6. Ruido blanco
-Quizás deberías ir a la enfermería –sugirió Nott, que aquella mañana comía con ellos en el Gran Comedor-. ¿No habéis oído hablar de las maldiciones sensitivas? Pueden alterar tus estímulos perceptivos o incluso anularlos, si el hechizo es lo suficientemente potente.
-¿De verdad?
Pansy abrió mucho los ojos, alarmada, y se puso a observar con inquietud el rostro de Draco, como si temiera que en cualquier momento se le fuera a caer la lengua o algo así.
-¡Oh, Pansy, no seas estúpida! –exclamó Draco con repentina agitación, apartándola de un empujón. Había caído en la cuenta demasiado tarde. Era otro efecto de la Marca Tenebrosa, por supuesto. Notó que empezaba a acalorarse-. Y tú, Nott –dijo para desviar la conversación-. ¿Qué es eso de «estímulos perceptivos»? ¿No puedes hablar como una persona normal? Pareces Hermione Granger.
Nott se ruborizó visiblemente y bajó la vista, compungido.
-Me refería a los sentidos -dijo con un hilo de voz-. El oído, el gusto, la…
Pero las risotadas de Crabbe y Goyle lo interrumpieron. Se reían de esa forma inexpresiva, automática y vagamente porcina que siempre utilizaban para corear las ocurrencias de Draco. Con el paso de los años, habían desarrollado un sexto sentido para detectar cuándo debían reírle las gracias aunque no estuviesen prestando atención a la conversación. De hecho, raramente lo hacían: no habían levantado la vista del plato desde que habían entrado en el Gran Comedor.
Pansy se unió a la broma con entusiasmo.
-Eso, Nott, ¿por qué no vas a la biblioteca a seducirla con tus palabrejas de empollón? Seguro que te encanta su aliento pestilente de muggle…
-Yo jamás me juntaría con esa indeseable sangre sucia –replicó Nott vehementemente, cada vez más ruborizado-. Antes le pediría salir a una puñetera mandrágora.
Aquello hizo reír a Pansy, que asintió con aprobación, y Nott pareció relajarse un tanto. Ya no se meterían más con él, al menos hasta el final del desayuno. Parecía que habían olvidado el tema de su pérdida de gusto, pero entonces Zabini intervino por primera vez en la conversación.
-Entonces, ¿qué vas a hacer, Draco? –preguntó, dirigiéndole una inquisitiva mirada por encima de las copas de cristal. Uf, Draco odiaba sentarse enfrente de él en las comidas. Sus ojos eran demasiado penetrantes y socarrones, como si supiera algo sobre él que el propio Draco ignorase.
-Esperaré unos días a que se me pase –respondió con tono casual, encogiéndose de hombros-. Si no mejora, supongo que una visita a la enfermería no hará daño. Pero me llevaré mis propias sábanas, eso sí. No pienso permitir que los sangre sucia me infecten con sus hongos.
Aquello arrancó una carcajada general, y el tema fue olvidado.
Pero (pensó Draco más tarde), las pruebas eran cada vez más evidentes: parecía que la Marca Tenebrosa también le estaba alterando las facultades corporales. Primero fue el gusto, y más tarde, el olfato. A finales de año, Draco todavía podía detectar la mayoría de olores, pero a partir de enero también esa parte del mundo empezó a desaparecer: el olor a hierba mojada cuando atravesaba los jardines de camino a Herbología, el humo de las velas aromáticas que su madre le mandaba por correo, el sutil aroma de las escobas de quidditch recién enceradas, el olor acre a libro viejo, los vapores jabonosos de los baños… Todo eso siempre había formado parte de la vida diaria en Hogwarts, pero los olores se habían fundido ahora en un único aire frío que se extendía monótonamente por todas partes, un aire aséptico, vagamente hospitalario, lineal y sin matices.
