Minific

Una mirada

Por Mayra Exitosa

Ella dudaba, se quedaba meditando y respondía con tranquilidad,

- Después de la cirugía, tal vez…

- No. Sin condiciones, antes de la cirugía, por amor, no porque me mires, sino porque realmente me ames.

- ¡Albert!

- ¿Me amas, Candy?

- Te Amo, Albert.

- Entonces, solo respóndeme… ¿Te casarías conmigo?

- Si… es solo.

- No. Es una sola respuesta, sin condiciones, porque no te he condicionado a ti…

- Bien. Si, acepto casarme contigo.

- Bien, entonces, nos casaremos y luego vemos lo de tu… cirugía.

- ¡Albert!

- ¿Qué?

- No podemos… yo… quiero ver mi vestido de novia.

- Le tomaremos muchas fotos. Y es más… nos casamos legalmente y después de la cirugía… lo hacemos de manera religiosa.

Sin devolver a su hermano, Albert hablaba con su madre, para hacer los trámites de boda legales, un poco molesta, por haber forzado a Candy, la madre accedía, pero Albert sonriente, porque si ella no veía, ella jamás lo aceptaría, pero ella ya estaba dentro de su corazón y… la deseaba, solo a ella, aun con su ceguera, solo deseaba que fuera suya. Si es verdad, ella podía no ver nunca y lo notaba en la mirada del doctor, y en el titubeo de los resultados, pero que más daba, así estuviera ciega, ya la amaba. Y eso era amor de verdad.

La boda fue en el registro civil, tres semanas después, un abogado ponía en sistema para que Candy pudiera entender lo que firmará, ella accedía, y no solo firmaba, sino plasmaba sus huellas. Albert y su madre estaban muy emocionados, ambos sabían que Candy perfecta, y su ceguera no era un impedimento para amarse.

Rosemary se sentía incomoda por no haber incluido a nadie de invitados, pero la promesa era que fuera cual fuera el resultado después de la cirugía, ellos se casarían de manera religiosa.

Candy estaba nerviosa, era su noche de bodas, legalmente. No sabía si Albert ya iba a estar en su habitación, no lo habían hablado, o si se iban a esperar a casarse como Dios manda, pero ella deseaba que el eligiera, porque al final, ya era su marido y la realidad era que lo deseaba mucho, deseaba abrazarlo y tocarlo en las mañanas, palpar sus sonrisas y sentir su aliento mientras dormía. Meditaba eso y tocaba una bata de seda de su cajón, cuando el entraba en silencio y veía como ella estaba meditando, el sonriente, la sorprendía y comentaba,

- Sabías que as prendas, son las primeras en salir sobrando.

- ¡Albert!

- ¿Deseas que me quede contigo, Candy? Ella no pudo responder, solo se ponía ruborizada y el de inmediato la besaba sin dejar que meditara más la respuesta. No fueron necesarios atuendos o vestimentas, simplemente, se amaron con pasión, el se colocaba una banda en sus ojos, haciendo que ambos estuvieran sin verse. Ella sonreía al saber que estaban en iguales circunstancias, sin embargo ella podía hacer muchos movimientos, él la imitaba en todo. Hasta que la pasión se excedía y ya no pudo más, se quitaba la banda y desesperado avanzaba lo que con la falta de visibilidad, podía haberle dañado.

Las horas se hicieron largas, la madre de Albert no se inmiscuía en nada, simplemente esperaba y oraba con que Dios le devolviera la vista a Candy, porque no sabía si ella iba a poder estar siempre a su lado y Albert no sería siempre suficiente, al irse a trabajar.

Pasados los días, la cirugía de la vista en parte de su cabeza se llevaba a cabo, fue el momento más desesperante de la vida de Albert, la misma Rosemary estaba nerviosa al verlo por primera vez en ese estado de aprehensión.

- Tienes que tener fe, hijo.

- La tengo, pero no me importa el resultado, lo que deseo es que no haya complicaciones.

- No las habrá, hijo. Tranquilízate, te desconozco.

- Sabes que nunca me había enamorado así. Yo… quiero lo mejor para ella, y…

- Lo sé, hijo. Y créeme, no me iré de su lado, estaré aquí con ustedes, veras que todo estará bien.

- Gracias mamá, no sé qué haría sin ti.

- ¡Orar! Eso debes hacer conmigo o sin mí, debes orar, hijo.

- Si.

Las horas se hicieron eternas y por fin terminaba la cirugía, los médicos sonreían, que esa calma y esa delicadeza que emplearon fue la indicada para el proceso, que esperaban solo buenos resultados.

Candy se quedaría ahí dos días, y por fin llegaba el momento decisivo, no tenían que quitarle bandas de su rostro, solo hacerle pruebas de monitoreo, pues su mirada vendría lentamente, la cirugía estaba tras su cavidad ocultar y el laser lo determinaría de una manera básica.

