12. La bondad no existe, Potter
Potter hizo sentar a Draco al borde de la piscina, y luego se arrodilló ante él y empezó a arremangarle las perneras del pantalón, dejando al descubierto las pantorrillas esqueléticas del joven mortífago. Por un momento, a Draco le vino a la mente la imagen de su madre en la misma posición, muchísimos años atrás, subiéndole el pantalón para curarle una herida que se había hecho en la espinilla. La analogía le pareció algo inquietante, pero no osó decir nada. Se sentía demasiado avergonzado como para hablar, demasiado abrumado y debilitado… Un poco violentado, ¿tal vez?
Potter le indicó por señas que metiera las piernas en el agua, y él vaciló solo un segundo antes de obedecer. Su enemigo, por suerte, no le había engañado: el agua estaba caliente, y era suave y grata al tacto, relajándolo por completo. Después, Potter se quitó la toalla con un gesto rápido (Draco apartó la vista con precipitación) y se zambulló en la piscina elegantemente, sin apenas salpicar ni hacer ruido alguno. Luego se quedó flotando boca arriba en el centro de la piscina, observando el techo con aire ensimismado.
Ninguno de los dos dijo nada durante algunos minutos. La luz de la luna que se colaba por los ventanales arrancaba destellos pálidos al agua de la piscina y teñía el cuerpo de Potter de un blanco espectral, cincelando las difusas líneas de sus músculos con una suavidad que recordaba al mármol neoclásico, o quizás a los pétalos del lirio del valle. Draco seguía moviendo las piernas en el agua caliente, formando pequeñas ondas que chocaban en la pared de la piscina. Los tenues chapoteos en medio del silencio acariciaban sus oídos como una canción de cuna.
-¿Puedo preguntarte qué era lo que recitabas?
Potter formuló la pregunta con tanta educación que Draco no pudo negarse a contestar. El Elegido seguía flotando boca arriba, sin mirarlo. Quizás también le daba cierta vergüenza hablar con él después del extraño momento de intimidad que habían compartido. Draco, por su parte, habría preferido que siguieran en silencio, pero aun así cerró los ojos, tratando de hacer memoria.
-Me parece que eran unos versos de la Medea de Eurípides. Y lo último seguramente era el monólogo de lady Macbeth. De Shakespeare. Siempre me han impresionado mucho esas obras.
Era la primera vez que comentaba en voz alta aquellos gustos literarios tan excéntricos. Potter no se burló, pero se quedó sumido en un silencio de incredulidad que Draco juzgó algo descortés.
-Vaya –comentó tras unos segundos-. No sabía que te interesaban esa clase de cosas.
-Bueno, en realidad no sabes nada de mí, Potter –replicó Draco con renovada aspereza. Ya volvía a sentir la familiar agresividad hacia él creciendo en su interior. Después de todo, ¿qué podía saber el Elegido sobre su vida? ¿Qué podía imaginarse él, sumido como estaba en su mundo de autocomplacencia y frivolidad? Él no sabía nada, nada de nada, y le daba mucha rabia que actuase como si…
-Eso no es verdad, Draco –nuevamente, la voz grave y serena de su enemigo deshilachó sus furiosos pensamientos. Potter nadó hacia la parte que no cubría de la piscina, situada unos palmos a la derecha de donde estaba sentado Draco, y luego se quedó de pie, observándolo con atención. Draco agradeció que el agua le cubriera justo hasta la cintura-. Sé muy bien cómo eres –continuó-. Eres cruel, engreído y cobarde hasta la médula. Disfrutas maltratando a aquellos que son más débiles que tú pero no dudas en adular a los poderosos cuando buscas protección. Se te da bien humillar a los demás, les disparas donde más les duele, y luego te ofendes y te asustas cuando ellos contratacan. Eres envidioso, esnob, manipulador, y si te gusta tanto despreciar a los demás es porque en el fondo no eres capaz de… -pero Potter se interrumpió de repente. Parecía confuso. Entonces observó a Draco con la cabeza ladeada, como los perros-. Lo siento –dijo con desconcierto-. Son muchos años odiándote. Lo que quiero decir es que… Bueno, que ya no eres así.