Había días en que ya apenas percibía la realidad las cosas: sin olor, sin sabor, sin apenas consistencia, era como si el mundo se hubiera convertido en una gran hoja de papel blanco que pasaba ante él sin que Draco pudiera ya formar parte. Porque había tanta, tantísima distancia entre él y todo lo demás… Una distancia que convertía los rostros de sus amigos en manchas borrosas e indistinguibles; los altos corredores de Hogwarts, sus torres y ventanas, en un caos inaprensible de luces y ángulos forzados. Y Draco caminaba desventurado entre esas formas confusas, suspendido en una especie de ruido blanco de pavor e inmovilidad, una zarpa terrorífica que se aferraba a su corazón y lo cegaba hasta la asfixia.
Otras veces, en cambio, le ocurría lo contrario, y sus sentidos se agudizaban de tal modo que Draco tenía que cerrar los ojos, taparse las orejas y huir corriendo a una habitación oscura, con la Marca llameándole en el antebrazo izquierdo. Todo se volvía demasiado brillante, demasiado rápido y ruidoso, casi frenético. Irrespirable. Una locura sinestésica que lo dejaba sin aliento, sollozando con una desesperación que hasta a él mismo le sorprendía. Como si todo el edificio de su vida se desplomara sin remedio a su alrededor.
Su padre nunca le había dicho que la Marca Tenebrosa provocase en alguien aquellos efectos tan devastadores. Pero, en realidad, Draco se daba cuenta ahora de que su padre no le había explicado casi nada sobre la verdadera vida de un mortífago. Conocía las historias, claro. Su padre le había relatado centenares de veces las hazañas de los viejos días de gloria que transcurrieron durante Su primer ascenso: la expedición a las montañas del norte para reclutar a los gigantes, los épicos duelos contra los McKinnon y los Longbottom, la destrucción del Puente de Londres, el asalto a Gringotts, las innúmeras matanzas de muggles a lo largo y ancho de toda Gran Bretaña. Draco solía sentarse a los pies de su padre, por las noches, abrazado a sus rodillas, y observaba maravillado las imágenes que éste conjuraba con su varita: ruinas humeantes, enemigos sin rostro cayendo por un acantilado, nubarrones y calaveras, y todo el ejército mortífago sobrevolando los cielos como dioses castigadores… Luego, cuando se acostaba en su inmensa cama con dosel, Draco se dormía deslumbrado por la fuerza de aquellas historias, e imaginaba que él luchaba junto a su padre, en una futura batalla final, y que el Señor Tenebroso lo recibía con los brazos abiertos, como un héroe, como el campeón definitivo de la pureza de sangre.
Su madre raramente participaba en aquellas veladas de vanagloria. Siempre que su padre comenzaba a relatar las historias de los mortífagos, su madre se levantaba y decía en voz alta que estaba muy cansada, que quería echarle un ojo a los pavos reales antes de acostarse, o simplemente anunciaba que se retiraba a sus aposentos a desmaquillarse. Nunca lanzó una palabra de reproche a su marido, y tampoco le dijo nunca que no contase esas cosas a su hijo, o al menos no delante del propio Draco. Además, su madre odiaba con pasión a los sangre sucia; de hecho, maldecía constantemente a su hermana, la infausta Andrómeda, por haber traicionado a la familia. Y sin embargo… Sin embargo, Draco tenía ahora la sensación de que había sido precisamente su madre, la que nunca había tomado parte activa en las huestes del Señor Tenebroso, la que verdaderamente había comprendido el sentido profundo de estar a Su altísimo servicio…
Matar. Tan simple como eso. Lanzar unas chispas verdes a otra persona y detenerle el corazón al instante. Observar cómo su cuerpo se queda repentinamente rígido y luego cae desmadejado al suelo, inerme, como un muñeco de trapo, con los ojos vacíos y la lengua flácida.
Draco apretó los puños. No podía permitirse el lujo de tener esa clase de pensamientos: eran pensamientos cobardes, traidores, bisoños. No podían tener cabida en alguien como él. Su padre había matado por una causa mayor, una causa gloriosa y común a todo el mundo mágico: la pureza.
¿Y a quién no le gusta sentirse puro?
Sin embargo, aquella pregunta le provocó un retortijón de inquietud en el estómago. No había engaño posible: él no se sentía puro en absoluto.
-Mierda –murmuró, secándose con impaciencia las lágrimas de los ojos. Tras parpadear repetidas veces y comprobar que nadie le había visto, Draco tomó el libro de nuevo y empezó a leer.
