10. No sé qué pretendes demostrar

Unas manos suaves y gentiles le recorrían el rostro y el cuello, y luego empezaron a desabrocharle los botones del pijama. Al mismo tiempo, sintió que unas gotas de agua caliente le caían sobre las mejillas, y eso hizo que, lentamente, empezara a abrir los párpados. Draco encontró ante él dos centelleantes ojos verdes de una belleza cautivadora que lo observaban llenos de preocupación. Las intenciones de esos ojos parecían benévolas, pero Draco, sin saber por qué, sintió una extraña punzada de irritación.

Alrededor de aquellos ojos se empezaron a formar las líneas firmes y angulosas de un rostro, donde destacaba una cicatriz plateada en forma de rayo y una mata de pelo negro mojado que le caía hacia delante. De ahí las gotas de agua que le habían despertado. Draco advirtió que su mal humor crecía inexplicablemente, pero aún tuvieron que pasar varios segundos hasta que cayera en la cuenta: era Potter, Harry Potter. Potter estaba inclinado sobre él en el baño de los prefectos. Y estaba desnudándolo.

-Qué… Qué haces… -trató de decir, pero en seguida empezó a dolerle la cabeza-. Suéltame… ¡Suéltame! –exclamó más firmemente, revolviéndose para quitarse a Potter de encima-. ¡Déjame en paz, pervertido!

-¡Tranquilo! ¡Tranquilo, Draco! –Potter se retiró un par de pasos y levantó las palmas de las manos-. No voy a hacerte daño. Solo intentaba…

-¿Qué? ¿Qué intentabas exactamente? –inquirió con vehemencia. Dracó trató de incorporarse, aún con la camisa del pijama medio desabrochada, pero entonces sintió un repentino mareo y volvió a tumbarse.

-No deberías levantarte todavía –le aconsejó Potter, acercándose lentamente a él-. Mira, has entrado en el baño y te has puesto a recitar poesía dramática como si fueses un espíritu poseído. Ni siquiera parecías darte cuenta de mi presencia. Y luego te has desmayado sin más. ¿Qué querías que hiciera? Solo quería comprobar si estabas herido o si te habían echado una maldición.

-Bueno, pues no estoy herido –repuso Draco tajantemente-. Venga, vete. Ahora que ya has hecho la buena acción del día ya puedes ir a tu sala común a chulear de tu heroísmo.

Pero Potter no se movió. Incluso él mismo pareció sorprenderse de ello.

-Llamaré a la señora Pomfrey –decidió.

-No. Te. Atrevas –replicó Draco entre dientes-. No juegues a hacerte el santo conmigo, Potter. Vete de aquí, o lo lamentarás.

Pero incluso Draco se percató de que aquella amenaza sonaba ridícula. Estaba estirado en el frío suelo del baño, desorientado, tembloroso y sin fuerzas. Completamente indefenso. Potter se acercó nuevamente.

-Está bien. No avisaré a la enfermera del colegio, pero no puedo dejarte aquí para que te desmayes otra vez.

-¡No voy a…! –pero la voz se le quebró súbitamente, y la habitación empezó a dar vueltas a su alrededor. Potter parecía dispuesto a cogerlo en brazos, así que, a la desesperada, Draco abrió la boca para utilizar su último recurso-. Sabes que eso no se va con un simple baño, ¿verdad? –preguntó, esforzándose por darle a su voz un tono hiriente.

Potter se detuvo en seco.

-¿Qué quieres decir, Malfoy? –inquirió fríamente. Draco sintió alivio al escuchar que volvía a llamarlo por su apellido, y eso le dio fuerzas para continuar.

-La peste de tu madre muggle. Por mucho que te bañes, seguirás apestando a muggle hasta que te mueras. Así que no te atrevas a tocarme, asqueroso mestizo.

«Ya está», pensó Draco. «Esto lo enfadará demasiado como para seguir queriendo ayudarme». En efecto, el rostro de Potter se contrajo con una expresión de odio y orgullo herido, una expresión que a Draco siempre le había hecho sentir un triunfador, un triunfador que se aseguraba de poner en su sitio a aquellos que eran inferiores a él, especialmente a aquellos demasiado estúpidos y engreídos como para darse cuenta de su propia y repulsiva inferioridad. Potter, el asqueroso Potter, entraba en esa categoría… Siempre caminando por los pasillos del colegio con ese aire noble, sufrido y abstraído, con sus bellos ojos verdes, su cabello alborotado, sus ligeros músculos adivinándose bajo la túnica, sus legiones de admiradores sonriéndole y felicitándole a su paso. Solo con verlo, Draco ya sentía deseos de insultarlo, era casi un impulso físico, un instinto: insultarlo y rebajarlo, embrutecerlo, denigrarlo, hacerlo sentir totalmente miserable, romper en mil pedazos esa entrañable estampa de felicidad y camaradería que siempre lo acompañaba. Pero, sobre todo, el objetivo era hacerle notar su presencia, llamar su atención, distinguirse ante él de entre la marea negra de estudiantes… Que él supiera que Draco no lo idolatraba como los demás, que él supiera, que fuera dolorosamente consciente de que Draco era de sangre limpia, y más rico, y más poderoso, y más interesante e inteligente… En definitiva, superior. Llamar su atención… Por favor, qué impulso tan deleznable, se daba cuenta ahora, qué impropio de un verdadero siervo del Señor Tenebroso. Pero en verdad, en verdad os digo: últimamente apenas podía pensar en él sin hacer estallar algo con las manos.

-Draco, no sé qué pretendes demostrar a estas alturas –dijo Potter. Se notaba que estaba haciendo verdaderos esfuerzos por mantener la serenidad-. Sea lo que sea, déjalo a un lado por ahora. ¿Te piensas que a mí me hace gracia estar aquí contigo?