Advertencia: LEMON :)
La luz invadía su habitación con mayor intensidad en ese momento, cubrió su rostro molesta por la iluminación y giró en la cama para descansar un poco más, necesitaba toda la energía posible que su cuerpo pudiera almacenar. Se levantó adormilada para cerrar la cortina cuando no pudo soportar más.
—Es cuestión de tiempo para que no tenga que levantarme a hacer esto.— Murmuró decidida. En el camino a su cama se observó en el espejo. Su piel palidecía un poco más por el color negro de su lencería. Su cabello azul combinaba con sus ojos coquetos, así como su sonrisa maliciosa con su mirada profunda. Desvió su vista de su reflejo para ver a su compañía favorita en toda la tierra de los mortales, su gato. El felino negro con ojos amarillos que la observaba atento. — Hoy tú y yo haremos historia.— Afirmó vibrante.
Lo tomó en sus brazos de la suave manta en la que descansaba y lo llevó hasta su cama. Ella se recostó dejándolo a su lado. El gato aprovechó la cercanía para subir a su terso abdomen y comenzar a amasarla rítmicamente, enterrando delicadamente sus uñas en su vientre sin romper el contacto visual.
—Eso es, Tama.— Dijo disfrutando el placentero dolor. Puso su mano en su cabeza y lo acarició.— Sabes muy bien lo que pasará.
El contacto siguió unos minutos, hasta que Tama se dispuso a dormir sobre ella. Bulma sonrió antes de imitarlo. Por costumbre se despertó unas horas después, tan feliz como nunca por estar a poco tiempo de hacer su sueño realidad. Movió a su mascota con suavidad, se incorporó en un solo movimiento, agarró los frascos de cristal que se posaban en su elaborado estante de ingredientes, tomó las hierbas que suspendían del techo y entró al cuarto de baño. Encendió las velas con cautela. Abrió la llave al máximo para que se llenara la bañera. Se arrodilló, puso las palmas de sus manos sobre el fondo, sintiendo el agua que comenzaba a caer.
—Bifarium aqcua.— recitó con los ojos cerrados. Los abrió y el líquido rodeaba sus manos sin tocarla. Creando un círculo sin húmedad en el centro de la tina. Rompió el hechizo orgullosa. Deslizó las tirantas de su sostén para desabrochar la prenda. Pasó sus manos por su cuello hasta llegar a sus senos, los sostuvo ejerciendo algo de presión, marcando sus dedos en su piel. Se desvistió con lentitud, acariciando su piel de vez en cuando para profundizar la primera parte del ritual. Abrió uno de los frascos, sacó una manotada de polvo color ocre y lo sopló en el agua. Arrancó capullos lilas de una de sus plantas secas y las lanzó. Hizo lo mismo con otros diez tipos de hierbas y aspiró el olor hipnótico de la mezcla. Metió su mano en lo profundo de un recipiente que parecía estar lleno de sangre y sacó un dije de plata con la figura de una estrella. Lo movió desde su garganta hasta su intimidad antes de ponerlo en su lengua mientras cerraba los ojos de nuevo
—Optatum,—susurraba con total seguridad, sintiendo cómo el metal se derretía dentro de su boca.— delectatus me, Vejita.— Terminó, consciente del humo que salía a través de sus labios
Buscó con la mirada el paño púrpura que cubría las cuatro largas agujas. Lo había dejado listo hace no mucho. Empuñó la primera y la sostuvo entre sus labios. Sostuvo la segunda y la enterró cuidadosamente en el centro de su cuello, lo hizo de forma superficial, de tal forma que la aguja no se moviera. La tercera la clavó sobre su pecho, con la intención de crear una línea con los alfileres. Aumentó la presión de sus labios por el dolor y siguió con la cuarta púa en la zona que protegía su útero. Resistió unos momentos antes de hablar.
—Avaritia, — mencionó, lastimando su lengua con la aguja.—Avaricia.— Reiteró en su idioma mientras la ponía de nuevo la tela con sutileza.
— Superbia,— enunció retirando la segunda de su cuello sin detallar la gota carmesí.— soberbia.
—Ira, — dijo antes de tomar aire para sacar la tercera.— ira.
