Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Capítulo 3
Fotografía
Avizoró su reflejo con asumida apatía en el espejo. El anillo de diamantes que adornaba su dedo anular izquierdo centelleaba bajo los rayos del sol.
Aplicó unas gotas de perfume detrás de sus orejas, en el cuello y las muñecas. Esa mañana se reuniría con su antigua mentora para una entrevista, por lo tanto, quería lucir bien.
—Te ves hermosa— murmuro Itachi al aparecer detrás de ella y depositar un beso en su mejilla, cerca de la comisura de sus labios—. Quisiera tenerte solo para mi.
La pelirosa rió, nerviosa. Por más tentativa que pareciera la propuesta de Itachi, había un lugar en el que debía estar en cuarenta minutos.
—No puedo llegar tarde— le recordó, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no rendirse ante las ternezas que su marido desperdigaba por toda la extensión de su cuello—.Esta entrevista es importante.
Con un suspiro contenido, Itachi se apartó, procurando mantener alejadas de su faz la decepción y la tristeza.
No obstante, Sakura no reparó en ello y tan rápido como el azabache la liberó de su agarre, cruzó la habitación hasta adentrarse en el sofisticado vestidor.
—Nunca has comprendido lo realmente valiosa y maravillosa que eres— dijo Itachi—,estoy seguro que obtendrás el empleo.
La pelirosa aprisionó su labio inferior con los dientes. Quería creer que aquello era tan cierto como que la luna no es de queso, sin embargo, era imposible no albergar cierto nerviosismo e inquietud. Estaba adentrándose en una nueva etapa de su vida, una sumamente definitiva.
—Espero que tengas razón— gritó, repasando el armario para extraer el elegante abrigo de doble botonadura de lana y cachemir.
—Tsunade fue tu maestra— adosó Itachi al aparecer bajo el umbral de la puerta; las palabras brotaban de sus labios tan apacibles como el cause de un rio en calma.
—Eso es lo que me preocupa, no quiero decepcionarla—admitió ella.
—No lo harás— cuando Itachi terminó de anudarse la corbata, sus miradas se encontraron—.Eres una de las mejores médicos internistas que conozco, todo saldrá de maravilla.
Sakura le miró durante un momento, con tanta intensidad que se le nubló la vista. Después bajo la mirada, se aproximó a él y lo besó suavemente, siendo correspondida de inmediato.
—Después de la entrevista iré a ver a mi madre— pregonó—. ¿Necesitas algo de la ciudad?
Itachi la siguió de cerca hasta llegar a la habitación.
—No, todo esta bajo control— resopló al mismo tiempo que acomodaba los puños de su camisa.
Sakura sonrió para sus adentros. Todo tomaba su debido lugar con el tiempo. La reunión con sus suegros y la carta consiguieron perturbarle el sueño durante dos noches, pero se convenció a si misma de que todo era producto de su imaginación. Las cosas marchaban de maravilla entre los dos, Itachi se comportaba tan esplendido como de costumbre y si de sexo se traba, las ultimas sesiones habían sido memorables. Luego de los menoscabos, era como si la familia Uchiha hubiese dejado de existir, así como el molesto sobre con la carta… solo eran ellos dos.
—Sakura.
La voz del pelinegro cortó de tajo sus pensamientos.
—¿Sí?— arqueó una ceja, intrigada.
—Tal vez deba salir de la ciudad.
Ella parpadeó, confundida; la imperceptible arruga en su entrecejo poco a poco se hizo más pronunciada.
—¿Durante algunos días?— se aventuró a cuestionar.
—No, quizá sea unas cuantas semanas, puede que deba permanecer ahí un mes.
Su corazón dio un vuelco entre los confines de sus costillas, sin embargo, la congoja que amenazaba con magullarla poco a poco se transformó en molestia.
—¿Por qué no lo mencionaste antes?— Sakura inspiró hondo. Intentaba no procesar lo que eso significaba.
—No lo sabía— giró sobre sus tobillos para encararla—.Los socios del proyecto llamaron ayer por la noche, argumentaron que se sentirían más tranquilos si yo estaba en el lugar para supervisar el proyecto de construcción.
Ella no recitó ni una palabra, en su lugar colocó las manos en su cadera y comenzó a deambular de un lado a otro como una fiera enjaulada.
—Son cuestiones de trabajo, Sakura— dijo él, tratando de restarle importancia.
La pelirosa hizo una pausa al oír aquello.
