9. ¡Detente! ¡Detente!
Draco entró en el dormitorio dando traspiés. Nott y Crabbe estaban inclinados sobre el baúl de este último, rebuscando entre los objetos apelotonados, y levantaron la vista al oírlo llegar.
-¿Draco? –dijo Nott, conteniendo la risa-. ¿Te has tropezado?
-¿Sabes dónde he dejado mi Disco Volador-Mordedor? –intervino Crabbe con expresión preocupada-. Creía que lo había puesto aquí, pero…
-Por Dios, ¡parece que os haya poseído el espíritu de Longbottom! –Nott se puso de pie y se desperezó lentamente, bostezando a sus anchas-. Draco no para de caerse por ahí, y tú, Vincent, tal vez necesites una recordadora como la de ese zoquete…
-¡Oye! ¡Eso no es verdad! ¡Accio Disco Volador-Mordedor! ¡Accio Disco Volador-Mordedor! –no pasó absolutamente nada, por supuesto. Nott soltó una carcajada, y Crabbe se fue al baño con cara de pocos amigos.
Draco apenas fue consciente de que esta conversación estaba teniendo lugar. Se dirigió automáticamente al baúl, cogió su pijama, la bata y su bolsa de baño, y luego abandonó el dormitorio en el mismo silencio conturbado. No se fijó en si Zabini seguía esperándolo en el sofá más alejado de la chimenea, sino que salió directamente por la pared de piedra que ocultaba la entrada de la sala común.
Las mazmorras estaban húmedas y frías. Las escasas antorchas arrojaban sombras parpadeantes sobre los muros de piedra y las tenebrosas bóvedas del techo, como si fueran espíritus malignos que se agitaban en la oscuridad y huían de la delatora luz del fuego. Sólo se oía el silbido del viento que entraba por el hueco de las escaleras y un lejano goteo de agua.
Draco avanzaba por el corredor de las mazmorras con pasos temblorosos e inestables. Todo su cuerpo se había vuelto extrañamente dúctil, maleable e inconsistente, como medio derretido. Su mente también se resbalaba entre neblinosos pensamientos, a tientas, sin poder luchar contra ellos. Todo se escapaba de su control, toda la realidad se volvía líquida e inasible. A Draco sólo le restaba dejarse llevar por su confusa pero insistente fluidez.
Se sentía… Turbado. Violentado. Anhelante. Su mente volvía una y otra vez a las mismas imágenes: los labios jugosos de Zabini, sus ojos brillantes, su aliento cálido e invitante, el olor a cuerpo deseado que desprendía. Draco había estado a punto de ceder, a punto de abandonarse, de delatarse. De rendirse. No sabía de dónde había sacado las fuerzas, pero el caso es que, de alguna manera, había logrado endurecer su corazón. Había vencido.
Pero, ¿a costa de qué? Draco no se sentía como un vencedor.
Aun así, confiar en Zabini era una completa estupidez. Draco lo conocía bien: un joven presuntuoso, calculador, ladino y astuto, siempre atento a todo lo que sucedía a su alrededor para detectar los puntos débiles de los demás y poder así aprovecharse de ellos, ahora o más adelante. Por eso se había acercado a Draco en aquel momento en que tenía la guardia baja, con la intención de desmoronar amorosamente, una tras otra, las murallas que Draco había levantado en torno a sí, y una vez lo había dejado entrar, una vez que no había vuelta atrás y se había introducido en lo secretos recovecos de su alma y de su cuerpo… Entonces, justo entonces: la traición.
Su padre se lo había repetido infinidad de veces: no existía la verdadera amistad en Slytherin, sólo un continuo medirse, una extenuante competición a todos los niveles, cada día, cada hora, todos los días del curso y de la vida…
Por otro lado, la homosexualidad en sí misma no tenía nada de condenable. Su padre la consideraba una costumbre vagamente decadente, propia de pueblos que habían perdido el vigor primario de la raza. Sin embargo, los Malfoy siempre habían estado versados en las artes de la seducción, y no vacilaban en yacer con hombres y con mujeres por igual, siempre que eso les permitiera alcanzar el poder. El sexo, al fin y al cabo, era otra forma de subyugación, una técnica de control especialmente eficaz, especialmente apreciada, porque apelaba a esa hambre oculta, a ese instinto de placer y dependencia que ningún ser humano había sido capaz de superar, excepto, tal vez, el Señor Tenebroso.
No obstante, ¿cómo explicar aquel temblor, aquella insoportable agitación que era a la vez perezosa y desesperada, huracanada e inmóvil? Un estremecimiento, un abandono… Y todo él transverberado de pies a cabeza, con ardientes dardos dorados atravesándole el pecho, los ojos, los labios y el vientre… Ya no veía nada… Y habría sido tan fácil, habría sido tan fácil dejarse caer y apoyar todo el peso de su cuerpo en los mullidos cojines del sofá, y sentir las manos suaves de Zabini recorriendo su rostro y su cuello y su cintura y su pecho… Y en medio del gentil, del exquisito y nervioso caos que agitaría las cortinas de dosel de su cama, acercarse y murmurarle al oído: «Blaise, tengo que matar a Dumbledore».