—Luxuria,—finalizó, asegurándose que la punta tuviera su sangre.— lujuria.
Enrolló los alfileres en el paño y saboreó el sabor férrico de su sangre en la boca. Tama la miraba desde el umbral, aguardando pasivamente que el verdadero conjuro se desatara. Ella se puso de pie, cerró el grifo, metió su pierna derecha, luego la izquierda y se dejó caer lentamente. En una decisión poco premeditada hundió su cabeza, guardando todo el aire que tenía en sus pulmones. Sintió que el agua burbujeaba, abrió los ojos consternada para confirmarlo, cuando lo hizo, no solo notó que su idea era cierta, sino que también salía una cantidad irreal de vapor. Quiso soltar una carcajada, pero por obvias razones no pudo. El agua hervía, hervía y se evaporaba por la temperatura antinatural, pero ella no sentía nada. Cuando sacó de nuevo la cabeza para respirar se sintió invencible. Levantó los brazos mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás enteramente complacida. Fue en ese momento, tras bajar las manos y sentir el líquido que sintió lo verdaderamente caliente que estaba. Había sido elegida, ahora solo tendría que terminar el ritual en su fase más complicada. Su cuerpo intacto emergió de las aguas moviendo la delgada capa de pétalos en la superficie. Sacudió su cabello una vez tocó el suelo.
—¿No te emociona, Tama?— Preguntó caminando hacia la puerta. El gato se acercó para oler su pantorrilla y notó el olor a almendras que desprendía su piel. — No haría eso si fuera tú, es el aroma del cianuro.— Explicó tranquila, sin preocuparse por el veneno que se adhería a ella como un regalo demoníaco.
Caminó desnuda a través de los pasillos de la antigua casa que había pertenecido a su familia por generaciones, el reloj de madera estaba a punto de sonar para avisar la llegada oficial de la noche y ella, para hacerlo un acto más solemne, entró al cuarto de paredes rojas. Movió la cuna vacía con diversión y sacó de debajo de la almohada un cuchillo enfundado. Lo acarició con cariño, palpando los grabados. Había sido la herencia de su madre, lo desenfundó con la intención de apreciar su filo. La hoja de acero era ondulada y reflejaba la poca luz que entraba por la ventana. Con el arma en la mano dio vueltas por el cuarto. Bailaba extasiada, llena de ambición. Paró cuando estuvo de nuevo frente a la cuna, sin determinar que Tama, sentado de nuevo en el umbral prestaba sus ojos para que alguien más la observara. Los orbes amarillos se volvieron rojos cuando ella deslizó la cuchilla por su mano esperando que la sangre saliera. Hizo lo mismo con la otra mano y comenzó a dibujar en el muro. Primero trazó un círculo amplio que completó con símbolos rúnicos que muy pocos se atrevían a usar, después, en un círculo más pequeño dibujó la estrella de su colgante. La imagen que pondría a las personas normales con los pelos de punta en ella despertaba pasión, deseo. Cerró los ojos y cantó en una mezcla de varios idiomas y lenguas muertas. El felino poseído elevó el mentón con aprobación e hizo levitar a Bulma unos centímetros, ocasionando que el grabado de sangre en la pared brillara y humeara para que nada lo pudiera limpiar.
El antiguo reloj del pasillo dejó de funcionar, ella quedó suspendida en el aire sin tener noción del tiempo, sintiendo la forma en la que su corazón palpitaba en cada rincón de su cuerpo. Cuando los ojos de Tama volvieron a su color natural ella descendió sintiéndose más parte de un mundo desconocido que de este. Las plantas de sus pies tocaron los tablones del suelo. Extendió su mano para sentir la pared, sintió el relieve de lo que antes era liso y abrió los ojos emocionada. Retrocedió para ver el grabado completo con orgullo, ahora solo faltaba el sacrificio.
No dudaba, en absoluto. Estaba dispuesta, preparada para sacrificarse una o mil veces, ella era una bruja, había nacido siéndolo y, si no moría en brazos de las fuerzas que convocaba, viviría para serlo eternamente.
Lo retorcido de su felicidad salió a flote con la risa intensa y descontrolada que inundaba la habitación. Sostuvo su pecho cuando el aire le faltó, pero en un instante retomó la carcajada.