—Eso ya lo se, Itachi— se obligó a levantar los ojos del suelo y a mirarlo a la cara—. Lo que me molesta es el hecho de que no me cuentes muchas cosas.
Su esposo pareció perplejo.
Sakura se detuvo otro instante, pero ya no importaba. Ya estaba dicho.
—Soy un libro abierto para ti— murmuró él, todo orgullo y dignidad.
—Eso no es cierto y sabes que no puedes negarlo— lo acusó— Sakura buscaba las palabras adecuadas para exteriorizar sus sentimientos, mas no las encontró—. A veces tengo la impresión de que eres un completo desconocido.
Sus ojos se volvieron a encontrar.
Una idea absurda cruzó por su mente al verlo de pie en medio de la habitación; estaba segura que no sabía nada sobre Itachi. Ambos se habían casado precipitadamente, en cuestión de meses se encontraban de pie frente a un ministro recitando votos y colocándose las argollas como prueba de un juramento eterno. Ahora mismo, cuanto más hurgaba en las gritas que él le permitía entrever, más incertidumbre encontraba.
Sakura se contuvo en medio de un suspiró y dejó salir el aire suavemente, de forma inaudible.
—Saldré mañana a primera hora— le informó Itachi, estiró la cabeza hacia atrás y hacia delante como para aliviar la tensión del cuello.
Ella lo contempló, sorprendida. Su cabeza estaba decidida a estallar al ritmo de su corazón.
Cuando se puso de pie y tomó su bolso, notó que le temblaban los dedos, y se vio incapaz de decidir si debía continuar con esa discusión o darla por zanjada. Por un momento, se enfadó con ella misma. No había imaginado que una pelea con Itachi la afectaría de esa manera. ¿Qué estaba sintiendo? ¿Ansiedad? ¿Miedo? No estaba del todo segura.
—¿Quieres que te lleve al hospital?— preguntó Itachi como si nada sucediera.
—No— dijo sin rastros de cortesía en la voz—.Se como llegar por mi cuenta.
Sakura estaba furiosa. Tan furiosa que hasta que dobló en la esquina para cruzar la calle no se calmó lo suficiente como para comprender que no estaba sufriendo un fallo multiorgánico y requiriera atención medica con urgencia, sino que estaba simplemente molesta. No se atrevió a mirarse en una de las paredes de cristal por miedo a ver su rostro desfigurado por la furia y clavó la mirada al frente mientras apretaba la mandíbula como si quisiera romper algo duro con los dientes.
Aunque en general Sakura no se enfadaba con nadie. Y menos con su madre, quien hacia mucho tiempo dejó en claro que sólo quería involucrarse con la faceta intelectual de su hija, la que ella había entrenado y contribuido a educar, y cuyos comentarios irónicos e inteligentes apreciaba. Sakura no era por naturaleza inestable ni emotiva, y eso estaba bien, pero incluso ella tuvo que pasar los altibajos hormonales de la adolescencia, lo que dio lugar a algunas escenas en restaurantes y lugares públicos, delante de los amigos de su madre.
A pesar de todo, el amor de Mebuki por ella no flaqueó nunca. Incluso cuando le detectaron la fibrosis pulmonar idiopática, su madre siguió portando la capa de autoridad que se puso después de que su esposo fallecería. Sakura suponía que mantenían una buena relación, si por ello se entendía que se veían con frecuencia, que ella le comentaba que estaba hermosa y que aprobaba tanto su elección de carrera como la de marido, e incluso puede que estuviera orgullosa de lo que había logrado en su profesión. Ninguna de las dos eran aficionadas a grandes declaraciones, de modo que todo iba bien. Tenían sus rituales, por supuesto, como un almuerzo a la semana en el apartamento donde vivía desde que ella abandonó la casa familiar.
Reconoció a su madre cuando cruzó la cuarta avenida. Se encontraba postrada en una banca, bajo la sobra de un árbol. Mebuki siempre había jugado tenis dos veces por semana, pero ahora, como tenía molestias a la hora de respirar, ya no hacia deporte.
Cuando la vio ligeramente encorvada y con el cabello cubierto de canas, Sakura se preguntó si su madre estaría reduciéndose. Por un momento ella se imaginó creciendo en direcciones opuestas, hasta que una desaparecía bajo la tierra y la otra se perdía entre las nubes. La imagen le provocó escalofríos.
—Imaginé que estarías en el apartamento a esta hora del día— comentó Sakura al acortar la distancia entre ellas.
