4. Agradablemente lejos

Evitando cruzar la mirada con algún alumno, Draco merodeó entre los sofás a la búsqueda de un sitio libre. Su butaca favorita junto al fuego estaba ocupada por un presuntuoso niñato de primer año. A juzgar por lo relajado de su postura, era evidente que no tenía ni idea del peligro al que se había expuesto sentándose allí, en el sitio más cotizado de toda la sala común. En menos de cinco minutos, alguno de los alumnos mayores lo humillaría públicamente y lo echaría a patadas, como si fuera un animal indeseable. Era importante que los nuevos aprendieran cuanto antes cuál era su sitio: las sillas más viejas e incómodas, las tareas más desagradables, los lugares más húmedos y fríos de la sala común, los más alejados del fuego. Y si alguno se quejaba, siempre se podía recurrir a esas pequeñas, pequeñísimas humillaciones por las noches. Draco conservaba esas imágenes en su memoria, claras como el cristal: niños llorando en la oscuridad, desnudos, que buscan su pijama o se quedan petrificados detrás de un mueble hasta el amanecer, cuando Draco decidía romper el hechizo entre carcajadas. No era una cuestión de crueldad, o al menos no completamente, sino de jerarquía. Y ellos ya habían recibido su cuota cuando entraron en el colegio. La lección, en todo caso, era la misma: ser de Slytherin no era ninguna tontería, y los rangos estaban para ser respetados.

Draco notaba los insultos chispeando en la punta de la lengua. Podía limitarse a invocar su autoridad de prefecto, si quería mantener las cosas civilizadas. También podía meterse con su aspecto físico: por la forma en que se encogía en la butaca, Draco dedujo que el niño pretendía esconder su barriga. Podría llamarlo cerdito gordito, podría decir en voz alta que había nacido en una pocilga, que su madre era una cerda sebosa que lo atiborraba a pastelitos… Por no hablar de su nariz, inflada y aplastada. ¿Qué te pasa, Rogers? ¿Tu madre ha intentado meterte la mantequilla por la nariz, gordo apestoso? ¿No tienes suficiente con la comida que te entra ya por la boca?

Sabía que sus ocurrencias arrancarían una carcajada en sus compañeros, aunque no lo encontraran gracioso, aunque alguno quisiera salir a defender al crío. Pero eso era un punto clave en el ejercicio del poder: Draco los obligaba a reírse con él, a admirar su punzante ingenio y a corearle las gracias. Que quisieran o no, era del todo irrelevante. Después de todo, nadie se atrevía a llevar la contraria al hijo de los Malfoy.

Finalmente, en todo caso, el niñato de primero, avergonzado, sudoroso y conteniendo las lágrimas, saldría corriendo hacia su dormitorio, como un pequeño Neville Longbottom. Y Draco se sentaría triunfante en la mejor butaca de la sala común, regodeándose de su victoria.

Pero Rogers parecía particularmente relajado y feliz sentado en aquella butaca. Tenía abierto sobre los muslos el Libro reglamentario de hechizos, y leía en voz baja intentando invocar con la varita unas sencillas pompas de jabón. No estaba haciendo daño a nadie. Y tampoco estaba tan gordo.

Draco sintió cómo su cuerpo se desinflaba. Un velo de cansancio le cubrió los ojos, y entonces se alejó de allí. De todas formas, no le apetecía nada montar una escenita ni recibir la falsa estima de sus compañeros. De repente, todo aquello le pareció sumamente infantil, casi indigno.

Con la cabeza gacha, Draco llegó hasta el sofá más alejada de la chimenea, un mueble antiguo de terciopelo verde arrinconado contra la pared, justo debajo de un enorme ventanal con las cortinas firmemente corridas. El lejano resplandor del fuego creaba sombras parpadeantes en las paredes cubiertas de tapices, y se oía desde lejos el sonido de las conversaciones de los estudiantes. Lejos de él, por suerte. Agradablemente lejos. Ese pensamiento lo tranquilizó.

Con sorpresa, vio que encima de un cojín había un libro abierto cabeza abajo. Era un tomo muy delgado, encuadernado en piel roja. Draco leyó las letras doradas de la cubierta: «Eurípides. Tragedias». Y entonces lo recordó de repente. Draco había estado en ese mismo sofá leyendo Medea por tercera vez, y había ido al dormitorio a buscar algo con que poder marcar las páginas. Pero las cosas se habían complicado, por supuesto.