Fue a su habitación de nuevo, dando pequeños saltos y vueltas sin quitar la sonrisa de su rostro. Buscó su túnica en el armario casi ancestral que se erguía entre tapices, iluminado tenuemente por las velas que seguían encendidas en el cuarto de baño. La tela era azul, un azul profundo con detalles en hilos de oro, la retiró con cuidado y vio como tras ella se escondía, tallado en la madera, la silueta de un mono de ojos rojos cuyos colmillos sobresalían de pie sobre cuerpos y guiñó un ojo antes de cerrar las puertas del mueble.
—Te puedo asegurar,— mencionó girando la cabeza hacia su gato— que será el hombre más atractivo que verás.
Extendió su túnica para ponérsela sin complicaciones, las mangas largas abrigaron sus brazos, el manto cubrió más allá de sus tobillos y acomodó su cabello para cubrirlo con la espesa capucha. Tama la guió hacia las escaleras. Bajaron juntos sin necesidad de luz. Tomó un antiguo y pequeño cofre junto a la puerta antes de salir.
Abandonó su casa sin mirar atrás. Rodeó su hogar hasta llegar a un puente que la conectaba con una porción del bosque. Descalza en la mitad de la noche se acercó hasta un lugar en la mitad de los árboles que tenía algunas piedras y ramas apiladas. Tomó las rocas para formar un círculo de nuevo, abrió el cofre para sacar una bolsa llena de polvo negro. Dibujó el mismo símbolo que ahora decoraba el cuarto de su futuro hijo con suma delicadeza. Si fallaba molestaría al demonio que esperaba paciente del otro lado. Tenía tiempo para que cada palabra quedará perfecta, matizando el color de la tierra con el tono negro del extraño brebaje que había creado para oficializar su rito.
Pasaron horas en las que la luna había brillado sobre ella y el viento recorrió a su lado una y otra vez mientras ella dio por terminado el círculo poniendo ramas sobre él para iniciar la hoguera. Del cofre sacó tres cosas más, una caja de fósforos que usó para iniciar el fuego que creció en segundos, amenazando con rodearla, una cinta de tela del mismo tono que su túnica y un pedazo de piel de anfibio que restregó contra su cuerpo. Tama había sido su guardián durante ese tiempo, cuando el fuego se avivó aún más, elevándose al menos dos metros sobre el suelo, él caminó frente a la hoguera. Se sentó con la elegancia de su especie y de esa forma le indicó que la última fase ritual podía iniciar.
Bulma asintió con concordia, bajó la caperuza y se deshizo de su única prenda. Mostró su desnudez con vanidad. Tomó la cinta para después girar alrededor de las brasas.
—Volo tecum, Vejita.— Conjuró danzando.— Volo ut serviant tibi.
Repetía esas palabras sin parar. Moviendo el largo pañuelo por su cuerpo, enardecida por una sensación tan vehemente que, aunque quisiera, no podría parar.
—¡Habere puerum!— Gritó consternada.— ¡Volo habere puerum!
La medianoche se acercaba y con ella la materialización de su deseo.
—¡Fac me volvebatur!— Exclamó mientras su interior se contraía por el placer.— ¡Fac me tibi nunc!
Como el mensajero que era, Tama maulló para invitarla a su lado. La bruja de cabello azul se aproximó a él, en la orilla de la hoguera. El felino saltó a sus brazos, ella lo recibió cálida, acariciándolo hasta hacerlo ronronear.
—Nos veremos más tarde.— Afirmó a modo de despedida, dando su primer paso sobre el fuego.