Mebuki la contempló y sonrió alegremente.
—El doctor dijo que el aire limpio era bueno para mis pulmones— resopló la mujer mientras se ponía de pie con la ayuda de un bastón.
—No creo que encuentres aire limpio en la ciudad, deberías considerar trasladarte al campo.
—Me alegra verte de nuevo, Sakura— dijo su madre, dándole un abrazo—. Hace frio, ¿verdad?
¿En serio? Sakura se sentía acalorada. Le ofreció un brazo para que se apoyara en ella mientras arribaban a la entrada del edificio. Al contemplarla de reojo, se percató del tiempo que había transcurrido. El recuerdo del joven rostro y serio, aunque muy bonito, comenzaba a diluirse en lo más profundo de su mente, ahí donde yacía la imagen de su padre, la cual lucia difusa, borrosa, indistinguible.
Ingresaron al vestíbulo y caminaron al ascensor. Se trataba de un elevador antiguo de esos que requieren de cierta habilidad para lograr que se detengan al nivel de rellano. Subieron en silencio hasta el cuarto piso.
Cuando la madre de Sakura abrió la puerta, les recibió un olor a zanahorias.
—Hola, Sakura, cuanto tiempo ha pasado— saludó la mujer de melena hirsuta al verlas ingresar.
—Hola, Suzume— rebatió Sakura, adelantándose por una milésima de segundo a su madre.
Suzume era la enfermera a cargo del cuidado de Mebuki. Había arribado a sus vidas dos años antes de que ella finalizara la residencia. Como era de esperarse, su madre se negó a convertirse en una carga, así que delegó su asistencia a una ayudante capacitada, paciente y con ganas de trabajar.
Mebuki se quitó el abrigo y colgó juntos el suyo y el de su hija en el perchero que se ubicaba cerca de la puerta.
—¿Te apetece beber algo?
—No, gracias. Sírvete tu.
El piso estaba igual que la primera vez que Sakura lo visitó, su madre era una agente del orden y la limpieza, procuraba mantener todo en un mismo lugar.
—¿Cuándo regresaste?— cuestionó Mebuki con la mirada fija en la pequeña tetera dispuesta en la mesita de centro sobre una brillante charola plateada.
—Hace una semana. Pensé en pasar a saludar sin avisar, pero había tanto por hacer. Lo lamento mucho— se excusó, buscando el perdón de la corte.
—No te preocupes, cariño. La vida de los recién casados es sin duda, maravillosa.
—Mejor dicho, abrumante— reconoció Sakura con una risita forzada.
Sakura se preguntó si debía contarlo todo. Tal vez ocurriría un milagro y por una vez su madre lo dejaría estar.
Mebuki tomó asiento a lado de ella y estrujó su mano en un gesto maternal.
—¿Sucede algo malo?
Ella guardó silencio. Lo cierto era que no sabía por donde comenzar. Hacia unas cuantas semanas se encontraba de luna de miel con el hombre que amaba, disfrutando de los paisajes y su compañía, incluso le había enviado unas cuantas fotografías a su madre en un intento por apaciguar sus preocupaciones y disipar la desconfianza que sentía hacia Itachi.
—No es como lo imaginaba— se encogió de hombros—. Ha sido…complicado.
Mebuki hilvanó una sonrisa conciliadora, similar a las que solía dedicarle cuando era una niña pequeña y creía que el fin del mundo se avecinaba.
—Todos los matrimonios tienen sus altibajos, algunos más pronto que otros, pero solo son pequeños obstáculos que ambos deben sobrellevar.
—Eso ya lo se— espetó—.Solo quiero un matrimonio como el que tenias con papá. Quiero ser feliz como ustedes.
Por un instante creyó que había empezado a llorar. No le hubiese sorprendido mucho el ser capaz de romper en llanto sin darse cuenta. Pero no era ella la que derramaba lagrimas, era Mebuki Haruno, abogada, que estaba sentada a lado de ella y sollozaba con la cabeza enterrada entre las manos de largos y finos dedos. Por un momento, Sakura no fue capaz de asimilarlo, luego colocó una mano sobre su muslo.
—¿Mamá?
—No lo éramos— dijo Mebuki, moviendo la cabeza.
«¿No lo eran?», pensó Sakura.
Tenía que acabar de llorar. Le llevó un rato. Y Sakura no pudo hacer otra cosa que esperar.
