Minific

Una mirada

Por Mayra Exitosa

Apenas había entrado y sus suspiros, se volvieron mi felicidad, era como si lograra oler cada rincón de mi frío hogar, era tener a una mujer en mi casa y no sentirme incomodo o molesto, habían entrado algunas mujeres, vaya que si, todas con ideas diferentes a lo que estar ahí tuviera algún significado, con ella, todo cobraba vida, era como si su resplandor, iluminara cada detalle de aquel lugar en el que llevaba viviendo tanto tiempo, solo.

Mi madre había estado ahí antes, conocía al personal que trabajaba para mi, de inmediato tomaba a dirigir todos los detalles, algo si notaba en ella, una sonrisa, como si sintiera mi felicidad con solo ver al pequeño sol que había entrado en casa.

- ¡Candy! Déjame mostrarte tu habitación, prometo que te sentirás bien aquí.

- Si, gracias. Supongo que debe estar cerca de tu madre, para hacerle compañía.

- No. Ella está en otra área, siempre que ha venido se queda en esa habitación, en realidad solo ella la ha ocupado, se puede decir que, es su habitación y está muy retirada de la tuya, me gustaría que… te sintieras como… mi invitada de honor, he estado haciendo citas con especialistas que verán tus… bellos… ojos.

Al decir bellos, ella hizo un pequeño movimiento, su rostro se comenzó a palidecer y de pronto tomo un color intenso ruborizado, era como si sus pensamientos se reflejaran en él. Ambos caminaron tomándose del brazo de él, al llegar a la habitación, hasta el lado de la ventana, había sido cambiado, temblorosa y con pequeños movimientos en sus dedos, se soltaba del brazo para abrir ambos y caminar en la que era su habitación.

Ella no podía concentrarse, solo sentía haber tomado el brazo firme y fuerte del joven que recordaba en su mente, habían pasado muchísimos años, tantos, como los del accidente de sus padres, pero aun recordaba sus palabras tibias, su abrazo y hasta llevarla con él a la cama. Fue sentirse segura, y como si estuviera protegida, hoy por fin, volvía a sentirlo cerca, su presencia, sus palabras, volvían a ser las mismas de aquella noche de lluvia y truenos, "Tranquila pequeña, estoy contigo, a mi lado no te pasará nada, ven, no temas, te cuidare todo el tiempo" Sus palabras volvieron a escucharse, sacándola de sus pensamientos.

- Es una copia exacta de tu habitación, dime lo que necesitas y hare que lo tengas en este momento, quiero que te sientas en tu hogar.

- Gracias.

La obscuridad no la sentía en ese momento, solo podía escuchar el latido de su corazón palpitando a toda velocidad, ella quería verse bonita para él, pero no era bonita y ni siquiera se recordaba a sí misma. Pero él había llegado, no era como su hermano, no era como los hombres del pueblo, era él. El hombre que hacía mucho tiempo, la había defendido de sus temores y la había acurrucado en sus brazos, para dormir a su lado y que estuviera protegida.

- ¿Quieres que te deje sola, Candy? Para que…

- No. Por favor, no te vayas. Apenas había dicho esas palabras y se había apenado de mencionarlas.

El por su parte, sonrió efusivamente, se acerco y tomo sus manos, la ayudo a caminar por toda la habitación con toda paciencia, una que jamás había tenido para con nadie, le tocaba sus manos y las colocaba palpando cada mueble de madera, cada arreglo irrompible que había en el lugar, el espejo, que no veía, pero que la hacía reflejarse y por lo tanto, le explicaba que al estar frente a él, la persona que estuviera en la entrada, podía verla directamente, la ventana, con el cristal que le daba calor del sol. El guarda ropa, con algunas prendas que el… le había comprado, como regalo… de bienvenida.

Las prendas eran una albornoz afelpado y suave, una pijama fácil de poner y de quitarse, para que no batallara en cambiarse, las botellas de champo y acondicionador, especiales para sus hermosos rizos, las cremas para piel suave y blanca, el maquillaje de su tono, un kit con piezas con pequeños puntos de relieve que mostraban el color que poseía, si, especial para que ella los aprendiera. Varias botellas de perfumes, él las había seleccionado para que ella escogiera la que le gustará, todas en aromas suaves, como el que el percibía de ella.

Cada detalle, su suave voz, todo en él, estaba haciendo que ella se sintiera muy atraída a él, en un pequeño giro, quedaron juntos ella deseaba manifestarle su agradecimiento, y al no poder decir palabras, se abrazo en ese momento de su cintura y escondiendo su rostro en su pecho por fin salieron algunas palabras,

- Estoy muy agradecida, nadie jamás había hecho tanto por mí. Eres como recuerdo, protector y generoso, como lo fuiste aquella noche de lluvia y truenos espantosos, muchas gracias, Albert. No tengo con que agradecerte, esto que haces por mí.