Sus ojos se cerraron a medida que se adentraba más en las llamas. Se mantuvo de pie, creyendo que podía oler la carne quemada, pero sabía bien que no era cierto, que si todavía no había muerto era porque no estaba entre brasas mortales, sino que estaba reposando en el fuego del infierno. Había una parte de ella que sí se consumía, aquella en los recovecos más profundos de su alma que aún podría ascender a los cielos. Sintió la cercanía eléctrica de una fuerza desconocida, cuyas manos subían por sus piernas, hasta llegar a su intimidad. En ese momento sintió la presencia de un hombre a sus espaldas que, con una mano entre sus piernas y la otra en su seno izquierdo, se movía contra su cuerpo. Ella lamió sus labios mientras correspondía rítmicamente la oscilación. Tama saltó de sus brazos hacia el suelo ardiente sin que Bulma lo notara. Toda su atención estaba en el miembro vibrante que arremetía superficialmente contra su trasero. Comenzó a sentir que de verdad ardía, incluso los jugos que brotaban de sí y que iban deslizándose entre sus muslos la quemaban. Los dedos del demonio se introducían en ella de una forma sobrehumana, el agarre en uno de sus pechos fue subiendo hasta su cuello para asfixiarla. Abrió los ojos consternada, incapaz de ver algo a través de las llamas. Movió su cabeza hacia atrás exhibiendo más su garganta con la intención de reír pero él afianzó más su mano. Se sintió mareada por la falta de oxígeno. La sensación se volvió peor cuando su primer orgasmo se acercaba. Oyó el gruñido gutural de su acompañante a la vez que su boca se abría para gritar por el placer. Sus piernas desfallecieron cuando él había desaparecido provocando que cayera de rodillas. El fuego se extinguió y ella pudo recuperar todo el aire que pudo. Levantó la vista hacia los altos seres sombríos que la observaban fijamente.
—Ustedes van a ser míos.— Aseguró con los ojos llenos de ilusión.
Uno de ellos, del que solo se podían reconocer dos brillantes ojos escarlata le extendió una bolsa de cuero, pero la torpeza de los sirvientes del otro mundo que de repente son traídos a la tierra hizo que se resbalara de su larga mano. Bulma vio que no hizo el intento de levantarla, entonces, motivada a no llegar tarde a su encuentro se levantó con algo de esfuerzo. Sintiendo cómo sus piernas temblaban. Se agachó desconfiada frente a las sombras y abrió la bolsa, era ropa.
—Quiero que me hables.— Exigió a la figura que solo emitió un balbuceo inentendible. Sonrió por el fruto de su orden. Le extendió de nuevo la bolsa y volvió a hablarle con más autoridad.— Saca esto y vísteme.
En el silencio remoto de la noche, los seres del otro mundo se sublevaron a ella, uno sacó lo que parecía un corto vestido negro, que le puso con delicadeza, haciendo que su piel se erizara por el contacto con la energía demoníaca. Se dejó vestir sintiendo que realizaba su más profundo sueño. Cooperó cuando le pusieron las casuales botas negras y la chaqueta de cuero. No necesitaba ropa interior para hacer la siguiente parte del ritual, pensó divertida. Su nuevo sirviente extendió, ahora con más facilidad, una gargantilla de encaje que ella reconoció como suya. Al parecer ella no era la única que había planeado cada detalle de la ceremonia, supuso, notando que aquellas prendas eran fácilmente de su estilo personal.
—Llévenme con él.— Demandó fría, sin demostrar el afán que estaba aplastándola.
Las sombras se movieron, trazando un camino fuera del bosque, e, incluso, fuera de su casa. Llegó a la calle, vio los autos, los niños en brazos de sus padres y pasó desapercibida, solo ella podía ver esas figuras escabrosas que la guiaban. Le habían dicho hace mucho tiempo que los demonios disfrutaban al máximo cuando pisaban la tierra, que tenían sitios predilectos para causar sufrimiento, que anhelaban tanto poder como pudieran y que hacían tanto daño como alcanzaban con él. Caminó por exactamente treinta y tres minutos y confirmó que era cierto aquel rumor cuando vio a Tama en la puerta del edificio más alto de su ciudad. No le dio la usual sonrisa sincera de siempre, en su lugar le dio una mirada coqueta. El gato entró indicando que lo siguiera. Las sombras se esfumaron. Ella penetró en el lugar sin problemas, caminando tras el minino hacia las puertas abiertas del elevador.
—Sé que no eres tú. —Dijo mientras entraba.
—Eres una humana prepotente.— Comentó una voz gruesa en su oído. En el instante en el que la puerta se había cerrado el gato se había transformado en un hombre de cabello y ojos negros, con la espalada ancha y un aura de maldad pura. La había tomado por el cuello para arrinconarla contra la pared del ascensor, acercando sus cuerpos.— ¿Tratas de desafiarme?