—No éramos felices— anunció de repente, con esa voz entrecortada que se quedaba después de llorar. Yo no era feliz, y se que Hizashi tampoco. Lo intente… creo que hubiera intentado cualquier cosa.
—Pero nunca me di cuenta de eso— dijo Sakura—. Nunca— insistió, como si su madre no pudiera estar en lo cierto. Como si ella, que era una niña entonces, pudiera evaluar mejor la situación.
—Ninguno de los dos quisimos inmiscuirte— levantó la mirada y pareció sorprendida de encontrarse con la de su hija, porque la apartó enseguida—. Le pedí el divorcio, pero él se negó en redondo. Nunca lo entendí. Comprendí que no hiciera un esfuerzo por mi felicidad, pero ¿y la suya? Yo desde luego no quería hacerle daño. No más del que le había hecho ya.
Sakura estaba aferrada al sofá. Apretaba los cojines entre los pulgares y los índices.
—De modo que seguimos juntos. Lo intentamos de nuevo, y creo que él también lo estaba considerando, pero entonces sufrió el accidente.
Ambas permanecieron unos minutos en silencio. Sakura descubrió con asombro que la imagen que había proyectado de un matrimonio feliz no era más que una farsa.
—Lo lamento muchísimo— murmuró por fin.
—Yo también, Sakura— miró a su hija con franqueza—. Pensar que basabas tu ideal de pareja en mi matrimonio con tu padre me duele terriblemente. Debería haberte contado esto hace muchos años.
Sakura se encogió de hombros. A medida que escuchaba a su madre relatar los motivos por los cuales ella y su padre nunca fueron felices, se dijo a si misma que no hacia falta que su relación Itachi fuese perfecta, bastaba con que fuera real.
Colocó los lentes de lectura a un costado y presionó con fuerza el puente de la nariz en un intento para templar el dolor asentado en el lóbulo frontal de su cerebro.
Llevaba cerca de dos horas estudiando, o al menos, tratando de. Su mente reproducía constantemente las efigies de su discusión con Itachi esa mañana, haciéndola sentir inquieta, molesta.
Enterrarse a si misma en trabajo era la única vía de acción que se le ocurría a Sakura en esos momentos. La confusión bloqueaba cualquier otra opción.
Se apoyo contra la mesa, con las manos acariciando la superficie laqueada; echó un vistazo al sitio donde reposaba la cena intacta de su esposo, Itachi no aparecía y algo en su interior le decía que estaba lejos de hacerlo.
Ofuscada, se dirigió a las paginas donde había resguardado el sobre con la carta misteriosa. Tomó su taza de té y acerco la epístola, alineándola con el borde de la mesa.
Ahora que había prometido regresarla a su sitio, no podía abrirla. Habría sido mejor no sacarla a relucir. Itachi daba por hecho que, uno de sus tantos secretos, yacía en los estantes polvorientos, lejos de la meticulosa vista y quisquillosa atención de su esposa.
Pasó un dedo por las letras perfectamente escritas en la parte posterior del sobre «Para el amor de mi vida…», leyó en voz baja. Jamás habría considerado a Itachi como un hombre sentimental, su seriedad hacia que Sakura se sintiera frívola y superficial.
Sacudió la cabeza para salir de su ensoñación, ¿era la carta un asunto de vida o muerte?, alcanzó una de las esquinas de la envoltura, estaba dispuesta a leerla y acabar con ese asunto de una vez por todas. Con las manos temblorosas y sudorosas por el nerviosismo, rasgó un pedazo del sobre permitiéndole entrever un pequeño atisbo de papel amarillento.
De repente notó unas pulsaciones en la cabeza tan fuertes que, aunque estuviera pasando algo, no podría escuchar lo que sucedía a su alrededor. No obstante, sus acciones se vieron interrumpidas cuando el sonido del timbre retumbó en los recovecos más recónditos de la casa, anunciándole el arribo de un visitante verdaderamente inesperado.
Sakura deslizó la carta de Itachi entre las paginas del pesado libro de medicina interna, restregó las manos sudorosas contra sus muslos intentando eliminar los rastros de sudor acumulados en sus palmas.
Con toda la fuerza de voluntad que le era posible albergar en esos momentos, se desplazó al vestíbulo hasta arribar a la entrada principal.
