Mi alma ha ansiado el suplicio
Draco se acurrucó en uno de los lados del sofá y se echó una manta por las rodillas. No cogió el libro inmediatamente, ya que los arañazos de su piel le llamaron nuevamente la atención. Draco extendió las palmas de las manos frente a sí y siguió con los ojos el recorrido de aquellas líneas finas y plateadas que descendían por sus muñecas y se perdían bajo las mangas de la túnica. Eran elegantes y discretas, y a veces se confundían con las líneas naturales de su piel pálida. Si preguntaban, Draco decía que su búho Asterión había desarrollado demencia y que a veces le atacaba cuando le ataba las cartas a la pata.
Tardó varias semanas en caer en la cuenta de que las uñas humanas no podían cortar la carne de aquella manera. Las personas que se autolesionaban solían utilizar un objeto punzante y romo: una cuchilla de afeitar, un trozo de cristal, el borde afilado de un instrumento metálico… Pero nunca sus propias uñas. Aquello era un comportamiento demasiado salvaje incluso para los locos. Pero Draco había notado desde principio de curso que sus uñas eran mucho más fuertes y resistentes: rompía las páginas de los libros cuando las pasaba, desgarraba las cortinas de su cama cada vez que las cerraba por la noche, hacía saltar los tapones de las botellas de pociones cuando intentaba abrirlas… Al principio no le dio importancia, pero poco a poco se empezó a preocupar, y tras muchas reflexiones nocturnas, llegó a la conclusión de que aquellos extraños síntomas se habían empezado a manifestar poco después de la imposición de la Marca Tenebrosa.
En seguida le vinieron a la mente las Manos del Señor Tenebroso, con esas uñas afiladas y puntiagudas, feroces, casi animales. Los dedos largos y delgados, de una palidez espectral, emergiendo de debajo de Su túnica como una araña blanca y sutil. Tía Bella ya le había advertido de que la Marca Tenebrosa no era un simple tatuaje. Era una corona de cadenas que sometía el alma a los deseos del Señor Tenebroso, voluntariamente y desde la devoción más sincera. Era una marca de entrega, un símbolo de sumisión. Ni tu cuerpo ni tu mente te pertenecían ya. «Renunciar a todo para conseguirlo todo», había dicho tía Bella con los ojos brillantes, temblando ligeramente. «Mi alma ha ansiado el suplicio, Draco, y mis huesos la muerte, y todo para ser digna de postrarme en Su presencia», había añadido, agarrándole de los brazos con cada vez más fuerza. «Mi alma ha deseado el suplicio… Y he sido testigo de Sus prodigios. Y tú, sobrino, hallarás por fin la gloria ante Él, pero sólo si te entregas por entero a Su poder».
Draco siempre había pensado que tía Bella hablaba metafóricamente, o quizás movida por la intensidad de su fervor (nada más conocerla, Draco sintió al instante que su tía no era una persona muy estable). Pero empezaba a comprender que Bellatrix no había exagerado. Sus dedos, a veces, eran los dedos del Señor Tenebroso. Todo su cuerpo estaba subyugado a Su voluntad, unido a Él de una forma tan íntima que era casi invisible. Era como un soplo, un aliento, una sutil niebla que corría por sus venas y se mezclaba con su sangre, transmutándolo desde el interior.
Era su siervo, simplemente. Y los efectos de esa servidumbre no hacían más que empeorar con el tiempo. No eran sólo las uñas, y Draco lo sabía. Por ejemplo, cada vez le costaba más conciliar el sueño. También le asustaban los ruidos fuertes. Perdía con facilidad la noción del tiempo, y a veces podía pasarse días enteros en la Sala de los Menesteres, enfrascado en arreglar el armario, sin pensar ni un instante en otra cosa, y mucho menos en algo tan lejano y estúpido como las clases…
La luz del sol le producía dolor de cabeza. Siempre tenía frío. Apenas comía, y lo que probaba casi no tenía gusto. De hecho, eso último había sido casi gracioso. Durante las primeras semanas en Hogwarts después del verano, Draco se estuvo quejando en repetidas ocasiones de que los elfos domésticos ya no ponían sal en las comidas. Se quejaba alzando mucho la voz, con el tono despreciativo, ofendido y desdeñoso que siempre empleaba para hablar sobre los que eran inferiores a él. Normalmente, sus protestas eran coreadas y suscritas por todos los que se encontraban a su alrededor, como debía ser. Porque él siempre tenía razón, pues tal era su derecho de nacimiento. Sin embargo, sus quejas sobre el gusto de las comidas sólo recibían silencio, miradas de extrañeza y un vago desconcierto general. Al final, una mañana de principios de noviembre, durante el desayuno, Pansy se lo dijo con toda la delicadeza de la que fue capaz:
-Draco, la comida está como siempre –dijo con aire preocupado-. No entiendo qué te pasa.