—Esa siempre ha sido la idea .— Aseguró mirándolo fijamente. Él la besó sin ninguna diplomacia. Agregó al roce su lengua, agarró sus muslos y la obligó a rodearlo con las piernas. Iban subiendo, en dirección al último piso lleno de paredes espejadas. Las puertas se abrieron y Vegeta la mordió hasta poder saborear su sangre. Oyó el gemido de satisfacción de Bulma, acompañado del movimiento lascivo de sus labios para poder tomar de su propio líquido vital. No la soltó para salir, andó con ella en sus brazos por el pasillo. Aprovechó para quitar una primera prenda, quedando solo su vestido y sus zapatos. Retomaron el beso, haciéndolo tan intenso que ella pudo sentir uno de los afilados colmillos del demonio. Su intimidad se había humedecido, el deseo la hizo moverse rítmicamente contra su pelvis, sintiendo el miembro palpitante que solo podía contenerse por el pantalón.
Motivado por el olor de la lujuria la acercó de nuevo a un muro, la estampó con fuerza, bajó sus piernas para voltearla contra el gigante espejo, rasgó su vestido y, con la pelvis contra su cuerpo y las manos en sus senos, le habló.
—¿Qué es lo que quieres?— Preguntó exigente.
—Todo.— Murmuró abrumada por las intensas estocadas que sentía.
—¡¿Qué quieres?!— Interrogó con más fuerza, jalando su cabello azul sin consideración, haciendo que Bulma llevara la cabeza hacia atrás y viera con más atención el reflejo de los ojos ahora rojos de Vegeta.
—¡Todo!— Exclamó entre gemidos.
Soltó sus mechones turquesas. Usó esa mano libre para arrancar los botones de su camisa y soltar su cinturón.
—Entonces lo tendrás.— Mencionó desabrochando su pantalón.
Liberó su miembro, la giró de nuevo, retomando la posición en la que habían entrado. Se encajó en ella de repente, sin darle tiempo a procesarlo, disfrutando el contacto de sus piernas alrededor de su cadera. La embestía con el deseo sobrenatural con el que la había visto la primera vez, cuando desde su palacio en el Infierno la vio haciéndole un altar con su propia sangre como ofrenda. La había observado por tanto tiempo que lo que era curiosidad se convirtió en capricho. Él lo había decidido hace meses. Mientras la veía investigar sobre la invocación que los reunía esa noche, él, uno de los más grandes demonios la había elegido como la madre de su hijo.
Las uñas de la bruja se clavaban en su espalda, comenzaba a gemir y se movía con tanta intensidad que el cristal tras ella temblaba. Tomó la mano que Vegeta tenía en su cadera para subirla a su cuello e indicarle que volviera a asfixiarla. Él ejerció presión mientras acercaba sus colmillos a su rostro para morderla de forma cuidadosa. El placer del vaivén junto a los gemidos reprimidos causaron que la única forma de expresar su satisfacción fueran las lágrimas. El pelinegro lamió sus mejillas degustando todavía el sabor metálico de la sangre con la esencia salada del llanto, supo que ya era tiempo de permitir el paso de aire, retiró su mano para apoyarla en el espejo y aumentó el ritmo totalmente seguro de que ella alcanzaría el segundo orgasmo de la noche pronto.
—Repite el conjuro.— Ordenó cuando sintió que sus paredes vaginales se estrechaban.
—¡Volo tecum, Vejita!— Exclamó llegando al límite, incrustando sus uñas con tanta fuerza que desgarraba superficialmente su piel. Gritó desconociendo que coordinado con los segundos de placer indescriptible él le daría una bofetada calculada fríamente que le hizo sentir aún más sensaciones. Su rostro se giró por inercia, su respiración estaba acelerada y solo atinó a mirarlo de nuevo.
—En tu lengua materna.— Especificó sosteniendo firmemente su rostro. Convencido de que ella disfrutaba cada parte del contacto.
—Te deseo, Vegeta.— Aclaró incapaz de hilar bien las palabras. — Y deseo ser tu sirvienta eterna.