Cuando ella abrió la puerta, encontró a Sasuke de pie bajo el umbral, ataviado de negro de pies a cabeza. Se miraron de hito en hito durante varios segundos, mas ninguno recitó palabra. Pese a todas sus vacilaciones, no había preparado nada que decir. Su único pensamiento fue que él era un más hermoso que en sus fantaseos sobre su belleza. El menor de los Uchiha era tan guapo que despistaba, el tipo de beldad que hacia que los ojos den vuelta y entren ganas de recalcar lo obvio. El abrigo oscuro que llevaba parecía idolatrar cada parte de su cuerpo, pero la boca tensa y sensual estaba apretada con expresión de censura, o acaso, incluso, de asco. Las luces del exterior, detrás de él, le hacían daño en los ojos y le impedían captar su expresión exacta. Por fin, dijo:
—¿Se encuentra Itachi?
Sakura parpadeó en dos ocasiones al salir de su ensoñación. Repentinamente se había quedado sin habla.
—No— consiguió decir a duras penas—. Aun no ha regresado.
La comisura de su labio se arqueó ligeramente al igual que una delgada ceja azabache.
—Me llamó hace unas horas para recoger unos papeles que precisa mi padre. Dijo que tu podrías entregármelos.
Una arruga imperceptible apareció entre sus cejas rosadas.
—Por supuesto— dio un paso atrás para abrirle la puerta—.Entra.
Era la segunda ocasión en la que ambos se encontraban solos en una habitación y eso la hacia sentir mareada. Pese a la amplitud del vestíbulo, la presencia de Sasuke tornó la geografía del cuarto más pequeña, dificultándole respirar con normalidad. Era como si el aire se le hubiera solidificado en los pulmones.
«Tranquilízate, Sakura, estas actuando como una adolescente», se reprimió a si misma.
—¿Quieres beber algo? Puedo ofrecerte una taza de té o café— preguntó en un mero acto reflejo de cortesía, procurando ocultar el temblor en su voz.
—No— respondió tajante—. Así estoy bien.
Sus ojos ónix vagaron por la estancia, estudiando el decorado.
—Es demasiado grande— comentó.
—Lo es— coincidió Sakura.
Un escalofrió recorrió su columna vertebral al percatarse que Sasuke la siguió por el vestíbulo hasta la sala.
—¿Tienes idea de donde puedan estar esos papeles?— preguntó encogiéndose de hombros.
Sasuke se volvió hacia ella mostrándose no del todo impresionado; hizo una mueca con los labios.
Los colores bulleron hacia el rostro de Sakura. Por un momento se sintió desnuda bajo el intenso escrutinio de Sasuke; la línea de sus labios estaba finamente curvada, todo en conjunto con la mirada directa, un poco atrevida, pero fulminante e inteligente, componían una imagen tal, que al pasar a lado de ese rostro era imposible no reparar en él y no preguntarse quien era dueño de esa cara tan bella y tan extraña.
—No lo se, no es mi esposo— respondió entre dientes aun con los orbes negros fijos en ella.
Sakura frunció el ceño.
—Pero es tu hermano, lo conoces mejor que yo.
Sasuke exhaló con fuerza, cerró los ojos y relajó los músculos de la espalda.
—Probablemente en su estudio.
Sakura tragó grueso. Era incapaz de precisar los cambios fisiológicos que sufría cada vez que estaba cerca de Sasuke, quizá era ansiedad, miedo, o atracción. Nuevamente se crispó de pies a cabeza con solo pensarlo. No podía -debía- resguardar esa clase de cavilaciones; el pelinegro era hermano menor de su esposo, ¡su cuñado!
Trastornada, sacudió la cabeza para desterrar tales aforismos de su mente.
—Aguarda aquí— le pidió—. No tardare.
Con las piernas temblorosas, se adentró en el estudio. Se dijo a si misma que era mejor mantenerse alejada de Sasuke tanto como le fuera posible.
La tenue luz de la habitación desveló un escritorio en medio del cuarto, por supuesto, con una computadora, y una silla de cuero negro. Sobre la superficie había un tiesto con una planta, un juego de portaplumas y papeles. En el suelo, una alfombra oriental; y una chimenea en la que no había fuego, un pequeño sofá de felpa marrón, un tocadiscos, una mesa y un par de sillas.
Todas las paredes estaban recubiertas de estanterías con libros, todas llenas de libros y más libros. Era la primera vez que penetraba ese lugar, una especie de oasis prohibido.
—¿Cómo fue que conociste a mi hermano?— quiso saber el menor de los Uchiha.
Su voz sonaba amortiguada por la distancia, pero había alcanzado sus oídos sin dificultad.
