Nota del autor (II)
Dejando esto claro, empecé a escribir el primer capítulo de Draco Malfoy y la Bienaventuranza en pleno confinamiento, en abril de 2020. Me quedaban apenas unos meses para terminar la universidad, y esa perspectiva me llenaba de inquietud y de incertidumbre. ¿Qué debería hacer a partir de ahora? ¿Estudiar un máster? ¿Buscar trabajo? ¿Irme a vivir al extranjero? Cada día me formulaba en bucle esos interrogantes inacabados sin verme capaz de encontrar una salida, pues todas las posibilidades me parecían igual de remotas, difíciles e improbables. ¿Cómo no me había preocupado antes por ello? ¿Por qué hasta entonces no había planificado nada? ¿Cómo podía pillarme por sorpresa la "vida adulta", si se supone que llevaba todos estos años preparándome para su llegada? De repente sentía que todos mis asideros desaparecían: ya no tenía referencias, ni señales claras, ni un camino marcado, ni una autoridad confiable. Solo me quedaba la vida, mi vida, que parecía bifurcarse en un millón de senderos y a la vez en ninguno. A esta extraña desorientación se añadía también la impotencia del confinamiento, la sensación de que, de todas formas, tampoco podía tomar ninguna decisión para desbloquear el agobiante interludio vital en el que me encontraba. Hay mucho de todo eso en los primeros capítulos del fic, en ese Draco solitario, confundido, encerrado en su dormitorio subacuático, atormentado por los densos nubarrones de sus pensamientos, tan complejos y aterradores, sin poder encontrar una salida al laberinto de su propia mente.
La oración que pronuncia Draco al final del primer capítulo contiene ecos de varios textos religiosos: la expresión «tu voz será como estruendo de aguas» se encuentra en varios pasajes de la Biblia (Apocalipsis 19:6; Ezequiel 43:2), mientras que la letanía sobre la «espada llameante» pretende hacer referencia al famoso ángel vengador que Jehová coloca en la entrada del Jardín del Edén para evitar que Adán y Eva puedan regresar (Génesis 3:24), y que Él mismo equipa con un mandoble de fuego sagrado. El mismo Draco no tiene claro para quién pronuncia la oración, como ya hemos visto, pero sabe perfectamente que no es al Dios cristiano, una entidad que él desprecia por sus bisoños mandamientos sobre el amor al prójimo, la compasión, el sacrificio y la sumisión. ¡Qué ideales tan deleznables! En realidad, (y esto es algo de lo que Draco nunca es consciente), esa desesperada plegaria va dirigida al propio Señor Tenebroso, su único y verdadero amo, a quien le suplica clemencia tanto para sí mismo como para su madre. Me interesan mucho los rasgos religiosos que adopta la secta de los mortífagos, pues en muchas ocasiones tratan a lord Voldemort no tanto como un líder (social, político, militar) sino más bien como una divinidad. Ahondaré en el tema más tarde. Por último, debo reconocer que hay en esta oración un secreto grito personal muy profundo, pues yo también he suplicado por la salvación de mi madre, en mi caso, en un momento en que las tinieblas de su depresión parecían que se la llevarían más allá de nuestro alcance. Estaba dispuesto a soportar todos los padecimientos, a cargar con todos los pecados, a sufrir con cada milímetro de mis huesos con tal de que ella se recuperarse al menos un poco… ¿Y quién sabe? Quizás Draco también siente estas emociones hacia su madre, esta ansia de protegerla, de sacrificarse por ella… Quizás es aquí donde, al menos parcialmente, se encuentra el germen de su malestar y de su terror. Como es natural, este altruismo no es algo que Draco pueda considerar y ni siquiera detectar, pues no ha sido educado para ello. Por ese motivo, supongo, la preocupación por la seguridad de su madre no vuelve a mencionarse en toda la historia.
La autolesión, por otra parte, es un síntoma presente en diversos trastornos psicológicos como la depresión, la ansiedad, el abuso de sustancias, los desórdenes alimenticios, el estrés postraumático, la esquizofrenia y traumas derivados de abusos emocionales o sexuales. Es un comportamiento más común en adolescentes y adultos jóvenes, generalmente con apariciones iniciales entre las edades de 12 a 24 años. Yo no he estudiado Psicología, y tampoco he tenido una experiencia directa con la autolesión, por lo que desconozco si alguno de estos trastornos puede ser aplicado a Draco. Es evidente, eso sí, que está sometido a altas dosis de ansiedad, estrés y miedo durante todo el fic, así que me pareció apropiado ilustrar su estado mental de esta manera: la culpabilidad por no estar a la altura de las órdenes recibidas, la repugnancia creciente que siente ante la muerte y el asesinato, su brutal educación, su odio tan intenso y su fuerza aún más intensa para reprimir sus emociones… La autolesión pretende expresar esta turbulencia, esta inestabilidad, pero, aun así, repito que yo nunca me he enfrentado a este síntoma en mi propia piel, por lo que pido disculpas si este fragmento contenía elementos erróneos o inexactos. Tampoco me he desmayado nunca, que yo recuerde, pero la pérdida de conciencia súbita también es un síntoma de miedo y estrés emocional elevados, ya que estas emociones pueden provocar una bajada rápida de la tensión arterial.