Vegeta sonrió y la llevó hasta la cama que los aguardaba en el medio de la habitación. La dejó caer sobre el colchón para quitar del todo su ropa, mostrándole la perfecta figura masculina que su forma humana tenía. La miraba fijamente sin impedimento alguno, impregnándose de todo el deseo que veía en sus pupilas dilatadas.
—Lo serás.— Afirmó acercándose.— Vendré a ti y te poseeré en cuerpo y alma según sea mi voluntad. Aún muerta me pertenecerás en el Infierno, tu alma es mía y por extensión, tu cuerpo mortal también.
Esa garantía incitó de nuevo la lujuria de Bulma, que se arrodilló en el borde de la cama para acariciar su abdomen bajo y sus muslos, lamió desde su cadera hasta su ombligo en línea recta, sintió que la tomaba por el cabello de nuevo y lo miró a los ojos sin cerrar los labios. Él se inclinó y escupió un hilo de saliva que ella recibió complacida. La besó intensamente, bajando por su cuerpo, lamiendo su piel, mordiendo tentativamente sus pezones. Ella sostenía su cabello negro para mantener la fricción. Cada simple célula de su cuerpo estaba alterada, creaba lo que parecía una necesidad inacabable.
Jaló su cabello para hacer que la enfrentara. Cuando el demonio la miró airado, ella puso sus dedos sobre su clítoris y comenzó a frotarlo rítmicamente, mordiendo sus labios. Le resultó divertida esa demostración, era valiente. Se subió a la cama, se posicionó encima de ella para después dejarla sobre él en una maniobra rápida. Levantó una ceja desafiante, cuestionando sin emitir palabras si se sentiría capaz de montarlo.
La hechicera peliazul le propinó una risa seductora y competitiva. Continuó masturbándose con una mano, mientras que con la otra rodeaba su virilidad hasta coordinar los movimientos con el vaivén de su cadera. Él pensaba que jamás, en todas las veces que había subido a la Tierra, una mujer lo había retado de esa manera, siempre le tuvieron el miedo que Bulma simplemente no demostraba. Exhibió sus colmillos con malicia, ella aprovechó para poner su muñeca, húmeda por sus propios fluidos, cerca de su boca, pidiendo que la mordiera. Enterró sus dientes sin dudar, disfrutando la contracción de dolor que percibió en el cuerpo de la mortal. Ella sacó su mano olvidando la ola de sufrimiento que había afirmado la fuerza de sus piernas alrededor de él, pasó su lengua por el caudal de sangre hasta confundir el sabor con el de sus jugos. Sin pasar saliva movió sus manos, las ubicó a los lados de la cabeza de Vegeta e introducía su miembro en ella con habilidad a la vez que lo besaba, deseando que probara el cóctel de sabores que llevaba en la boca.
Las manos grandes y fuertes del ser sobrenatural la tomaron por los glúteos, ayudando a que la penetración fuera más intensa.
—Quiero un hijo.— Prosiguió, traduciendo el hechizo. — Quiero darte a tu hijo.
—¿A cambio de qué?— Negoció demandante subiendo y bajando la cadera.
—A cambio de tus otros esclavos.— Propuso consternada por el goce.— Quiero que sean míos,— insistió aceleradamente.—¡Que no se separen de mí y sigan mis órdenes! ¡Los quiero!
—¿Entonces quieres esto?— Cuestionó moviendo un dedo para develar las sombras de ojos rojos que los rodeaban.
—¡Sí!— Proclamó extasiada cuando se sintió observada por los muchos seres que le pertenecerían. La miraban de una forma casi inamovible y, aunque no sabía que era posible tener una evocación tan profunda, su lujuria aumentó hasta un límite inhumano. Vegeta usó ese momento de distracción a su favor, tomó de nuevo el control, la sometió bajo él y aumentó el ritmo mientras gruñía en lenguas muertas.
La tomó del rostro cuando sintió que arqueaba su espalda, disfrutando en paralelo su propio clímax por medio de un beso intenso que dejó como prueba un nuevo caudal de sangre. La sostuvo por las mejillas, enfrentando sus ojos negros con sus orbes azules sin notar que sus respiraciones se habían coordinado.
