8. Dulces e innominados deseos
Draco levantó la mirada con un mal humor evidente. Esos días no soportaba ni la más mínima interacción social. Sólo quería que lo dejasen en paz.
-Qué quieres, Zabini –repuso entre dientes. Lo último que necesitaba oír en ese momento eran las petulancias y vanidades de su compañero de dormitorio.
Zabini no pareció ofenderse por sus pésimos modales. Simplemente se encogió de hombros y miró a su alrededor con sus ojos brillantes y oscuros.
-Sólo me preguntaba qué podías estar haciendo aquí –dijo.
-Oh, pues no lo sé, Zabini, ¿qué crees que puedo estar haciendo aquí? –le espetó, levantando la tapa de su libro para que lo viese bien-. ¿Mirar las estrellas? ¿Cocinar sopa?
Zabini se ocultó la boca con una mano, probablemente reprimiendo una carcajada.
-Ya veo –dijo con una sonrisa-. ¿Eurípides? Qué culto por tu parte, Draco.
Draco no contestó, sino que optó por acurrucarse en uno de los lados del sofá, con el libro abierto ocultándole el rostro. Zabini, en cambio, decidió no darse por aludido ante aquella evidente muestra de rechazo, sino que se sentó a su lado, desperezándose lenta y elegantemente, como un gato siamés bajo el sol del mediodía. Luego estiró un brazo y lo apoyó en el respaldo del sofá, de forma que su mano quedó justo detrás del cuello de Draco, rozando sutilmente su nuca. Draco se encogió aún más sobre el libro.
-Vengo de una pequeña reunión del Club de las Eminencias –dijo con tono vagamente satisfecho-. Ha sido muy interesante; el profesor Slughorn ha invitado al bajista de 'Las Brujas de Macbeth' y nos ha hecho reír mucho contándonos anécdotas de la banda.
-Ya –dijo Draco sin prestar atención, pasando una página del libro. Realmente quería estar solo.
-Aunque echo de menos a alguien de Slytherin en esas reuniones, la verdad –continuó Zabini con desdén-. Todos son unos aburridos santurrones, sin pizca de clase o humor… Pero supongo que está bien para hacer contactos de cara a cuando salgamos de Hogwarts, ¿no te parece?
-Sí…
Zabini lo miró de reojo y se empezó a rascar detrás de la oreja. Parecía extrañamente ansioso.
-El profesor Snape te pilló intentando colarte en la fiesta de Navidad, ¿verdad? –preguntó a borbotones-. ¿Tienes tantas ganas de asistir?
-¿Asistir a dónde?
-Al Club de las Eminencias, por supuesto.
Draco levantó la mirada del libro y observó a Zabini con el ceño ligeramente fruncido.
-¿El qué? –preguntó confusamente.
-¡El Club de las Eminencias! ¡El club de Slughorn! –Zabini dio una palmada en el aire, y una sombra de frustración afeó su altivo y bello rostro-. Sé que te sentó mal que Slughorn no te invitase, aunque luego fingieras que no le dabas importancia. Por eso he pensado que yo podría…
Draco no pudo evitar soltar una amarga risotada. Zabini se interrumpió y lo miró con desconcierto.
-Mira, Zabini –dijo Draco con total franqueza-. Ahora mismo, te puedo asegurar que el Club de las Eminencias es la última, de verdad, la última de mis preocupaciones o prioridades. Me da absolutamente igual que yo asista o no, me da absolutamente igual quién esté invitado o lo que hagáis allí o el estatus social que te aporte o cualquier otra estupidez con la que pretendas hacerme sentir envidia hacia ti. En serio: me trae sin cuidado.
Zabini se quedó unos instantes en silencio, sin mirarlo, con la cabeza ligeramente ladeada. Entonces hizo algo que sorprendió a Draco: esbozó con sus labios una lenta sonrisa, elegante y misteriosa, y luego se arrellanó aún más en el sofá, acercándose más a él.
-Has cambiado, Draco –dijo con voz cálida. No era una pregunta.
-¿Cómo… que he cambiado? –Draco sintió que un escalofrío le recorría la parte baja de la espalda-. ¿Te estás burlando de mí? –preguntó con agresividad.
-Claro que no –repuso Zabini suavemente-. Los demás no se habrán dado cuenta porque están demasiado ocupados pensando en sí mismos. Solo prestan atención a las otras personas cuando quieren algo de ellas, ya sea admiración, poder o favores. Pero yo no, Draco. Yo siempre me fijo, siempre estoy atento… Al menos cuando se trata de ti.
Draco levantó la vista del libro y se quedó helado en el asiento. Aquello no… ¿Qué sabía…? ¿Qué podía saber…? Draco había sido extremadamente cuidadoso. Cuidadoso hasta la locura. Era imposible que… Oh, Señor, su corazón rebotaba en el interior de su pecho como sacudido por un vendaval. Su sangre se espesaba, sus pulmones se volvieron más pesados, todo se ralentizaba y chirriaba, y se apretaba en un insoportable vahído de angustia, y sus manos… No, no podía dejar que le temblasen las manos, de modo que dejó el libro en su regazo, y, con exagerada delicadeza, entrelazó los dedos sobre la cubierta.