- Si tendrás. Ella se separó de inmediato de él, asustada ante esas palabras. Y el agregaba rápidamente,

- Te he comprado un piano, nada me encantaría más que escucharte… cuando regrese de trabajar, Candy. Ella soltaba un suspiro suave de alivio anexado a una hermosa sonrisa, estirando sus manos, para tocarlo y decirle,

- Será un placer, el piano es como… si no estuviera sola. El al escucharla, le tomaba ambas manos poniéndole sus labios y después agregaba,

- Nunca lo estarás. No mientras me tengas cerca. El beso en repetidas ocasiones sus manos y sus dedos, ella en respuesta, le acariciaba el rostro, su cabeza, como si con ello, lo sintiera y lo reconociera, sus oídos, sus labios, su nariz, el contorno de sus ojos, su barbilla con el inicio de una tenue barba cerrada, que ahora poseía. El se dejaba tocar, se sentaba en la banquilla de su tocador quedando accesible a ella, para que pudiera hacerle todo lo que ella deseará, ya que él, no podía.

- Sigues siendo igual… tal como te recuerdo.

- No lo creo, he cambiado mucho. Ya no soy un niño, ahora… soy un hombre, Candy.

- Si, lo sé. Tienes barba, como lija y… tu cabello… es más largo ahora. Cada que hablaba, le tocaba suavemente y eso hacía que el cerrara los ojos, viendo aquella noche, cuando ella al conversar con él lo miraba con sus grandes ojos brillantes, enlazados a los suyos, calmando su llanto, y acariciándolo agradecida por haberla llevado con él.

- Parece que vuelve a pasar como aquella noche, solo que no estoy en mi cama, ni tu estas en mis brazos.

- No, ahora hemos crecido, ya no somos niños… y… no puedo verte.

- Pronto lo harás, verás que los especialistas revisaran tu ceguera, y esos hermosos ojos que iluminan junto a tu bella sonrisa, volverán a ver todo lo que no has podido por estos años. Te doy mi palabra, que recuperarás la vista, así tenga que llevarte hasta el fin del mundo.

- No creo que sea para tanto, ya me han visto varios médicos especialistas, me dicen que mi vista no tiene problemas y que no saben porque no puedo ver.

- Un buen especialista neurólogo, podría darnos una respuesta favorable, Candy. Ella se acercaba aun más y ahora lo abrazaba de su cabeza, era el rostro de él quien quedaba en su pecho, cuando entraba su madre. Y observaba con la mirada expresiva de que algo estaba pasando en ese momento, Candy no la veía, pero acariciaba sus cabellos y su espalda. Agradecida porque el tenia optimismo de solucionar su ceguera. Mientras tano, Albert en su abrazo, cerraba sus ojos quedando en sus bustos como pequeños almohadones para él.

- Candy, Albert. Veo que ustedes tienen algo que no me habían explicado aun. Albert sorprendido, abría sus ojos y ella apenada temblaba nerviosa de sus manos, soltando el cabello acariciado de Albert, respondiendo,

- Yo… yo…

Albert se ponía de pie, pasaba su brazo por sus hombros y respondía,

- Mamá, ¿Estás celosa? Candy es una mujer encantadora y respetuosa, esperamos no te comportes como su padre, y nos obligues a casarnos ahora. Porque entonces… no sería hermoso, esperar a que nosotros nos demos cuenta… primero… lo que tenemos y… no te hemos explicado aun. Girando a Candy y tomando una de sus temblorosas manos, dando un pequeño beso agregaba,

- Candy, fue un viaje muy agotador, descansa, ya has conocido tu habitación, nada se quebrara o romperá, puedes darte un baño, descansar un poco y… esperar a que venga… mi madre por ti, para que cenemos. ¿Quieres?

Ella asentía, suavemente, y como si lo viera, su rostro estaba inclinado hacia arriba donde casualmente estaba el observándola, con sus labios entre abiertos casi como si esperara un beso, ante los pensamientos de quien la miraba con deseo. A regañadientes y tomando una respiración sonante, soltaba delicadamente su mano y se iba por un costado de la puerta donde su madre, con la boca abierta y las quijadas sueltas, meditaba la respuesta que su hijo le había dado.


Gracias por la espera, por todos sus comentarios y su apoyo a continuar no solo este, sino todos los fics hasta completarlos,

Un fuerte abrazo a la distancia

Mayra Exitosa