—A partir de hoy vendré por ti cuando quiera. — Decretó con seriedad ante ella y sus esclavos. — Tú me darás el vínculo que necesito para venir a la Tierra a mi antojo. Con el niño que nacerá tendré un nexo con este plano y tú lo tendrás con el Infierno.
—Fac me volvebatur.— Susurró para terminar de interpretar el conjuro sin romper el contacto visual.— Hazme vibrar.
Lo solicitó con tanta calma que Vegeta no tardó en asumir que se desvanecería por el esfuerzo físico y mental que había realizado para traerlo hasta ahí. Esperó a que dijera las últimas palabras para poder retomar el erótico y carnal encuentro, él sabía que después de que ella se desmayara la invocación se rompería.
Bulma también lo comprendía, buscaba dentro de ella algo de energía que le permitiera seguir con el conjuro. Fue entonces que recordó que el trato ya estaba hecho, aquellas oscuras presencias que aún la rodeaban le pertenecían ahora. Motivada por su descubrimiento tomó una gota de sangre y dibujó una runa sobre su pecho.
—Cumplan mi orden.— Exigió a sus sirvientes. Sin dudarlo dieron un paso hacia ella y transmitieron una mínima cantidad de energía demoníaca que la mantendría despierta unos minutos más.
—Con lo que pienso hacer contigo eso no alcanzará para un solo minuto.— Aseguró Vegeta con altanería.
—Fac me tibi nunc.— Mencionó mientras sentía el violento agarre del demonio en su cintura.— Hazme tuya ahora.
No esperó nada más para penetrarla de nuevo, pasando su mano derecha por su cuerpo. La embistió mientras mordía su cuello y sus hombros, marcando sus dientes con posesividad. Se le ocurrió, de una forma perversa, pasar un poco de su energía demoníaca a su cuerpo debilitado. Se alejó un poco para alcanzar su muñeca, la mordió con precisión y dejó que tres gotas de sangre cayeran sobre ella, quemando su piel.
Bulma contrajo la espalda por la mezcla ácida de dolor y placer, su respiración se detuvo por un instante que pareció eterno, creyó ver cientos de sombras que se envolvían a su alrededor para devorar todo lo que ella pudiera ofrecer, sintió que moriría y fue en ese momento que él tomó con una mano su rostro para traerla de vuelta. No apartó los ojos mientras daba la emboscada final, palpando como todo su cuerpo temblaba por la angustia hedonista a la que se había sometido su débil cuerpo mortal, se liberó dentro de ella, suspirando profundamente. No estaba saciado, aún no, ese encuentro no había evaporado aquel extraño capricho que lo ataba a ella; quería más, no ese día, porque afectaría la concepción de su hijo, pero sí cuando ese niño se hubiera decidido a formarse dentro de ella, consumiendo todo lo que pudiera. Eso era, si ella lograba vivir después de que la criatura en su vientre comenzara a beber toda su energía y su sangre él volvería a ese plano para tomarla de nuevo.
Le habló, aproximando sus labios a su oído cubierto por el cabello desaliñado.
—¿Sigues creyendo que puedes soportar más?— Murmuró agitado. Bulma no pudo articular una respuesta de forma certera, solo atinó a estirar su mano con lentitud hasta tocar su masculino rostro para indicar que la viera. Se sentía desvinculada de su propio cuerpo, ajena a todo lo que la rodeaba. Debió pensar mejor en esa parte del ritual, debió considerar que algo así pasaría.
—Dime el nombre. — Solicitó entrecerrando los ojos por el agotamiento.
Se burló de su comentario con auténtica gracia, esa mujer era todo lo que una bruja ambiciosa requiere, estaba a punto de desfallecer en la misma cama que había compartido con un demonio, que estaba aún dentro de ella y lo único que pensaba era en su parte del trato que había hecho. Era obvio que la avaricia de la peliazul prevalecía frente a todo lo demás, entonces decidió desafiar sus deseos para reafirmar su poder.
—Ya que estás tan emocionada por el niño,— enunció divertido — estoy tentado a dejarlo a tu cuidado.