En cambio, sí que estoy bastante familiarizado con la pérdida rápida de peso. Hace unos años me diagnosticaron una enfermedad intestinal crónica que me dificulta la absorción de nutrientes, y ello se tradujo en un súbito adelgazamiento en apenas unos meses. Casi de la noche a la mañana mis huesos formaron una nueva geografía corporal de extrañas ondulaciones y promontorios puntiagudos a la que debía tratar de acostumbrarme por mucho que la detestara. Esta experiencia se refleja en varias reflexiones de Draco, en esa dificultad para encontrar una postura cómoda en la cama o para sentarse en el pupitre sin que los huesos se le hinquen dolorosamente en las superficies. Ahora, por suerte, ya he recuperado parte del peso perdido, pero aún sigo identificándome con estas descripciones.
Me parecía igualmente interesante retratar los síntomas físicos que produce una exposición prolongada a la magia oscura, y más concretamente a la Marca Tenebrosa. JKR deja bastante claro que no es un tatuaje normal, sino que es un poderoso hechizo que liga el alma y el cuerpo del mortífago a la voluntad de Voldemort. Por eso Draco puede sentir el rastro de las manos de su señor en las suyas propias, por eso pierde el gusto y el olfato, por eso siempre tiene frío: porque percibe el mundo tal y como lo hace Voldemort. Por supuesto, para este episodio concreto me he inspirado en la relación de Harry con Tom Ryddle, aunque, desde luego, Draco no puede acceder a sus recuerdos, a sus emociones o a sus planes como lo hace Harry, pues eso sería altamente contraproducente para Voldemort. De hecho, ni su padre ni ninguno de los otros mortífagos le ha advertido jamás de que la Marca tenga estos efectos, por lo que debemos preguntarnos si su causa se debe completamente a ella. Quizás, esa anulación de los sentidos, esas extrañas alucinaciones con las manos o las uñas del Señor Tenebroso, o esos terroríficos ataques sinestésicos tengan más que ver con el deteriorado estado mental de Draco que con el tatuaje en sí mismo. No obstante, ¿quién puede asegurarlo con certeza?
Con independencia de este enigma, es verdad que la relación entre Voldemort y los mortífagos se puede describir perfectamente en términos de posesión. Como explica tía Bella, el mortal que desee ponerse a su altísimo servicio debe renunciar a todo, debe rendirse, debe vaciarse por completo y dejarse caer en sus brazos para que Él lo levante y lo enaltezca sobre todo el resto de criaturas, controlándolo y poseyéndolo hasta la médula, concediéndole como recompensa una brizna de su poder y de su gloria, pues no hay mayor honor en todo el universo. Esta retórica se parece mucho a la de algunos místicos cristianos que también defienden la anulación total del individuo para poder acceder a la inefable unión con la divinidad, a todo su poder y sabiduría. De hecho, las palabras de Bellatrix, «mi alma ha ansiado el suplicio, y mis huesos la muerte» provienen del Itinerarium mentis in Deum de san Buenaventura (1221-1274). Me gustaría citar el fragmento completo: «Mi alma ha ansiado el suplicio y mis huesos la muerte. El que ama está muerto, puede ver a Dios, porque, sin duda alguna, son verdaderas estas palabras: No me verá hombre alguno sin morir. Muramos, pues, y entremos en estas tinieblas, impongamos silencio a los cuidados, las concupiscencias y los fantasmas de la imaginación; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, a fin de que, manifestándose en nosotros el Padre, digamos con Felipe: Esto nos basta; oigamos con san Pablo: Bástate mi gracia; y nos alegremos con David, diciendo: Mi carne y mi corazón desfallecen, Dios de mi corazón y herencia mía por toda la eternidad. Bendito sea el Señor eternamente, y responderá el pueblo: Así sea. Así sea. Amén». Buenaventura equipara la muerte con el gozo de ver y sentir el amor de Dios, pues Él sobrepasa todos los sentidos, Él colma todos nuestros deseos, todas nuestras glorias… He querido transmitir toda esta intensidad del misticismo religioso en la extrema devoción de los mortífagos hacia su líder, especialmente ese rasgo tan inquietante de auto-negación.
