2. El oro de los siglos

Draco despertó tumbado boca abajo, con una mejilla pegada al suelo. La superficie lisa y dura del parqué ejercía una molesta presión contra su pómulo izquierdo. Poco a poco, todas las formas fueron asentándose, y las luces dejaron de parpadear indecisas ante sus ojos. Frente a él se empezaron a definir las patas de madera de la cama de Nott, y tras forzar la vista logró distinguir con claridad las estrías de la madera y el polvo que se acumulaba en el suelo, y también el baúl arrinconado bajo la cama, al fondo. El pitido también iba disipándose.

Draco gimió suavemente cuando trató de incorporarse. La cabeza todavía le daba vueltas, así que se quedó allí tendido sobre el suelo del dormitorio, con la cara contra el parqué, «derribado en tierra». Únicamente se concentró en respirar, aunque ni siquiera eso era sencillo, pues la presión del duro suelo contra su pecho le impedía expandir la caja torácica.

Tras unos minutos en esta incómoda postura, Draco logró levantarse del suelo. Estuvo aún otro buen rato sentado en la cama de Nott, recuperando fuerzas. Concentrarse en respirar era la única manera: se colocó una mano en el pecho y se concentró en sentir cómo su mano ascendía y descendía al ritmo de su respiración, cómo el corazón latía pausadamente y hacía correr la sangre por su cuerpo. Qué débil se sentía. Qué pequeño y vulnerable. Huesudo, frágil y cálido. Fino como una hoja de otoño.

Tenía un costado algo entumecido por la caída, pero era un dolor sordo y casi trivial en cierta manera. Haciendo caso omiso de las débiles punzadas, Draco comprobó su reloj: había estado desmayado menos de cinco minutos. Los desmayos cada vez duraban menos, eso estaba claro. Pero también eran más frecuentes.

Entonces se fijó más detenidamente en su muñeca. Era tan estrecha, pensó, que hasta un niño podría partirla. De hecho, en la última excursión a Hogsmeade había tenido que ir a Dervish y Banges a que le redujeran la correa de terciopelo del reloj, porque hacía semanas que se le resbalaba muñeca abajo.

-Casi tres centímetros -se sorprendió el anciano dependiente cuando le midió la muñeca con una cinta métrica-. Tengo que quitar tres centímetros de correa para que el reloj se te ajuste bien. ¿Seguro que es tuyo? –preguntó con repentina suspicacia, sospechando seguramente que lo había robado a algún alumno más robusto.

En otros tiempos, una pregunta así lo habría escandalizado: habría retirado la mano de un manotazo, habría levantado la barbilla y le habría replicado airadamente que los Malfoy no se rebajaban a cometer el ridículo crimen del hurto, que su familia poseía el oro de los siglos, más que ninguna otra, y que acusarle de haber robado era un insulto a la dignidad que le otorgaba su riqueza. Dicho esto se habría dado la vuelta, habría abandonado la tienda a grandes zancadas y habría escrito inmediatamente una carta a su padre. Unas semanas más tarde, el desventurado empleado habría sido despedido de la tienda. O todos sus socios comerciales se habrían negado a seguir distribuyéndole la mercancía. O tal vez habría ocurrido algo más… oscuro. Una repentina enfermedad, pesadillas continuas, la desaparición de un familiar cercano. En todo caso, el padre de Draco habría encontrado la manera de castigarlo.

«El honor de la familia siempre deben prevalecer», dijo su padre una vez. «No podemos dejar que la gente lo mancille, que se lo tome a guasa, que bromee sobre nosotros o se burle a nuestras espaldas. Nuestros congéneres deben comprender que somos, en efecto, la aristocracia de la comunidad mágica. No en el sentido social, pues los privilegios nobiliarios se abolieron antes de que tu abuelo naciera, sino en el sentido etimológico del término. «Aristocracia» proviene del griego aristoi, y significa, literalmente, 'los mejores'. Somos los mejores, Draco –al llegar a este punto, su mirada se volvió dura como el pedernal-. Pero a veces es necesario recordárselo a aquellos que son inferiores. De lo contrario, su estupidez y arrogancia pueden hacerles creer que merecen un lugar entre nuestra estirpe, cuando, en realidad, deberían sentirse honrados por el mero hecho de inclinarse ante nuestro paso…»

Pero en aquella ocasión, cuando el anciano le acusó de haber robado el reloj, Draco se quedó quieto y callado, sin apartar la mirada del mostrador. Retiró la mano lentamente, evitando la mirada del anciano, y se encogió de hombros de un modo muy poco aristocrático.

-Es que… He adelgazado –murmuró.

Se quedó unos segundos así, en silencio, y al final levantó la vista. El dependiente lo observaba lleno de preocupación.

-Claro, me hago cargo –dijo éste voz suave y comprensiva, como si le hablara a un animal asustado-. ¿Necesitas…? ¿Puedo ofrecerte…?

Pero Draco salió corriendo de la tienda, asqueado por el momento que había compartido con aquel miserable, asustado y avergonzado de haber mostrado tanta debilidad. ¿Y qué podía «ofrecerle» aquel idiota, de todas formas? Draco no necesitaba su lástima. Él no tenía ni idea… Nadie tenía ni idea…

Más tarde, envió a Goyle a buscarle el reloj a la tienda. Se dijo a sí mismo que tenía otras cosas más importante que hacer en Hogsmeade (y realmente las tenía, pues la señora Rosmerta ya empezaba a mostrar signos de resistencia a la maldición imperius), pero, en el fondo, Draco supo que le daba demasiado miedo volver a Dervish y Banges y enfrentarse él solo a la mirada compasiva del dependiente.