13. La vaga piedad

Potter también bajó la vista hacia su pecho al descubierto, como si justo entonces se acabara de percatar de su desnudez, como Adán y Eva tras comer del fruto prohibido.

-Oh… -Potter se sumergió de nuevo hasta que solamente quedó su cabeza por encima del agua-. Lo siento. Es que estoy muy acostumbrado. Siempre me cambio delante de los demás en el vestuario de Quidditch, y en el dormitorio y en… –entonces frunció el ceño-. ¿Tú no?

-No –respondió Draco-. Las cosas son distintas en Slytherin. Nadie quiere exponerse de esa manera ante los otros compañeros, excepto si eres muy atractivo o sabes actuar como tal. En ese caso… -Draco recordó sus soberbios paseos por la sala común desnudo de cintura para arriba, y entonces sintió una curiosa vergüenza-. La belleza del cuerpo es un arma muy poderosa –afirmó con dureza-. En Slytherin somos muy conscientes de ello.

-Ya veo –Potter volvió a ladear la cabeza. Parecía un gesto habitual en él-. Pero la verdad es que sigo sin entenderlo. ¿Os cambiáis en compartimentos individuales o…?

Draco bufó con impaciencia, pero, en realidad, no se sentía molesto.

-Yo me suelo cambiar dentro de la cama con dosel.

-¿De verdad? Ostras, qué incómodo. Aunque, desde luego, estás en tu pleno derecho…

Draco asintió lentamente. ¿Cómo podía sentirse ahora tan calmado? El terror había desaparecido tan súbitamente que Draco se preguntó si había sido real. Y hacía mucho que no conversaba con nadie de aquella manera, distendidamente, de igual a igual… Por si fuera poco, estaba conversando con Potter, el odioso Potter, la persona que simbolizaba todo lo que Draco siempre había detestado del mundo mágico. Y, sin embargo, se sentía extrañamente ligero mientras hablaba con él. Extrañamiento aliviado…

-Draco, dime qué te ocurre, por favor. Sé que estás planeando algo, algo que te está consumiendo. Ya sé que siempre nos hemos odiado mutuamente, pero…

Draco no pudo evitar espetarle:

-Fuiste tú. Fuiste tú el que me rechazaste.

Potter, evidentemente, no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.

-¿Qué…? ¿Qué quieres decir? –inquirió-. Yo nunca…

-Nuestro primer día en Hogwarts. Justo antes de entrar en el castillo. Te ofrecí mi amistad, y tú la rechazaste.

-¡Ah, sí! –Potter soltó una alegre carcajada, y aquello desconcertó a Draco, que dejó de remover las piernas en el agua-. Bueno, Malfoy, qué quieres que te diga. Acababas de insultar a Ron, que era el primer chico de nuestra edad que se mostraba amable conmigo desde que tenía memoria. Y no me apetecía tener en mi vida a una persona que juzgase a los demás por su aspecto o los humillase para sentirse mejor consigo mismo. Me recordaba demasiado a mi primo Dudley.

-¿Tu… primo? –preguntó Draco. Sabía que Potter había vivido con muggles en su infancia, pero nunca había oído esa historia.

-Sí. Me pegaba y me maltrataba constantemente cuando éramos pequeños –explicó-. Mis tíos permitían y alentaban los abusos porque nunca les he caído bien. Les daba miedo que fuera un mago.

-Qué cabrones –Draco apretó los puños, sintiendo que un odio crudo y ancestral se apoderaba de él. Precisamente por eso luchaba el Señor Tenebroso: para liberar a todos los magos y brujas del humillante dominio de los muggles, esos palurdos inconscientes, casi tan bobos como los animales, que se revolcaban en su propia ignorancia y vulgaridad como cerdos o como cucarachas… -. Si el Señor Tenebroso gobernase el mundo mágico tú nunca habrías tenido que aguantar el maltrato y el yugo de los muggles.

-Claro que no –repuso Potter con una carcajada-. Si Voldemort estuviese en el poder yo nunca habría tenido que convivir con los Dursley, más que nada porque Él me habría matado y yo estaría ahora mismo haciendo compañía a mis padres en la tumba –Potter trató de que el comentario sonara a broma, pero Draco detectó una amargura subyacente en su tono de voz, una sombría soledad que él creía conocer muy bien… Draco contuvo un estremecimiento. Le incomodaba mucho pensar que Potter era una persona con sentimientos heridos como los suyos-. En cualquier caso –continuó Potter-, créeme cuando te digo que tú fuiste muchísimo peor que mi primo.

-¿Cómo? –exclamó Draco, indignado. La vaga piedad que había sentido hacia su enemigo se evaporó al instante-. No tolero que me compares con un estúpido muggle.

-Ahí llevas la razón, claro. Dudley es extremadamente estúpido –concedió Potter, y eso hizo que Draco arqueara una ceja, lleno de desconcierto-. Pero esa estupidez también limitaba mucho su capacidad para hacerme verdadero daño. En cambio, Draco, tú eres muy inteligente, y malgastas ese intelecto en humillar y abusar de los demás de la forma más hiriente y malvada posible. A tu lado, mi primo Dudley es un jovencito amable, gentil y bondadoso.

-Yo no… -trató de decir Draco-. En realidad… -Apretó nuevamente los puños, interrumpiéndose con firmeza. ¿Por qué se sentía con la repentina necesidad de justificarse? ¿No había sido ese su objetivo durante todos estos años? ¿Hacerle daño? ¿Acaso no debería sentirse orgulloso de ello?-. ¿Cuándo he…?