—Fue mi paciente— respondió. Caminó hasta el escritorio y tomó asiento en la silla giratoria; su mirada viajó por los folders color beige meticulosamente dispuestos en el archivero.
—¿Eso no es un poco anti-ético? Me refiero a salir con un paciente— acusó sin remordimientos.
—Lo se— replicó apenada, ahora mismo le era imposible vislumbrar el rostro de Sasuke, pero por su tono de voz podría apostar que una expresión de asco decoraba sus hermosas facciones—. En mi defensa, comenzamos a salir una vez que él estuvo fuera del hospital.
Abrió uno de los cajones; el archivero en su interior resguardaba algunas casillas como: «Documentos pendientes», «Asuntos para archivar», «Casa», «Despacho». Los rótulos estaban todos escritos con una letrada muy sesgada que ya conocía. Y le sorprendió, casi se sobrecogió, reconocerla, pues no la había vuelto a ver desde que la oteó plasmada en al reverso de aquella carta, y creyó que nunca más volvería a encontrarla.
—¿Puedes decirme de que tratan esos documentos?— cuestionó, impaciente.
—Algo sobre unos contratos, no sé a ciencia cierta de que son y tampoco me interesa.
«Eso es de mucha ayuda», refunfuñó ella.
Se preguntó dónde demonios podría localizarlos. Al parecer, su marido creía que ella poseía una especie de poder sobrenatural que permitía leer la mente de las personas. Ya estaba lo suficientemente molesta con él, y aquel asunto solo conseguía avivar la llama de su enojo.
Abrió otro cajón al azar, había papel de escribir, uno grueso y blanco para notas y otro, el papel amarillento de la carta.
—¿Por qué no estuviste en nuestra boda?— preguntó Sakura. Su corazón latía desbocado entre los confines de su caja torácica.
—Me encontraba indispuesto— dijo él.
Rápidamente cerró el segundo cajón y se dispuso a rebuscar en otro.
—¿Estabas de viaje?— conjeturó.
—Estuve fuera de casa durante un tiempo, tres años para ser precisos.
—Es mucho tiempo.
—Lo es.
Cuando no halló nada allí, continuo con las gavetas hasta que se topó con una que también estaba trancada. Sin abrumarse más de la cuenta, examinó con detenimiento la cerradura, parecía antigua y precisaría de una llave para abrirla.
Su atención se desvió hacia otro cajón, el cual, estaba completamente vacío, salvó por el portarretrato que saltó a la vista. Un nudo le estrujó la garganta. Dubitativa, alcanzó el hermoso marco dorado y vislumbró con detenimiento la efigie enmarcada; se trataba de la fotografía de una mujer, el largo cabello castaño enmarcaba el bello rostro en forma de corazón: relucientes ojos marrón oscuro y labios de rubí, auténticamente de rubí, hasta el punto que la gente habría creído que se los pintaba.
Sakura se tomó un minuto o dos para tranquilizarse. «Para el amor de mi vida, Itachi», las palabras resurgieron entre los confines de su mente como un tormento.
La realización la golpeó al darse cuenta de que, tal como lo había pensado, ella no era el gran amor de Itachi, y eso dolía.
Sintió que en cualquier momento Itachi volvería y la sorprendería fisgando lo que ella no tenía derecho a tocar en absoluto.
—¿Los encontraste?
La voz de Sasuke sonó repentinamente, de manera alarmante, más cercana de lo que esperaba. Su corazón dio un vuelco y saltó sobre la silla, creyéndose descubierta. Resguardó el portarretrato en su escondite con manos temblorosas y prosiguió con la búsqueda.
—Aun no.
Contempló la ultima gaveta solo para desvelar el ansiado objeto de su búsqueda. Tomó la carpeta y se puso de pie, dispuesta a regresar a la sala tan rápido y firme como sus trémulas piernas se lo permitían.
—Aquí están— extendió el sobre, sintiendo la boca repentinamente seca.
Sasuke lo abrió al azar y ojeó los papales en el interior.
—Estos son— resopló satisfecho, quizá un tanto aliviado. Ella esbozó una sonrisa nerviosa, convulsa—. ¿Te encuentras bien?, luces pálida.
Sus ojos se volvieron a encontrar.
—Solo estoy un poco cansada— se excusó. Un ataque de pánico arremetió contra los latidos de su corazón.
