14. Tan suave, tan suave
Eran unos ojos bellísimos. Draco no podía evitar constatarlo: casi relucían con luz propia en medio de la penumbra del baño de los prefectos. Aquellos ojos brillaban llenos de decisión, fiereza, soledad, melancolía… ¿ternura? ¿Deseo? Draco sentía que habían pasado muchas cosas aquella noche. Demasiadas cosas. Tantas, que ahora era incapaz de pronunciar palabra, abrumado por el posible significado de todo aquello, por todos los interrogantes inacabados que su mente formulaba e interrumpía una vez tras otra, incapaz de enfrentarse a las respuestas, a las intuiciones que ascendían desde lo más hondo de su corazón. O tal vez de aún más abajo, de su ombligo, de ese nudo cálido de hambre y ansiedad que poco a poco se empezaba a desatar…
-Un momento –dijo con voz gutural.
Draco se levantó entre temblores, dio la espalda a Potter y fue en busca de su bolsa de baño. Notó los centelleantes ojos de su enemigo clavados en su nuca conforme se alejaba. Su mirada era casi una presencia física, una sutil presión que le apelmazaba toda la piel de la espalda. ¿Sería un hechizo? ¿Estaría Potter encantándolo sin que él pudiera darse cuenta?
La bolsa estaba tirada de cualquier manera detrás de uno de los retretes. Draco se preguntó vagamente cómo había llegado hasta allí mientras cerraba la puerta del compartimento. Entonces sacó la varita de la bolsa, se arremangó la manga izquierda hasta dejar al descubierto la Marca Tenebrosa y apuntó hacia ella con la varita, como si estuviera dispuesto a convocar al mismísimo Señor Tenebroso. Si fuera tan fácil darle acceso a Hogwarts… Pero semejante idea ni siquiera se le pasó por la cabeza. En cambio, cerró los ojos con fuerza y pensó «¡Mendax angelus!». Al abrirlos, comprobó con satisfacción que los trazos oscuros de la Marca se habían teñido con el mismo color de su piel. Eso la ocultaría durante unas horas. Sabía que tía Bella consideraría su acción una herejía en toda regla, pero había escondido la Marca muchas veces a lo largo del curso utilizando el mismo hechizo. Cualquier precaución era poca, sobre todo en esas circunstancias. Luego, tras tragar saliva, Draco se desvistió y se quedó en ropa interior. «¡Impervius! ¡Bathsheba!», volvió a pensar, y entonces sus calzoncillos de lino se retorcieron y se encogieron entre chispas hasta quedar convertidos en un sencillo bañador de natación. Las transformaciones con tejidos eran muy complejas, y de hecho se reservaban para los cursos de ÉXTASIS, pero Draco no se detuvo a admirar su hazaña ni a preguntarse cómo había sido capaz de llevar a cabo semejante hechizo en un momento como ese. De todas formas, y tras un milésimo instante de duda, Draco salió del compartimento del retrete y avanzó hasta el borde de la piscina.
Potter no se había movido de sitio.
-Muy bien –dijo en voz baja. Entonces sacó un musculoso y goteante brazo del agua y lo extendió hacia él. Draco, en cambio, bajó la mirada hacia el borde de mármol de la piscina, una visión mucho más sencilla que enfrentarse de nuevo a aquellos ojos, a aquellos bellísimos ojos, Dios mío… -Venga, entra en el agua.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué lo obedecía con tanta naturalidad? ¿Por qué no se resistía? Draco se introdujo lentamente en la piscina, agradecido por la calidez del agua, primero las piernas, luego la cintura y finalmente el torso.
-Ahora flota boca arriba –murmuró su enemigo.
Casi como si se moviera en sueños, Draco se colocó en posición horizontal, llenó de aire sus pulmones y dejó que su cuerpo fuera ascendiendo lentamente hasta la superficie del agua. Tuvo que contener un grito, porque entonces Potter le puso una mano en la parte baja de la espalda y lo impulsó hacia arriba hasta que todo su cuerpo emergió de las aguas.
