3. Un cuerpo hermoso es siempre un reclamo
Draco suspiró largamente, y entonces algo le llamó la atención por el rabillo del ojo. Unas pequeñas manchas de color rojo intenso destacaban sobre las sábanas blancas. Como si una jovencita acabara de perder la virginidad en la cama de Nott.
«Ya le gustaría», pensó Draco con sorna. Tardó unos instantes en caer en la cuenta de que aquellas manchas debían ser su propia sangre, y entonces se miró la palma de la mano. Tenía dos largos cortes horizontales que le recorrían la piel y rezumaban delgados hilillos de sangre. Draco no recordaba habérselos hecho. De todas formas, aquello no le alarmó.
-Episkeyo –susurró, sacando la varita de su túnica. Los cortes se cerraron limpiamente y la sangre desapareció, dejando sólo dos finas líneas plateadas sobre su piel pálida. Muchas marcas similares adornaban la palma de su mano, signos de los muchos arañazos que se infringía para contener las ganas de romper a llorar. Pero aquellas no eran las únicas cicatrices que poseía, ni tampoco eran las peores. Justo entonces, sintió un débil cosquilleo en el brazo izquierdo.
-Fregotego –volvió a murmurar, y las manchas de sangre desaparecieron de las sábanas.
Draco siempre había tenido una sintonía especial con los hechizos curativos y los encantamientos de limpieza, pero rara vez mostraba sus habilidades en público. Aquellos dones servían esencialmente para cuidar de los demás, y por eso Draco solía ocultarlos: le parecían habilidades demasiado femeninas para alguien como él. De todas formas, los mortífagos apreciaban mucho más los hechizos que servían para infringir sufrimiento que los hechizos que podían curarlo. Y un verdadero mortífago, en el fondo, tampoco necesitaba curas de ningún tipo: o vencías la batalla, o morías. No había término medio, así que los heridos nunca despertaban mucha compasión en el Señor Tenebroso, ni siquiera los de su propio bando. Para Él, volver herido de una batalla significaba haber ganado sólo a medias, y en las Artes Oscuras no se toleraban esa clase de tibiezas. Draco ya había aprendido esa lección.
La cadera empezaba a dolerle allí donde había impactado contra el suelo. Draco se intentó masajear la zona para relajar el entumecimiento, pero lo único que notó fue su pelvis dura y protuberante. En realidad, casi no había carne que masajear bajo la ropa, apenas una fina capa de piel que le cubría el hueso. Y una cintura estrechísima, Dios mío, una cintura curvada con nuevos y extraños recovecos, con depresiones, ondulaciones, una nueva geografía que había emergido a la superficie esos últimos meses y que a Draco todavía lo sorprendía. Se palpó cuidadosamente aquellas duras formas en torno a la cintura, se palpó la estructura de la clavícula y el inicio de los omóplatos, esos dos rígidos altiplanos sobresaliendo en su espalda separados por los pequeños y duros montículos de la columna vertebral.
¿Cuántos quilos había perdido aquel curso? ¿Había bajado ya de los cincuenta? Lo cierto es que le asustaba pedir una revisión médica en la enfermería para utilizar la báscula. Prefería no saberlo. De ese modo, la situación parecía menos grave, un mero estadio provisional que no merecía ni ser registrado en la libreta de la señora Pomfrey.
Pero tenía que hacer algo al respecto, y pronto. Draco sabía que la gente ya estaba empezando a notarlo.
Todavía le costaba acostumbrarse a ese nuevo cuerpo esquelético. Draco siempre había sido de constitución delgada, pero sus padres le habían hecho practicar deporte desde pequeño: atletismo, equitación, tiro con arco, y, por supuesto, quidditch. Draco esbozó una sonrisa al recordar las luminosas mañanas de su infancia en el campo de polo de la mansión, cuando su madre encantaba las dianas para que flotaran y cambiaran de color si Draco conseguía dar en el blanco, algo que sucedía con bastante poca frecuencia, por cierto. Al final del entrenamiento, Dobby les bajaba una bandeja de fruta y los dos comían tranquilamente a la sombra de los gigantescos tilos que crecían cerca del lago.
