❝𝓶𝓲 𝓿𝓲𝓭𝓪?
𝓿𝓪𝓬í𝓸 𝓫𝓲𝓮𝓷 𝓹𝓮𝓷𝓼𝓪𝓭𝓸

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𝓶𝓲 𝓬𝓾𝓮𝓻𝓹𝓸?
𝓾𝓷 𝓽𝓪𝓳𝓸 𝓮𝓷 𝓵𝓪 𝓼𝓲𝓵𝓵𝓪

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𝓶𝓲 𝓻𝓸𝓼𝓽𝓻𝓸?
𝓾𝓷 𝓬𝓮𝓻𝓸 𝓭𝓲𝓼𝓲𝓶𝓾𝓵𝓪𝓭𝓸

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𝓶𝓲𝓼 𝓸𝓳𝓸𝓼?
𝓪𝓱! 𝓽𝓻𝓸𝔃𝓸𝓼 𝓭𝓮 𝓲𝓷𝓯𝓲𝓷𝓲𝓽𝓸❞


Lo que yace en el lecho no es papá.

El hombre al que sostengo la mano ya no es mi padre.

Él es una carcasa vacía de ojos consumidos y cuerpo exánime, esquelético. Un cadáver que abre los ojos por instinto y debo pasar mi gélida mano por sus parpados, a fin de evitar que se resequen sus hundidas cuencas, dado que no parpadea ni respira por su cuenta. Y es difícil contemplar los ojos de chocolate que mi hija heredó, los ojos que también se extinguieron.

—Señorita…

Doy un respingo, sintiéndome tan torpe como cincuenta años atrás porque una simple mortal me ha logrado tomar con la guardia baja.

Una simple mortal… chasqueo la lengua, tampoco es que los vampiros sean eternos o, de otra forma, mi pequeña aún estaría conmigo y no habría sido rebajada a un ghoul, un demonio necrófago. Meneo la cabeza, qué inocente fui al creer que ser una vampiresa me ahorraría todo conflicto y que todas las batallas podrían arreglarse con palabras.

Sí, alguna vez creí que había nacido para ser un vampiro; ahora, sé que nací para ser un problema.

—Señorita, por favor, necesito cambiarlo— solicita la mujer, tan menuda que me cuesta creer que ella sola llevará a cabo tal labor.

—Le ayudaré.

Me ofrezco y suelto la mano que he sujetado por horas, con la paciencia que heredé de él que cuidó a mis abuelos hasta el final y también a Sue, Sue Cullen. Tal parece que todo perece, todo el mundo que conocí se ha marchado, a excepción del vacío, de mis angustiosas contrariedades que continúan ahí a pesar de que Edward aceptó arriesgarse y explorar el mundo conmigo.

—Su piel… brilla…

—¿Disculpa? — Me giro hacia la enfermera, la cual debe ser una pasante porque se encoge en sí misma al captar mi atención.

—L-lo siento, debió ser una ilusión.

Siento que debería decir "algo" para tranquilizarla, sin embargo, nunca fui un as al tratar con otros y, nada de ello ha cambiado en décadas. Así como, tampoco ha desaparecido mi incomodidad al compartir espacio con extraños como aquella jovencita que resulta más hábil que fuerte y entre ambas conseguimos cambiar el pañal del cuerpo que gimotea a cada movimiento, por más suave que sea.

—Está cansada, ¿no es así? — pregunta la enfermera con preocupación e intento sonreír, porque supone que lo dice por las ojeras, las eternas ojeras debajo de los ojos de todo vampiro que opta por no sustentarse de vida humana.

—Un poco.

No agrego más a la conversación, por lo que ella pronto se marcha y yo vuelvo a tomar la mano del hombre al que veo morir, extinguirse. Contemplo esos dedos que otrora se perdían en mi cabellera cuando niña, prometiéndome que él me defendería de cualquier muñeco diabólico que decidiera perseguirme o de algún extraño conserje en mis pesadillas.

Manos mágicas que alejaban todos mis miedos.