Draco se tapó la boca con una mano, reprimiendo un grito, y tuvo que apoyarse en la pared de piedra del corredor para no caer de rodillas, así, sin más.
Porque, aun así…. Aun así… «¡Débil!»… Pero… (Sus pensamientos seguían fluyendo descontrolados, uno tras otro, casi en contra de su voluntad). Pero… (No, no, no pensaba reconocerlo, nunca, jamás, ni siquiera para sí mismo). Pero… Es que habría sido tan agradable… «¡Débil!»… Tan infinitamente agradable descargar toda la presión y todo el miedo y la culpa y la ansiedad aunque solo fuera por un instante… Sí, descargar todo eso, liberarlo, o, como mínimo, compartirlo con otra persona… Por un instante… «¡Débil!»… Un apoyo momentáneo, una sonrisa amable, una mano en el hombro, una varita que ilumine sus pasos en la oscuridad… «¡Débil!»… Sólo un segundo… Una palabra de consuelo, una tan solo, aunque sea murmurada entre dientes… Compasión… Apiádate de mí, Señor, porque yo ya no puedo más… Dime… Dime… Márcame el camino…
Solo… Solo como la luna llena en medio del cielo nocturno, esa luna que se empeñaba en seguirlo a través de los cristales, esa luna que iluminaba con sutileza la amplia estancia de mármol del baño de los prefectos. ¿Tú también estás sola, luna? ¿También has venido a bañarte? Desnudémonos juntos, luna de sangre, luna traidora… Sé que tú también has matado a alguien.
-¿Se puede saber qué estás diciendo? Corta el rollo, Malfoy.
La luna lo miraba con ojos grises y perdidos, ojos sin dueño, miradas múltiples que vagaban sin rumbo entre los haces de luz de plateada, como soplos celestes.
-«Hijos míos –susurró frente los espejos del baño-, ¿viviréis mucho tiempo para tender así vuestros brazos queridos? Desgraciada de mí, que estoy a punto de llorar y llena de temor».
-Déjame en paz, Malfoy. Eres patético.
-«Pero, ¿qué es lo que me pasa? ¿Es que deseo ser el hazmerreír, dejando sin castigar a mis enemigos? Tengo que atreverme. ¡Qué cobardía la mía, entregar mi alma a blandos proyectos! Entrad en casa, hijos. Mi mano no vacilará».
-¿Quieres dejar de…? ¡Malfoy! Malfoy, por favor… -un distante ruido de chapoteos-. ¿Draco?
Pero las figuras pálidas de los espejos empezaron a diluirse en un mar de oscuridad. En su lugar, Draco vio a Ronald Weasley, el ponzoñoso traidor a la sangre, que moría entre estertores yaciendo en la alfombra de un despacho. Su pecho desnudo se retorcía por las convulsiones, y la saliva salía de su boca como si fuese un animal, pero aún tenía fuerzas para mirarlo, para clavar en él esos ojos monstruosos inyectados en sangre, esos ojos desesperados y ya casi vaciados por la violenta locura de la muerte. Draco se arrastró hacia él y se aferró con las manos alrededor de su cuello, pero quién sabía si era para asfixiarlo o para salvarlo, si quería matarlo o morir con él, aunque, ¿tan importante era en el fondo? Lo que sea, pensaba con frenesí, lo que sea con tal de cerrar aquellos ojos, de no ver los ojos de su víctima… Pero entonces Ronald Weasley se convertía en Katie Bell, que de repente era izada hacia arriba por una fuerza extraña, con el cuerpo rígido y la mirada puesta hacia el cielo, con los ojos desorbitados, las mejillas encendidas, los pliegues de la túnica sacudidos por un vendaval furioso. Draco levantaba los brazos, implorante, y entonces era su propio cuerpo el que era alzado hacia el cielo negro, y luego era bajado, y luego era zarandeado hacia los lados como si fuera una muñeca, una marioneta, un objeto poseído por la aterradora voluntad de Otro… No podía moverse… Y luego cayó al suelo, y se encogió sobre sí mismo invadido por unos estremecimientos tan intensos que casi parecían convulsiones, y todo él estaba preso por la agonía, era horrible, era insoportable, se iba a volver loco, y entonces empezó a arañarse las mejillas con sus propias manos, gemía, sollozaba sin control, y una lluvia de cenizas caía sobre su rostro.
-¡Ayúdame! –aulló-. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame, en el nombre de Dios!
Y tras un último grito desgarrador, Draco entonó una súplica ferviente:
-«¡Espíritus agitadores del pensamiento, despojadme de mi sexo, haced más espesa mi sangre, henchidme de crueldad de pies a cabeza, ahogad los remordimientos, y ni la compasión ni el escrúpulo sean parte a detenerme ni a colocarse entre el propósito y el golpe! ¡Espíritus del mal, inspiradores de todo crimen, incorpóreos, invisibles, convertid en hiel la leche de mis pechos! Baja, hórrida noche: tiende tu manto, roba al infierno sus densas humaredas, para que no vea mi puñal el golpe que va a dar, ni el cielo pueda apartar el velo de la niebla, y contemplarme y decirme a voces: «¡Detente! ¡Detente!»
¡Detente! ¡Detente!
Y entonces, en efecto, se detuvo: se desmayó.