No se extrañó cuando vio que ella abría los ojos consternada. Ella no planeaba criar a su propio primogénito, siempre había querido los beneficios de ser la madre de un demonio sin meditar en la responsabilidad a largo plazo. Buscaba poder, placer para sí misma a costa de todo y si para eso tenía que cuidar a ese bebé por el resto de su vida, ceder un poco de su tiempo era un sacrificio aceptable. Observó a Vegeta con seriedad antes de entreabrir los labios para contestarle que no sería un inconveniente para ella cuando de improviso sintió la urgencia de ceder al cansancio. Sus párpados cayeron, no pudo pensar claramente y solo oyó la risa demoníaca del hombre.
—Hablando de nuestro hijo,— dijo complacido mientras sonreía y suspendía su mano sobre el abdomen de Bulma,— creo que ya comenzó a aceptarte, si lo tratas bien tal vez vivas para que se repita esta parte, humana.
No pudo notar la forma en la que el cuerpo de Vegeta se esfumaba, desintegrándose de forma gloriosa del plano mortal frente a ella, ya que para ese momento había caído en un profundo limbo en el que era mínimamente consciente de sí misma.
Reposó en ese estado por horas, era un trance que no parecía acabar. Se sentía como el único ser que habitaba el universo y trataba de hacerse una imagen mental de dónde estaba, sin embargo solo se veía flotando en el vacío. Temía que dejara de respirar en algún momento o que no fuera capaz de despertar nunca, luchaba por abrir los ojos, por recordar si esa parte era mencionada en su libro, pero no podía, solo podía pensar en palabras sin sentido.
—Bebé, gato, mono, rojo, diente, golpe.— Hiló mentalmente, sintiendo dolor en su abdomen y cortando su respiración cuando sintió que caía. Se aferró tanto a las sábanas en el mundo real que sus nudillos palidecieron, sus pulmones colapsaron por un instante y creyó que su corazón bombeó tan fuerte que pudo escucharlo fácilmente. Sus ojos, con las pupilas dilatadas por las revelaciones oníricas, se abrieron súbitamente. Exhaló aterrorizada, trató de levantarse sin pensar en que el dolor muscular y el cansancio se lo evitarían, murmuró algo inentendible. Aflojó el agarre de sus manos en la tela, quiso calmarse, respiró de forma pausada y articuló difícilmente el primer conjuro que se le viniera a la mente. Después de dos intentos fallidos manifestó con toda su convicción que la energía de su cuerpo se restaurara aunque fuera lentamente, pero sintió que su cuerpo se hacía contra ella, sus muslos se tensaron hasta hacerla sentir que estaba desconectada del plano físico. Con los párpados cayendo contra su voluntad y las lágrimas de impotencia saliendo de sus orbes azules se sacudió para buscar una respuesta de sus extremidades. Provocó un escalofrío, un tipo de reflejo involuntario que la ayudó a retomar el control sobre sí misma en una forma mínima.
Su siguiente idea fue ir moviendo uno a uno sus dedos, primero los de la mano izquierda y luego los de la derecha. Tardó algunos minutos en decidir si mover su cabeza o no, pero decidió que sería lo mejor, giró a su costado con lentitud, admirando la forma en la que el sol se ocultaba tras la cortina cerrada.
—Quiero que me cubran.— Declaró a los que durante el día eran sus invisibles sirvientes. — Y que encuentren una forma de sacarme de aquí.
¡Holi! Tengo dos preguntas, la primera, ¿Cómo están? Porque yo espero que estén súper bien y la segunda, ¿Pueden perdonarme por haber tardado más de tres meses en publicar algo? La universidad y algunos problemas personales no me dieron tiempo :(, sin embargo aquí estoy, publicando en vísperas navideñas el especial de Halloween de este año :). Espero que les guste, porque, siendo sincera, esta historia la había planeado para ser un one-shot mucho más largo, pero no pude llevarla hasta el punto que quería entonces si veo que les agrada tal vez me anime a escribir uno o dos capítulos más para concluirla. Quiero agradecerles por sus reviews y su apoyo este año, sus comentarios me inspiran mucho, en serio.
Les deseo una felices fiestas y como siempre quiero decirles que les quiero muchísimo.