El aroma amaderado de su fragancia le arrebató el aliento. En un acto reflejo, Sakura dio tres pasos atrás. Nuevamente se sentía vulnerable bajo la observación de Sasuke.
Los labios del azabache se tensaron, mostrándose poco convencido con la excusa barata de la pelirosa. Si albergaba deseos de indagar en el asunto los desechó de inmediato, tan rápido como se acumularon en su mente.
—En ese caso será mejor que me vaya.
Sakura se vio envuelta por un alivio repentino. En silencio, lo acompañó hasta la entrada principal.
—Le diré a Itachi que estuviste aquí— dijo con una amplia y forzada sonrisa—. Tal vez deberías acompañarnos a cenar un día.
Sasuke guardó silencio durante unos segundos, vacilante. Su cara tenía una expresión rígida, muy seria, los labios apretados.
—No creo que sea buena idea.
Y sin decir una palabra más, dio media vuelta y se precipitó en la oscuridad de la noche hasta llegar a su coche.
Sakura se mantuvo de pie bajo el umbral, turbada por todo lo que acababa de suceder, demasiado molesta para romper en llanto, demasiado decepcionada para recitar una sola palabra.
Hizo girar la copa de vino a un lado y a otro entre sus finos dedos. El alcohol se le subió a la cabeza muy rápido, seguramente porque fue así como lo bebió. Tenía las orejas ardiendo y la piel había dejado de palpitar.
Necesitaba un trago, o tal vez una botella entera, para mitigar el pánico. Cuanto más pensaba en sus descubrimientos, llegaba a la conclusión de que, tanto la carta y la foto, habían sido dispuestas en lugares donde ella las encontraría.
Sin pensarlo demasiado, engulló el liquido tinto de un solo trago con la esperanza de acallar sus propios pensamientos.
Tal vez Itachi tenía una persona, o era otra persona. Tal vez, Itachi Uchiha era otra persona en la que había estado escondido. La idea le produjo tal malestar que tuvo que cerrar los ojos y esperar a que pasara.
Necesitaba respuestas, pero sabía, demonios, lo sabía, que Itachi no se las daría, porque tal como sucedía cada vez que ella intentaba indagar en un aspecto privado, él se cerraba de banda y no le permitía entrar.
Ansiosa, mordisqueó la uña de su dedo pulgar, un mal hábito adquirido por los años de convivencia con su maestra.
Vertió otra generosa cantidad de vino tinto en la copa vacía, derramando unas cuantas gotas en la superficie de cristal, como si se tratase de sangre. Le dio tres tragos seguidos y de inmediato se sintió peor. El estomago pretendía escalar su esófago. Se limpio los labios con el dorso de la mano y devolvió la copa de cristal vacía a la mesa.
Sus especulaciones se desaparecieron al escuchar el auto detenerse al exterior de la casa.
«Esta en casa», pensó.
La noche había caído varias horas atrás. Sentía que la aplastaba, como una lápida. No corría ni una brisa. Yacía sentada en el sofá junto a la ventana parcialmente abierta, con las cortinas recogidas. Llevaba puesto el camisón de encaje y satén negro, un regalo de bodas de parte de Ino. Todo permanecía inmóvil bajo la luz de la luna.
Oyó la puerta abrirse. Los pasos firmes resonaron entre las paredes del vestíbulo y, a medida que avanzaba, una larga sobra se proyectaba en el suelo de la casa.
Notó su presencia mucho antes de que el apareciera en su campo de visión. Bajo el umbral de la puerta, Sakura lo miró como si no lo hubiera visto nunca. Itachi tenía uno de esos rostros francos y honrados que inspiraban confianza. Se le veía pálido y sudoroso, como si hubiera ingerido veneno.
—Pensé que estarías dormida— dijo al fin.
—No podía hacerlo— reconoció Sakura, esbozando una sonrisa fingida—.Estaba preocupada por ti.
—Lo lamento. Estuve absortó en algunos asuntos toda la tarde.
Sakura lo siguió con la mirada, alerta a todos sus movimientos. El pelinegro encendió la luz y dejó el maletín en el sofá doble.
—Entiendo— murmuró, procurando ocultar el deje de decepción afianzado a sus cuerdas vocales.
—Necesito un trago— masculló el azabache sin mucho entusiasmo mientras se dirigía al pequeño minibar para servirse un dedo de escoces.
«¿Quién es este hombre con el que me case?», se cuestionó al verlo de pie en medio de la estancia, demasiado absorto en sus pensamientos para reparar en su mirada inquisitiva.
