. —Bucky le dice en tono bajo, el cigarrillo consumiéndose entre los dedos—. Solo quédate, por favor.
Steve, en medio de su irritación, pensaba salir de la trinchera y caminar para poder calmarse, pero como si Bucky lo leyera, quédate, le hace permanecer justo ahí donde está. Después, Bucky se recarga en su hombro cerrado los ojos, normal, casual como antes de que todo se volviera volátil entre ellos.
—Estoy cansado, Steve.
—Duerme. Yo hago la guardia —se acomoda, la verdad es que también se siente agotado y sabe que no es algo físico. Inclina la cabeza hacia la contraria, mira al menor desde arriba, las largas pestañas y las cejas fruncidas, la nariz recta, sus labios en una fina línea, y Steve lo contempla por largas horas incluso después de que el cigarrillo se desvaneciera entre los dedos del castaño.
—Mañana a primera hora. —Namor asiente junto con Jim. Mañana harán su movida. Steve se soba el sisen y luego se pone de pie siguiendo a la antorcha humana quien abandona primero la carpa.
—Te ves fatal, Steven —Namor lo detiene—, tómate la noche, Jim y Toro harán la guardia esta vez.
El rubio asiente sacándose los guantes de cuero.
—Para ser alguien tan grande eres muy fácil de leer.
—¿Qué quieres decir? —Steve sacude los guantes sobre el antebrazo tirándoles la tierra seca y pegada.
—Tienes un punto suave por ese chiquillo.
Steve le mira inmediatamente dejando quietas las manos.
—Es muy bueno para la infiltración. Todos lo sabemos y aun así veo que te cuesta dejarlo ir sino es tras el escudo.
—Es normal que me preocupe por mis compañeros —contesta con simpleza, como si fuera lo más obvio del mundo, querido terminar justo ahí la conversación.
Namor sonríe, de verdad lo hace—. Es diferente el trato de Jim hacia Toro, su convivencia y confianza, con la tuya y la de Barnes.
Steve permanece en silencio, la mirada dura hacia el príncipe.
—Tu inquietud y cuidado hacia Barnes es muy peculiar ¿A qué le temes? —pero Namor no se limita, mucho menos se intimida, ha dado en aquellas fibras sensibles, encubiertas y denegadas, a un lado de sus otras cosas que prefiero seguir controlando— ¿A qué le temes, Steven?
—No lo sé. —Incluso se sorprende de su propia voz vacilante.
—Ustedes los de la superficie son muy… extraños, y su vida es muy corta. No creo que seas alguien que se retire, entonces piensa bien porque mantienes a ese joven a tu lado porque él te sigue a ciegas.
Aquellas palabras le caen de lleno sobre los hombros.
—¿Cuántas vidas esta guerra ha tomado? ¿Cuántas vidas se han interrumpido? —Namor no se tienta y lo penetra con esos ojos negros—. ¿Sabes?...es el menor de tus pecados. Tu Dios no te va a castigar por eso.
Los últimos rayos del sol se reflejan sobre la nieve, el ocaso pinta los cielos azulados en tonos violáceos. Steve aprecia aquellos colores pasajeros sumergido en sus propios pensamientos desde hace rato.
…creo en ti, Steve.
Bucky. Necio y terco, un grano el culo con muchas agallas. Pero Steve invierte mucho de su tiempo en aquellos ojos, las muecas que hace con la boca, como toma el cigarrillo entre los labios, la destreza y dedicación en sus manos cuando limpiaba un arma, eso y muchas cosas más. Respira profundamente por tercera vez el aire gélido que golpea su rostro. Las palabras de Namor en un eco vibrante.
—Hey —el menor fuma, le saluda haciéndose a un lado en el angosto espacio de esa trinchera.
Steve le pide el cigarrillo, no es la primera vez, pese que no le agrada es algo que ha adoptado en estos días. Bucky tiene razón, el tabaco le mantiene ocupado durante las largas noches.
Dos, tres coladas y entonces pregunta.
—¿Aún quieres besarme?
Bucky voltea atónito. Paralizado, su rostro desconfigurado en pánico. Steve sonríe.
—No te burles —el menor pide, el resentimiento dejándolo a flote.
Pero Steve lo toma del mentón. Bucky ladea ásperamente el rostro huyendo del tacto.
—No lo hago —Steve susurra quitándole mechones de cabello de la frente. Lo observa, acaricia con su dedo enguantado la mejilla reseca y pálida.
—¿Qué mierda, Steve? —Bucky parece rechinar los dientes, se vuelve a apartar. Entonces Steve siente que algo por dentro empieza a romperse.
—¿Es tarde? —pregunta claramente dolido. Un nudo le comprime el pecho.
Bucky aplasta con fuerza el cigarrillo—. ¿A qué estás jugando?
—No estoy jugando —Steve responde sin vacilar, suelta el aire porque sabe que si vuelve hablar va a sonar cortado—. No tiene que pasar nada, sólo quédate, por favor —es sincero, repite sus mismas palabras, tal vez porque ahora las siente, las comprende. Quédate. Es lo único que pide.
Medio intenta sonreír cuando el menor levanta el rostro.
—Quédate, Buck.
El espacio es pequeño, Bucky no se vuelve a mover cuando Steve lo toma por el mentón nuevamente, y le pasa el pulgar sobre el labio inferior. Tampoco lo hace cuando hace la primera caricia tersa y dócil con los labios. Los bordes de Bucky son delgados y fríos. Primero no se mueven, después, le sigue ese ritmo sosegado. Steve suspira, su pecho se abre. Se estremece con ternura. Abre los ojos. Bucky aún los tiene cerrados. Quieto, muy quieto. Y Steve sonríe antes de volver a besarle. Bucky se abre para él, le deja explorar mientras aferra los puños a su uniforme jalándolo más, dejando a un lado el arma que siempre porta. Steve toma más determinación, y sabe que no se equivoca cuando su ritmo cardíaco aumenta. Late con más fuerza, late con ese sentimiento desencadenado. Ahí, refugiados en esa incómoda trinchera en medio de una guerra, y por ese instante se olvidan de lo que está afuera de ese hoyo. Y Steve distingue el tabaco combinado con lo dulce de los labios de Bucky.
Agridulce. Piensa. Y le encanta.