-Prácticamente cada día –dijo Potter-. Cada vez que te burlabas de la muerte de mi madre. Cuando intentaste que despidieran a Hagrid o ejecutaran a Buckbeak. Cuando pusiste a todo el colegio en mi contra durante el Torneo de los Tres Magos… O todas las cosas horribles que dijiste sobre mí a Rita Skeeter. Los punzantes insultos. Las humillaciones públicas. O aquella ocasión en que me lanzaste el embrujo paralizante y me cubriste con la capa invisible para que no pudiera asistir a Hogwarts… No, claro que no –Potter negó con la cabeza-. Dudley habría sido incapaz de hacer todo eso. Él nunca ha tenido el intelecto suficiente como para inspirarme el odio tan grande y tan intenso que yo siempre he sentido hacia ti.

Draco se quedó en silencio ante estas impactantes palabras. Él siempre rememoraba entre risas todos aquellos episodios, pero explicados en boca de Potter parecían las acciones de un crío abusón, débil y cruel. Y él, que con esos ataques a Potter creía emular las grandes hazañas de los mortífagos del pasado… En realidad, solo se había dedicado a hacer bromitas pesadas e hirientes y a amargar la vida a los demás.

-Lo siento –dijo de pronto Potter-. Sé que no has venido aquí a escuchar mis quejas y mis reproches. Y yo tampoco he venido aquí a explicártelos, la verdad… -Potter se impulsó hacia atrás con las piernas, quedando nuevamente flotando boca arriba en el agua de la piscina-. Imagino que ya tienes suficientes cosas en la cabeza… Perdona.

-Siempre te estás disculpando –dijo Draco con voz débil-. Por una cosa o por otra. Te disculpas constantemente.

-Bueno, me gusta tener en cuenta los sentimientos de los demás. Es algo que nunca hicieron por mí en el pasado. Por eso siempre intento ser buena persona, incluso cuando…

-Eso es mentira –lo interrumpió Draco-. Nadie es buena persona por puro altruismo. Nos comportamos amablemente con los demás para congraciarnos con personas poderosas, para engatusarlas, para conseguir influencia, admiración o dinero. Por eso, la bondad como concepto moral es solamente una ilusión. Y vosotros, los flamantes Gryffindors… -Draco entrecerró los ojos, súbitamente envalentonado-. Vuestro presunto heroísmo es solamente arrogancia enmascarada. Os comportáis valientemente porque queréis la aprobación de los demás. Es patético.

-¿Tú crees? –Potter nadó hasta el borde de la piscina, justo al lado de Draco, y apoyó los brazos en el saliente de mármol. Su cabeza quedaba apenas a unos centímetros de distancia de las piernas del Slytherin-. No es una ilusión cada vez que Ron me invita a su casa a pasar los veranos, o cada vez que sale en mi defensa cuando os burláis de mí. No es una ilusión cuando Hermione nos ayuda con los deberes, o cuando vino a buscarme con un paquete de tostadas para que desayunásemos en el lago y yo no tuviera que enfrentarme al resto del colegio la mañana después de la selección del Cáliz… Créeme, Draco, estas acciones pueden parecerte patéticas e insignificantes, pero son estas intrascendentes muestras de lealtad, o de cariño, si quieres, las que realmente te hacen estar en harmonía con la vida. Son estos gestos de bondad los que te ayudan a construir tu propio refugio, ese lugar cálido, seguro y reconfortante donde puedes ser tú mismo y el mal no puede encontrarte. ¿Tú nunca has tenido esa sensación? ¿Nunca has encontrado ese refugio?

-Yo… Claro que… -pero Draco no sabía exactamente qué contestar. ¿Alguna vez se había sentido como Potter había descrito? No en la sala común de Slytherin, desde luego, ni tampoco con sus compañeros de dormitorio. En su mansión siempre se había sentido cómodo, y también con sus padres, claro, pero de ahí a llamarlo «refugio»… En realidad, nunca podía relajarse completamente en presencia de su padre: siempre debía tener la espalda recta, cuidar sus palabras, vigilar que sus reacciones fueran adecuadas, que sus modales fueran apropiados… Siempre había expectativas por cumplir ante su familia. Su madre era menos severa en ese sentido, pero también solía agobiarlo con historias sobre la grandeza de sus antepasados y sobre cómo ellos debían mantener alto el honor de su estirpe. Entonces, ¿dónde estaba su «refugio»? ¿Realmente existía?

-Aún no es demasiado tarde para buscarlo, Draco –dijo Potter como si le leyera el pensamiento. Luego nadó otra vez durante algunos minutos, y luego se quedó plantado delante de él, en una posición inferior, con el agua cubriéndole hasta el pecho-. Dime qué te sucede, por favor. Todavía hay gente dispuesta a ayudarte. Solamente tienes…

-No me pasa nada –repuso Draco con tono cortante, o al menos eso supuso-. De hecho, debería irme ya. Filch…

Potter suspiró.

-Está bien –dijo-. Pero al menos tómate un baño antes de volver al dormitorio. El agua caliente te ayudará a relajarte y esta noche dormirás mejor.

-¿Bañarme… contigo? –inquirió Draco, atónito-. No pienso…

-Oh, por favor, deja de confundir las cosas –la voz de Potter tenía un deje de impaciencia-. Solamente ven. Conozco varios ejercicios de respiración que pueden irte bien para la ansiedad. Y no tienes ni que quitarte toda la ropa. En realidad…

Pero la voz de su enemigo se quebró súbitamente, porque Draco había levantado la vista, y entonces los ojos de ambos se encontraron.