-¿Ah no? –repuso Draco con voz débil. Tenía la mirada fija en el agua de la piscina, con el rostro totalmente vuelto hacia un lado, como si le estuviera ofreciendo la mejilla a su enemigo-. ¿Qué te hace pensar eso? –preguntó con el mismo tono exánime.
-Pues… –Potter vaciló unos segundos, pero sacudió la cabeza y continuó con renovada decisión-. Por ejemplo, ahora mismo no te has ofendido cuando te he dicho todo esto. Ya no utilizas tus privilegios de prefecto para intimidar a los más pequeños. No vas por el colegio alardeando de tu Nimbus 2001 ni de tu reloj de oro. No insultas ni te ríes de nadie, ni en clase, ni en el Gran Comedor. Solo te quedas encogido y en silencio en una esquina, ocupándote de tus asuntos como…
-Como si me hubiera vuelto débil, ¿verdad? –dijo Draco-. Como si hubiese perdido el valor.
-No –Potter frunció el ceño y negó con la cabeza varias veces-. No, claro que no. Eso no es debilidad, Draco. Eso es… no sé, bondad, supongo. Desde mi punto de vista, lo que ocurre es que te estás volviendo mejor persona.
Draco no dijo nada ante esta sorprendente declaración. «La bondad no existe, Potter, o al menos no en mi mundo», pensó para sus adentros, pero no se atrevió a verbalizarlo en voz alta. De todas formas, era cierto que no se había ofendido ante las palabras de Potter, porque, después de todo, eran totalmente ciertas. Y era cierto que ya no se burlaba de nadie; de hecho, aquella misma tarde había decidido no humillar a Rogers en la sala común. En su momento lo había atribuido al cansancio, pero, quién sabe… El Elegido, no obstante, se equivocaba al atribuir su cambio a algo tan nebuloso y superficial como la «bondad». Si había dejado de hacer todo eso, si ya no se pavoneaba ni despreciaba a los otros alumnos era simplemente porque todo aquello de lo que estaba orgulloso, todo aquello que lo legitimaba e incluso lo obligaba a comportarse de esa manera (el prestigio de su familia, la defensa de su estirpe, la privilegiada cercanía al Señor Tenebroso), todo aquello… había desaparecido para él.
Draco se tapó la boca con una mano, horrorizado, como si hubiera hablado en voz alta. Sintió de repente un miedo horrible, un miedo atroz, un purísimo terror que atenazó su alma hasta la raíz. Aquel pensamiento era demasiado rotundo, demasiado grave. Suscribirlo implicaba darle la espalda a todo lo que Draco había conocido y todo lo que le habían enseñado, todo, todo… ¿Y qué quedaría de él, entonces? ¿Huesos y ojos claros? ¿Túnicas que le iban grandes? ¿Temblores…?
-A mí, en todo caso, me parece un buen cambio –terció entonces Potter, ajeno totalmente a las espeluznantes reflexiones de su enemigo-. Y… Oh, por favor, ¿se puede saber por qué rehúyes constantemente mi mirada? Me pones nervioso. Antes no apartabas tus ojos de los míos. Te gustaba ver reflejado el sufrimiento en ellos cada vez que te burlabas de mí.
Ante sus palabras, Draco levantó repentinamente la vista. Sin embargo, la mirada de Potter lo descolocó, haciendo que todo el terror se evaporara de repente. No era una mirada inquisitiva y vagamente maliciosa, como ocurría con Zabini. No había oscuras intenciones ni potenciales peligros detrás de esos ojos verdes. No había motivo alguno para la desconfianza: solo preocupación. Potter lo miraba con una preocupación genuina y sincera, e incluso con algo más, algo que a Draco se le escapaba… Algo, tal vez, parecido a la amabilidad.
-Yo… bueno… -murmuró Draco-. Es que… -sus ojos bajaron un momento al abdomen de Potter-. Es que… estás desnudo…