Mientras lo contemplaba de perfil, sintió que estaba conviviendo con un desconocido; aun cuando llevaba la alianza en el dedo anular izquierdo, Sakura sentía que el Itachi de las semanas anteriores no era más que una proyección utópica de lo que siempre había querido.
—¿Cómo estuvo la entrevista?— cuestionó, luciendo genuinamente interesado.
—Genial, comenzare a trabajar la semana que viene.
Se encontraba tan molesta y confundida que había olvidado por completo su contratación en uno de los hospitales más prestigiosos de la región.
Itachi seguía de pie frente a ella con el vaso de cristal en la mano. Sonrió.
—Sabía que lo lograrías, esto amerita un festejo.
No sonaba ni se veía enfadado, pero ella pudo captar algo en el ambiente, como cuando está cargado de electricidad antes de la tormenta. Se le erizo el vello de los antebrazos.
—Ahora no, tal vez después— dijo ella.
Un silenció consternado cayó sobre ellos como si se tratase de una bomba atómica.
—Sasuke estuvo aquí— anunció con voz baja, observando lentamente cualquier cambio en la expresión estoica de Itachi.
—¿Sasuke?
—Si, ¿Quién más?, a menos que tengas otro hermano del cual no conozca su existencia— las palabras salieron sin dificultad alguna.
Itachi frunció el entrecejo al escuchar el tono hostil implementado por su esposa en aquella ultima declaración.
—Le entregue unos documentos— agregó.
Él no dijo ni una sola palabra. En su lugar, colocó el vaso encima del minibar y restregó una mano contra su rostro, una señal inequívoca de que estaba muy, muy, muy molesto.
Sakura se levantó. Itachi parecía herido. Estaba herido. Ella había hablado sin pensar.
—Estás molesta— dijo con calma.
—Por supuesto que lo estoy— su voz sonó tranquila y serena. No como su corazón, que latía furioso allí dentro. No como sus pensamientos, amargos y resentidos—.Habla conmigo, Itachi. No se nada sobre ti, nunca me cuentas nada, así que no se nada, no se quien eres.
Itachi se volvió hacia ella lentamente. Sus ojos destilaban tristeza, pesar, resentimiento.
—Realmente lo lamento, Sakura, no quería lastimarte.
Itachi extendió un brazo. Sakura contempló la mano extendida y deseó, más que nunca, poseer la voluntad suficiente para dar media vuelta y marcharse.
Sin embargo, era débil. Ella volvió la cabeza, se alejó un pasos, pero no había nadie más que pudiera consolarla. Solo él. El hombre con el que se había casado.
Avanzó y apoyó la cabeza en su pecho.
Continuara
N/A: Regrese con una actualización antes de cerrar este caótico año de una vez por todas :3
Me tomó algunas semanas actualizar, no porqué no lo deseara, sino que estaba ultimando algunos detalles en el borrador, ajustando las situaciones de los últimos capítulos y creando una conclusión digna.
Ahora sin más, pasaré a dejar unas cuantas notitas respecto a la historia:
Si bien, la aparición de Sasuke fue fugaz, tengan por seguro que todo lo que dice o hace es sumamente SIGNIFICATIVO. Debo confesar que cuando me plantee esta historia lo había delegado a un papel secundario, pero conforme iba desarrollando las ideas se convirtió en uno de los protagonistas, así que, su presencia es determinante en esta historia.
Tanto la carta como la foto son dos pequeños detonantes.
Se que a muchos de ustedes les provoca conflicto leer las escenas ItaSaku jeje, pero en verdad son esenciales, sobre todo cuando se trata de un triangulo amoroso. Todo lo que sucede con la pareja tiene consecuencias dentro de la historia, en especial en Sakura y Sasuke.
Bien, ahora, para no darle tantas vueltas al asunto, espero que el capitulo haya sido de su agrado. Aun nos queda mucho camino por recorrer para alcanzar la verdad. Se que tienen muchas expectativas con este fic, así que, espero no defraudarlos 3. Cualquier duda, recomendación o impresión pueden dejarla en los comentarios, con todo el cariño los leeré y responderé.
Por ahora me despido enviándoles un fuerte abrazo. Mil gracias por todos sus reviews, favorites y follows. Como siempre, cuídense mucho y nos leemos pronto.
En caso de que no regrese antes de acabar el año… ¡Feliz año nuevo!
¡Chao!