Para sus padres, la excelencia atlética era otra de las virtudes que debía poseer un miembro de la familia Malfoy. El ejercicio al aire libre templaba las pasiones de los jóvenes y los impulsaba a alcanzar la perfección mediante la disciplina y el autocontrol. Esos eran los valores del deporte según sus padres, los mismos que los del ejército: rectitud de pensamiento, precisión, obediencia. Domar tu propio cuerpo, amaestrarlo y modelarlo a tu voluntad. ¡La vigilancia de los sentidos! Y, por supuesto, también había que tener en cuenta el aspecto estético: «Un cuerpo hermoso es siempre un reclamo –decía su padre-. Eres tú el que debe decidir cómo utilizarlo». Por todo ello, Draco llegó a Hogwarts esbelto y fuerte, revestido de dureza y distinción. Su cuerpo era, en efecto, una «fortaleza de honor», como lo habría expresado su padre. Y Draco era perfectamente consciente de ello. De hecho, cuando sus músculos empezaron a desarrollarse seriamente, hacia cuarto, Draco empezó a buscar excusas para pasearse desnudo de cintura para arriba por toda la sala común. Adoraba sentir las miradas de deseo de sus compañeras, esos centenares de ojos que recorrían con disimulo las suaves líneas de su torso cincelado en mármol, como un Apolo del Belvedere contemplado en un museo. Draco sabía que envidiaban su belleza, y que muchas (y muchos) querían poseerla, aunque sólo fuera unas horas. Y así, los hacía bailar en la palma de su mano, seducidos e hipnotizados, listos para cumplir su voluntad inspirados por una promesa que no iba a llegar nunca. En realidad, sólo era otra forma de control.
Ahora todo había cambiado. Ya nadie se giraba en el pasillo para mirarlo, ni chicas ni chicos. Y, lo que era más desconcertante de todo: Draco lo agradecía. Sólo quería pasar inadvertido y perderse entre la multitud, como un estudiante más. De todas formas, nadie podía enterarse de lo que estaba planeando, y cuanto menos llamase la atención, mejor.
Había más problemas. Por ejemplo, a Draco cada vez le costaba más permanecer sentado en las duras sillas de los pupitres. Sus omoplatos hacían presión contra el respaldo de madera, impidiéndole apoyar la espalda completamente. Lo mismo sucedía con los huesos inferiores de la pelvis cuando se sentaba, pues se clavaban dolorosamente en el asiento, directamente, como si sus glúteos hubiesen desaparecido. Y por la noche llegaba otro combate. Draco dormía desde pequeño acurrado en posición fetal, pero desde hacía tiempo sus rodillas su chocaban la una contra la otra si las mantenía alineadas, así que tenía que dormir boca arriba o con una pierna por encima de la otra.
Se preguntó cómo se las ingeniaría Potter para dormir. Siempre había sido tan ridículamente pequeño y huesudo… Draco no entendía cómo no lo confundían más a menudo con un alumno de cursos inferiores. Pero de inmediato comprendió que eso era imposible: todo el mundo sabía a qué curso iba Potter, porque Potter era famoso. El puñetero Harry Potter, Campeón del Bien.
Draco sacudió la cabeza. No podía pensar en Potter. No ahora. Era demasiado humillante.
Ese pensamiento le ayudó a tomar conciencia de dónde estaba y de cuál era la situación: estaba sentado en la cama de Nott, en su dormitorio de Slytherin. Era un miércoles cualquiera después de la cena. Cerca de las siete de la tarde. Recordaba muy vagamente por qué había entrado en el dormitorio: creía que era algo relacionado con un libro. Tal vez. Draco sintió un nuevo escalofrío de angustia, pero trató de serenarse: las pequeñas pérdidas de memoria como aquella le sucedían bastante a menudo después de los desmayos, y siempre recobraba los recuerdos al cabo de unas horas.
En todo caso, tenía que volver a la sala común para evitar levantar sospechas. Draco y sus compañeros se acostaban tarde, porque los alumnos de Slytherin eran criaturas nocturnas. Si se retiraba al dormitorio tan temprano, quizás al día siguiente alguien le preguntaría si estaba enfermo o si le había pasado algo… Sobre todo Zabini; últimamente estaba muy preguntón.
De modo que Draco respiró hondo, se levantó y fue caminando lánguidamente hacia la sala común.
