7. Cruel para los enemigos
La verdad es que cada vez le costaba más concentrarse en sus estudios, pero últimamente se había aficionado al teatro griego. Le gustaba el ritmo cadencioso de los diálogos, la solemnidad de los cantos corales, la sombría gravedad que concentraba cada una de las frases. En ese mundo no existía la duda: héroes y heroínas sabían perfectamente lo que tenían que hacer, sabían cuál era su deber, a pesar de los dilemas, los rencores y los conflictos que enturbiaban la patética existencia humana. En el fondo, el principio moral era una fuerza que aplastaba al hombre en todo momento y en cualquier circunstancia, como un puño omnímodo e inapelable. Y allí residía la tragedia, el drama del mundo griego: la inevitabilidad del destino, la imposibilidad de huir de las Erinias. Si en su orgullo desmesurado, el héroe rompía las leyes divinas, o creía en su alma ser superior a todo mandamiento, entonces la ira sagrada caía sobre él como una cascada de tinieblas, arrasando con todo a su paso. También a los inocentes.
Medea era su obra favorita. La protagonista era una malvada hechicera que había traicionado a su familia para entregar el Vellocino de Oro a su amado, el gran héroe Jasón. Pero una vez llegados a Corinto, Jasón abandonaba a Medea para casarse con la princesa de la ciudad, y ella, poseída por el deseo de venganza, mataba a los hijos que tenían en común. Finalmente, Medea huía en un carro de fuego volador que le entregaba su abuelo Helios, el dios del sol, y abandonaba la ciudad entre risas maníacas.
Medea no era castigada por su terrible acción. Tampoco se mostraba arrepentida. La obra terminaba con su ascenso glorioso a los cielos, abandonando los cadáveres ensangrentados de sus hijos en el suelo, sin mirarlos. Jasón le pedía poder tocar las suaves pieles de sus hijos una vez más, pero Medea se negaba: «¡Imposible! Eso son palabras lanzadas al viento». Aquella última intervención siempre le daba escalofríos. Imaginaba a Medea con la cabellera sacudida al viento, el rostro reluciente al calor de las llamas, los ojos fieros y no del todo humanos de una mujer que había caído en la locura asesina.
En resumen, la viva imagen de una villana.
Por supuesto, los mortífagos no lo habrían interpretado así. Según la doctrina que enseñaba el Señor Tenebroso, bondad y maldad eran términos equívocos. En el mundo sólo existía el poder, y Medea había utilizado el suyo para castigar a su enemigo y sofocar a su estirpe. No guardaba fidelidad a nadie, salvo a sí misma. No temía la condena de los dioses, ni el escarnio público, ni tampoco su condición de mujer suponía un freno para su valentía. Ella misma lo decía: «No poseo ni patria, ni casa, ni refugio de mis males… Que nadie me considere débil y tranquila; no, yo soy de otra manera: cruel para los enemigos, y, para los amigos, benévola».
-Cruel para los enemigos… -musitó Draco, saboreando las palabras en su boca. Él debía ser así. Arrojado y vigilante, implacable, heroico. Un soldado. El terror de los sangre sucia y los traidores a la sangre. Porque eran o ellos… O él. No había alternativa.
Medea, lady Macbeth, el hada Morgana… Últimamente Draco pensaba mucho en las grandes malvadas de la literatura, esas mujeres poderosísimas y atormentadas que se debatían inútilmente entre los débiles escrúpulos morales de la «bondad» y su verdadera naturaleza; la naturaleza ciclópea e inapelable de un ser humano ambicioso, ultrajado, retenido por las constricciones sociales… Draco las comprendía tanto, se sentía tan identificado con esos personajes… La «maldad» latente, el orgullo, la jactancia, pero luego esas tenues vacilaciones internas, esa dulzura mínima y casi indetectable que alienta el frágil espíritu y que ellas tratan de sofocar con una brutalidad escalofriante… Draco recordó, por ejemplo, la conmovedora escena en que lady Macbeth cae en la locura: la retorcida mujer ya ha convencido a su marido de matar al rey y al resto de nobles; de hecho, ella misma ha sido coronada reina de Escocia, y es señora del castillo más grande y soberbio de la región. Ha alcanzado todos sus objetivos y se ha encumbrado en la cima más alta del poder. Sin embargo, lady Macbeth no conoce el descanso: cada noche vaga por los sombríos corredores de su castillo, farfullando en voz baja, loca y alucinada, frotándose las manos compulsivamente. Ella ve sus dedos manchados de sangre, pero por mucho que se lave una y otra vez, las ponzoñosas gotas rojas tiñen su piel como la obsesiva marca de un crimen que no se puede borrar… «Fuera, mancha maldita, fuera digo. Una… dos… sí, ahora es el momento de hacerlo. ¡El infierno está oscuro!».
Al final, naturalmente, lady Macbeth se suicida, agobiada por la culpabilidad, lo que preludia la ruina definitiva de su Casa. «Débil», habría dicho el Señor Tenebroso. «Débil», habría dicho tía Bella, con una carcajada de desprecio. Y «Débil», habría dicho su padre, con esos ojos claros y certeros, sin piedad alguna.
Débil… No había acusación más humillante para un miembro de la familia Malfoy, Draco lo sabía bien. Ellos eran valientes, puros, ambiciosos, temerarios y resueltos… Sin ataduras. Un prodigio de la humanidad. Y sin embargo… Draco podía entender que el resto del mundo mágico los viera como «los malos». Desde fuera, y si no habías nacido en ese ambiente, era fácil tener esa impresión: las capas negras, las máscaras, los rituales secretos, las torturas y los asesinatos, la sombría sala común de Slytherin, con esos recargados muebles de ébano, las incrustaciones de oro y los antiguos tapices carcomidos por la humedad… Casi parecía una «guarida», el escondite secreto de los malvados mortífagos. Seguro que Potter y su pandilla pensaban así, los muy zopencos.
Pero ellos no sabían… No tenían ni idea.
Las letras de las páginas empezaron a emborronarse. Draco iba recordando cada vez más lo que había sucedido en el dormitorio. Había ido a por un punto de libro, sí, pero entonces… Entonces le había atenazado el miedo. Simplemente. Una oleada fría y violenta que le había aprisionado todo el cuerpo, impidiéndole pensar. Y luego… luego se había puesto a… ¿a rezar?
Draco frunció el ceño mientras le venían a la mente pasajes inconexos de la extraña oración que había pronunciado: «Que me ataquen el fuego y el hielo…», «Tómala entre Tus Manos…». «Protege a mi madre». Menudo delirio sin sentido. Y encima de pie en medio del dormitorio, a la vista de cualquiera. No podía volver a perder los papeles de aquel modo.
Pero, en todo caso, ¿rezando a quién? No a Dios, por supuesto. Los Malfoy eran paganos irredentos desde antes de que vinieran a Inglaterra con las tropas de Guillermo el Conquistador. Para ellos, el cristianismo no era más que una religión de bueyes que hacía a sus adeptos sumisos y conformistas. Ellos sólo rendían culto a su propia genialidad. A la brillantez de su genealogía. A la dignidad de sus antepasados…
-Draco –dijo entonces una voz, suave y melodiosa.