-Ya está, Draco –dijo Potter con el mismo murmullo hipnótico-. Ahora intenta liberar toda la tensión de tus extremidades. Deja que tus brazos y piernas vayan hundiéndose en el agua, deja que se mezan por la corriente y cierra los ojos. Recuerda que yo te estoy sujetando en todo momento.
Draco asintió sin fuerzas, y entonces la bóveda de mármol del baño desapareció para dar paso a un velo de oscuridad. Intentó dejar inerte todo el cuerpo, destensar los músculos, reposar todo su peso en los firmes brazos de Potter, que aún lo sujetaban por la espalda, manteniéndolo a flote. Poco a poco, sus brazos y piernas empezaron a hundirse, su mandíbula se relajó y su cabeza cayó hacia atrás, pero Potter la sostuvo delicadamente con una mano, cambiando ligeramente su postura.
-Ah -exhaló. ¿Potter siempre había tenido la piel tan suave? ¿Por qué cada movimiento, cada roce con su cuerpo, le parecía tan grato como una caricia? ¿Y por qué aquello le parecía bien? ¿Por qué motivo no se sentía humillado, rebajado, embrutecido? Allí flotando panza arriba sin defensa posible, completamente sometido a la piedad de su enemigo. Vulnerable. Dúctil. Liberado... ¿Liberado?
-¿Puedo hacer un hechizo? -preguntó Potter con voz queda-. Es un encantamiento de relajación que me enseñó Hermione el otro día.
-Sí... -dijo Draco, aún con los ojos cerrados. Por un momento apreció la gentileza de Potter: ¿quién le había pedido permiso alguna vez en su vida para hechizarlo? Era tan bondadoso, tan ridículamente bondadoso...
-Muladhara, Muladhara, Muladhara -entonó Potter mientras trasladaba una de sus manos hasta la parte baja de su espalda, justo en la base de la espina dorsal. De inmediato, Draco sintió una agradable calidez justo en el punto de su piel en el que la mano de Potter se había posado. La calidez se extendió cariñosamente por sus músculos, y entonces todo él se descubrió, se expandió a la luz de una apertura infinita, porque de repente se sintió completamente abierto, aliviado, dilatado, como si algo se hubiese desobstruido en su interior y por fin pudiera fluir sin obstáculos, dentro y fuera, dentro y fuera, como las calmadas corrientes de la piscina...
Draco gimió débilmente, y entonces abrió los ojos. Un tenue resplandor rojizo iluminaba toda la estancia, también los ojos de su enemigo. No era, sin embargo, el destello sanguinario de la mirada del Señor Tenebroso, era algo más seguro, más fraternal, como la luz de un sol en miniatura que bañaba a Draco de pies a cabeza...
-Yo... yo... -trató de decir. La luz empezaba a menguar-. Siento que me estoy pegando golpes contra un muro. No tengo asideros. Ni referencias. Ya no estoy seguro de nada...
-Te entiendo, Draco. Yo también me siento así algunas veces. Sin embargo...
-Como si el suelo se hubiese vuelto inestable bajo mis pies -continuó Draco, sintiendo que las lágrimas empezaban a aflorar en sus ojos. Su mirada se perdió en la bóveda del techo-. En cualquier momento me hundiré, y sé que no habrá nadie allí para sujetarme.
-Yo... -por un momento, Potter pareció inseguro. Draco lo notó en su cuerpo: ahora todos sus músculos estaban tensos y alerta, como a la espera-. Yo te estoy sujetando, Draco.
La luz ya se había extinguido completamente, y el baño volvía a estar sumido en la penumbra pálida de la luz de la luna. Movido por el estremecimiento, Draco se revolvió delicadamente en los brazos de Potter y volvió a posar los pies en el suelo de la piscina. Pero no se separó de él, sino que pasó sus manos por el amplio pecho de su enemigo (tan suave, tan suave), le rodeó el cuello con los brazos...
Y, tras un instante de duda, lo besó.