- Candy, te ves hermosa, mi vida.

- Mi cielo, aun no te veo, pero soy muy feliz, cada día te amo más.

- Y yo a ti. Ya iniciamos los trámites de nuestra boda y vendrán mis familiares y podríamos casarnos en Lakewood, para que vengan tus amistades.

- Lo que desees, mi amor.

- Es nuestra boda, Candy.

- Soy tan feliz, aun sin ver. Te tengo a ti. Que más puedo pedir.

- Tienes razón, yo hice trampa y ahora estoy felizmente casado y muy enamorado.

- Tocare el piano a tu regreso.

Los días pasaron, Candy continuaba sin ver, Albert se marchaba al trabajo y continuaba amándola noche a noche, diciéndole lo feliz que era y ella, también lo hacía, temía que hasta ahí fuera su recuperación y al pasar las semanas, el resultado solo era un poco de claridad.

Para los médicos era el avance que deseaban, para Candy era el fracaso de la cirugía, habían sido tantos años sin ver que ver el brillo de la luz, fue difícil, pero ahora usaba lentes obscuros suaves. Y de su mirada, nada aun.

La boda religiosa se llevaría a cabo, para verse hermosa, la madre de Albert argumentaba que debía acostumbrarse a la luz, que los lentes no le harían verse bonita con su hermoso vestido de novia.

- Gracias. Sí, me hare a la costumbre, dejare de usar los lentes.

- Así será mejor, hija.

El día de la boda llegaba, Albert al ver que Candy no había recuperado la vista por completo, le pedía a ambas que no mencionaran la cirugía con nadie, no tenía caso, ellos no sabrían que ver un poco de claridad era un éxito y eso, era suficiente.

- No te preocupes mi amor, ya me estoy acostumbrando a la luz, no usaré lentes.

- Con o sin ellos, eres la mujer más hermosa que he visto en el mundo, por favor mi vida, si llegas a ver, no me cambies por otro.

La madre de Albert se tapaba la boca para no reír, que papel tan tonto hacía su hijo, Albert era por mucho muy atractivo, y Candy era muy bonita, pero cobrarle celos de esa manera, era algo que no le cabía en la cabeza, pensaba que tal vez era porque ella era la madre de él. Y para ella no había otro más atractivo, más que su otro hijo y ya estaba casado.

Anthony y Kate se habían quedado en la casa de sus padres, pues ella era de Lakewood. Candy por su parte, caminaba una y otra vez, sola, hasta que había llegado el alcalde del pueblo y comentaba que él debía entregarla, que no era necesario que caminara sola, pues le debía mucho a ella, por haber dado clases de piano y cuidar del centro de adultos mayores, donde estuvo por mucho tiempo trabajando.

- Gracias, es un honor.

- El honor es mío, hija. Estoy tan orgulloso, además me toco ser padre de dos hombres, nunca tuve una hija a quien llevar al altar.

La melodía del piano, ella la había compuesto para ese día, y la tocaba una orquesta de cinco elementos de cuerda y piano.

Al ir caminado, desde adelante Kate la miraba, meditaba que la boda había sido más bella que la de ella, pero que Candy no podía ver, también que se veía muy atractivo su cuñado y el alcalde era amigo de su padre, ahora era el hombre que entregaba a Candy. Molesta no comentaba nada y dejaba de verla. Anthony estaba con su hermano al frente, a un costado de él, viendo como Candy se veía muy hermosa, pero alguien tropezaba, Candy estaba asustada, nerviosa y algo no estaba muy bien, pero la melodía era la indicada, ella tenía que serenarse, todo estaba bien, solo que en silencio guardaba lo emocionada que estaba y que por muy nublado que veía, ahora había imágenes, y al final una sonrisa la esperaba,

Albert tenía una mirada hermosa y aunque no lo veía por completo, el centro era él, y aun como milagro, lo estaba viendo realmente. Al llegar, ella le sonreía y el feliz por como siempre coincidían sus miradas, le besaba sus manos, y ella emocionada, deseaba llorar, pero Rosemary le había advertido que no lo hiciera, que el maquillaje se le derramaría y la haría ver moralmente enferma.

- ¡Te Amo, Albert!

- Y yo a ti, mi vida. El sacerdote sonriente, comenzaba la misa, pero Candy ya no le importaba ver a nadie, no quitaba su rostro de él. Sabiendo que no veía, nadie decía nada, pero ella aprovechaba todo momento para verlo detalladamente, su frente amplia, su hermoso cabello rubio, su traje y el corbatín, esa mirada brillante y esa dulce sonrisa, que no quitaba en el altar, por el contrario, se la pasaba nervioso, mirándola a cada instante, al sentir que ella no giraba al frente sino solo estaba mirándolo a él.


Y a continuar escribiendo, deseando sea de su agrado,

Un abrazo a la distancia

Mayra Exitosa