15. Bajo el agua
¿Cómo podía sentirse tan expuesto y tan protegido al mismo tiempo? Los labios húmedos de Potter eran como un refugio invitante; sus fuertes brazos envolviéndole, como un valle umbrío y recóndito donde Draco podía descansar a salvo del mundo. Tenía que contener el impulso, un impulso casi animal de acurrucarse junto a él, de pegarse a su piel, de ocultar el rostro en su pecho y dar la espalda a todo lo demás, de sentir que podía confiar en él, de sentir que no estaba solo... Y sus alientos se entremezclaban como íntimos y exquisitos vapores, y Draco le cogía la cara con las manos, y sus dedos acariciaban sus pestañas, la forma de su mentón y el frágil remolino de pelo en su nuca. ¡Ah, Amado! Las caricias lo cegaban, lo destruían, le abrían el alma a las estrellas. ¿Qué más podía pedir en esta vida?
-Un momento. -Potter se apartó entre chapoteos. Draco soltó un débil quejido y trató de besarlo de nuevo, pero su enemigo se mantuvo firme-. Sé que estás en un estado emocional difícil, Draco. Sé que te sientes vulnerable y confuso, y yo... No quiero que parezca que me aprovecho de esta situación. Tal vez lo mejor sería... -Draco negó varias veces con la cabeza mientras Potter se apartaba todavía más-. No quiero que hagas algo de lo que más tarde puedas arrepentirte.
-Por favor... -susurró Draco con la vista fija en el agua-. ¿Cómo puedes...? ¿Cómo puedes cuidar tanto a los demás? Yo nunca... -«he hecho cosas horribles»-. Yo no... -«mi familia me necesita»-. Tú no sabes... -«tiene razón, debería irme de aquí».
-Draco, todos nos merecemos que nos cuiden. Y tú también.
La voz de Potter estaba tan cargada de ternura que era imposible no detectarla. ¿De dónde la había sacado? Ese chico había sufrido tanto, y él lo había tratado tan mal... La bondad no existe, había dicho hace un momento. Pero tenía una prueba de ella justo ante sus ojos. Y podía sentir el reflejo de esa bondad en su corazón, esa luz dulce que lo consolaba y lo envolvía... Ni el prestigio de su familia, ni el honor de servir al Señor Tenebroso, ni la humillación a sus inferiores, ni el feroz orgullo de estar en la cima de la sociedad. Habían sido esos besos, esas caricias, ese cuidado, esa ternura. Ternura... Era eso lo que siempre había deseado, lo que siempre se había negado a sí mismo. Ese maravilloso refugio: la Bienaventuranza.
Draco miró a Potter a los ojos. «Soy un mortífago. Tengo que matar a Dumbledore, y no soy capaz». Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero entonces sintió un lengüetazo de fuego en el antebrazo izquierdo.
Draco se tapó instintivamente el tatuaje con una mano. Era la Marca Tenebrosa, desde luego, que empezaba a aparecer sobre su piel y reclamaba su atención. El Mendax angelus era un hechizo poderoso, sí, pero también temporal, porque no había fuerza capaz de contener la furia helada de la Oscuridad, ese pálpito tan enraizado en lo más profundo de su alma, ahora y siempre, por los siglos de los siglos... Como decía tía Bella: Radices currere abyssi. No había nada que hacer. Draco observó impotente cómo la silueta negra de la Marca se iba tallando con precisión sobre su piel, sintiendo de nuevo esas intensas y breves punzadas de dolor, tan familiares. Era como si la misma serpiente le estuviera mordiendo la piel, como si la estuviera desgarrando lentamente, abriéndose paso a través de los frágiles tendones para despejar el camino a otra piel distinta, más dura, más cruel, más poderosa...
-Draco, ¿te encuentras bien? -preguntó Potter con gesto de preocupación, bajando la vista hacia su antebrazo.
Potter. ¿Qué pensaría él si viera la Marca Tenebrosa? ¿Qué encontraría en su mirada? ¿Miedo? ¿Condena? ¿Desprecio...? ¿Lástima? En el fondo no tenían nada en común, se daba cuenta ahora. Draco bajó la vista, y aún pudo atisbar bajo el agua la fuerte erección de Potter. La suya empezaba a declinar rápidamente.
Dios mío, qué vergüenza. Sus mejillas se tiñeron de rubor. ¿Qué había estado a punto de hacer? ¿De verdad...? ¿De verdad había pensado que Potter podía ayudarlo? ¿Que podía comprenderlo?
-Draco, yo...
Pero la mirada del joven mortífago le hizo interrumpirse. Con una extraña tirantez en el rostro, Draco le dio la espalda y salió de la piscina con movimientos torpes y urgentes, pues aún tenía que taparse el antebrazo con la otra mano. Su enemigo pronunció su nombre una vez más, pero Draco no se volvió. Algo en su interior se había cerrado. Un sello duro e impenetrable, absoluto, subyugador. Cerrados todos los orificios de su cuerpo, todos los resquicios de su alma. Como un sepulcro vacío y oscuro. Nada que ver. Nada que sentir. Y Draco lo agradeció.