-¿Lo ves? –exclamó Zabini, incorporándose y mirándolo a los ojos con atención-. Justo es a eso a lo que me refiero. Esa mirada.
-¿Mi… mirada? –susurró Draco a duras penas, casi sin despegar los labios. Estaba aterrorizado. Sentía que si abría demasiado la boca expulsaría el corazón por la garganta.
-¡Sí! Antes estabas pendiente de todo –explicó Zabini-. Volviendo la cabeza a un lado y a otro, siempre atento a lo que hacían los demás, comprobando si te prestaban atención, si se reían con tus bromas, si te temían, si te desafiaban o se burlaban de ti. Con esa mirada de autosuficiencia, tan arrogante y engreído, tan violento a la mínima que herían tu orgullo. Tan frágil, en el fondo… En cambio, ahora… -Zabini volvió a cambiar de postura en el sofá y se acercó aún más a él, sin despegar en ningún momento sus magnéticos ojos de los suyos-. Tu mirada está orientada únicamente hacia tu interior. Como un embudo invertido. Es como… Como si ya no nos vieses. Como si ya no te importe nada de lo que sucede a tu alrededor.
-Eso no es verdad –protestó Draco con voz débil. Ya estaba más relajado. No parecía que Zabini sospechara nada de sus planes con el Señor Tenebroso, pero aun así… Había algo en su interior que se revolvía incómodo, algo que gritaba indistinguiblemente. Una gran bandera roja, quizás, una señal de peligro. «Precaución, Draco». Por eso estaba inmóvil y alerta. Fascinado. Listo para echar a correr en cualquier momento. Y clavado en el sofá, incapaz de hacerlo.
-Considera, por ejemplo, el primer día de curso en el Expreso de Hogwarts –dijo Zabini, imitando el tono pomposo de los profesores-. Te enfurruñaste mucho cuando Slughorn no te invitó a su compartimento, y para compensarlo nos contaste una historia estúpida sobre los grandes planes que el Señor Tenebroso había diseñado para ti –el estómago de Draco dio una violenta sacudida, pero Zabini hizo un gesto desdeñoso con la mano-. Oh, sí, recuerdo bien tus palabras. Dabas a entender que eras muy especial, que conocías cosas secretas y misteriosas, que eras la persona en quien Él más confiaba… Qué ufano te sentías, con la tonta de Pansy acariciándote el pelo. Como un pequeño rey.
Draco apretó los puños. Las palabras de Zabini eran hirientes y malintencionadas, pero tenía toda la razón del mundo. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido, tan fanfarrón, tan ridículamente imprudente? ¿En qué estaba pensando? ¿En qué puñetas estaba pensando, por las barbas de Merlín? Draco intentaba recordar los pensamientos de aquel chico atolondrado y vanidoso que se había puesto a airear los secretos de los mortífagos delante de sus compañeros de Slytherin, deseando impresionarlos, pero simplemente no podía. Sentía que eran los recuerdos de otra persona completamente distinta.
-Ahí está otra vez. La mirada perdida. Vagamente angustiada, vagamente absorta. Y lejos, muy lejos de aquí… -Zabini se acercó todavía más; casi estaba encima de él. Draco sentía el cuerpo cálido de su compañero pegado al suyo, ese cuerpo laxo, zalamero y gentil, y ese olor que lo envolvía y le derretía el entendimiento, y el lento compás de su respiración, y su aliento que le acariciaba la mejilla y le nublaba la vista… Tenues vapores, dulces e innominados deseos que se agitaban confusamente allí, como sombras, justo debajo de su ombligo-. ¿Qué te ocurre, Draco? –susurró Zabini, rozándole la oreja con sus labios-. Yo puedo ayudarte… -pero Draco no escuchaba, porque otra vez lo oía, oía ese suave ronroneo que le decía, Abandona, Abandónate… Deshaz el nudo, afloja tus miembros, abre las manos y libera todas tus ataduras… La sala común se oscurecía por momentos, Draco puso los ojos en blanco, y otra vez sentía que caía hacia atrás, que todo se alejaba, que nadie podía asirlo…
-Tengo que ir al baño –dijo precipitadamente, levantándose de un salto. La cabeza empezó a darle vueltas, pero no podía desmayarse otra vez-. Voy… Voy a ducharme –añadió con dificultad.
-Ah, sí. Sí, claro –dijo Zabini, confundido por la repentina interrupción. Él también empezó a levantarse-. ¿Quieres que te acompañe y…?
-¡No! –exclamó Draco, sacudiendo furiosamente la cabeza en signo de negación-. No, no –repitió mientras empezaba a caminar hacia atrás-. Yo… Adiós. Adiós, Zabini.
Draco se dio la vuelta y echó a andar a grandes zancadas. La sala común oscilaba ante él (la luz de la chimenea se había convertido en un borrón brillante en los límites de su visión), pero aun así continuó avanzando.
