Nota del autor (III)
Por otro lado, y como podéis imaginar, me parece muy improbable que el verdadero Draco (el Draco que aparece en los libros) sea capaz siquiera de acercarse a un libro de tragedias griegas. Probablemente ni siquiera reconocería el término si se lo preguntasen. En ese sentido, la educación que ofrece Hogwarts siempre me ha parecido muy pobre. Estudian magia, sí (y eso es una pasada), pero realmente los magos no tienen ni la más remota idea de cómo funciona el mundo a su alrededor: no saben historia, ni literatura, ni matemáticas, ni biología. No saben quién fue Shakespeare, Napoleón o Frida Kahlo, no saben qué es una célula, no saben cómo funciona la electricidad, no saben resolver una ecuación simple. Algunas de esas cosas no las necesitan gracias a sus habilidades mágicas, pero otras son conocimiento básico para cualquier persona, al menos desde mi punto de vista. De esa manera, simplemente, se pierden una parte de la experiencia colectiva de la humanidad… como por ejemplo el teatro griego. En concreto, la Medea de Eurípides se representó por primera vez con motivo de la Olimpiada 87ª (431 a.C.) en Atenas, y desde entonces no ha dejado de atraer al público. El tratamiento de Eurípides de la figura femenina es muy novedosa, pues Medea aparece como una mujer fuerte y segura de sí misma, poderosa, contradictoria, pérfida y luchadora. En el fic, Draco se siente identificado con sus desesperados dilemas que enfrentan el deseo de venganza, el orgullo y la compasión, esto es, los impulsos «bondadosos» y los impulsos «malvados». Lo mismo le sucede a lady Macbeth con respecto a su ambición política. Draco encuentra consuelo y comprensión en estas figuras literarias, algo que nunca podría haber experimentado en el mundo canónico de JKR, donde la literatura y cualquier otra disciplina académica que no sea la magia están expulsadas del currículo de Hogwarts sin ningún tipo de contemplación.
¿Qué decir de la sala común de Slytherin? JKR no nos lo pone nada fácil para sentir simpatía hacia los integrantes de esa casa, a pesar de que en varios puntos de los libros insista en la importancia de la unión y la comprensión entre los cuatro icónicos grupos. Aun así, con los Slytherin siempre parece especialmente difícil cualquier de acercamiento: casi todos los estudiantes de esta casa que vemos a lo largo de la trama son abusadores, crueles, racistas, narcisistas en incluso físicamente desagradables (en este último punto, la obvia excepción es Draco). ¿Cómo van a inspirar nuestra simpatía este hatajo de villanos? Por supuesto, no hay que olvidar que los libros están escritos desde el punto de vista de Harry, y supongo que él ya está predispuesto a percibirlos de esta manera. Aunque, ¿cómo no hacerlo? ¡Con lo que se burlan de él!
Dicho esto, yo mismo tengo varias amistades que declaran con orgullo su pertenencia a Slytherin, y, de hecho, muchas de las virtudes que esta casa simboliza (la ambición, la astucia, la inventiva) no me parecen intrínsecamente malas. No creo, por eso, que en la sala común de Slytherin reine un ambiente tan crudo y violento como el que he descrito: alumnos mayores humillando y abusando de los pequeños, alumnos manipulándose unos a otros, seduciéndose, traicionándose, compitiendo sin piedad, poseídos por ese individualismo y ese egoísmo helador que impide cualquier tipo de afecto sincero entre ellos. Creo que es el mismo Draco el que percibe de esta manera todas las relaciones que observa a su alrededor. Después de todo, a él le han enseñado a concebir al resto de seres humanos como meros instrumentos de control, como un peligro o si acaso como una oportunidad. Es natural, por tanto, que no sea capaz de detectar relaciones basadas en el respeto genuino o en la amistad, a pesar de que, seguramente, también se den en el seno de Slytherin. Eso sí, tampoco creo que en esta casa reine la camaradería o la calidez colectiva, como tantas veces vemos que sucede en la sala común de Gryffindor. En ese sentido, mi representación de la sala común de las serpientes puede tener un toquecito de verdad.
De todas formas, lo importante es que a Draco ni siquiera se le pasa por la cabeza que alguien pueda acercarse a él con buenas intenciones y sin un objetivo subrepticio. La pregunta que debemos hacernos, entonces, es si Zabini tenía buenas intenciones. Desde mi punto de vista, Zabini representa todo lo que Draco anhela convertirse y también todo lo que teme de los demás: es atractivo, misterioso, elegante, seguro de sí mismo, conoce los puntos débiles de todos sus compañeros y no duda en explotarlos para manipularlos en su propio beneficio. Draco teme ser usado de esta manera, y por eso se cierra en banda a cualquier tipo de acercamiento por su parte. Y Zabini, con sus caídas de ojos, sus leves caricias, sus punzantes comentarios… Todo induce a la cautela, a la alerta. Después de todo, Zabini solo quiere arrastrarlo a las tinieblas del sexo, ese equívoco nudo de intimidad, control y poder, para que Draco se confíe y le confiese sus secretos para así poder chantajearlo más adelante. Pero, ¿es esa realmente esa toda la verdad? Zabini parece sinceramente frustrado cuando Draco no le deja invitarlo al Club de las Eminencias, y también es cierto que se fija mucho en él, que lo observa y está atento a los sutiles cambios en las mareas interiores de su amigo… ¿Eso refleja tan solo unos fríos cálculos para poder controlarlo, o acaso manifiestan un interés más profundo, una atracción sincera? Lo cierto es que nunca lo sabremos. Y quizás el propio Zabini tampoco conoce otra forma de acercarse a los demás que no sea mediante ese juego perverso de seducción y dobles intenciones. Quizás eso es su forma de ocultar sus verdaderas emociones, más frágiles y vulnerables.