Manos en las que confíe cuando requería reparar alguno de mis juguetes o conseguir algún pescado del viejo lago que ya no existe más. Manos que me arrullaban cuando me sentía fuera de lugar, sensación que en realidad no ha cambiado ni un ápice porque Edward es incapaz de comprender que no puedo simplemente dejar pasar la transformación de mi pequeña.

No puedo porque ella no me confío de sus sueños, de sus profecías acerca de la apertura del infierno.

—P-papá…— La voz se me quiebra cuando intento usarla, cuando necesito un consejo que no puedo tomar porque él ya no está.

Se ha ido y, si acaso regresa, será como un cadáver sin recuerdos.

Una herramienta del clan Shaitán, hechiceros que aun siendo simples humanos han logrado que los vampiros se alíen a los hombres lobo, gigantes, nagas y otros seres que para mí alguna vez fueron sólo leyendas. Se me escapa una risita, una risita tonta, porque pensé que todo estaría bien una vez que Edward me transformara, una vez que detuviéramos el posible enfrentamiento en contra de los Vulturi.

Y, sin embargo, aquel fue sólo el comienzo.

—Papá— Lo intento una vez más, sintiendo que en mi pecho se crea un nudo, un pesado nudo que colma mis ojos de lágrimas. Me siento tan humana y vulnerable, aun cuando mi piel en verdad resplandece al sol de mediodía que se cuela por entre las cortinas—. Papá, yo sólo quería una vida tranquila.

Decirlo en voz alta me hace sentir estúpida, como la niñata de menos de veinte años que físicamente siempre seré debido a mis erradas decisiones. Me hizo tanta falta crecer, madurar o, de otra forma, no estaría buscando ayuda en el lecho de muerte de mi padre; a quién debería dedicar unas palabras, contar bellas anécdotas y aligerar su partida.

Aunque ya no lo siento más, tampoco Edward.

No hay pensamientos o emociones proviniendo de él, y aunque intento separar la imagen de mi padre de la del hombre en el lecho: los recuerdos se superponen, me duelen y me hacen lamentarme una y otra vez por alejarme de él. Aún si así es… era nuestra forma de expresar afecto: proteger y apartarnos; aun así, debí acompañarlo a más viajes de pesca, a más partidos de beisbol.

Después de todo, aunque mi ex-esposo cedió con el tiempo a que fuésemos más allá de Forks, más allá de un solo sitio: ni la visión de las auroras boreales ni las lagunas fluorescentes de Australia son equiparables a los momentos que pasé al lado de papá, de aquel cuyo incondicional amor me hizo darlo por sentado aún si envejecía ante mis ojos.

Él menguó lentamente.

Tan lentamente que lo creía eterno también.

—¡Eh, Isabella!

No hay apodos entre nosotros, porque yo no soy un ángel ni él es el amor de mi vida.

Aun así, no puedo evitar dirigir mi atención y corazón a Emmett, cuyo instinto protector le lleva a aproximarse a nuestra velocidad, estrechándome entre sus brazos, contra su pecho.

—¡Carajo! Te eche tanto de menos.

Río, río un poco porque su tono es jovial y honesto, aunque pronto guardo silencio porque me parece de mal gusto reír cuando aún sostengo la mano inanimada del hombre que me vio crecer, del hombre al que despido cada día y por el que suplico un día más, un momento más. El hombre que yo habría transformado si no hubiese ido en contra de su voluntad, de sus deseos.

—Traje un regalo.

Emmett saca un pequeño ramillete de detrás de su espalda, un ramillete de acacias que huele tan fresco que he de suponer que es recién cortado, de una visita al bosque a más de cien kilómetros de distancia. Aspiro, huelen bien. Huelen a Forks, el lugar que mi progenitor se negó a abandonar hasta que el derrame cerebral se llevó todo de él: sus recuerdos, su personalidad, sus reacciones…

Aunque, no todas, porque el aroma hace que él abra de nueva cuenta los ojos y, coincidencia o no, mi amante agita el ramo y la fragancia colma la habitación.

—Hasta un perro despertaría cuando huele un filete.

Niego con la cabeza, Emmett no ha cambiado ni un ápice desde que nos conocemos, siempre tan llano y natural, sin el verbo encantador del vampiro que ahora es el líder del Clan Olímpico tras haber derrotado a Carlisle en combate, con el propósito de enfrentar a los hechiceros, a aquellos que se llevaron a nuestra hija y, con ello, la sanidad de Jacob.

—¡Oh! — exclamo una vez que mi acompañante me muerde la mejilla, una inusitada acción que me obliga a llevar la mano al rostro.

—Tierra a Isabella, tierra a Isa.

Él se burla, a sabiendas de que tiendo a quedar inmersa en mis pensamientos, y más ahora que me doy cuenta de lo estúpida que fui al pensar que la muerte era apacible y que la vida es difícil. Después de todo, la muerte es sólo una transformación y no hay cielo, sólo un eterno vacío o el infierno, dónde las almas se transforman en alimento de demonios.

Lo empujo y él permanece, se queda a mi lado como en el último lustro.

Se queda a mi lado, aún si sabe que lo estoy utilizando como mi última esperanza, como mi única conexión a la cordura.

—Eh, Charlie — exclama con brío, como un infante —. ¿Su adorable hija le ha contado de cómo no puede adaptarse a la tecnología? Y pensar que es la más joven de nosotros

Él se carcajea, se golpea el muslo y hace parecer tan sencillo dirigirse a los restos de mi padre, a quién entierro en mis pensamientos desde hoy, desde días atrás, porque no puedo concebir la vida sin él. Y el sólo pensamiento me hiere más de lo que imaginé, porque al ser vampira todo dolor se multiplica, todo dolor será eterno.

—¡Uff! Si le contase, Charlie, de cómo Isa y yo hemos tratado en convertirlo en abuelo…

Escucho y atino a dar una palmada, un impacto contundente en mi zafio acompañante, quién ríe, me besa y me regresa con él, lejos de mis pensamientos, de mis agónicas emociones.

—Cariño, él todavía puede sentirte.

Me dice y no le creo, no puedo creerle.

Porque mi padre no es aquella carcasa vacía, mi padre no puede morir… pero lo está haciendo, él está muriendo y yo soy tan patética como cuando era humana. Tan patética que no pude proteger a mi hija y ahora ni siquiera puedo emitir una palabra frente a mi padre, más que para solicitarle auxilio porque el mundo se derrumba.

Y si mi padre muere, yo moriré con él.

—¿Verdad que está ahí, Charlie? — El brazo de mi amante queda en torno a mi cintura, sosteniéndome (reteniéndome) —. ¿Verdad que va a darme la mano de Isabella?

No necesito verlo para saber que sonríe.

No necesito verlo como para saber que sus oscuros ojos reflejan una fiera voluntad de mantenerme a su lado, eternamente. A pesar del apocalipsis por venir, a pesar de la familia que hemos perdido; a pesar de que él es un infinito sol y yo siempre he sido una luna, reflejando tan sólo el brillo de quienes me acompañan.

Como mi padre, como mi hija.

—Nos casaremos en junio — declara y cedo a convertirme en un mar de lágrimas y ocaso.

Mi padre abre los ojos, presiona mi mano.

Ahogo un hipido, me lanzó a su cuerpo aún si puede que me imaginara tal respuesta, pero Emmett corrobora abiertamente que tal reacción significa un absoluto: no. Lo que era de esperar, porque junio es el mes de las lluvias en Forks… y junio también será el mes que termine por perder a mi padre, que termine por perderme a mí.


¡Volví!

En esta ocasión con un fanfic de un fandom por el que fui al cine en cada estreno, y no me da vergüenza admitirlo porque pasé amenos momentos riéndome de las incoherencias de la saga y maravillándome con su soundtrack. Además, la mayoría de las obras que se basaron en Crepúsculo era son tremendas joyitas que recomiendo encarecidamente ( ◞・౪・)

¡𝕲𝖗𝖆𝖈𝖎𝖆𝖘 𝖕𝖔𝖗 𝖑𝖊𝖊𝖗!